9/21/2017

IGNORANCIA DE LOS TERTULIANOS EN LA MUERTE DE ALBERTI


 

 

LO QUE NO SE DIJO EN LA MUERTE DE ALBERTI


                                     Por Francisco Moreno Gómez
                                           (Doctor en Literatura Hispánica)


      El viernes 28 de octubre de 1999 amanecimos con la noticia de la muerte del poeta Rafael Alberti, gaditano, andaluz y universal. Subió al Parnaso desde su casa “Ora Marítima”, en el Puerto de Santa María. Vivió casi un siglo y fue el último de la Generación del 27. Un testigo poético del tormentoso siglo XX; el siglo más destructivo y sangriento de la historia de la Humanidad.

      A raíz de su muerte, se han escuchado referencias en diferentes medios -no tantas como el caso hubiera merecido-, opiniones en general vagas y parciales. Al verbalizador Luis Antonio de Villena le oímos decir… “que sí, que un gran poeta, que de él quedaría ‘Marinero en tierra’ como lo más fresco y auténtico....” Y nos preguntamos: sólo eso es Rafael Alberti? ¿Sólo “Marinero en tierra”? Al poeta Félix Grande le escuchamos decir que “él, lo que mejor recuerda de Alberti es ‘La amante’”? ¿Sólo eso recuerda? ¿Un libro de 1926? Al engreído Francisco Umbral se le cayó este exabrupto: “que la literatura política es un demérito”. Primero, esta afirmación es totalmente discutible (“Las Filípicas” de Demóstenes es una obra política, por citar un caso. La obra de Pablo Neruda tiene fases más políticas que Alberti, y ya quisiera Umbral parecerse a Neruda). En segundo lugar, la obra de Alberti es muchísimo más que una obra política. Muchísimo más.

      Luego, Víctor García de La Concha, el actual director de la Real Academia, se apeó diciendo que “lo principal de Alberti era la expresión de lo inocente, del mar, de lo optimista...” ¿Y eso sólo es Alberti? El señor García de La Concha sabe, o debe saber, que existe un Alberti surrealista, y como consecuencia de esto, un Alberti del compromiso social y político; pero por otro lado, un Alberti de poesía festiva (heredera de las vanguardias y de nuestra lírica tradicional), y un Alberti pintor y colaborador de Picasso, y un Alberti explorador teatral, y, sobre todo, el Alberti del exilio (que son 40 años de la historia de España, en los que no paró de escribir y de pintar). Y, además, el Alberti cosmopolita, voz de la poesía española por todo el mundo. Y aquí no se agota todo lo que supone este poeta a lo largo de un siglo, polifacético, caleidoscópico, polivalente.

      Por ejemplo, entre otros, nos hubiera gustado que alguien hubiera sacado a relucir su libro “Baladas y canciones del Paraná” (Buenos Aires, 1954), una de las mejores del exilio junto con “Primavera en Eaton Hastings” de Pedro Garfias. Ambos hacen una obra elegíaca y bucólica sobre el recuerdo de España. Ante el paisaje extranjero presente evocan el paisaje español o andaluz ausente, en una magistral estilización lírica. En “Baladas y canciones del Paraná” (río evocador del Guadalquivir) se encuentran algunos de sus mejores poemas (“Hoy las nubes me trajeron / volando, el mapa de España”, o “Balada del andaluz perdido”, o “Creemos el hombre nuevo, / cantando”, o “Balada del que nunca fue a Granada”, etc., etc.). La verdad es que entrar en contacto con Alberti es perderse en un bosque inmenso, inabarcable. Resaltemos, sobre el caleidoscopio apuntado, dos grandes aspectos: el Alberti cosmopolita y el Alberti poeta de las grandes multitudes.

 
Alberti, voz de la poesía española por el mundo
 

      No existe en nuestra Literatura un poeta que haya paseado, desde Occidente a Oriente, desde América a China, la poesía española, nuestra lengua y nuestra cultura. En 1934 ya fue el representante de los poetas españoles en el I Congreso de Escritores en Moscú. Allí departió con Máximo Gorki. En 1935 lo encontramos en una gira por Centroamérica. En 1939 se deja oír su voz en Radio París Mundial, donde estrenó el poema “Se equivocó la paloma” (cuyo significado, que es la paloma enloquecida por las guerras, no se ha sabido explicar a menudo. Por cierto, que tampoco se ha dicho que el primero que puso música al poema fue el cantante italiano Sergio Endrigo). En 1940, los artistas e intelectuales lo reciben con entusiasmo en Buenos Aires.

      En 1943 realiza una gira de recitales por Argentina, y más tarde, por Uruguay. En 1945 viaja a Chile y se encuentra con Neruda. En 1947, exposición de pintura en Montevideo. En 1950 salta hasta Varsovia, al Congreso Mundial de la Paz, cuando EE.UU. ha desencadenado la guerra de Corea. En 1951, nueva exposición de pintura, ahora en Buenos Aires. En 1953 recorre la URSS, otros países del Este y termina en París. Sus obras de teatro se estrenan en Argentina, Uruguay y Francia. En 1957 lleva sus recitales a China, la URSS, Rumanía e Italia. En 1959 sus obras se traducen al alemán y al italiano. Y en 1960, gran gira de recitales por casi toda América: Cuba, Venezuela, Perú, Colombia.

      En 1961, con motivo del ochenta cumpleaños de Picasso, fue invitado de honor, en un viaje costeado por el gran pintor. En homenaje, Alberti le escribió el libro “Los ojos de Picasso”, y le redactó sendos prólogos a las dos últimas grandes exposiciones de Picasso en Avignon.

      En 1963 deja Argentina y pasa a la segunda parte de su exilio, ahora en Roma, adonde llegó justamente el día en que murió Juan XXIII. En 1965 tiene gran éxito con sus exposiciones de pintura en galerías de Milán y Roma, a la vez que obtiene el premio Lenin de la Paz y sus obras se traducen al ruso. Con el dinero de este premio pudo adquirir casa en la vía Garibaldi de Roma, en el barrio del Trastévere. La casa se convirtió en lugar de peregrinación de intelectuales de todo el mundo (como Miguel Ángel Asturias), con buen número de españoles también, que hacían así sus escarceos pre-democráticos.

      En 1968, en la Scala de Milán, gran éxito de su obra “Sobre los ángeles” en versión de ballet. Hasta 1970, no se hace en España (por el Colegio de Arquitectos de Barcelona) la primera exposición de su pintura y su poesía. En 1972, un grupo de artistas italianos le dedica una carpeta de grabados. En 1973, fue un acontecimiento en Roma el estreno de su obra “Noche de guerra en el Museo del Prado”, un tipo de teatro épico a la manera de Bertold Brecht. En 1974 fue nombrado miembro del Tribunal Russell, encargado de velar por los derechos humanos en el mundo. En 1975, recibió en Italia el premio Taormina de teatro. Ese mismo año participó en Roma en el homenaje a Dolores Ibárruri en su ochenta cumpleaños. En la capital italiana se acentuaba ya entonces el bullicio de los españoles en ajetreo pre-democrático. Por fin, el 27 de abril de 1977, cuando ya Adolfo Suárez anunciaba las primeras elecciones democráticas, Alberti y su esposa Mª Teresa León aterrizaron en el aeropuerto de Barajas. Su exilio errante por el mundo había, por fin, terminado.

 
Alberti, poeta de las grandes multitudes
 

      La obra y proyección de Alberti fue lo contrario del poeta aislado, minoritario o recluido en su yo o en su torre de marfil. Alberti fue poeta para la inmensa mayoría. Igual que Maiakovski, fue poeta ante las grandes multitudes. Como el hombre de la colina, ante su pueblo, que dijera León Felipe. En 1931, después de ser poeta vanguardias, gongorino y neopopularista, Alberti decidió ser “poeta en la calle”, dejar la frivolidad vanguardista y entra en una poesía de mayor contenido. El estreno de su obra teatral “Fermín Galán” le abrió la popularidad en 1931, fecha en la que, como Pablo Neruda, César Vallejo, Luis Aragón, Paul Eluard y otros, se suma a la militancia comunista.

      En febrero de 1936, recién vuelto de América, interviene en el gran mitin por la amnistía en la plaza de las Ventas de Madrid, ante una concurrencia de 80.000 personas. Y en aquella primavera, en una gran acto de solidaridad por Carlos Prestes, condenado a muerte en Brasil por un gobierno represor, un acto en el que consiguió también la intervención de García Lorca. Luego, en el verano de 1936, Alberti y Mª Teresa León, dirigieron la Alianza de Intelectuales, fundaron la revista “El mono azul” e intervinieron en multitud de actos públicos en favor de la democracia republicana.

      Durante su exilio, los versos de Alberti fueron dichos ante numerosos auditorios, con una capacidad de convocatoria insólita en un poeta. Finalmente, en la España democrática actual, Alberti volvió a ser poeta de multitudes, acompañado en muchos actos por los excelentes Paco Ibáñez y Rosa León, o Soledad Bravo, pero sobre todo Nuria Espert, la gran actriz. Con esta, llegó a celebrar 400 recitales, en una serie de giras que comenzaron en 1978, que recorrieron España y Europa, y en 1980 llegan a EE.UU.

      Además, multitud de actos y veladas en Universidades, en Colegios Mayores, en la Casa de Campo de Madrid. Yo mismo he sido testigo de algunos, como aquel en la explanada de la Ciudad Universitaria de Madrid, el 15 de noviembre de 1981, en un magno mitin en contra de la OTAN, con Felipe González como líder político principal (y Alfonso Guerra, Enrique Múgica), donde Felipe dijo: “Estamos aquí medio millón contra la OTAN y queremos ser escuchados”. Luego, hizo lo que ya sabemos. Allí, Alberti estrenó unas apasionadas “Coplas por la paz”, que yo conservo, y recibió el aplauso de un mar de corazones. En el otoño de 1976 asistí al estreno de “El adefesio” y aplaudimos por su regreso. En 1978 llevé a mis alumnos al estreno de “Noche de guerra en el Museo del Prado”. Eran años de entusiasmo, que contrastan con la apatía y frivolidad del presente. En los años noventa, en la Casa de Campo de Madrid, tuve ocasión de estrechar su mano. Mis hijas tuvieron el honor de darle un beso. En gratitud por aquel beso, impronta lírica, le remito estas líneas a su eterna memoria. Ojalá lo comentaristas de la corte vislumbren un día lo que es un poeta, una poesía y una literatura… los que es un “hombre de la colina” (León Felipe), desde donde tiende su mirada escudriñadora al horizonte del mundo.

 

                                                                        

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