9/16/2017

GUERRA CIVIL, NEGACIONISMO Y "TERCERA ESPAÑA"


 
GUERRA CIVIL Y “TERCERA ESPAÑA”

 

Presentación del libro de Francisco Moreno Gómez: 

 “Trincheras de la República, 1937-1939. Desde Córdoba al Bajo Aragón, al destierro y al olvido. La gesta de una democracia acosada por el fascismo”. 

(Día 3 de febrero de 2014, en la Biblioteca Complutense, de Madrid, con la intervención de Mirta Núñez Díaz-Balart -presidenta de la Cátedra de Memoria Histórica del Siglo XX-, de Jordi Gordon -de la Plataforma por la Comisión de la Verdad-, y del autor).

Intervención del autor:
 

DE CONTRA-MEMORIA,

NEGACIONISMO Y OTROS ENTUERTOS

                    

        En la antigua Grecia, el tirano Creonte incurrió en una más de sus arbitrariedades y prohibió que se diera sepultura a uno de sus opositores políticos. Fue un desafío a las leyes naturales que obligan a las honras fúnebres a los difuntos, de manera que Antígona, hermana de la víctima, decidió desobedecer al tirano y dar sepultura a su hermano. Las iras del tirano Creonte se desataron, y ahí ocurrió la tragedia, que plasmó Sófocles, en su obra “Antígona”. Es la tragedia de la conculcación de la ley natural de honrar a los muertos. Las tiranías prohíben siempre el honor a sus víctimas. Lo increíble será que tal indignidad la cometa también una democracia.

        Este decorado clásico de fondo me allana el camino para hablar de una deshonra: el olvido de las víctimas causadas por el franquismo. Con motivo de la presentación de mi nuevo libro Trincharas de la República, 1937-1939 (El Páramo, Córdoba, 2013) en esta Biblioteca Complutense de Madrid (3-2-2014), he dado forma a un artículo obligado.

        Un nuevo libro sobre la guerra civil. ¿No estamos ya saturados?.... Ni mucho menos…. Hoy día, sobre la guerra civil se sabe menos y peor que en los años ochenta. Existen muchas explicaciones para ello. Una, que hemos cometido el error de educar o maleducar a dos generaciones en la desmemoria y en el olvido, y ahora se están recogiendo los frutos de una desinformación absoluta. España necesita, más que nunca, abrir los ojos a su historia, abrir los oídos a los relatos del pasado y abrir su capacidad de saber, derribando mitos y falacias.

        En este libro se trata de responder a lo que fue el Ejército de la República, a lo que fue una vanguardia de trincheras y a lo que fue una retaguardia llena de penalidades. Este libro recoge una singularidad, que fue la del Frente Sur: un frente activo y sangriento durante los tres años de guerra, y dio pie, al menos, a dos importantes batallas: la batalla victoriosa de Pozoblanco y la batalla “Córdoba-Extremadura”, la última de la guerra, en enero del 39.

No existió en España ningún otro frente que tuviera un período de actividad tan dilatado ni un atractivo tan romántico, que hiciera desfilar por este frente personalidades de todo tipo, desde escritores, periodistas, brigadistas internacionales y fotógrafos, como Robert Capa.

        Aunque el epicentro de Trincheras de la República es Córdoba, una provincia que ha dado mucho juego a los historiadores, el marco no se cierra ahí, sino que se abre hacia otros lugares, como Badajoz y el Bajo Aragón, por donde fueron sembrándose las Brigadas autóctonas cordobesas, la 73, la 74, la División de Maniobras, etc., en una lucha en  situaciones-límite, desconocidas hasta entonces en suelo ibérico. Entre muchas fuentes, las memorias del gran interbrigadista Aldo Morandi, In nome della libertá, desconocidas en España, han aportado datos sorprendentes.[1]

        Hoy no está de moda hacer estudios de reconstrucción de hechos bélicos, ni estudios rigurosos sobre la represión franquista, ni estudios sobre el campesinado o las colectividades… en realidad, sobre la guerra civil no está de moda casi nada, salvo algunas oníricas disertaciones de mesa camilla o tibios análisis de despachos aburridos o, sobre todo, maliciosos libelos contra los que sí trabajan en los despeñaderos de la historia.  

        En 1937, el Ejército de la República poseía ya una cualificación tan eficaz o más que el Ejército de Franco, de manera que no todo fueron derrotas en la zona republicana ni mucho menos. Los franquistas también tuvieron que correr, para atrás, en bastantes ocasiones: en Pozoblanco, Guadalajara, Teruel, en el comienzo de la batalla del Ebro…Otras batallas quedaron en tablas, como la del Jarama, la de Brunete, la de Lopera-Porcuna en los límites de Córdoba-Jaén. ¿Qué ocurrió en realidad? Que las fuerzas contendientes se igualaron muchas veces. Pero cuando ocurría la igualación, el Eje Roma-Berlín deshacía el empate, mediante envío masivo de hombres (Italia) y material modernísimo (Alemania). Los envíos de la URSS llegaban tarde y mal, a veces nunca. Es decir, la URSS mandaba ayuda para resistir; el Eje la enviaba, no sólo para vencer, sino para arrasar. Ese arrasamiento se vio, por ejemplo, en la segunda parte de la batalla del Ebro. Una batalla, y la guerra también, que fue ganada, no tanto por Franco, sino por Hitler.

        Ese mito de un Ejército de la República desorganizado es eso: un mito falaz. En los primeros meses, en los que los golpistas pudieron ser aplastados, les cayó en suerte una gran baza a su favor: el Ejército de África, los Regulares y la Legión. Con esta ayuda decisiva solucionaron los primeros meses, dejando atrás un genocidio de gente campesina, por toda la España meridional.

        Trincheras de la República plantea bastantes cuestiones de retaguardia, como la conflictividad política de sindicatos y partidos del Frente Popular, la cuestión humanitaria de los desplazados o refugiados, el difícil abastecimiento a la población civil, los bombardeos crecientes de la aviación franquista sobre objetivos civiles, los ametrallamientos aéreos de la población civil evacuada por las carreteras, las actividades increíbles del Cuerpo de Guerrilleros de la República, los “Niños de la Noche”, y sobre todo, los crímenes de guerra, es decir, el maltrato y fusilamiento de prisioneros. Se fusilaron a mansalva los prisioneros de Málaga; se fusilaron después de la victoria, en los alrededores de los campos de concentración. Los vencedores practicaron ejecuciones sumarias o “paseo” tras la victoria, en los meses de abril y mayo de 1939, de lo cual nadie ha dado noticia.

Hoy disponemos ya de datos mucho más fuertes, que se recogen en el libro, sobre la matanza de prisioneros durante la guerra, por las columnas fascistas que avanzaban hacia Madrid: no sólo los crímenes del teniente coronel Yagüe en Badajoz, sino mucho peor, por desconocida, la matanza de prisioneros del general Varela camino de Madrid. Desde Toledo a Madrid, sólo en octubre de 1936, según se refleja en este libro, se cargó a 4.000 prisioneros, de los que iba capturando en los pueblos de Toledo y Madrid.[2] Datos de los que nadie se quiere dar por enterado, a pesar de que hay fuentes al respecto desde hace varios años.

        Los últimos epígrafes del libro se hacen eco de la catástrofe humanitaria del cruce de la frontera, a finales de un mes de enero, en unas condiciones inenarrables para los débiles y para todos los desplazados. Francia recibió a los demócratas vencidos españoles, no como personas libres, sino como “prisioneros”, y además como elemento de “trabajo esclavo”, y no digamos en la colonia argelina del Norte de África, donde a todo lo anterior se añadió la “tortura” contra los españoles, que muchos se dejaron la vida en aquel estúpido proyecto francés del ferrocarril transahariano. Los derechos humanos fueron borrados del mapa y parecía que no había lugar para hallar refugio en una Europa embrutecida y prostituida. A partir de 1940, los nazis se lanzaron a la cacería de españoles en territorio francés, los enviaron en convoyes inhumanos al exterminio nazi, y más de 7.000 salieron por las chimeneas de Mauthausen-Gusen, más de mil andaluces, 246 cordobeses.

        Pero sí hubo un rincón del mundo que recibió a los españoles con la dignidad que se merecían: Latinoamérica. Cuando diversos barcos arribaban a aquellos países, sobre todo México, fueron recibidos calurosamente, como personas “libres”, para que pudieran rehacer libremente su vida. Siempre nos han tratado con afecto los latinoamericanos, a pesar de nuestro comportamiento pésimo, en el pasado y en el presente. Estas son las enseñanzas de la historia.[3]

        Uno se pregunta si es oportuno un nuevo libro sobre la guerra civil, en unos momentos de absoluta desorientación intelectual, donde los que tenían que hacer historia se dedican a negarla. ¿Qué hacemos ahora los historiadores con la cuestión de la guerra civil? ¿Seguimos adelante o tiramos la toalla? ¿Y qué camino seguimos: el de la Primera España, el de la Segunda o el de la “tercera España”? Hoy está volviendo a triunfar la Primera; la Segunda lleva claudicando desde el “pacto de silencio” de la transición, ha perdido los papeles, traicionada por sus abogados defensores, los cuales se han pasado a “otro partido”: el llamado de la “tercera España”, una especie de sucedáneo, una especulación onírica, una simpleza, una vacuidad y una evidente debilidad intelectual.

        A estas banalidades se dedican hoy algunos eruditos a la violeta “progres”, con ademanes de sobrados y de perdona-vidas, que cuando nosotros vamos, ellos dan a entender que ya vienen de vuelta. En realidad, no han ido a ninguna parte. Tal vez sin darse cuenta, estos “progres” se han sumado a la corriente impetuosa de la contra-memoria, en forma de “quinta columna”. Uno de ellos de estos “progres”, en una reciente entrevista, se muestra “preocupado” por el terror rojo en Madrid. Cuando todavía no hemos acabado de estudiar el terror azul en Madrid, salvo el libro ya clásico de Mirta Núñez,[4] he aquí que ya sale este “quinta-columnista” con la supuesta novedad de cifrar el terror rojo en el 6’8 % de la población. ¿Y de dónde saca ese dato?.... Ese estudio en Madrid no se ha realizado en los últimos tiempos. Tal vez nuestro aludido en cuestión ha tomado el dato del arúspice de la derecha, Julius Ruiz, que no hace otra cosa que empapelar Madrid con los legajos de la Causa General.[5] Un trabajo repetitivo, porque desde el libro de Casas de la Vega, los datos de Madrid ya los sabíamos: 8.815.[6] Ese fue el terror rojo, por cierto que no llega ni a los dos tercios del terror azul en Córdoba, con un mínimo de 12.585. En Sevilla, un mínimo de 14.018, etc., etc.

        Llaman “tercera España”, no a la que luchó contra el golpe militar y se sembró por los campos de España, sino a la que se quedó en casa, la que no dio ningún paso al frente, la que no quiso saber de ninguno de los contendientes o la que luchó a disgusto. Llegan incluso a elogiar a aquellos que se quitaron de en medio, como el caso del periodista sevillano Manuel Chaves Nogales, redacto de Ahora, de Madrid, desde donde se marchó a Francia a comienzos de noviembre de 1936, y desde allí, para justificar su salida por patas, se dedicó a tirar piedras contra la II República, diciendo que en ella sólo había “comunistas”, en un evidente dislate, sin el más mínimo rigor histórico. Y más en 1936, cuando todo era un revoltijo de milicianos, salvados in extremis por los primeros brigadistas internacionales, a los que llama “la escoria del mundo”. Y a este personaje sinuoso e impresentable han cogido de “modelo” los cofrades de la “tercera España”.[7]

Para los “terceristas” los héroes fueron la sociedad amorfa, el segmento no definido que se da en toda sociedad, Es la gente que no salió a mezclarse con la multitud, como dice el poema “En la plaza”, de Vicente Aleixandre. Es la gente que sólo se asoma a la ventana, a los que elogia Mariano Rajoy: “A mí, de toda manifestación, los que más importan son los que se quedan en casa”. En definitiva, son aquellos que nunca se comprometen con nada, aquellos a los que desprecia Dante en su Divina Comedia, y los coloca en el primer círculo del infierno, diciéndole a Virgilio: “No hablemos de ellos; sigamos adelante”.

Y en esta España tercerista, timorata, tibia, en realidad egoísta, un tanto traidora, ahí quieren ver hoy algunos intelectuales la quintaesencia de la guerra civil. Y defienden esta teoría, síntesis de banalidades, porque en la España en guerra, dicen, en una parte sólo había fascistas, y en la otra, sólo había comunistas. En realidad, casi no veían fascistas; sólo veían comunistas. Incluso hoy todavía los siguen viendo, cuando ya son especie protegida. Sueñan con ellos como la momia de Franco.

Vamos a ver si tenía fundamento aquella paranoia con los comunistas. Una investigación sobre los consejos de guerra de cuatro partidos judiciales de Córdoba, la “tierra comunista por excelencia”, nos la estadística es siguiente, según dichos consejos de guerra, en cuanto a filiaciones políticas: 1) PSOE (432 / 31’40%); 2) La UGT (260 / 18’90%); 3) CNT (139 / 10’10%); 4) PCE (138 / 10%); 5) I. R. (67 / 4’87%); 6) Las J.S.U. (59); 7) Las J. S. (45); 8) Marxistas en general (62); 9) e Izquierdistas en general (160).[8] Parece infundado, pues, el síndrome anti-comunista de los “terceristas”.

Veamos otro botón de muestra, el de los comisarios de guerra, que aquí tiene que haber comunistas a montones. Según la  misma investigación anterior, de 38 comisarios que aparecen en los consejos de guerra antes aludidos, su filiación es la siguiente: 1) PCE (8); 2) PSOE (7); 3) CNT (6); 4) J.S.U. (6); 5) J. S. (3); 6) Marxistas en general (2); y 7) Izquierdistas en general (6). Es decir, que los comisarios comunistas son sólo el 21%.[9] Por tanto, el mito de que todo era comunista en la zona republicana era sólo un enjambre de termitas en la cabeza de Franco y en estos “progres” terceristas de hoy.

No busquen más pretextos los de la “tercera España”. Sólo son un huevo huero, sin germen, derivado del “efecto invernadero” que propaga la posmodernidad, con su pensamiento light, con su visión leve e inane de la realidad y de la historia. La posmodernidad, con sus contenidos prêt-à-porter  está haciendo hoy estragos en la intelectualidad occidental.

Pero un día, no sólo la literatura, también la historia, a decir de Bertolt Brecht, “serán interrogadas”… “Aquellos que se sentaron en sillas de oro para escribir serán interrogados… Pero a la vez serán ensalzados… los que informaron de los hechos de los combatientes”.

No es lo peor este huevo huero que hoy se cosecha entre los teóricos de la “tercera España”. Lo peor es el vendaval de la contra-memoria y del negacionismo, de efectos mucho más graves. Hoy día, el llamado “revisionismo” (los Pío Moa, los César Vidal… incluso Mr. Payne) ya ha sido rebasado por el vértigo de los tiempos, ese sarpullido ya pasó, sin pena ni gloria, y hoy es ya agua pasada. Hoy, el peligro viene ya directamente desde las derechas españolas, con su contra-memoria y con su enrocamiento para sostenella y no enmendalla.

No es ningún secreto para nadie que las derechas han pasado por la democracia sin apenas impregnarse de ella. No han condenado nunca el franquismo, cada dos por tres justifican el 18 de julio, votaron en contra de la Ley de Memoria Histórica, y al llegar al Gobierno, la han dejado sin presupuesto, siguen manchando a diario la memoria de la II República, han borrado su nombre de la Transición y de la Constitución, persisten en las calumnias con las que el franquismo demonizó la II República…… En unas jornadas en Huesca escuché esto, que no he olvidado jamás: “La derecha francesa, a partir de De Gaulle, ha tenido siempre una tradición antifascista; al contrario que la derecha española, que jamás ha tenido esa actitud, porque es una reconversión del franquismo”.

Con estos precedentes no puede sorprender cómo es posible que la contra-memoria irrumpa ahora en España de una manera tan agresiva. En el otoño de 2013 quedamos estupefactos ante la celebración de un mercadillo de símbolos fascistas en un local público de Quijorna (Madrid), con el visto bueno de la alcaldesa. Un político de Galicia declaró que “si mataron a los republicanos, algo habrían hecho”. Y por las mismas fechas un alto cargo del PP, Rafael Hernando, se refirió a la República como “ese Régimen que acabó con un millón de muertos”, y poco después levantó el estupor, cuando dijo en una televisión que “algunos se acuerdan de desenterrar a su padre, cuando hay subvenciones”. El desprecio del PP por las víctimas del franquismo es diario y sin ambages. No se han olvidado las declaraciones de otro dirigente del PP, Jaime Mayor Oreja, cuando habló de “la extraordinaria placidez con que se vivió durante el franquismo”.

El presente no es menos escandaloso. El próximo 22 de abril se celebrará un homenaje en Burgos al criminal de guerra general Yagüe, el genocida de  Badajoz…La Universidad de Extremadura acaba de patrocinar la publicación de un libro sobre un genocida, con un título dulce, como no podía ser menos: Manuel Gómez Cantos, historia y memoria de un mando de la Guardia Civil  (del Sr. García Carrero)... ¡Un mando de la Guardia Civil! Y se dejó Extremadura sembrada de cadáveres… Que hablen las cunetas de Cañamero, de Alía, de Villanueva de la Serena, etc., etc.,… Y lo denomina “un mando”, en vez de “un criminal” o asesino en serie.

La UNED también acaba de apadrinar otro trabajito sobre el genocida de Córdoba, que se llevó por delante 4.000 personas en la capital, el tristemente célebre “Don Bruno”, con este título: Bruno Ibáñez Gálvez, de oficial de Infantería a represor (del Sr. Asensio Rubio, de la UNED)…¿Sólo “represor” únicamente? Cualquier guardia que lanza una pelota de goma en una manifestación es un represor, pero aquí no estamos hablando de pelotas de goma, sino de 4.000 víctimas en el cementerio de Córdoba. La palabra es “genocida” o “criminal contra la humanidad”;  por supuesto con su sitio esperándole en el banquillo de Nuremberg. En aquel tribunal hubo muchas sillas vacías: las de todos los genocidas españoles, que fueron miles. Y decir esto no es de “radicales”: es, primero, ser veraces; segundo, no ser mistificadores de las palabras ni de los hechos; tercero, ser demócratas, simplemente, y saber escribir desde una mínima escala de valores. Somos, modestamente, además de demócratas, intelectuales, historiadores, científicos (o lo pretendemos), llamando las cosas como son, y rechazando la mistificación, la componenda, la hipocresía y el sub-lenguaje.

Mientras tanto, en cuanto a las víctimas, todo en España ha sido y es menosprecio, desdén y falta de respeto a los asesinados, olvidados y silenciados sistemáticamente. Y sobre esa indignidad se ha construido la actual democracia, pero parece que no consiguen hacer callar y hacer olvidar del todo el clamor de los insepultos.

A finales de 2013, los familiares de una víctima han pedido amparo al Tribunal Constitucional. En un principio no se les admitió a trámite, pero el fiscal Manuel Miranda lo recurrió, por lo que el TC tendría que entrar en el fondo de la cuestión. Sin embargo, el fiscal general Eduardo Torres-Dulce, con fecha 19-1-2014, ha ordenado retirar el recurso, porque no quiere que el TC siente jurisprudencia sobre los desaparecidos del franquismo ni que debata sobre los efectos de la Ley de Amnistía de 1977, ni que se dé respuesta a las observaciones del Comité de Derechos Humanos de la ONU.

Pero no queda aquí el desmadre de los gobiernos de España. Actualmente, ya está puesta en marcha una Proposición de Lay que dará la puntilla al ejercicio del principio de “justicia universal” por nuestro país, es decir, que no se pueda abrir proceso a no españoles ni a residente fuera de España (parece que esto es una concesión a una petición de las mafias chinas). Se pretende modificar la Ley Orgánica 6/1985, así como la 1/2009 (ambas, de los socialistas), todas limitativas del principio de “justicia universal”. Así lo ha señalado con alarma el Relator de la ONU (3-2-2014), en su visita a España. Resulta escandalosa la “autarquía jurídica” de los fiscales, magistrados y jueces españoles, anacrónica pervivencia del franquismo, dada la cada día evidente escasa formación en las líneas básicas del Derecho Internacional.

Además del Comité de la ONU contra la tortura (noviembre de 2009), tres organismos más de la ONU han visitado España en menos de medio año sobre el problema pendiente de los “desaparecidos” y sobre la necesaria Comisión de la Verdad, principalmente: el Grupo de Trabajo de la ONU sobre las Desapariciones Forzadas (última semana de septiembre de 2013); el Comité de la ONU sobre Desaparecidos, que en noviembre de 2013, en su 5º período de sesiones (4-15 noviembre), ha redactado un informe sobre España, dejando en evidencia múltiples deficiencias sobre Derechos Humanos y poniendo en tela de juicio, claramente, la llamada Ley de Amnistía de 1977, como incompatible con los derechos de las víctimas por crímenes imprescriptibles. Idéntica conclusión ha publicado el Relator de la ONU para la Promoción de la Verdad, la Justicia, la Reparación y las Garantías de No Repetición, en su visita a España en la última semana de enero de 2014, demostrando la incongruencia de la célebre Ley de Amnistía española, en contradicción con las firmas signadas por España con anterioridad, por ejemplo el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, cuyo Art. 2.3 prohíbe las amnistías para las violaciones serias de los derechos humanos, firmado por España el 28-9-1976, y ratificado el 27-4-1977, todo anterior a la inasumible Ley de Amnistía.

Los tres últimos organismos citados de la ONU han publicado conclusiones, disponibles en los medios de comunicación y en la red, sobre las graves negligencias de los Gobiernos de la democracia en pro de saldar una deuda inexcusable con las víctimas de la represión franquista, negligencias en múltiples direcciones y con múltiples contradicciones de un Estado que no es garante con una parte de sus ciudadanos.

Pero la negligencia no es sólo de este último Gobierno. La socialdemocracia española vive en la más absoluta connivencia y desorientación. El pasado 13 de enero se ha celebrado un “máster” sobre derechos humanos en la Universidad de Sevilla, con la participación, entre otros, de Rodríguez Zapatero y Baltasar Garzón. Un periodista extranjero preguntó a Zapatero: “¿Hay espacio en España para la creación de una Comisión de la Verdad?”

--Zapatero: “Seré breve y claro: ¡No!”

--Garzón: “Tú has sido enfático en la respuesta; yo lo voy a ser también. ¡Yo soy partidario de una Comisión de la Verdad! Creo que es una necesidad democrática. No puedo estar de acuerdo con el silencio oficial permanente que todos los gobiernos, hasta el día de hoy, han hecho. La Comisión de la Verdad es lo mínimo que las víctimas se merecen, porque en tu discurso ha faltado un elemento: el de la justicia, que tengan por lo menos la posibilidad de contar su historia… fue en el juicio contra mí, la única ocasión en que ocho víctimas tuvieron oportunidad de decirle a un Tribunal: ¡Ustedes no hicieron nada por nosotros!”

 --Zapatero: “Insisto: (el pacto de silencio) forma parte del núcleo esencial del trípode: democracia, consenso, reconciliación… es el gran acuerdo social, que no se investigara una verdad ‘institucional’, y mucho menos judicial… porque la verdad la sabemos todos…Y la Ley de Amnistía es lo que abre la puerta a la transición democrática…Es un vehículo… Yo respaldo lo que hizo la generación que me precedió…”

--Garzón: “No tiene derecho ningún Gobierno a disponer de un derecho fundamental de las víctimas… ¡La verdad! No ha habido verdad. En los archivos, si la contienen, hasta este momento se nos ofrece oculta… En la transición no se trataron para nada los crímenes franquistas. Se olvidaron. No hubo ni un solo debate… ¡Y la reconciliación! ¿Dónde está la reconciliación? …En España, basta con tocar el tema de la guerra civil, para que salten ampollas… ¿Dónde está la reconciliación? Si cuestionas que se tiene que abrir una fosa, se te caen encima todas las estructuras… Y finalmente, cuándo va a pedir perdón aquí la Justicia por no haber hecho jamás nada… Cuando llegue ese día, firmaré contigo, ex presidente, esa dicha reconciliación…” (Sevilla, 13 de enero de 1914).

Queda clara, pues, cuál es la posición de los dos partidos turnantes respecto a los derechos de las víctimas del franquismo, respecto al pasado oculto, respecto a una Comisión de la Verdad, y respecto a nuestra falsa Ley de Punto Final.

Mi libro Trincheras de la República, 1937-1939 ha tratado de responder, modestamente, al triple “mal rollo” que hoy se cierne sobre la historia: 1) La contra-memoria; 2) El negacionismo; 3) y el invento ridículo de la “tercera España”.

Para terminar, y para responder a los tres síndromes,… me va a ayudar el escritor MAX AUB, con una cita de su libro Campo de los Almendros (que me pasa F. Espinosa), cuando Max se hallaba a la vista de la multitud de los vencidos en el puerto de Alicante o en el campo de concentración: 

“Estos que ves ahora deshechos, maltrechos, furiosos, aplanados, sin afeitar,… hechos un asco, destrozados, son, sin embargo, no lo olvides, hijo, no lo olvides nunca, pase lo que pase, son lo mejor de España, los únicos que, de verdad, se han alzado, sin nada, con sus manos, contra el fascismo, contra los militares, contra los poderosos… cada uno a su manera, como han podido…”. 

Se alzaron contra Franco, añadimos, y sobre la gravedad de cuyo crimen vuelve a ayudarme un poeta, Antonio Machado, que es el cierre de mi libro: 

¿Dónde irá el felón con su falsía?
¿En qué rincón se esconderá sombrío?
………………………………….

Haz que su infamia su castigo sea.
Que trepe a un alto pino en la alta cima,
y en él, ahorcado, que su crimen vea,
y el horror de su crimen lo redima.




[1] Aldo Morandi, In nome della libertá. Diario della guerra di Spagna, 1936-1939, Hugo Mursia Editore, Milano, 2002.
[2] José Enrique Varela, General Varela.  Diario de Operaciones , 1936-1939, Almena, Madrid, 2004. Edición del comandante Núñez Calvo.
[3] Muchos pormenores de la llegada de los españoles a México se pueden consultar en mi edición de Pedro Garfias, poesías completas, Alpuerto, Madrid, 1996.
[4] Mirta Núñez Díaz-Balart y Antonio Rojas Friend, Consejo de guerra. Los fusilamientos en el Madrid de la posguerra (1939-1945), Compañía Literaria, Madrid, 1997.
[5] Julius Ruiz, El terror rojo, Espasa, Madrid, 2012.
[6] Rafael Casas de la Vega, El terror. Madrid, 1936, Fénix, Madrid, 1994.
[7] Todas estas lindezas las dice Manuel Chaves Nogales en su primer libro, A sangre y fuego, Chile, 1937; y en un segundo, La defensa de Madrid, México, 1939.
[8] Antonio Barragán Moriana, Control social y responsabilidades políticas. Córdoba (1936-1945), El Páramo, Córdoba, 2009, pp. 222-223.
[9] Barragán, pp. 242-244.

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