10/05/2017

ASTURIAS Y PEDRO GARFIAS: NUEVA PERSPECTIVA SOBRE EL POETA


ASTURIAS Y EL POETA GARFIAS: ADMIRACIÓN POR EL OBRERISMO MINERO. Y OTRAS MUCHAS COSAS.

 
Solidaridad de Garfias con la masacre asturiana (1934 y 1937), con uno de los mejores poemas de la guerra civil: “Asturias”, musicado por Víctor Manuel.
 

                                     Por Francisco Moreno Gómez
                                   (Conferencia en Gijón, Asturias, 2001)                                             


Pedro Garfias y Asturias 

      El 27 de mayo se cumplen cien años del nacimiento de Pedro Garfias, el gran poeta de la vanguardia, de la guerra y del exilio, perteneciente a la Generación del 27. Nació por casualidad en Salamanca, 1901, de padres andaluces. Se crió en Osuna (Sevilla), estudió en Cabra (Córdoba), Sevilla y Madrid. Residió en Écija (Sevilla), La Carolina (Jaén) y, al alborear la II República, se estableció en Madrid, con su esposa Margarita Fernández Repiso, de Osuna (1).

      Literariamente, se puede considerar como el poeta ultraísta (vanguardista) más importante en la España de 1920, cuando hacían furor las rupturas e innovaciones estéticas de entreguerras, en cuyas principales revistas (Grecia, Cervantes, Ultra, etc.) sus versos se dieron a conocer, y llegó a fundar su propia revista: Horizonte (1922-1923). A continuación, se sumó a la Generación del 27, contando entre sus amigos a Lorca, Alberti, Luis Buñuel. En 1931, siguiendo la influencia del surrealismo y las simpa-tías revolucionarias, se adhirió el partido comunista, como Huidobro, César Vallejo, Neruda, Alberti, Prados, y tantos otros.

      Pero fue en la encrucijada de 1934, cuando el espejismo revolucionario tuvo un fogonazo especial en el horizonte de Garfias, y fue la eclosión de la revolución de Asturias. Aquella lucha frustrada impresionó vivamente al poeta, tanto que prestó su domicilio de Madrid, en la calle Lista, para ocultar a dos fugitivos revolucionarios de Asturias (2). A partir de esas fechas, en la mente del poeta empezó a bullir ya el célebre poema “Asturias”, luego casi un himno de los asturianos exiliados. El poema lo bajó de las musas en otro octubre, el de 1937, cuando las tropas franquistas acabaron por segunda vez, y para siempre, con los luchadores mineros.

      Cuando la derrota se les vino encima a todos y el mundo se llenó de españoles apátridas, los asturianos exiliados en México tuvieron en Garfias y en su poema “Asturias” un referente patriótico y un himno. El poema fue celebérrimo, y el poeta lo recitó miles de veces, pieza obligada en los Centros Asturianos de México, en colmaos y cantinas, así como en el restaurante “El Hórreo”, regentado por el asturiano Raimundo Fernández (al que también dedica otro poema) (3).

      En todas las celebraciones de los asturianos en el exilio, éstos procuraron siempre la presencia de su poeta Garfias. De 1942 tenemos noticias de su actuación en el Centro Asturiano de México, D.F., según la siguiente crónica:  “el Bloque Asturiano de México organizó el pasado 10 de mayo una gran Romería Asturiana, a favor de las familias que sufren en los campos de concentración de Francia, en el Desierto del Sahara y en el Norte de Africa” (4). Se celebró en el Parque Torino y alcanzó una concurrencia de dos mil personas, que fueron entretenidas por gaiteros y tamborileros asturianos, concursos de cantantes asturianos, sin que faltara el “Asturias, patria querida”. Intervino la Agrupación Musical del maestro Oropesa, la artista lírica Julita Suárez (que provocó lágrimas de nostalgia),  y el llamado “Saxofón Humano”. Se mencionan luego “los valiosos auxiliares que cooperaron” al éxito de la fiesta, entre ellos “el inspirado vate andaluz, ‘asturiano honorario’ por derecho propio,  don Pedro Garfias”.

      La colonia asturiana más numerosa era la de la ciudad de Torreón. Debió ser en el verano de 1947, cuando selló con esta colonia una amistad imperecedera, ya de por vida. A finales de julio de este año, Garfias fue invitado a Torreón por el poeta local Rafael del Río, y allí se celebraron varias veladas poético-flamencas, con la colaboración de las bailaoras Magdalena Briones y Pilar Rioja, espectáculos que causaron admiración a todo el público lagunero (5), incluida la colonia asturiana, tanto exiliados como antiguos residentes o gachupines. Nuestro admirado maestro Alfredo Gracia Vicente, ya desaparecido, nos habló de esta poética hermandad de Garfias con los asturianos de La Laguna: “En Torreón lo querían mucho; mucha gente, incluso los antiguos residentes, que eran franquistas. Allí se celebraba la fiesta de la patrona, la Covadonga, impuesta por los asturianos, creo que el 8 de septiembre, y Pedro no faltaba nunca. El mes de septiembre lo solía pasar allí. Y cada año venía a Monterrey también. En el camino de Torreón se encuentra Monterrey” (6).

      Su célebre poema “Asturias”, magistralmente musicado por el cantante Víctor Manuel, fue de los más recitados en tierras mejicanas:

                Asturias, si yo pudiera,
                si yo supiera cantarte...
                Asturias verde de montes
                y negra de minerales.
                Yo soy un hombre del Sur;
                polvo, sol, fatiga y hambre,
                hambre de pan y horizontes...
                ¡Hambre!
                Bajo la piel resecada
                ríos sólidos de sangre
                y el corazón asfixiado
                sin venas para aliviarle.
                Los ojos ciegos, los ojos
                ciegos de tanto mirarte
                sin verte, Asturias lejana,
                hija de mi misma madre.

                Dos veces, dos, has tenido
                ocasión para jugarte
                la vida en una partida,
                y las dos te la jugaste.
                ¿Quién derribará este árbol
                de Asturias, ya sin ramaje,
                desnudo, seco, clavado
                con su raíz entrañable
                que corre por toda España
                crispándonos de coraje?
                Mirad, obreros del mundo
                su silueta recortarse
                contra ese cielo impasible
                vertical, inquebrantable,
                firme sobre roca firme,
                herida viva su carne.
                Millones de puños gritan
                su cólera por los aires,
                millones de corazones
                golpean contra sus cárceles.

                Prepara tu salto último
                lívida muerte cobarde
                prepara tu último salto
                que Asturias está aguardándote
                sola, en mitad de la Tierra,
                hija de mi misma madre.

                                   (“Poesías de la guerra española”,
                                     Minerva, México, 1941, p. 70).

      Fue uno de los romances de guerra más logrados de Pedro Garfias, con 42 versos, uno quebrado. El poema es de una perfecta ejecución en fondo y forma. Se trata de un canto de admiración a la valentía de los proletarios asturianos, que en dos ocasiones libraron cruenta y descomunal batalla contra las fuerzas represoras: en octubre de 1934, y nuevamente en octubre de 1937. Es un romance pleno de recursos y bellas imágenes. Paralelismos, antítesis, metáforas, concatenaciones, versos simétricos (“Los ojos ciegos, los ojos”, “Dos veces, dos...”, “firme sobre roca firme”). La sinceridad del sentimiento hizo a Garfias poner toda su creatividad en acción, para un logro perfecto.

      No fue ésta la única composición de Garfias sobre Asturias. Con motivo de su presencia en Centros Asturianos de México o en la fiesta de la Covadonga en Torreón, el poeta preparó siempre poemas de circunstancias. Casi todos se han perdido, pero nos ha llegado un manuscrito indescifrado (véase el facsímil al final de mi edición de Poesías Completas), que con la ayuda de Antonio Reguera, podríamos empezar a leer así: 

                Mina de la Nicolasa,
                a la vera de los Mieres del Camino,
                arriba de la estación de Ablaña,
                ............................................
                Ella sola y pequeñita
                negra rama y verde alma
                por la libertad de Asturias,
                por la libertad de España,
                se levantan cuando pueden, no se agachan,
                se levantan cuando pueden, se levantan (7).

 
La lenta lucha contra el olvido
 

      La trayectoria actual del poeta Garfias es de una lenta recuperación de su valía y de su obra de hondo calado, conmovedora y profundamente humana, como pocas. En esa labor de recuperación me corresponde, modestamente, haber aportado una primera recopilación poética (1989), una tesis doctoral (1994), una extensa biografía (1996) y unas Poesías Completas casi definitivas (en la ciencia, nada es definitivo), de las cuales he de revelar algunos pormenores. Me acerqué a Garfias, jamás para adornar mi curriculum académico ni para escalar posiciones, sino por puro idealismo, pasión científica, identidad personal y admiración literaria. Cuando en 1994 la Diputación de Córdoba acordó publicar la biografía, me lancé con ahínco en busca de editorial para las Poesías Completas, a fin de que salieran al mismo tiempo, pues son dos obras que se complementan. Debo revelar que Garfias fue rechazado por Ediciones de La Torre, Siruela, Castalia y Fondo de Cultura Económica (ésta, con Margarita de la Villa a la cabeza). Ante tales agravios, el amor verdadero a Garfias se puso a prueba en mí y no dudé en la siguiente decisión: limpiar mi cartilla de ahorros y pagar yo mismo la edición (1’8 millones), con el patrocinio simbólico de Editorial Alpuerto (digno de agradecimiento), que aportó el 10% del presupuesto. Acudí, de todas formas, a la ayuda de organismos oficiales: los Ayuntamientos por donde había transcurrido la vida de Garfias, que me escucharon con más o menos interés. Los nombres de estos organismos constan en la página 8 del libro, pero sólo tres cumplieron lo prometido: el Ayuntamiento de Osuna, el de Pozoblanco, y la Diputación de Córdoba. Los demás, aunque consta su colaboración, no es cierta. Ni Villafranca, ni Écija, ni La Carolina, ni Cabra (aquí, con su alcalde José Calvo Poyato al frente), en ningún caso se dignaron colaborar en la edición de Garfias. Muchas declaraciones de amor a Garfias se escuchan por ahí, pero el verdadero amor se aquilata cuando atañe al bolsillo. Ni siquiera he recibido jamás el más mínimo agradecimiento de los sobrinos de Garfias (que viven por Écija y Sevilla), influidos sin duda por maledicencia ajena. En mi cochera se encuentra todavía apilada la mitad de la edición de Garfias. No me pesa. Pocas cosas me han producido tanta satisfacción personal: ¡editar, casi con solas mis fuerzas, al poeta olvidado! Sé que Garfias está agradecido, y sonríe desde el Parnaso... No debo callar otro silenciado agravio. En septiembre de 1996, en mi ingenuidad garfista, acudí al profesor Francisco Caudet, para que publicara reseña en alguna revista donde colaboraba. Se negó a ello, y además, de muy mala manera. No lo siento por mí (que nada tengo que medrar en este asunto), sino por Garfias, que es la única víctima del agravio. Carezco de ambiciones académicas. Hace tiempo que, con posición senequista, sigo la máxima de la aurea mediocritas clásica (“... con pobre mesa y casa / en el campo deleitoso .../ a solas su vida pasa / ni envidiado ni envidioso”, Fr. Luis).

      Todo esto llevamos sufrido en la lucha recuperadora de Pedro Garfias. Contra viento y marea seguimos nuestra labor reivindicadora, en la que a veces me ayuda el toledano Juan Antonio Díaz, cuando, como dos ciegos con sus pliegos de cordel, echamos mano a nuestras bolsas de libros del poeta y nos ponemos a vender en los actos literarios que se ponen a tiro. A última hora, hemos recibido la alegría, “rara avis”, de que el Ateneo de Madrid hará homenaje a Garfias (en el salto del 2001al 2002), con un librito titulado Pedro Garfias, el poeta del exilio. Y acabamos de recibir la magnífica revista Armas y Letras, de Monterrey (Méjico), que en su número de mayo-junio 2001 ha dedicado un monográfico al poeta, con estudiosos de Méjico y de España, que es como deben hacerse estos recordatorios, al contrario del mal precedente de la española Ínsula (mayo 2001), que no sólo ha excluido a los garfistas españoles, sino también a los mejicanos.

      Con todo, el garfismo prospera. Poco a poco vamos sintiendo la dicha de nuevas publicaciones, nuevas menciones y nuevas referencias a Pedro Garfias. Esto era en 2001, pero en 2017, el olvido se está tragando a Garfias y a todos nosotros. ¿Quién hablará de nosotros cuando hayamos muerto? Si ya no se habla, por ejemplo, de Rafael Alberti, ¿Quién hablará de Garfias ni de ningún poeta? Sumergidos en la “posmodernidad” y en la sociedad de consumo, los poetas no son necesarios ni “útiles”.

      Volvamos a nuestra senda. Hace cierto tiempo, gracias a la amabilidad de Eutimio Martín, hemos conocido un texto inédito de Miguel Hernández referido a Garfias, que aprovecho ahora para darlo a conocer por primera vez en España. En una revista de la Universidad de Veracruz (México) se publicó en 1991 la dedicatoria de Miguel a Pedro, en un ejemplar de Viento del Pueblo, que debía ser propiedad de Garfias, y no sabemos cómo llegó a manos del estudioso Raúl Hernández Viveros, que lo dio así a la imprenta:

          Para el gran Pedro Garfias, poeta de nuestra guerra, comisario arrepentido, bebedor de la poesía en las mujeres y en el vino: deseando verlo, y yo verme con él, pelear otra vez por los frentes andaluces. Pedro, si Andalucía se pierde, tú tienes la mitad de la culpa. MIGUEL.  Valencia, 20 de octubre 1937 (8).

      En un libro del mejicano Gabriel Zaid, La poesía en la práctica, aparece un reconocimiento a Garfias como maestro del arte de la declamación: “Hay, por lo tanto, la dificultad de enfrentarse a un público. Si ustedes invitaran a Pedro Garfias (que deberían hacerlo: una de las cosas que hacen importante a Monterrey es que Pedro Garfias haya andando por aquí), él, que no tiene presunciones que lo enreden en la timidez o la soberbia, les diría sus versos como un pájaro dice sus cosas, sentándose quizá sobre los escalones del estrado. Como ha aceptado ya vivir al margen, se ha vuelto un personaje bohemio, ha quedado investido de la figura de poeta in aeternis, que no le da cabida práctica en el mundo, que lo deja en la calle económicamente; es decir: desnudo de una figura viable que ponerse para salir, y andar en la ciudad, y cobrar por asumirla y ejercerla” (9).

      Pío Caro Baroja, en su obra El Gachupín, presenta entrañables semblanzas de los poetas exiliados en México, entre los que de ningún modo podía faltar Garfias:  “No puedo olvidar aquí a otro gran soñador, el ángel de los sueños, Pedro Garfias, al que todos queríamos y admirábamos, siendo siempre objeto de nuestra protección y cariño... Después llegó a México y se instaló en Monterrey, aunque algunas veces iba a la capital, y entonces se presentaba con Otaola en El Aquelarre, con su cuerpo desmembrado y roto.

      “Se sabía todos sus poemas de memoria... Cuando yo lo conocí estaba ya achacoso y derrumbado... Con la bebida, poco a poco, se rehacía y al rato comenzaba a recitar en voz baja, templada y llena de inflexiones, aquello del Capitán Ximeno: ‘Capitán del batallón de Garcés, capitán de la cabeza a los pies’.

      “La muerte de Pedro Garfias me llegó tarde, supe que murió en Monterrey en 1967... En la cubierta de un disco con sus poesías de la Guerra Civil española me escribió con mano temblorosa: ‘A Pío, compañero de lucha de la verdadera España’” (10).

      Pío Caro Baroja se permitió, a continuación de esta cita, añadir una serie de versos de afecto y homenaje al célebre poema de Garfias “Entre España y México”, que tantos ojos humedeció entre los exiliados españoles. Libro adelante, Pío Caro no cesa de evocar a Garfias: “... entramos en El Hórreo. Busco al entrar la barra en su lado izquierdo y me coloco cerca de la ventana debajo de un televisor. Cortés se coloca a mi izquierda.

      “-Donde ahora estás se solía poner Pedro Garfias, cuando veníamos aquí -le digo-. En tu mismo lugar...

      “... mentalmente voy recitando los versos de Pedro sobre el Capitán Ximeno, que allí mismo me solía recitar, con una cuba de ron Castillo, como ahorita.

      “Pedro Garfias, el símbolo de la derrota, del abandono, de la huida y de la nostalgia, maldito, ignorado y querido, el Verlaine del vino andaluz y del fuego en las trincheras, nostalgia y sueño de la verdadera España. Pero era sabio en el alma del pueblo, sabía de los cantes viejos, del romancero, de las tarantas y de los toros, de los poetas arcaicos y de los modernos y un gran recitador de sus versos y de los ajenos. Injustamente olvidado, un día será reivindicado y caerá sobre su recuerdo una lluvia de besos y de pétalos y cubrirán su nombre las perlas del rocío de la fama.

      “Aquellos romances de la Guerra Civil, aquel desbordamiento poético del pueblo no fue otra cosa que una queja, y en esa queja y en ese llorar la primera plañidera fue Pedro Garfias. León, no me olvido de ti. Tú llorabas y blasfemabas. ¡Qué pena me da pensar en tanta injusticia!” (11).

      En otro libro posterior, La barca de Caronte, Pío Caro Baroja sigue impresionado por el recuerdo de Garfias. El libro tiene forma epistolar, con destino a escritores y amigos del exilio, ya fallecidos. Entre esas cartas de ultratumba, dos llevan el encabezamiento de Pedro Garfias. Reproducimos la primera:

      “Querido Pedro: Me imagino que ya te habrás enjuagado y te habrás quitado aquel puñado de tierra española que quisiste que te pusieran en la boca, porque así no podías ni hablar,  ni respirar, ni comer, ni beber, ni recitar.

      “No sabes lo que me impresionó cuando leí que ésa había sido tu última voluntad. Lloré como un niño porque eso me decía que eras el poeta de la tierra, y que todo lo que escribiste y recitaste era tierra, tierra, pisada, hollada, de España, por los toros, los arados o tus amigos los milicianos, aquellos que murieron y cayeron sobre tu tierra regándola con su sangre, que ahora tú querías beber.

      “Pedro, al recordarte, lloro, y me ahogan los suspiros. Otro día quizá pueda escribirte.

      “Adiós, ‘compañero de lucha de la verdadera España’. Salud, hermano” (12).

      En todas las recopilaciones, nacionales o extranjeras, de poetas de la guerra civil no ha faltado nunca el nombre de Garfias, como en esta publicación en Londres, de 1996, donde se incluye un fragmento del poema “Frente único” (de Poesías de la guerra, 1937), desde el verso: “¡Ay, qué locos éramos!” hasta el final. Leer a Garfias en inglés es una rareza verdaderamente insólita:

                ..........................................
                Hell, but we were dumb!
                Now in field of fighting
                our companions
                pierced by the same shrapnel
                their broken bodies mingling
                cry out in their death-rattle
                the crime of our disputes.
                Anarchist and brother: we know their cry is true.
                When the enemy pours out
                his barrage on our parapet
                shoulder close to shoulder,
                courage beside courage too,
                we grip hans with nothing said.
                And Marx and Bakunin ... hug each other warmly
                as brothers swearing loyalty
                there where lie our dead.

                                               PEDRO GARFIAS
                             (Traducción de Tom Wintringham) (13).

      En 1996, Narciso Alba llevó a cabo una excelente recopilación de los artículos publicados por otro magnífico del 27, José Herrera Petere, en El Nacional, de México. Uno de los artículos está dedicado al entrañable Garfias, bajo el título “Aspectos de la tragedia. Un poeta que no teme al pueblo”. Ahí, el entusiasmo de Herrera Petere por Garfias es enardecedor, al que considera  “... un ejemplo, un símbolo, un gran sacerdote de la divinidad española de fuego, que nos ilumina con su alto espíritu a través de las oscuras noche de la duda y de la ansiedad (...) Mucha gente conoce a Pedro Garfias, mucha gente mexicana y española se ha deleitado oyéndole recitar magistralmente sus composiciones. Todo el mundo le quiere... Como poeta me parece que es de los pocos, de los elegidos, de acuerdo con el nuevo y humano concepto de la poesía, que está consiguiendo ‘decir algo’... no anda muy lejos la sombra de su pariente y paisano el gran Antonio Machado (...). Pedro Garfias es poeta también como nadie que yo haya conocido -tal vez con la única excepción de Miguel Hernández- en el eterno concepto griego y clásico de la palabra... a pocos hombres he visto yo arrebatar a las gentes con sus poemas como lo hace Pedro Garfias. Y si esto no es poesía, si el que es capaz de encender a millares de personas con la sola fuerza de sus versos no es un poeta, tendremos que reconocer que algo divino y consustancial con el hombre desde la más remota antigüedad, se ha hundido definitivamente en nuestra época...” (14) (El Nacional, México, 1-6-1943).

      En España, a pesar de los esfuerzos recuperadores realizados en los últimos años, algunos ensayistas todavía siguen instalados en el tópico, ajenos a todo lo nuevo que sobre Garfias se ha escrito ya. Tal ha sido el caso, por ejemplo, del librito publicado por el sevillano Francisco Narbona, Sevilla, Góngora y la Generación del 27, donde el autor sigue aludiendo a Garfias en media página cuajada de tópicos, como si el tiempo hubiera transcurrido en balde. Tópicos sobre el silencio poético de Garfias después de 1926, que no es exacto, error en la revista que fundó el poeta, error en el año de sus poesías de la guerra, error en el lugar de la muerte del poeta, error en la fecha de publicación de otros libros, etc. (15) ¡Cuándo podremos ver a Garfias libre de tópicos e inexactitudes, por ese vicio de dejarse llevar de citas trilladas y fuentes manidas!

      En 1997 se ha publicado una obra testimonial del filósofo exiliado en México Adolfo Sánchez Vázquez, Recuerdos y reflexiones del exilio. El primer capítulo, “Recordando al Sinaia”, trae inmediatamente a colación al poeta Garfias, que junto con Rejano, fue compañero de camarote de Pedro en el célebre barco: “Nuestras ventanillas, por tanto, lejos de cubierta, daban a la profundidad del mar. Y cada mañana, Garfias se desesperaba al asomarse a la ventanilla y no ver más que agua y agua (...). Un segundo recuerdo inolvidable es el de aquella mañana, oscura como todas, en la bodega, pero ya iluminada en la cubierta por los rayos del sol, en la que Pedro Garfias, lejos de pegarse acongojado a la ventanilla como siempre, saltó torpemente de su litera y empezó a recitarnos a Rejano y a mí, con su voz ronca y pausada, el poema que había concebido y gestado durante toda la noche. Era el famoso poema que todos conocéis y en el que con su lenguaje poético une o encuentra a España y México...” (16). 

      En 1998 se ha publicado el II volumen de El exilio literario español de 1939, bajo el impulso de Manuel Aznar, y se incluye un breve capítulo titulado “Exilio y llanto en la poesía de Pedro Garfias”, debido a la brillante labor recuperadora que desde México lleva a cabo María de Lourdes Pastor Pérez. La maestra mexicana pasa revista a varios aspectos importantes de la trayectoria del poeta, sólo con una objección, y es que no actualizó su análisis con las últimas publicaciones y volvió a citas de cierta antigüedad, como Margery Resnick, Gloria Videla o Mª Luisa Romero Marques (17).       

      Los mejicanos siguen honrando continuamente la memoria de Garfias. En 1999, el Colegio de México ha dedicado un recordatorio al poeta en su Boletín, incluyendo una vez más el texto completo de Primavera en Eaton Hastings, el breve, pero genial poemario del destierro, escrito en Inglaterra en la primavera de 1939, pero publicado en México en 1941. La rememoración va precedida en esta ocasión por una introducción de José María Espinosa. Se lamenta de que “su obra ha sido poco atendida”, y añade: “... sigue siendo un poeta secreto y desconocido, aunque siempre con un matiz paradójico: un secreto a voces y un desconocido que agota rápidamente las ediciones, venales o no, de su obra” (18).

      Poco a poco, a cuentagotas, nos van llegando noticias de nuevos estudiosos que se incorporan a la investigación garfista. Sabemos que en los últimos años del siglo, en la Universidad de Pensilvania (USA), el español Carlos Jiménez, residente en Rosemont, se hallaba redactando otra tesis sobre la obra poética de Garfias, de cuyos resultados no hemos vuelto a tener noticias, cosa que nos agradará. Y el vasco Aitor L. Larrabide, doctorado en Miguel Hernández, también se interesa por Garfias y le ha dedicado un artículo en 1999, titulado “La obra en prosa de un poeta transterrado: Pedro Garfias”, con muy atinadas observaciones (19).

      En 1999, Ediciones del imán ha tenido el buen gusto de presentar una magistral edición facsímil de la novela de Simón Otaola, La libería de Arana, que apareció en México en 1952. Nuevamente hemos tenido la oportunidad de releer la magnífico capítulo que el exiliado vasco Otaola dedica a nuestro poeta: “Pedro Garfias en ‘El Hórreo’”, uno de los capítulos más logrados de la novela, el cual revela el profundo conocimiento que Otaola tenía de Garfias, fruto de un trato prolongado y de un gran aprecio por su poesía. La lectura de esta novela es una vivencia indeleble, y el extenso capítulo dedicado a Garfias, de lo más atinado que se ha escrito sobre el poeta (20).

      El mejicano José Antonio Matesanz ha publicado recientemente un importante estudio histórico de los primeros años del exilio español en México, Las raíces del exilio, que ofrece nuevos aspectos sobre este fenómeno crucial. El capítulo dedicado a la expedición del Sinaia vuelve a valorar, de manera inexcusable, la decisiva intervención de Garfias en el acontecimiento, con su poema emblemático “Entre España y México”, todo un himno de los exiliados (21).

      Últimamente, la Biblioteca del Exilio, dirigida por Manuel Aznar, acaba de poner en nuestras manos una magnífica edición de Artículos y ensayos, de Juan Rejano, el gran amigo y amparador de Garfias en México, redactor del prólogo a sus Poesías de la guerra española, en 1941, y desvelador del proceso creativo del poema de Garfias “Entre España y México”, a bordo del Sinaia, en un genial artículo titulado “Poesía e historia o historia de una poesía”, dado a conocer en la prensa de México en 1946 (por ejemplo, en El Porvenir, de Monterrey, 18-3-46), reproducido en mi edición de Poesías Completas (pp. 303-305) y en la edición que nos ocupa de Juan Rejano. En estos artículos, la mayoría procedentes de El Nacional (“Revista Mexicana de Cultura”, suplemento literario), no podían faltar los recordatorios de Garfias. Un artículo del 6-3-66, evoca la figura de nuestro poeta: “... Pedro está siempre haciendo algo: dialogando socráticamente con algún amigo, indignándose con alguna injusticia. O memorizando un poema... Andrés Henestrosa se lamentaba, con razón, del desorden, del descuido del poeta, a causa del cual las mejores lecciones de su inteligencia y de su sensibilidad se pierden, tal vez para siempre, después de fugurar un instante en una tertulia de amigos” (22).

      Año y medio después (10-9-67), Rejano vuelve a recordar a Garfias, ahora como homenaje fúnebre. Acaricia la silueta del poeta bohemio, desamparado, inútil para las cosas materiales del mundo, desgraciado,... pero “Tuvo un gran talento para todo y, salvo en la poesía, en nada lo empleó con dedicación”. E insiste: “Fue sin duda un gran poeta y ha dejado sin embargo una obra que, aunque lo acredita como tal, no corresponde por la cuantía a sus dotes excepcionales”.

      De todo cuanto antecede se concluye que la memoria de Garfias no retrocede, se mantiene hasta el momento presente, nos va llegando paso a paso en las últimas publicaciones que aparecen en el panorama literario. No hay publicación sobre el exilio en la que no reencontremos, continuamente, al genial andaluz errante y bohemio. La conclusión es ineludible: hay que hablar de Garfias ya como un clásico. Un clásico de la vanguardia de los años veinte. Un clásico de la poesia de la guerra civil. Y un clásico del exilio de 1939. No se puede hablar de estas tres encrucijadas de la vida española sin mencionar la figura y la obra de Garfias.

      El poeta se inmoló en la soledad del exilio. Se autosacrificó, como tantos otros, en el ara del sufrimiento, del desarraigo y de la añoranza de España. En este sentido, vamos a conocer ahora un documento inédito de Garfias, procedente del archivo privado del ya fallecido e inolvidable Alfredo Gracia Vicente. Se trata de un intento, frustrado no sabemos por qué, de visitar España en 1960. Tampoco sabemos quién le aconsejó ni quién le gestionó los trámites iniciales para ese frustrado viaje. Si el documento se halla en el archivo de Gracia Vicente, debió ser éste o amigos próximos, quienes, viendo el pésimo estado de salud del poeta, le pudieron aconsejar volver a España, pensando en el amparo, tal vez, de su hermanastra María Garfias, residente en Écija. Desde Monterrey se debió encomendar a otro amigo de México, D.F., el inicio de tales gestiones. Como resultado de tales gestiones, se envió este documento a Monterrey, fechado el 14 septiembre 1960, que reproducimos textualmente, por su novedad y carácter inédito:

                       “CONSULTA hecha en la REPRESENTACIÓN ESPAÑOLA (Calle Colima, 254. Teléfono 11-24-96. Horas de oficina, de 10 a 1), con fecha 14 de septiembre de 1960.

      Sobre don PEDRO GARFIAS ZURITA, español de ciudadanía mexicana, solicitando un VISADO como TURISTA para ir a España. Aclarando los ideales políticos izquierdistas del Sr. Garfias y asegurando que su labor política en España fue únicamente intelectual (labor de pluma) en la extrema izquierda. Aclarando, así mismo, que don Pedro ha sido escritor prolífico de vena tradicional hispánica y que es gran erudito en las corrientes culturales de los Siglos de Oro, principalmente. Que tiene una hermana en Écija casada con el abogado Sr. Madero, familia que ha sido premiada como ‘familia numerosa’. Añadiendo también que el Sr. Garfias se encuentra en estado de salud delicadísimo, que no piensa en absoluto seguir escribiendo sobre asuntos políticos, que un grupo de amigos residentes en México le costearán el viaje a España y que posee una carta del escritor-catedrático Dr. Dámaso Alonso, en la que le aconseja que vuelva a España.

      RESPUESTA DE LA REPRESENTACIÓN ESPAÑOLA

      Hay dos maneras de obtener el visado:

        Solicitud previa del Sr. Garfias Zurita para obtener la entrada en España. Una vez autorizada la entrada tendría garantías de estancia.

        El Sr. Garfias Zurita no figura en la lista ‘negra’ de la Representación y no es conocido en las oficinas de la Ciudad de México. Considerando la calidad intelectual, la opinión del Dr. Dámaso Alonso y suponiendo que no haya tomado parte en asuntos criminales ni pertenecido a organizaciones del tipo de las ‘checas’, la mejor solución es que solicite el visado -que se le concedería sin inconveniente alguno- bajo su propia responsabilidad.

                           Trámites a seguir:

      Que el Sr. Garfias escriba una carta a don JOAQUÍN JUSTE, Jefe de la REPRESENTACIÓN ESPAÑOLA, exponiendo lo que considere necesario y que adjunte el PASAPORTE MEXICANO. Es todo cuanto debe de hacer. Tanto el Sr. Juste como los otros empleados son extremadamente cordiales.

           NOTA: En caso de que el Sr. Garfias se encontrara en una situación delicada por ASUNTOS SERIOS DEL PASADO, debe tenerse en cuenta que el pasaporte mexicano no resultaría lo que se dice un poderoso ‘escudo’, considerando que no existen relaciones entre ambos países.

      ¡BUEN VIAJE Y UN SALUDO A LA CIBELES!”  (22).

      El documento resulta grandemente ilustrativo del momento político que se vivía entonces y de los sufrimientos y humillaciones a que debían someterse quienes intentaban volver a España. Queda sobre nosotros la incógnita de aquella relación epistolar entre Dámaso Alonso y Pedro Garfias, teniendo en cuenta la admiración que el gran filólogo sentía por nuestro poeta, admiración que pudo haber cristalizado en importantes iniciativas y, sin embargo, el mal hado de siempre lo impidió. Tampoco sabemos que pudo echar para atrás a Garfias en aquel añorado regreso ni qué actitud pudieron expresar sus familiares de Écija. 

      Al margen ya de este episodio biográfico, sólo nos falta hacer ondear una vez más la entusiasta bandera del garfismo, romántica, altruista y profundamente intelectual, jurando sobre el “Santo Grial” que no desmayaremos, hasta que el poeta sea liberado de las maldiciones del olvido, de los malos agüeros de los eruditos de aguachirle, con la firme persuación de que  “un día será reivindicado y caerá sobre su recuerdo una lluvia de besos y de pétalos y cubrirán su nombre las perlas del río de la fama”, en palabras de Pío Caro Baroja.

______________

(1) Una biografía detallada de Pedro Garfias puede consultarse en mi tesis doctoral: Vida y obra de Pedro Garfias, Facultad de Filología, Universidad Complutense, Madrid, 1994, y en la publicación posterior: Pedro Garfias, poeta de la vanguardia, de la guerra y del exilio, Diputación provincial, Córdoba, 1996.
(2) Testimonio de su viuda, Margarita Fernández, en Osuna, 10-9-1992.
(3) Véase mi edición de Pedro Garfias, Poesías Completas, Alpuerto, Madrid, 1996, p. 534.
(4) Crónica titulada “Festival Asturiano”, Boletín del Bloque Asturiano, México D.F., 1 julio 1942, p. 3. El Centro Asturiano se ubicaba en las mismas dependencias del Centro Español, calle Balderas, 37.
(5) Rafael del Río, “La Ciudad y los Días”, El Siglo, Torreón, recorte sin fecha, archivo de Margarita Fernández.
(6) Testimonio de Alfredo Gracia, recogido en Madrid, 2 agosto 1984.
(7) Manuscrito que se halla en mi archivo, por donación del gran español exiliado Alfredo Gracia Vicente, amigo y protector de Pedro Garfias en Monterrey.
(8) Texto publicado en La palabra y el hombre, Revista de la Universidad Veracruzana, Xalapa, núm. 77, enero-marzo, 1991. Director: Raúl Hernández Viveros (amable envío de Eutimio Martín). Se anota a pie de página que la dedicatoria se halla “A la vuelta de las líneas en agradecimiento a Vicente Aleixandre” del libro Viento del Pueblo.
(9) Zaid, Gabriel, La poesía en la práctica, Fondo de Cultura Económica, Colec. Popular, núm. 324, México, 1986.
(10) Caro Baroja, Pío, El Gachupín, Pamiela, Pamplona, 1995, cuya consulta debo a la amabilidad de Pepe Esteban.
(11)  Ibídem, p. 272.
(12) Caro Baroja, Pío, La barca de Caronte, Pamiela, Pamplona, 1998, pp. 92-93.
(13) Cunningham, Valentine, The Penguin Book of Spanish Civil War Verse, Penguin, London, 1996 (Amabilidad de Aitor L. Larrabide).
(14) Alba, Narciso, José Herrera Petere, los artículos de “El Nacional”, Edic. de La Torre, Madrid, 1996, pp. 94-96.
(15) Narbona, Francisco, Sevilla, Góngora y la Generación del 27 (Crónica y protagonistas), Fundación Sevillana de Electricidad, Sevilla, 1997. 
(16) Sánchez Vázquez, Adolfo, Recuerdos y reflexiones del exilio, GEXEL, Barcelona, 1997, pp. 35-40.
(17) ------, El exilio literario español de 1939, GEXEL, Barcelona, 1998, vol. II, pp. 371-377.
(18) Espinosa, José María, “Pedro Garfias. La vida a salvo, pero el alma en ruinas”, Boletín Editorial de El Colegio de México, México D.F., núm. 78, marzo-abril, 1999, pp. 22-29.
(19) En nuestro poder se halla el texto mecanografiado, fechado el 30-7-1999.
(20) Otaola, Simón, La librería de Arana, Ediciones del imán, Madrid, 1999 (1ª edición, México, 1952), pp. 241-258.
(21) Matesanz, José Antonio, Las raíces del exilio. México ante la guerra civil española, 1936-1939, Colegio de México, México D.F., 1999, pp. 416-430.
(22) Rejano, Juan, Artículos y ensayos, Biblioteca del Exilio, Renacimiento, Sevilla, 2000, pp. 189-192 (edición de Manuel Aznar).
(23) Documento original en mi poder, cedido por Alfredo Gracia Vicente, español exiliado, residente en Monterrey, amigo y protector de Garfias, en carta remitida el 20 febrero 1995, un año antes de morir (+23 marzo 1996, a los 85 años). 

10/04/2017

LOS POETAS OLVIDADOS: ANTONIO GARCÍA COPADO


CORDOBESES ILUSTRES: EL POETA ANTONIO GARCÍA COPADO

 
Un poeta nómada, entre Villanueva de Córdoba, Puerto Rico y Nueva York

 

                                       Por Francisco Moreno Gómez

 

El poeta García Copado, en la vida y en la muerte 

      El 6 abril 1991 perdimos a un poeta entrañable, un admirador como nadie de su Córdoba y de su pueblo natal, una referencia poética y cultural obligada de nuestros veranos, de nuestras modestas publicaciones, de tantas veladas y recitales, de nuestras ferias... Si decimos que su viaje definitivo ha dejado un vacío irremediable en Villanueva, no es un tópico, es una dura realidad. Es el vacío de las personas valiosas, esas que aportan frutos, ideas y motivación en la sociedad en la que se prodigan. Son abejas laboriosas en la abigarrada colmena de la vida. Son alma y motor, antídoto de la apatía, la abulia y la zafiedad cotidiana. Cuando estos referentes cívicos, culturales y literarios se van, queda un vacío hiriente, como esa encina a la que le cortan la rama maestra y ya mostrará para siempre la herida indeleble. A pesar de todo, a pesar de la ausencia irremediable, permanece la presencia de su obra. Cuando un poeta se va, sigue viviendo en sus poemas. La literatura es una forma de inmortalidad, y sus poemas son su voz, “voz atada a tinta”, como escribió Miguel de Unamuno (“aire encarnado en tierra, / doble milagro, / portento sin igual de la palabra”). Esta es la razón por la que evocamos al poeta nuevamente, por las calles de Villanueva, de Córdoba y de América, en justo homenaje a Antonio García Copado, a los diez años de su partida.

      Nació en Villanueva de Córdoba, el 3 marzo 1914, en la calle Empedrada o Canalejas. Desde los 6 años ya vivió en Córdoba capital. Se educó en el Colegio de Los Salesianos y en el Instituto Góngora. En 1932 terminó la carrera de Magisterio, que ejerció en Cazalla de la Sierra, Baena, Belmonte, Madrid y Alcalá de Henares. Pero su espíritu bohemio, propio de todo poeta, le llevó a dispersarse en otras muchas actividades, como poeta, recitador, tertuliano, locutor de radio y viajero, ganador de numerosos concursos literarios.

      En 1956, tras la muerte de su madre, doña Dolores, y tras haber conocido en Barcelona a la señorita puertorriqueña Iraida Ruell, con la que se casó más tarde, García Copado decidió dar el salto a Las Américas. Gran parte de ese año la pasó en Caracas, en un programa de radio, hasta que el 23 diciembre 1956, siguiendo los pasos de Iraida, aterrizó en Nueva York, que hizo su patria definitiva, donde hoy reposa.

      Empezaremos recordando aquellas vísperas del salto a América. Me cuenta Diego Higuera que en septiembre 1955 y en febrero 1956, García Copado celebró en Villanueva los primeros recitales de su vida, que sirvieron, al mismo tiempo como despedida: “Nunca había estado en Villanueva. Esos recitales fueron los primeros y sirvieron para decirle adiós al pueblo ante su inminente aventura...”  Y me añade una anécdota: “En una ocasión lo felicité con una postal de nuestra torre. El día que la recibió salió publicado en un diario de Nueva York un soneto suyo “Al Empire State Builduig”. Le agradó esta coincidencia tanto que en el próximo correo recibí su soneto “La torre de mi pueblo”. Otro detalle fue que en una revista que él conocía bien y colaboraba, regida por mujeres, Ecos de ellas, leyó la noticia de un recital suyo en un teatro de la ciudad. Su sorpresa fue que el mismo día, en otro teatro de la misma Avenida, había recitado el poeta Manuel Benítez Carrasco, de Granada, que ha fallecido en el 2000. Yo he recitado mucho de este poeta andaluz”.

      Estos eventos se muestran en el programa de actos en el Teatro Español de Villanueva, despedida antes del viaje a América en 1956, junto a un soneto dedicado a su calle Empedrada, donde vio la primera luz (yo mismo le hice una fotografía, a mediados de los años ochenta, en casa de Diego Higuera, que a la primera oportunidad subiré aquí).

      Lamento haber conocido tarde al poeta García Copado, en el último trayecto de su vida, en la “última vuelta del camino”, como diría Pío Baroja. Mi primer encuentro con él me fascinó. Ocurrió el 27 junio 1983, en el Instituto Cultural Andaluz, de Madrid. Por no sé qué conducto me enteré del acto y acudí. Vi en él, sobre todo, a un magnífico recitador. Su dominio del arte de la declamación era portentoso. Y sobre todo, me conquistó con un poema: “Mensaje a la América del Norte”, en contra de la agresión atómica. Me presenté a él, e ipso facto circuló la química entre nosotros. Me agradó siempre su amena conversación, su cultura, su mundología, su inagotable anecdotario, su dinamismo vital, su calidad humana,... ser tan buena persona en un mundo de tanto diablo. Me honró con su amistad. Me apreciaba sinceramente, le gustaban mis cosas, mis escritos, mis cartas (conservo como reliquia una nutrida correspondencia de varios años). En justa gratitud, me esforcé en la difusión de su obra y en el reconocimiento de su valía. Sé que le di una gran alegría cuando promoví su nombramiento con Hijo Predilecto de Villanueva.

 

Vida nómada de un poeta  
entre Córdoba y Nueva York
 

      Fue profundo el gran vacío que su ausencia dejó en su tierra cordobesa, en nuestra prensa local, en nuestras fiestas, en nuestras veladas literarias, en nuestra vida cultural y en nuestra amistad. Al final, hallamos un consuelo parcial: su obra literaria permanece, aunque su persona haya desaparecido. Breve apunte sobre la trayectoria biográfica del poeta cordobés-jarote (gentilicio de Villanueva).

      Antonio García Copado dejó de existir el sábado 6 abril 1991, a las 5 de la tarde, en Nueva York, donde residía con su esposa Iraida Ruell. Sus restos descansan en el cementerio de Saint Mary, en Jonkers (Nueva York). A la tumba se llevó su deseo de haber celebrado, con motivo del V Centenario, un “Congreso de las Córdobas del mundo”, una asamblea en Córdoba de representantes de todas las ciudades, sobre todo de América Latina, que llevan el nombre de Córdoba. Yo mismo lo acompañé en una entrevista con el entonces alcalde de Córdoba, Herminio Trigo, al que entregó un dossier al respecto; pero el proyecto no cuajó.

      García Copado nació en Villanueva el 3 marzo 1914, pertenecía a la Real Academía de Córdoba, gozaba de numerosos premios y reconocimientos, siendo el más querido por él la distinción de hijo predilecto de Villanueva, que se le otorgó, a propuesta mía, en 1984.

      García Copado fue la voz literaria de lo cordobés y de lo hispano en el inmenso caos cultural de Nueva York. Una voz latina que, en medio del clima adverso anglosajón, logró hacerse un hueco bajo el sol. Un hueco a través de ese Círculo de Escritores y Poetas Iberoamericanos (CEPI), del que era un gran animador, y a través de su Ediciones Puerto Rico de Autores Nuevos (EPRAN), con objeto de dar a conocer a jóvenes escritores hispanos. Casi todos los veranos, García Copado visitaba España. Como ave migratoria que cíclicamente necesitaba respirar de lo español, en Madrid, en Córdoba y en su pueblo natal, Villanueva. Era su recorrido monótono, y febrilmente deseado, cada año. Su último acto poético en Córdoba tuvo lugar en la Posada del Potro, el 25 junio 1985. Un acto sumamente gratificante para él. En la primera fila se sentaba Rafael Castejón y Martínez de Arizala, ex director de la Real Academia, gran amigo de Antonio, al que apadrinó en su ingreso en la Academia cordobesa en 1954.

      En los últimos años todos recordamos sus actos literarios, emotivos y llenos de afecto a nuestra tierra, en Madrid, en Córdoba, en Villanueva. Digna de mención fue la gran velada que compartí con él en el Ateneo de Madrid, el 27 junio 1985, donde ofreció un recital formidable, con intermedios musicales de la Orquesta Infantil Municipal de Coslada y del barítono Carlos Cano Cartán. Allí nos conmovió con ese poema redondo titulado “Mensaje a la América del Norte”, contra la amenaza de la bomba atómica, y que termina con ese apóstrofe desgarrado: “... Sobre las rosas, ¡No!. / Sobre las rosas..., / ¡piénsalo bien, América!”.

      El 30 julio 1989, en Coslada (Madrid), fue su último acto literario en España, y creo que el último de su vida. Viajé desde Villanueva para hacer la presentación y comprobé que su voz ya estaba quebrada por la enfermedad. Allí intervino también la Orquesta Infantil de Juan Pablo Fernández. He de anotar que nos intentó boicotear el acto una funesta concejala “de izquierdas” (indigna de tal nombre), Nuria Roldán “La Roldana”, que se había peleado con Juan P. Fernández e intentó por todos los medios evitar que yo estuviera presente (entonces yo era diputado). Por ello intrigó y enredó en los círculos políticos más altos, me presionó y me llamó a todas horas del día, con la mayor desfachatez. Pero sólo obedecí el dictado de la amistad, y no el de la política de intrigas. Nos dedicamos a homenajear a Antonio con entusiasmo y a aplaudir a rabiar su arte y su calidad humana.

      Al verano siguiente, el de 1990, aún tuvo Antonio la temeridad de volver a Madrid, junto a su esposa Iraida. Ya no hubo actos literarios y se dedicó a la corrección de pruebas de unos libros que debía llevarse para Nueva York. Cuando lo despedía, en la calle Montera, de Madrid, tuve plena consciencia de que aquel abrazo era el adiós definitivo.

      Desde un principio me había impresionado la fuerza con que García Copado decía sus poemas. Lo recuerdo, por ejemplo, lleno de vigor, gesticulando a la manera clásica, en el Instituto Cultural Andaluz de Madrid, el 27 junio 1983, diciendo sus poemas célebres: “Canto al sombrero cordobés”, “La fuente de la bellota”, “Canto de dolor y esperanza al niño de Nicaragua”, etc. Y pocos días después, el 10 julio 1983, en el salón de la Biblioteca de Villanueva, en otro recital junto con Diego Higuera, que dejó gratísima impresión.

      Su obra poética se inició en Madrid, en 1946, con Héroes de España, seguida al año siguiente de Dolor en la muerte del califa (Sonetos a Manolete), cuya edición se agotó en un solo día. En 1950 obtuvo el Premio Gibraltar de Poesía con el poema “La roca cautiva”, que formó parte del libro del mismo título en 1952. Ya en Nueva York publicó en 1959 Canción del amor imposible, en homenaje a Juan Ramón Jiménez, que fue premiado por el Círculo de Escritores y Poetas Iberoamericanos (CEPI).

      El resto de su poesía: Canción de la ausencia irremediable (1962), Ofrenda lírica a Villanueva de Córdoba (1965), Recóndito llanto (1972), Amor a Puerto Rico (1977) y numerosos poemas sueltos, que recibieron importantes galardones, tanto en España como en América.

      Una novela corta (El desconocido), un libro de cuentos (El enemigo) y numerosos artículos, forman su obra en prosa. Y en teatro: La voz de la sangre, Sangre gitana y Caritina, esta última una opereta que fue estrenada con éxito en la década de los cuarenta en el teatro Apolo de Valencia, y luego en Zaragoza, Logroño, Pamplona, Bilbao... y en los teatros Lope de Vega y Reina Victoria de Madrid.

      En Nueva York estuvo vinculado a la Editorial Grolier y al City College de la Universidad neoyorkina, donde impartió clases y conferencias. En el Certamen Literario del CEPI de 1961 (Fiesta de la Hispanidad) obtuvo la Medalla de Oro con el poema “Elegía del regreso”. Galardones que se repitieron en los años 1962 y 1963, con poemas como “Canto apasionado a Puerto Rico” o “Elegía de las cosas sencillas”. Y algunos años llegó a tener protagonismo destacado en la organización de los tradicionales desfiles de la Hispanidad, en la V Avenida de Nueva York.

      Creó allí, entre los hispanohablantes grupos literarios como los llamados “Ulysses”, “Cervantes” y “Espiga y Verbo”. Fundó revistas literarias como Alas, y fue redactor de numerosos medios de prensa, como El Mundo (de Puerto Rico), La Calle (de Caracas), Ecos y La Prensa (de Nueva York).

      En 1978, junto con Diego Higuera y la poetisa de Priego Mª Jesús Sánchez Carrillo, participó en esta ciudad en el homenaje que se tributó a Alcalá Zamora. En 1979 volvió a obtener Medalla de Oro en Nueva York, en el certamen del desfile de la Hispanidad, con su poema “Canto de dolor y esperanza al niño de Nicaragua”. En los dos años siguientes repitieron premio varios poemas suyos.

      Con estos precedentes, y teniendo en cuenta su trayectoria de defensa de los valores hispánicos, el recuerdo a los oprimidos, los indocumentados, los indígenas, los niños..., el diario bilingüe de Nueva York Noticias del Mundo otorgó a García Copado el título de Valor Humano de las Letras-1982, galardón que se entregó en el Canal 47 de la TV.

      En Villanueva de Córdoba, su pueblo natal, tuve la acertada idea de proponerlo para nombrarlo Hijo Predilecto de la Villa en 1984. La ceremonia oficial tuvo lugar en un brillante homenaje que se le tributó en Villanueva, el 1 agosto 1984, con la presencia de poetas cordobeses y el entonces director de la Real Academia. Me consta que fue una de las grandes satisfacciones de su vida. Él, acostumbrado al aguijón de la soledad, la ausencia y el transtierro, se sintió muy halagado por aquel gesto solidario de su pueblo natal.

      “El poeta del dolor” lo definió la poetisa uruguaya Estrella Genta. Él mismo se considera poeta del dolor y de la ausencia. Hombre y poeta un tanto desarraigado, sin acabar de echar ancla por Europa ni América, entre senequista cordobés y extrovertido andaluz. Nosotros lo vemos más bien como el poeta de lo hispano en el mundo hostil anglosajón, conjugando temas universales de la tradición popular española, con otros típicamente cordobeses o jarotes, ensamblando sus vivencias infantiles y juveniles con los nuevos horizontes americanos. En la forma destaca su verso transparente, la perfección técnica, la fidelidad a la rima y la riqueza de un vocabulario castellano enriquecido con el español de América.

      Pero el poeta nómada emprendió su “viaje definitivo” (J. R. Jiménez). Un juglar andariego, alegre por fuera, dicharachero y ocurrente, pero dolorido por dentro, como Lorca, con su desarraigo familiar a cuestas, siempre echando de menos un ancla, un asidero, un regazo amistoso... agarrado siempre al recuerdo de su tierra, maternal, su Villanueva, su Córdoba, su Madrid. Porque también fue el poeta de la amistad, hoy somos nosotros los que echamos hacia Antonio nuestra ancla, nuestro asidero y nuestra memoria.

 

El nombramiento como hijo predilecto de su pueblo
 

      Estoy seguro de que uno de los momentos más emotivos en la vida del poeta García Copado fue el homenaje que se le hizo, el primero de agosto de 1984, como hijo predilecto de Villanueva de Córdoba. Él, acostumbrado a sinsabores y desdenes de la vida, recibió lleno de gratitud aquel homenaje y sé que le llegó al alma. Partidario yo de que los reconocimientos deben hacerse a los vivos y no a los muertos, puse especial empeño en aquello y hoy me alegro de que Antonio se llevara aquella alegría por delante.

      Participaba yo entonces en esa charca inmunda de pasiones y miserias de la política pueblerina, que es la peor de todas las políticas. Pero hay que pasar por todo en la vida, y yo entonces era concejal de Villanueva, desde las elecciones de 1983. En el pleno municipal del 25 noviembre 1983 se dio el primer paso e hice la propuesta de nombrar a García Copado “Hijo Predilecto” de Villanueva (“especialmente querido” es su etimología), propuesta que se ratificó en la Comisión de Gobierno del 14 diciembre 1983. García Copado era lo suficientemente humilde como para recibir este homenaje sin engreimientos, y así ocurrió. No habría ocurrido así con otros petulantes de nuestro enjambre local, pródigo en vanidosos y fanfarrones de cabeza vacía.

      El nombramiento oficial de “Hijo Predilecto” tuvo lugar en el pleno municipal del 11 mayo 1984, y ahí se aprobó también otra propuesta mía de editar por el Ayuntamiento un libro de cuentos de Antonio, inédito, titulado El enemigo, lo cual también se aprobó. Se celebraba sesión entonces en el local de la Audiencia, y para terminar aquel pleno, yo leí e hice constar en acta el soneto de García Copado titulado “Villanueva en mi recuerdo”. Era la primera vez que en un pleno municipal, sólo dado a improperios y exabruptos, se escuchaba la lectura de un poema. Quise arropar aquel acto, y creo que lo conseguí, de la dignidad y tono elevado que nuestro poeta se merecía.

      Mientras tanto, yo me carteaba con Antonio en Nueva York y lo tenía al tanto de cuanto ocurría. Conservo su amistosa correspondencia y se deshacía en agradecimientos por tanta amabilidad como derrochábamos hacia él. En sus cartas, que algún día publicaré en fragmentos, se observa lo que Antonio era: un gran poeta y una gran persona en un continente humilde. Porque los grandes de verdad (Machado, Miguel Hernández) han sido siempre humildes, para bochorno de los petulantes.

      El gran homenaje a Antonio tuvo lugar el primero de agosto 1984, en el salón de actos de la Biblioteca Municipal, con asistencia de autoridades municipales, el director de la Real Academia de Córdoba y los poetas Diego Higuera, Juana Castro y Manuel de César. El secretario del Ayuntamiento dio lectura al acuerdo de concesión del título de Hijo Predilecto de la Villa. El alcalde impuso a Antonio la medalla de la villa y le entregó el diploma enmarcado (decorado por Paco Camacho), galardones que se llevó a Nueva York como un niño feliz.

      A continuación intervine yo, para presentar el libro El enemigo, cuya edición había coordinado y cuyo prólogo había redactado. Elogié lo mucho que García Copado ha ensalzado el nombre y la esencia de Villanueva. Por ello le agradecí su canto a Villanueva con unos versos de Horacio (del Libro III de Odas):  “Fies nobilium tu quoque fontium me dicente cavis impositam ilicem saxis...”  (Tú también serás la más célebre de las fuentes, porque yo he cantado a la encina que crece sobre tus huecas peñas).

      Intervinieron luego nuestros poetas locales Diego Higuera y Juana Castro. El primero derrochó palabras de afecto al homenajeado y recitó el “Poema de la muerte airada”, de García Copado. Juana Castro hilvanó similitudes entre la vida andariega del poeta y las andanzas de Ulises, siempre con la imagen de su patria en la mente, con lo que Villanueva venía a coincidir con la Ítaca homérica. Habló luego el director de la Real Academia y el propio García Copado, que estuvo emocionado y agradecido con todos, y recitó dos poemas muy aplaudidos: “Canto a los héroes anónimos” y “Elogio a nuestra identidad”. Y allí nos reveló Antonio una de las miserias sufridas en el pueblo años atrás, y fue que la actual Biblioteca Municipal debía llamarse “García Copado”, según un viejo acuerdo plenario, pero no se llevó a cabo por envidias y recelos pueblerinos.

      Terminó el homenaje, en que todo fue cordialidad y nobles sentimientos. García Copado se llevó grabada la imagen más entrañable de su vida. Como complemento de su protagonismo en aquel verano alegre de 1984, el poeta pronunció también el pregón de feria desde el balcón de la Audiencia, pregón que terminó con un poema que recordamos a continuación. Afortunadamente, la memoria nos hace revivir aquellos oasis. No todo fue árido y yermo. También supimos hacer alarde de altura de miras y de ejercitar el reconocimiento con aquellos que deben ser reconocidos.

 
García Copado y la tauromaquia

      Nuestro poeta Antonio García Copado pasó, en realidad, casi toda su vida fuera de Villanueva. Muy niño (ya lo dijimos en su biografía) marchó con su madre a Córdoba capital y allí se buscaron la vida, como tantos otros de nuestra diáspora. La ilusión de su madre fue dar carrera a su hijo, y lo consiguió en los estudios de Magisterio. Antes, habría de cursar la enseñanza media en el colegio de los Salesianos.

      En este capítulo daremos repaso al García Copado taurino, porque esa fue una de sus facetas de inspiración, de cordobesismo y de andalucismo.

      No hace mucho tiempo, en mi frecuentes horas de investigación y estudio en la Biblioteca Nacional de Madrid -templo del saber, donde toda hora es fructífera y donde el intelecto de muchos hallaría sustento, redimidos de la vida anodina, extrovertida y tabernaria-, decidí inventariar toda la obra de García Copado que ahí se conserva, que es mucha, aunque no toda. Y me detuve en un pequeño libro dedicado al mítico “Manolete”, que García Copado le dedicó en el año trágico de 1947.

      Poco se ha escrito sobre el profundo amor que el poeta sentía por su Córdoba natal. Las cosas de Córdoba, su tipismo, su folclore, su cultura y su arte constituyeron tema recurrente de su poesía. Aunque la mitad de su vida la pasó fuera de España, en Nueva York, su alma vagó y suspiró siempre por Córdoba. Yo fui testigo del último de sus afanes -que se llevó a la tumba-, y fue el proyecto de celebrar en nuestra capital un Congreso de las Córdobas del Mundo. Lo acompañé ante el alcalde Herminio Trigo, al que entregó documentación sobre el proyecto. Pero en los despachos la idea se diluyó y quedó atascada.

      Hoy traemos aquí el recuerdo de García Copado por otro motivo cordobés: su relación con el legendario “Manolete”, y a él le dedicó el pequeño libro titulado Dolor en la muerte del Califa. Sonetos a la memoria de Manolete (Imprenta Juan Bravo, 3, Madrid, 1947). Un libro escrito con pasión sincera, al calor del triste suceso de aquel verano de 1947. Según me contó García Copado, el libro se agotó en un día, a la entrada de la Plaza de las Ventas, en Madrid.

      En el libro descubrimos que el poeta fue compañero de “Manolete” en el colegio de los Salesianos, de Córdoba, según dice expresamente en el prólogo:  “Yo fui compañero de colegio de ‘Manolete’ y, cuando pasados los años, volví a verle, ya era astro único del firmamento taurino; acudí silenciosamente -cuando mis menguados medios lo permitieron- al último rincón del graderío, donde él tuvo a su defensa mi voz, mis entusiasmos... y mis puños también; en la prensa canté bastantes momentos de su vida, y fui siempre el amigo leal de los tiempos primeros”.

      En la dedicatoria del libro se hace patente esa especie de idolatría que García Copado, como hemos dicho, sintió siempre por su patria andaluza. Dice así:

      “A mi Córdoba, cuna de filósofos, poetas y guerreros; corazón palpitante de Andalucía; paraíso perdido de los árabes; madre de la mejor tradición taurina, que hoy llora al más grande de los toreros que han sido...”.

      Seleccionamos el Soneto I, titulado “Patio de los Salesianos”, con la siguiente introducción del poeta:  “Manolete estudió en los Salesianos, colegio enclavado en el típico barrio de San Lorenzo, en Córdoba. Este soneto evoca aquella época, en que el autor soñaba con la gloria taurina que, como un iluminado, describía aquel muchacho delgaducho y triste, que era Manuel Rodríguez...”.

            Patio de los Salesianos

   ¡Ay, el recuerdo alegre de los días
ya lejanos, Manuel, de nuestra infancia,
y la pura emoción de su fragancia
desvaída en tu alma y en la mía.
   Final de curso: en la fotografía
el pálido ciprés de tu arrogancia,
presidiendo, con su pueril prestancia,
un recuerdo de inexacta geometría.
   Ser matador fue tu ilusión primera
¡ay, el roto pañuelo que en tus manos
se burlaba del toro de madera!
   Y ahora, pobre amigo... ¡qué lejanos...
aquellos sueños de la incierta espera
en nuestro patio de los Salesianos...

      Cuenta luego García Copado que en 1933, en Arlés (Francia), vistió “Manolete” por primera vez el traje de luces, como novillero del espectáculo cómico-taurino-musical “Los Califas”; y que el 2 de julio de 1939, en la Maestranza de Sevilla, en la corrida de la Prensa, tomó la alternativa de manos de “Chicuelo”, siendo testigo “Gitanillo de Triana”, todo lo cual va dando tema a los sonetos de García Copado. El 6 de septiembre de 1942 tiene lugar la siguiente anécdota en la Monumental de Barcelona: un espectador increpa airadamente al diestro cordobés; éste cita, impasible, al toro, y antes de que entre a la muleta, eleva su vista hasta donde se encuentra aquél; un escalofrío de emoción corre por el graderío; y el toro pasa, una y otra vez... Ha nacido el famoso “pase del desprecio”.

      Y llegó el día aciago, el 28 de agosto de 1947, que García Copado evoca en este otro soneto:

           El ídolo roto

   Caíste bajo el sol de Andalucía
-ídolo en flor sobre la frente astada-;
se tiñó el pelo hirsuto en la cornada
de los rojos claveles de tu hombría.
   El pulso de la mina en tu agonía
se hizo temblor de oliva y madrugada,
y el dolor de tu carne desgarrada
dejó de ser cuando la luz venía.
   Séneca en tu perfil antiguo y cierto:
Grecia y Roma transidas en el yerto
paisaje atormentado de tu muerte.
   La voz del Betis, surco de tu estrella,
y en mi Córdoba triste, altiva y bella,
la amargura callada de no verte.

      El poeta sigue desgranando en su libro los diferentes momentos de la tragedia. Leemos la introducción del soneto siguiente: “Desde la muerte de Julio Romero de Torres, no hubo en Córdoba otra manifestación popular de dolor como ésta del entierro de ‘Manolete’. La Plaza de la Lagunilla, el Campo de la Merced, Santa Marina, se vistieron de negros crespones; la Mezquita enmudeció el temblor de sus campanas, por la pérdida de su Abderramán de oro...”.

        Dolor en la muerte del Califa

   Córdoba llora y llora al Califa perdido
y eleva la Mezquita crespones de su pena;
en la tierra caliente del olivo ha caído
partida en dos la gracia de su estatua serena.
   El río bajo el Puente Romano es un gemido;
enlutan las mujeres su belleza morena;
San Rafael Custodio clava al aire dormido
su volapié de piedra sin alamar ni arena.
   La voz de los romances late de esquina a esquina;
una copla gitana dice en Santa Marina
-barrio de los toreros- el dolor de esta hora.
   Teje alfombra de rosas la ‘Niña Piconera’,
y, cuando en las Ermitas su cadáver espera...
¡¡la muerte del Califa Córdoba llora y llora...!!

      Hoy, ambos descansan: el cantor y el mito. Éste, en su mausoleo cordobés del cementerio de La Salud -irónica advocación-, y el poeta, en el lejano y frío cementerio de Yonkers, en Nueva York, adonde arribó solo, sin el abrazo de ninguno de nosotros, que no pudimos recoger ni su último verso ni su último afán.

      En estos años, a través del conocido cicerone cordobés José López Gavilán, amigo y correligionario, supe que un vate provinciano preparaba un libro sobre el tema taurino en los poetas cordobeses. Y rápidamente reuní material y se lo envié, para que García Copado no quedara en el olvido. Sin embargo, debió ser uno de tantos proyectos fallidos, porque del tal libro nunca más se supo. Un caso más de predicadores que dan poco trigo. Es verdad que el tema taurino, hoy por hoy, ya no es lo que era. Tema muy afectado por el mundo señoritil y reaccionario hispano -ganaderos, toreros, caballistas, garrochas y zahones-, pero que, sin embargo, tiene otra vertiente folclórica y estética, que ha hecho mella en muchos poetas de todos los tiempos, desde Lorca y Alberti (amigos del gran Ignacio Sánchez Mejías, poeta y progresista, algo excepcional) hasta los Machado y Pedro Garfias, éste, cantor del novillero Parrita, que luchó en las filas democráticas de la República.

      García Copado, que fue espectador silencioso de aquella España silenciada de 1947, se refugió en el arte de la poesía y, entre otras estéticas, captó la belleza clásica ancestral que nos lleva hasta Guisando o al minotauro de Creta.

 
Cuando un poeta sube a la colina

      Cierro esta serie de recuerdo amistoso al poeta Antonio García Copado, con una serie de semblanzas, surgidas todas del grato recuerdo y de la amistad que mantuvimos en la última etapa de su vida. Compartí con Antonio, sobre todo, una gratísima conversación, para la que poseía unas dotes de tertuliano excelentes (algo propio de una persona culta) y una sincera y amigable correspondencia: unas cien cartas nos cruzamos por el Atlántico. Se interesó muchísimo por aquel proyecto de cambio y de regeneración que empezamos a germinar en Villanueva en 1983, tanto pluralismo entonces, tanta receptividad a todo tipo de gente, que hubo ausentes que regresaron aquel entonces a Villanueva a veces sólo con ánimo de saludarnos y conocernos, a quienes, filantrópicos, tanto empeño poníamos en regenerar Villanueva, con tantas novedades, con tantas iniciativas; como aquel otro buen amigo José Pascual Soler, que nada más llegar de Méjico, vino a buscarme, impresionado por el buen artículo que yo había escrito sobre su hermano y excelente persona (además de sabio) don Vicente Pascual. Con motivo parecido vino a vernos, desde Francia, Francisco Torralbo, sobrino de “Mazo”, el maestro. Y otros muchos, en múltiples encuentros, y por supuesto García Copado no faltaba ningún verano. Respiraban algo nuevo en Villanueva en aquellos años de la Transición (o pos-Transición): se notaba idealismo, utopía, nuevas iniciativas.... Altruismo y filantropía a manos llenas, pero esto es “rara avis”. Después, la filantropía fue sustituida por el materialismo; el idealismo, por el sanchopancismo; la generosidad, por la ambición; la cultura, por la catetez; y la pluralidad, por el sectarismo.

      En definitiva, que el recuerdo de García Copado es, a la vez, el recuerdo de unos años muy interesantes en la vida de Villanueva (y en España entera), unos años prometedores, luego agostados prematuramente. Sin duda, él y yo, hubiéramos platicado hoy largamente sobre tirios y troyanos, romanos y cartagineses, sobre la “pax augusta” y, luego, el caos neroniano, con la fina ironía que a ambos nos caracteriza, ambos observadores estoicos y senequistas. Coincidíamos en la falta de ambiciones materiales, en el clásico ideal de la vida modesta o “aurea mediocritas”, y hallábamos entretenimiento en temas de saberes varios, propios de la república de las letras.

      Aludiré ahora al último libro que Antonio publicó, El enemigo. ‘Pirulí’, mi perro puertorriqueño, y otros cuentos, que por iniciativa mía le editó el Ayuntamiento de Villanueva, por aprobación plenaria del 11 mayo 1984. Yo le redacté el prólogo, aunque no con mi nombre, sino como Comisión de Cultura. En ese prólogo califiqué a García Copado como “pluma a doble página entre España y América, bien merecía que su pueblo natal... lo homenajeara como ‘profeta en su patria’, en contra del adagio popular, y mostrase hacia el poeta el reconocimiento que ya hace tiempo le tributaron Puerto Rico y Nueva York”. Exaltaba yo a continuación la labor del Ayuntamiento como “Mecenas”, porque tal gesto “proporciona a la ‘polis’ el hallazgo espiritual de su identidad y el cultivo de los más altos valores”. Y me permití comparar la suerte de Villanueva con la de la “Fuente de Bandusia”, de Horacio –repito los versos, porque me “sulibeyan”-, ya que ambas, Villanueva o la fuente, serían célebres por haber sido cantadas por un poeta:  “fies nobilium tu quoque fontium, me dicente cavis impositam ilicem saxis...” (También tú te contarás entre las fuentes más célebres, pues yo he cantado a la encina que crece sobre tus huecas peñas), según leemos en la número XIII del Libro III de Odas, de Horacio. Espero que Villanueva se sienta orgullosa por haber sido cantada en los versos de García Copado.

      Acabé el prólogo recordando los méritos literarios de Antonio, “Quíntuple Medalla de Oro en los certámenes del Círculo de Escritores y Poetas Iberoamericanos y del Desfile de la Hispanidad en Nueva York, y doblemente declarado ‘Valor Humano de las Letras’, en 1982 y 1983”. En la contraportada del libro de cuentos editado, hice plasmar la insólita estampa de la torre de Villanueva, con una descomunal bandera andaluza, pendiente de su campanario, desde la barandilla  hasta casi el suelo, fruto de mi campaña por la autonomía de Andalucía, en febrero de 1980.

      Para terminar, doy un salto en el tiempo, cuando el poeta recibió otro antiguo homenaje en Villanueva, en el Teatro Español, el 23 octubre 1962. Fruto de aquel evento fue la edición de su libro Ofrenda lírica a Villanueva de Córdoba (Mis poemas premiados) (Imprenta Buenestado, Villanueva, 1965), libro del que seleccionamos tres textos: 1) El poema “Yo soy aquel...”, dedicado a Villanueva;  2) El poema “Gibraltar”, tema hoy de renovada actualidad;  y 3) Las palabras que en ese homenaje le dedicó don Sebastián Márquez Finque. La semilla del poeta García Copado quedó ahí, a la espera de un buen tiempo de lluvias que la haga germinar y florecer.