9/29/2017

HISTORIADORES Y MEMORIALISTAS A EXAMEN


EQUIDISTANTES Y NEGACIONISTAS CONTRA LA HISTORIA 

Prólogo a Lucha de historias, lucha de memorias, de Francisco Espinosa

                                          Por Francisco Moreno Gómez 

        Después de leer las páginas de este nuevo libro de Francisco Espinosa, Lucha de historias, lucha de memorias (2015), sobre la historia y la memoria de la guerra civil española, debo confesar que, aparte del sumo interés e importancia de este estudio, la sensación resultante es de asombro y de una infinita estupefacción ante las resistencias que este tema suscita en nuestro país. Tanto Espinosa como yo llevamos más de treinta años dedicados –y sacrificados- en estas investigaciones sobre la historia desgraciada de España en los años treinta y cuarenta del pasado siglo XX. Ambos arrastramos nuestra vocación historiográfica desde los días de la Transición, pero no de la Transición de las componendas, de los pactos de olvido y de las amnesias (la Transición falaz o Tra(ns)ición), sino de la buena Transición, la del fervor cultural, la de las grandes novedades progresistas, la de las inquietudes intelectuales de todo tipo, todo lo cual provocaba un ansia infinita de saber, que los historiadores compartíamos con la gente de la calle, con nuestro gran maestro abriendo camino, don Manuel Tuñón de Lara. De ahí venimos, no de los “departamentos” equidistantes y fachas, que ni entonces (ni ahora) se querían manchar con la sangre de la guerra civil ni con las miserias de las prisiones franquistas ni con los alaridos de los acribillados ni con el calvario de la guerrilla (tema siempre ajeno a la Universidad), porque estos temas los consideraban “poco científicos”. Hoy siguen pensando lo mismo (salvo los pocos sabios que en el mundo académico son y han sido). Nos referimos a plumillas átonos, atentos sólo a la promoción personal, a la ANECA, y a su lustre curricular. No piensan en otra escala de valores, ni ejercitan el proyecto ético contra el olvido, como los sabios del pasado. Así empieza sus Historias el griego Heródoto (siglo V, a. C.): “Heródoto de Halicarnaso presenta aquí los resultados de su investigación, para que el tiempo no borre el recuerdo de las acciones humanas y que las grandes empresas acometidas, ya por los griegos, ya por los bárbaros, no caigan en el olvido”.
        Lo que en este libro hace F. Espinosa es presentar el vía crucis del proyecto de la memoria histórica en España, el surgimiento del movimiento memorialista y todos sus avatares, además otros muchos temas, todo un conjunto pluritemático: el combate por la historia, la lucha contra el olvido, los enemigos de la historia y de la memoria de la represión franquista, el desastre de la desmemoria y del “pacto de silencio”, en una democracia pésimamente construida (pese a los aduladores y arúspices oficiales), las hipocresías de las “saturaciones” y de los olvidos, los intentos aberrantes de excluir el pasado del presente y la batalla persistente, a pesar de todo, por la memoria democrática en esta España farisaica.
        Francisco Espinosa y yo hemos seguido muy parecida trayectoria en nuestra vocación historiográfica. Hemos investigado y escrito por eso, por pura vocación, sin ambiciones (ni académicas ni arribistas ni figurativas ni materiales). Nos ha guiado un gran imperativo intelectual, primero, y un gran imperativo ético. Hemos escrito porque era necesario, imprescindible. La historia como un deber. Y hemos actuado en consecuencia. Lo más difícil es que hemos llevado adelante nuestra vocación contra corriente, contra el olvido promovido por el establishment, al que jamás hemos hecho puñetero caso. Hemos rechazado la desmemoria y la equidistancia, la equiparación y las adulteraciones indecentes. Hemos incidido más en la historia de los vencidos que en la de los vencedores, y eso conlleva un cierto calvario, una calle de la amargura llamando a las puertas cerradas de los archivos. Hoy miramos a nuestra trayectoria con profunda satisfacción científica y ética: hemos plasmado, sólo un poco, la historia de aquellos a los que se ha querido negar el derecho a la historia.
        Echar ahora la mirada atrás revela la gran dificultad del terreno recorrido, los muchísimos obstáculos rebasados, desde mi primer libro (La República y la guerra civil en Córdoba). Un tribunal presidido por don Manuel Tuñón de Lara me otorgó el Premio “Díaz del Moral” del Ayuntamiento de Córdoba, en febrero de 1982. El escándalo entre la derecha cordobesa fue mayúsculo (Estábamos en la “modélica” Transición, ya con un lustro de democracia). De los siete miembros del jurado, dos votaron en contra: Juan Gómez Crespo (Real Academia), ex falangista de Fernán Núñez. Dijo que yo “dividía a Córdoba en buenos y malos”. Y Enrique Aguilar (UCO), acólito de Cuenca Toribio, historiador de la Iglesia. Aguilar, de la derecha academicista, dijo que “la obra estaba inacabada”, por decir algo. Este personaje, cuando en 2013 ocurrió en Córdoba una polémica en torno al rejoneador Antonio Cañero (que el 18 de julio se puso al servicio de los rebeldes con un batallón de caballistas para “limpiar” de fugitivos los alrededores de Córdoba), este personaje, digo, salió a los medios defendiendo al rejoneador fascista.
        Este y otros muchos hechos extraños en democracia nos llevan a otra consideración. No existe en España un mínimo común denominador acordado con relación al origen, desarrollo y consecuencias de la guerra civil, ni existe el más mínimo consenso en torno a la cuestión, ni siquiera sobre tres o cuatro palabras clave, a fin de que pueda ser posible un diálogo mínimo entre las partes. Podía haberse conseguido algún acuerdo sobre palabras como golpe militar, o sobre el carácter democrático de la República, o sobre la agresión anti-constitucional, o sobre la palabra fascismo, o sobre las responsabilidades de la rebelión, o sobre la palabra perdón. Entonces, si nada de esto ha tenido lugar, ni por aproximación, ¿cómo se puede hablar de reconciliación? No existe, como más adelante oiremos decir al juez Baltasar Garzón. Y si parece que existe la tal reconciliación es porque una de las partes calla, silencia y otorga. La prueba sería sacar a colación el tema, por ejemplo, en una de estas célebres tertulias televisivas, en las que siempre están como vigilantes los tiburones de la derecha: Eduardo Inda, Marhuenda, Alfonso Rojo y algunas señoras de arma en ristre, para arrojarse a la yugular de cualquier incauto que se atreva a mencionar los temas prohibidos. La reconciliación verdadera es una quimera en España, un ente metafísico.
        Los herederos de los vencedores no han aceptado jamás ninguno de los puntos de vista que hayan podido salir de los herederos de los vencidos (la lucha antifascista, la lucha por la democracia y la libertad, verdad-justicia y reparación para las víctimas…). Nada de esto. Jamás. Ni siquiera han aceptado una visión democrática en la historia. Por ello, jamás han condenado el golpe militar de Franco (salvo la tímida componenda que hicieron en la sesión parlamentaria del 20-11-2002, sin nombrar siquiera la palabra golpe militar, aprobándose una farisaica transacción, que redactó el PP, y la izquierda se sumó a ella, aceptando, pusilánime, gato por liebre). Todo resulta indigesto para el sentido común y las cabezas normales.
        Cuando desde la base social ha surgido con brío el movimiento memorialista, las derechas y la Iglesia han redoblado los anatemas y las intolerancias. Después de hundir a España en el abismo, como jamás en la historia, todavía siguen defendiendo sus proezas de salvapatrias. Es el sostenella y no enmendalla. Están dispuestos a que en la sociedad española no se conozca “otra verdad” que la que lleva el placet de las derechas desde 1939. Desde entonces, salvo algún retoque cosmético, no se han movido un ápice. Y no sólo se enrocan y atrincheran, sino que a raíz del movimiento memorialista se han lanzado a la ofensiva, con los peones del mal llamado “revisionismo” (en realidad no revisan nada) y reprimiendo claramente las labores de la memoria y el trabajo de los historiadores, mediante leyes de protección al honor y la intimidad (los verdugos no tienen honor ni intimidad) y mediante destrucción de archivos o inaccesibilidad a los mismos. Ellos, que no olvidan jamás y llevan su martirologio a las últimas consecuencias (beatificaciones y canonizaciones masivas), proclaman: “A veces es necesario saber olvidar” (Ms. Rouco). Los herederos de los vencedores sí que hacen memoria, mientras piden desmemoria para los vencidos: el 28-10-2007 elevaron a los altares a 498 de los “muertos sagrados”; y el 13-10-2013, 522. Solían declarar aquellos días a los medios que “ellos perdonaban”. Pero ese no era el quid de la cuestión, sino que “ellos pidieran perdón”. Y tales ceremonias en Roma se hicieron con altísima representación del Gobierno, ya socialista, ya de derechas. En cambio, cuando se abre alguna fosa de los vencidos, ninguna autoridad aparece. Esta es la división de España: víctimas de primera, a las que honra el Estado (socialista o de derechas) y víctimas de segunda o cuarta (entre ellas, miles de socialistas), a las que nadie honra, salvo sus familiares. En fin, si alguien comprende semejante charca de miseria, que me lo explique.
        La derecha reaccionaria española tiene pocos paralelismos en Europa, por una razón que he señalado en alguna ocasión: la derecha española carece totalmente de tradición democrática. Nunca se ha desarrollado en democracia, salvo en el discutido presente y en los cinco años de la II República. El hábitat natural de las derechas españolas es el imperialismo de los Austrias, la destrucción de las Indias, las expulsiones “en caliente” de judíos y moriscos (ahora, en la valla de Melilla), la Inquisición, el absolutismo, el carlismo, el clericalismo, el caciquismo, la absurda guerra de Marruecos y toda suerte de autoritarismos. La “Leyenda negra” viene a ser el libro blanco de la historia de España, bajo las oligarquías y monarquías ineptas. Cuando llegó la II República, casi por casualidad, no la aceptaron y la boicotearon. “Que os dé de comer la República”, espetaban a la gente obrera. Finalmente, por influencia de los fascismos europeos, se lanzaron al golpe militar y a un régimen violento de cuarenta años. Ese es el bagaje “democrático” de las derechas españolas. En la Europa de Erasmo y de Voltaire, en la Europa de los derechos del hombre y del librepensamiento, el autoritarismo español ha sido siempre una antigualla y un espantajo clerical. Desde 1977 viven la única democracia de su trayectoria, pero como “conversos” (En la intimidad siguen practicando los viejos ritos y profesan el culto a Franco).
        A diferencia de la derecha francesa (la civilizada), por ejemplo, la derecha española carece de tradición antifascista. La derecha francesa, la que viene de De Gaulle, se curtió en la resistencia y en la lucha contra el nazismo. Y ha practicado estos valores concediendo, por ejemplo, condecoraciones a los luchadores republicanos españoles (“héroes” en Francia, y “bandoleros” en España). El 26-3-2016, Felipe VI hacía visita oficial a Francia, interrumpida por un accidente de avión en Los Alpes. Entre las ceremonias figuraba la condecoración de una docena de españoles supervivientes de los campos nazis. Semejante evento en España, a Felipe VI no se le ocurre ni en pintura. Volvemos a lo de siempre: “héroes” en Francia, y “vagos y maleantes” en España. Este es el pedrigee “democrático” de la derecha española, que no es sólo la derecha política; también la social, económica (patronal y financiera), derecha judicial, militar, clerical y académica. Por eso pluralizamos: las derechas españolas, todas nostálgicas del autoritarismo. Ya que hemos aludido a Francia, otro ejemplo finalmente. En los fastos galos del 14 de julio, quedé anonadado al ver al coro de la Armada francesa cantar a voz en grito el himno del maquis o resistencia Le chant des partisans, ante la multitud francesa y ante el Gobierno en pleno, en este caso, 2006, de derechas (Véase en YouTube, “Le chant des partisans, desfile 14-07-06”). Ahora, en España, a ver quién es el guapo que pone a la banda de cornetas y tambores del Ejército español, o de la Guardia Civil, a cantar el himno de la guerrilla española. Esta es la diferencia entre la derecha española y la francesa, entre otras muchas.
        La raíz de muchos males es que en Europa el fascismo fue derrotado, y sus democracias se reconstruyeron de nuevo cuño. En España, el fascismo, primero, y la dictadura, después, no fueron derrotados. Sólo se produjo una “reconversión” de los franquistas en “demócratas”, de manera acomodaticia,  tanto que la mayoría de los artículos de la Constitución no se cumplen, y la llamada reconciliación es una entelequia. La hispanista inglesa Helen Graham ha publicado análisis muy certeros de lo que pasa en España (“Los muertos sagrados”, London Review of Books, 19-2-1915). Los casi cuarenta años de dictadura se los pasó Franco adoctrinando a sus súbditos, lo cual se tradujo en una propaganda muy firme que ha rebasado la valla de la Transición, con unas estructuras de dominación, corrupción y clientelismo, que constituyen la base política de hoy y la principal herencia del PP. Cualquier intento de socavar dichas estructuras ha chocado con la fuerte oposición del gran abanico de las derechas (derecha política, económica, judicial,  militar, clerical, etc.). Lo terrible es que tampoco el PSOE se ha interesado por quebrar las viejas estructuras, a pesar del poderoso baluarte que fue el felipismo. El mejor albacea de Franco ha sido la clase media, que aún hoy sigue viviendo en el mito de un Franco reconstructor de España y garante de la estabilidad y del crecimiento. Esto es lo que de verdad ha calado en la sociedad amamantada bajo el franquismo. Helen Graham abunda en esto, que los intereses económicos y políticos a los que el franquismo sirvió en el pasado, esos mismos intereses perviven en la Transición y después. Esas estructuras de poder nunca han sido removidas, y siguen como hereditarias, según se demuestra en el PP, donde las viejas familias siguen siendo las que mandan, no sólo en lo político y económico, sino en lo judicial, militar, etc.
        Elemento recurrente de propaganda franquista ha sido el culto a “los muertos sagrados”. El poder siempre ha utilizado a sus muertos como propaganda. Antes, los “caídos”; ahora, los del terrorismo de ETA. Esta es la razón por la que están excluidas las víctimas del terrorismo de Franco. No son las víctimas del poder, sino de “los otros”, los cuales no cuentan, y su mejor sitio son las cunetas. Ahora se comprende por qué la alta representación del Gobierno (socialista o de derechas) acudió a Roma, a las beatificaciones y canonizaciones de los “muertos sagrados”. A la exhumación de las cunetas no acude nadie, ni siquiera el juez de paz. Así pues, en la España de hoy tenemos dos categorías: los “muertos sagrados” y los “muertos proscritos”. Es la tragedia griega de Antígona (Sófocles), en la que el tirano decreta enterrar a uno de los hermanos, y al otro, no. Antígona decide desobedecer y enterrar a este último. El atrevimiento lo pagará con su vida.
        Para esa clase media respetuosa con Franco es para la que, recientemente, un hispanista de derechas, Stanley G. Payne, norteamericano, y un periodista de ultraderecha, Jesús Palacios, español, han publicado una biografía de Franco “blanqueada” y “barnizada”. Ellos dicen “objetiva”. En estos autores han encontrado las derechas españolas sus buenos intérpretes, desechando ya las extravagancias de Pío Moa, a pesar de ser loadas por José Mª Aznar como su libro de vacaciones.  En Payne/Palacios, el capítulo dedicado a “La represión de los nacionales” es el más breve, dejando entrever que tal represión no fue una característica del franquismo, y enseguida pasan a los años 60, para ofrecernos el NO-DO del Franco inaugurando pantanos y similares historias, para presentar al dictador como el gurú del milagro económico. Por ello es por lo que se borra cualquier referencia al terror y la tortura. Y en cuanto a la represión de la posguerra, dicen Payne/Palacios que ésta ocurrió contra delincuentes (los comunistas). Con esa aberración simplista se evita cualquier análisis más amplio que pueda complicar la visión del franquismo, dice atinadamente Helen Graham. Por supuesto, nada de la teoría de la matanza fundacional del franquismo, que mantiene la mayoría de la historiografía ponderada.
        Lo curioso del pensamiento farisaico de Payne/Palacios es que, si en el franquismo aparecen sombras o algunos males, no fue por culpa del franquismo salvador, sino por culpa de la República, que “no era democrática” (Eso lo dice también Santos Juliá), y se comportaba como la síntesis del caos y del desorden. Una vieja teoría de propaganda sucia a la que ya estamos acostumbrados, pero insostenible historiográficamente, porque se trata de una monumental mentira. Con razón ha escrito Paul Preston esta otra biografía de Franco: El gran manipulador. La mentira cotidiana de Franco. Es soberana mentira el mito del caos en la II República o en la primavera de 1936. Como prueba presentamos unos datos elementales, además de la constatación de que la II República no cayó en algunos de los grandes males en que ha caído la democracia actual. Por ejemplo, la República no padeció un terrorismo organizado como la ETA, ni sufrió la corrupción tan espantosa, generalizada y sistémica que se da hoy en la democracia de 1977, bajo el felipismo, el aznarismo y el rajoísmo. La II República, aunque le afectó el crack de 1929, no llegó ni por aproximación a la gran crisis económica de la España del siglo XXI. De manera que ya está bien de mitos y falacias respecto a la primera democracia española digna del nombre.
        Rematemos, sin  embargo, con algunos datos contra el mito del caos y del desorden. El número de huelgas durante la II República fue muy inferior a las habidas durante la Transición y la actual democracia, incluso menos que en 1919-1920. En 1931, 734 huelgas; en 1932, 681 huelgas; en 1933, 1.127 huelgas; en 1934, 594 huelgas; en 1935, 181 huelgas; y en 1936, 887 huelgas (Carlos Salas, Lainformación.com). Compárese ahora con lo ocurrido en la Transición (aunque la población hubiese evolucionado): En 1974, 1.730 huelgas; en 1975, 2.837 huelgas (hasta aquí, con Franco vivo); en 1976, 3.662 huelgas, con más de 2’5 de huelguistas (sólo este año equivale a más que en la República); en 1977, 1.194 huelgas, con 2’9 millones de huelguistas; en 1978, 1.128 huelgas, con más de 3’8 millones de huelguistas; en 1979, 2.680 huelgas, con más de 5’7 millones de huelguistas (Anuario de El País, 1983). Quiere todo esto decir que el mito del caos y del desorden en la II República y en la primavera de 1936 es una gran y soberana mentira. Algo tenían que decir las derechas para justificar el golpe militar. Además, existen testimonios cualificados contra ese supuesto caos prebélico, como el del embajador norteamericano en España, Claude G. Bowers, o el escocés Sir Peter Chalmers-Mitchell.
        Las derechas dieron siempre pábulo a unas cifras hiperbólicas de muertos durante la República, antes del golpe militar. El libro citado de Payne/Palacios ha lanzado al aire un número capcioso: 2.500 muertos. Después, estos autores se desbocan en una absoluta insensatez, fantaseando sobre una supuesta violencia que “Fue algo que no tuvo precedentes; ni siquiera en la revolución rusa de 1917 existió un preludio semejante de violencia tan prolongada” (p. 256). Absolutamente falso. Estos autores no saben de qué estamos hablando. Dejando a un lado la violencia rusa, que nos cae muy lejos en el espacio y en el tiempo, centrémonos en la violencia española prebélica, que por cierto este tema no ha sido estudiado todavía en profundidad, pero tenemos aproximaciones fiables. Carlos Salas menciona: 2.225 muertos, pero incluyendo, cosa que Payne/Palacios ocultan, la mortandad de la revolución de Asturias (1934), que se distribuye de la siguiente manera: obreros muertos en combate, entre 1.100-1.500; muertos por la represión, 200; fuerzas del orden caídas en combate, 300; clérigos asesinados, 34 (Julián Casanova, Álvarez Junco, Thomas, etc.). Por tanto, la revolución de Asturias se llevó por delante: 334 personas de derechas y 1.500 de izquierdas. Si este episodio (1.834 muertos) lo restamos a la primera cifra de 2.225, la violencia convencional durante la República sería de 391 muertos. ¡Todo un apocalipsis digno de la revolución rusa!
Con todo, veamos cifras de la Transición y de la actual democracia. En los cinco primeros años de la “modélica” Transición ocurrieron 127 muertos (Mariano Sánchez Soler), pero si se toma el lapso de tiempo 1968-2000, el resultado son ¡1.005 muertos! (incluido el terror de ETA, GRAPO, ultras y otros, según Carlos Salas), con lo cual los números de la II República dejan de ser significativos en absoluto.
En los años que nos ha tocado vivir observamos el poco respeto del poder hacia la verdad elemental, ya que en el huerto de la derecha las mentiras engordan como calabazas. Por ejemplo, en el verano de 2014 ha salido en Hinojosa del Duque (Córdoba) un librucho, obra de un ultraderechista (línea Pío Moa), al que le leí lo siguiente: que en el asalto a la cárcel Modelo de Madrid (22-23 agosto 1936), las víctimas fueron ¡6.000! (p. 99). Una vez investigada por mí semejante mentira y manipulación, resulta que ese episodio se sustanció en una Causa judicial, la 352/36, del Juzgado núm. 5 de Madrid. Resultado: 16 muertos y 17 heridos. Para más inri, este hinojoseño montaraz suelta esta trola: que en la República el analfabetismo era del ¡98 por ciento! Me lanzo a comprobar los datos y hallo lo siguiente: analfabetismo español en los años 30, el 32 por ciento (24 en hombres, 40 en mujeres). Y no quedan aquí los gazapos de grueso calibre: según este “revisionista”, lo que hacían los bombarderos de Franco sobre Madrid era arrojar una “lluvia de panes” (faltan los peces). Así de toscos y cutres son estos palafreneros del filofranquismo. Delicta de laesa veritate, habituales también en la obra de Payne/Palacios y en todos los propagandistas que llenan de fango la tierra hispana (Lleva razón B. Garzón, El fango: cuarenta años de corrupción en España).
          En realidad, si intentamos digerir todo lo antedicho, en relación con este libro de Francisco Espinosa (la marginación de las víctimas de Franco, los problemas de la memoria, las dificultades de la historia y las zancadillas a los historiadores independientes), todos los caminos conducen a un panorama similar, la memoria respetada de los “muertos sagrados” y la memoria despreciada de los “muertos proscritos”. Ahora se puede comprender una atinada intervención de Jorge Semprúm: “España se asienta hoy sobre valores democráticos, pero su memoria histórica sigue todavía dominada por los vencedores. Por muchos esfuerzos que se hagan, por muchas leyes de memoria que se hagan, todavía predomina la memoria de los vencedores. En España nadie sale a protestar porque haya beatificaciones de asesinados de un lado, y les parece normal que no haya ‘beatificaciones’ del otro lado. No reivindican nada. Esto es un rescoldo de la dominación absoluta que han tenido sobre la memoria del pueblo, sobre la memoria colectiva, los vencedores. Han impuesto su memoria y su visión de la guerra civil. Hoy está en los libros que no fue así… pero en lo que es ese estrato profundo de lo que es la memoria colectiva, ahí siguen todavía dominando los vencedores” (Documental Los caminos de la memoria, de Marisa Paredes y José Luis Peñafuerte, 2009).
Efectivamente, las derechas (los vencedores) tienen el dominio de la memoria y su visión falaz de la guerra a lo largo y ancho de toda la sociedad española. Y encima protestan y ponen en marcha sus catapultas para arrojar infinitas toneladas de basura contra los tímidos intentos de los vencidos y sus descendientes, cuando éstos, alegóricamente, quieren simplemente decir: “¡Que estamos aquí! En las prisiones, en los paredones, en la hambruna, en las cunetas, en el exilio o en el monte…”. Pero las derechas (y poderes fácticos) no están dispuestas, radicalmente, a que nadie de los apaleados se quite el esparadrapo de la boca. Este libro de F. Espinosa visualiza perfectamente el escándalo mayúsculo que liaron las derechas ante varios de los fenómenos recientes: las fosas, los trámites de la Ley de Memoria Histórica, el célebre Auto del juez Garzón, etc., con intervención rocosa y numantina del Tribunal Constitucional, del Supremo, de la Sala de lo Militar del Supremo, del Congreso, etc., tocando las trompetas del juicio final, porque los vencidos y las pobres gentes apaleadas entreabrieron la fosa y dijeron: “¡Estamos aquí!” Al mismo tiempo redoblaban los tambores de Calanda del ABC, El Mundo, La Razón, Libertad Digital y El gato al agua (y la 13TV de la Iglesia), con una contaminación acústica insoportable. Y habló la maledicencia del PP, a través de su portavoz, Rafael Hernando: “Parece ser que algunos sólo se acuerdan de desenterrar a su padre, ahora que hay subvenciones”. He aquí un caso de pornografía política. Una indignidad absoluta. En realidad, no deberíamos sorprendernos: es que los muertos de que hablamos no son los muertos del Estado. El Estado sólo se ocupa de los “muertos sagrados”, no de los “proscritos”. No hemos caído en la cuenta, pero estamos metidos en una causa imposible.
España tiene, pues, víctimas de primera y de segunda, cuando todas deberían ser de primera. En cuanto a los socialistas, o no han podido o no han querido solucionar estas terribles discriminaciones, y así lo manifiesta uno de los Informes de la ONU, con suma extrañeza (Informe Definitivo sobre las Desapariciones Forzadas, de 2/7/2014), cuando alude a la Ley de Reconocimiento y Protección Integral a las Víctimas del Terrorismo (Ley 29/2011, de 22 de septiembre), porque “Esta Ley, de acuerdo a la información, provee más derechos a las víctimas que la Ley de Memoria Histórica, creándose así distintas categorías de victimas”. Se refiere a las distintas categorías de víctimas en España: terrorismo de ETA y terrorismo de Franco. No se olvide algo curioso: esta Ley de 2011 fue obra de los socialistas, en su último recorrido, que acabó en la derrota del 20 de noviembre.
        A pesar de que el presidente Rodríguez Zapatero hizo alumbrar la Ley de Memoria Histórica, que ni siquiera se atrevieron a llamarla así, los socialistas se han mostrado muy desorientados respecto a estos temas, obnubilados, seguramente, por la Realpolitik, desde la expiración del dictador, Posiblemente ya estamos echando en falta una gran tesis sobre la ambigüedad de la socialdemocracia española respecto a la memoria y el olvido, la Transición “modélica” y los mantras de la Ley de Amnistía y la supuesta reconciliación, incluido el fenómeno del “santosjulianismo” y su grupito de intelectuales ungidos en la devoción decadente a la Transición “modélica”, hoy puesta en la picota de manera generalizada. Llega la hora ya en la que habría que explicar en profundidad el porqué de este fenómeno devocional. Las contradicciones de la socialdemocracia española se comprenden cada vez menos. He aquí un elocuente duelo verbal entre un socialista, el ex presidente del Gobierno Rodríguez Zapatero y el juez Baltasar Garzón (Sevilla, 13 de enero de 2014):
        Zapatero: “Insisto (el pacto de silencio) forma parte del núcleo esencial del trípode: democracia, consenso, reconciliación… es el gran acuerdo social, que no se investigara una verdad ‘institucional’, y mucho menos judicial… porque la verdad la sabemos todos. Y la Ley de Amnistía es lo que abre la puerta a la transición democrática… Es un vehículo… Yo respaldo lo que hizo la generación que me precedió…”.
        Garzón: “No tiene derecho ningún Gobierno a disponer de un derecho fundamental de las víctimas… ¡La verdad! No ha habido verdad. En los archivos, si la contienen, hasta este momento se nos ofrece oculta… En la transición no se trataron para nada los crímenes franquistas. Se olvidaron. No hubo ni un solo debate… ¡Y la reconciliación! ¿Dónde está la reconciliación?... En España, basta con tocar el tema de la guerra civil, para que salten ampollas… ¿Dónde está la reconciliación? Si cuestionas que se tiene que abrir una fosa, se te caen encima todas las estructuras… Y finalmente, cuándo va a pedir perdón aquí la Justicia por no haber hecho jamás nada… Cuando llegue ese día, firmaré contigo, ex presidente, esa dicha reconciliación” (La transcripción de la grabación es mía).
           Aquí aparecen, pues, nítidas, todas las falacias y de los políticos del bipartidismo, con especial gravedad para los socialistas, que están siendo desleales con los miles y miles de los suyos que fueron acribillados. En este libro de F. Espinosa me encuentro una referencia sobre el socialista Joaquín Leguina, con la siguiente barbaridad: que tan inexacto fue catalogar a unas víctimas como “mártires de la cruzada” como ahora a otras de “héroes de la democracia y la libertad”. Terrible. Entonces, ¿por qué lucharon los suyos, los socialistas? Que estas burradas las diga la derecha cerril, se puede comprender, pero que las diga un socialista sobre los propios suyos… No hay estómago que pueda digerir esto. Y quien dice Joaquín Leguina, podría nombrar a otros, por ejemplo otro de los cofrades del “santosjulianismo”, Javier Cercas, con su última novela, El impostor, sobre Enric Marco, que simuló ser un superviviente de los campos nazis. El filósofo don Manuel Reyes Mate ha desenmascarado la perversidad intrínseca de esta especie de novela, que contiene un mensaje radicalmente falso: porque uno falseó su vida, ya todos falsean la vida. Marco aparece como el prototipo del homo hispanicus de la transición, que se convierte masivamente en impostor, inventándose una falta historia de antifranquista. Dice Cercas: “Cuando llega la Transición, muchísima gente se construyó identidades nuevas. Marco no fue tanto la excepción como la regla”. Esto es radicalmente mentira. Si alguien en la Transición aparentó lo que no era fueron, no los antifranquistas de siempre, sino los franquistas de pro, que se pusieron la careta de demócratas, y hasta hoy. Cercas, hijo de vencedores de la guerra civil, promocionado por el grupo PRISA y mimético de los tópicos de la equidistancia, desvaría al hablar de la Transición, tema que le viene grande. Cercas, como siempre, lo que busca es meter un dedo en el ojo, no a los franquistas enmascarados, sino a los antifranquistas. Y de paso: meter otro dedo en el ojo de la memoria histórica. Dice Cercas que “España vivía la apoteosis de la llamada memoria histórica…una expresión equívoca, confusísima”. Ahí opina lo mismo que los de su cofradía: Santos, Trapiello, etc. Y añade Cercas: en “la tiranía de la memoria medró la impostura”. El que más ha medrado ha sido Cercas, que todos sus temas salen de la memoria histórica, para denigrarla, por supuesto. Cercas se equivoca totalmente de escenario: la gestión de la Transición la llevaron a cabo, no los antifranquistas, sino los franquistas. Hablar de la “tiranía de la memoria” es una estupidez, cuando en la España transicional y postransicional lo que predomina no es la memoria, sino el olvido. Reyes Mate, ante el predominio del olvido en España, llama a esta reflexión sobre el libro de Cercas: “¿Cómo explicarse esta relación entre memoria e hipocresía social?... habría que preguntarse entonces por qué esta embestida del autor contra la memoria, ya que Marco parece un muñeco en sus manos… Cercas se ha equivocado de tema”, porque lo que de verdad importa no es la verdad de Marco, sino la verdad de Auschwitz que se deriva de las palabras de Marco. El acento hay que ponerlo, no en Marco, sino en Auschwitz. Esta dimensión es la que escapa por completo a la cabeza de Cercas (Reflexiones, a partir de la intervención de Reyes Mate en la Biblioteca Complutense, Madrid, 2-12-2014). Cercas se ha llevado otra gran invectiva de peso, la de Vicenç Navarro, “Javier Cercas y su manipulación de la memoria histórica” (Público, 31-12-2014). Por otra parte, resulta incomprensible que esta socialdemocracia española no haya reivindicado y magnificado la gran figura humana y política del socialismo español, de mente clarividente y de ánimo indomable, el doctor Juan Negrín, lo más digno de los días infaustos de la guerra civil, que ha sido arrojado al ostracismo y al olvido por sus compañeros socialistas. En cambio, los traidores, recluidos en el 9º círculo del infierno de Dante, han sido ensalzados por una socialdemocracia desnortada.          
        Se lee en este libro una observación sorprendente: que en todo el texto de la Ley de Memoria Histórica no se nombra ninguna vez a la II República española, a pesar de ser el único referente democrático español anterior a 1977. Es un síntoma de la chabacanería de los políticos actuales. Lo ocurrido en la citada Ley refleja la autocensura del legislador, domesticado ante los demonios y la patología crónica del aquel espíritu reaccionario que dio la puntilla a la democracia republicana. Si las derechas españolas necesitan un macro-exorcismo, otros políticos adláteres, también.
        No quedan aquí las cosas. Una página antológica de la endeblez de los políticos españoles del posfranquismo se puede observar en el Preámbulo de la Constitución. Son quince líneas de absoluta banalidad, superficialidad y simpleza, indignas de un país que ha salido de una dictadura terrible de cuarenta años. Un Preámbulo anodino, de circunstancias, escrito por algún cabo furriel, bajo el peso de la autocensura y bajo la mirada de los poderes fácticos, de las derechas y del ruido de sables. Dicho con otras palabras: un Preámbulo interruptus. Lo normal en las leyes dignas de tal nombre es que en sus preámbulos se extiendan una serie de consideraciones generales amplias, en las que se contextualiza la ley, no sólo jurídicamente, sino social, política e históricamente, siempre con una mirada amplia y altos vuelos. No ocurrió así en la Constitución española, donde el redactor no aporta historia, ni cultura, ni sociología, ni nada. Y en ese Preámbulo se echa en falta lo de siempre: dos palabras que al menos nombren la II República, hollada por un golpe militar, y nombren la dictadura de cuarenta años de la que nos saca ahora esta Constitución, para el progreso de los ciudadanos españoles y para reparación de tantas víctimas como los sucesos violentos del franquismo dejaron en el camino. Algo así hubiera sido lo normal. Pero sobra tibieza y falta clarividencia en los políticos de este país, para estar a la altura de las circunstancias.
        Concluimos: hoy España se halla en ojo del ridículo internacional por todo el repertorio de incongruencias que hemos venido mencionando. Sobre todo a raíz de la apertura de fosas a comienzos del siglo XXI, los cadáveres del franquismo se han visualizado, dentro y fuera de España, lo cual ha llamado la atención internacional sobre el “caso español”, de manera que España ha sido visitada por varios Organismos de la ONU. Por primera vez, ya era hora, se ha hablado crímenes contra la humanidad en el franquismo y grandes violaciones de los derechos humanos, algo impensable en 1977, cuando los fastos de la Transición “modélica” y de la Ley de Amnistía. Esta Ley ha sido repudiada por los Organismos de la ONU, que han insistido en su derogación, así como, entre otras muchas exigencias, la necesidad de que el Estado se haga cargo de la solución al problema de las “desapariciones forzadas” en España, el “robo de niños” y otras barbaridades ocurridas bajo el franquismo. Así puede leerse en los Informes Definitivos del Grupo de Trabajo de la ONU sobre las Desapariciones Forzadas (2-7-2014) y el Informe del Relator Especial para la Promoción de la Verdad, la Justicia, la Reparación y Garantías de No Repetición (22-7-2014). Pero todo choca con el rechazo directo o indirecto del Gobierno español. Después de Israel, España es el país más incumplidor con  las resoluciones de la ONU. Volvemos a la clave, algo impensable en el panorama internacional: que los muertos que reivindicamos, la ONU incluida, no son los muertos del Estado español. Y el Estado jamás hará nada en este sentido. En el mejor de los casos, proveerá alguna subvención para actividades de la Ley de Memoria Histórica (El PP mantiene ahora presupuesto cero), pero jamás el Estado se hará cargo del problema. No son los muertos del Estado, que sólo atiende a los “muertos sagrados” (los “caídos” y las víctimas de ETA), pero no los “muertos proscritos”, las víctimas de Franco. Así son las cosas y así estamos. El 10 de diciembre de 2014, en el Senado, se propuso una iniciativa en pro de una Comisión de la Verdad. Respondió por el PP un montaraz deslenguado de esta guisa: “¿Comisión de la verdad? ¡Ni falta que nos hace! Además, no existe una verdad oficial”. Una declaración de pornografía política. Así se van estrellando cuantas propuestas se formulan en pro de las víctimas del franquismo. Incluso nos adelantan los judíos en cualquier tipo de homenaje. El 27 de enero de 2015 (también en 2014) se empieza a celebrar en el Senado un homenaje a las víctimas del holocausto. Allá entran los rabinos con toda la parafernalia del candelabro de los siete brazos y demás ritos ceremoniales. Representantes de las víctimas del franquismo también acudieron, pero fueron expulsados y echados a los jardines de Sabatini. Nuestros exterminados por el franquismo ni tienen homenaje ni recordatorio ni celebración.
        A pesar de todo, buen número de historiadores y de ciudadanos y de demócratas sinceros estamos seguros de hallarnos en el camino correcto, en el sendero de la dignidad. Seguiremos haciendo bandera de aquel último mensaje que dejó escrito Julia Conesa (Una de “Las 13 Rosas”), antes de salir de la cárcel de Ventas (Madrid): “Que mi nombre no se borre de la historia”.
        O aquellas palabras de Roosevelt al fiscal Robert H. Jackson, que intervino en Nuremberg: “… El mundo tiene que saber lo que ha ocurrido; el mundo tiene que entender que el hombre es capaz de perpetrar atrocidades inimaginables, y tiene también que guarda en la memoria, hasta el fin de los tiempos, que las fuerzas del bien siempre aplastarán al mal…” (El pobrecito hablador del siglo XXI, “La sombra de los árboles de Doorn”, 8-4-2010). Pero con relación a España, Roosevelt se equivocaba, porque más de 140.000 víctimas quedarán sepultadas para siempre. Algo parecido dijo Eisenhower, cuando tuvo conocimiento de las víctimas de los campos nazis: “… Que se tenga el máximo de documentación. Hagan filmes, graben testimonios, porque ha de llegar el día en que algún idiota se va a plantar y decir que esto nunca sucedió…” (All coments on campos de concentración nazis, parte 5/7. Comentario núm. uno, en la red). Las cosas en España son mucho más difíciles. Los historiadores han escrito, se han rodado documentales, se han recogido testimonios y las pruebas son irrefutables, pero la política oficial niega los hechos, así como parte de la sociedad y parte del mundo académico. La realidad será que las víctimas del dictador Franco no tienen derechos. No son los muertos del Estado, porque no son los “muertos sagrados”.

                                                         

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