9/16/2017

LA MUJER Y LA GUERRILLA ANTIFRANQUISTA


 

LA MUJER y LA GUERRILLA: LA RETAGUARDIA DEL LLANO

 

Francisco Moreno Gómez
Historiador, doctor, catedrático de Instituto

 

Preliminar


      Cuando se cumplen los 75 años de la “Victoria sangrienta” de Franco (título de mi nuevo libro), y al mismo tiempo, efemérides de la destrucción total de la democracia republicana por uno de los peores fascismos de Europa, es el momento de incidir, una vez más, en la resistencia de los vencidos, aunque minoritaria, con gran sacrificio de vidas, pero con un mensaje imperecedero de dignidad. Al mismo tiempo, vuelve a ser el momento, en este mes de abril tan republicano, para fortalecer el recuerdo y la memoria, como elemental homenaje a una lucha inolvidable, aunque todo ello sea en medio de la indiferencia absoluta de los poderes fácticos actuales (económicos y políticos) y de una sociedad educada en la desmemoria y en el “pacto del olvido”.

      Especialmente despreciable ha sido la indiferencia de los medios de comunicación, ante los 75 años de la destrucción de la democracia española de 1931, sin la más mínima mención o recuerdo, ni homenaje ni reconocimiento, salvo dos o tres excepciones. El aniversario de la destrucción de la primera democracia española no se ha querido ni mencionar, en medio de la oleada de indiferencia, de olvido programado y de un derechismo radical y creciente. En medio de esta desidia conviene seguir recordando y dignificando la lucha democrática del pasado, de la que extraemos una magistral lección para el presente, porque la historia es “maestra de la vida”.  

Si nos situamos en Cantabria, los ejemplos de dignidad y de resistencia son innumerables, y entre ellos no puedo dejar de mencionar al indomable Jesús de Cos, cuyas cartas, mensajes y trabajos mecanografiados todavía conservo, así como el recuerdo de su amena e intensa conversación, convertido él ya también en mármol de la memoria.

 

La mujer en la guerrilla. Introducción

 
      La colaboración de las mujeres con la guerrillera antifranquista fue la prueba principal del apoyo social a una lucha armada, última batalla de la República, que llevó al monte a 7.500 maquis, de los que al menos un centenar fueron mujeres. Si bien la presencia de las mujeres en el monte con las armas en la mano fue un hecho minoritario, sin embargo en el llano, en la retaguardia, la labor de las mujeres constituyó el alma y la clave del apoyo social a la guerrilla. En todas las redes de enlaces el protagonismo era a menudo femenino, destacando en labores de información, de ocultación, de cobijo, de intendencia y de abastecimiento. En consecuencia sufrieron los rigores de la represión franquista. En las redadas de enlaces había siempre mujeres, sufrieron torturas, prisión, vejaciones y, a menudo, la “ley de fugas” y la muerte. La Guardia Civil fusiló a matrimonios por cobijar a la guerrilla, a la vez que deshizo sus hogares, arrancó a las mujeres de sus haciendas y desamparó a los hijos. Todo un cuadro irrepetible de valor, de conciencia política, de heroísmo y en muchos casos, de tragedia y de muerte, bajo los crímenes de guerra del franquismo.

      Estudiar el papel de la mujer en la guerrilla antifranquista es entrar de lleno en el tan discutido nivel de apoyo social al fenómeno guerrillero. Si bien es cierto que en todas las Agrupaciones guerrilleras existieron algunas mujeres con las armas en la mano, hay que reconocer que este hecho fue minoritario. Donde aparece la presencia masiva de la mujer en aquella España oscura de la posguerra es en el apoyo social a la guerrilla, en lo que se llamaba la “guerrilla del llano”, en las redes de enlaces y puntos de apoyo, en la retaguardia guerrillera, en la intendencia clandestina. Se puede afirmar, sin duda, que las mujeres republicanas, desafectas al régimen, fueron el alma de la “guerrilla del llano” y el alma del apoyo social al maquis. En consecuencia, la mujer sufrió también los más duros embates de la represión franquista: la tortura, la prisión y, con frecuencia, la aplicación de la “ley de fugas”. En realidad, la mujer sufrió una doble represión: primero, por ser desafecta, republicana o roja; segundo, por ser mujer y atreverse a salir de su rol tradicional de sumisión.[1] En este último aspecto, los represores franquistas trataban de eliminar a las mujeres guerrilleras su categoría de mujeres y las presentaban como “bandoleras y putas”. Los libros del teniente coronel Aguado son paradigmáticos en esta campaña de degradación femenina. Por otra parte, las pocas mujeres guerrilleras que existieron fueron víctimas no sólo de los dogmas machistas desmesurados de la Falange, el militarismo y el nacionalcatolicismo, sino incluso también del propio machismo latente que aún persistía en la mentalidad de los propios guerrilleros, los cuales no siempre supieron fomentar la cualificación política de las mujeres en el monte y, a menudo, redujeron su actividad a una simple prolongación de las tareas domésticas femeninas tradicionales. Ser mujeres y ser antifranquistas fue una doble rémora para las mujeres del monte o del llano, y a pesar de todo, la mujer ocupó su puesto antifranquista con todas las consecuencias, con todas las privaciones y con todos los peligros. Su labor, masiva en muchos lugares, fue determinante para el desarrollo y pervivencia del maquis.

 

Las mujeres en el monte


      Aunque el papel fundamental de la mujer en el antifranquismo armado ocurrió en la retaguardia y en el llano, como ya se ha dicho, sin embargo la mujer también estuvo presente en la vanguardia, en el monte, con las armas en la mano. Fueron en este punto las mujeres una minoría, es cierto. De los 7.500 guerrilleros que corretearon los montes de España, al menos un centenar fueron mujeres. Muchas de ellas sucumbieron al lado de los hombres, en lucha desigual contra el franquismo. En mi estudio sobre el Centro-Sur de España[2] he detectado la presencia de al menos unas 30 mujeres en el monte, haciendo causa común con los hombres armados. Y para no quedarnos en el plano de la generalidad, podemos descender a la casuística concreta y observar en ella algunas claves de los porqués de estas mujeres para verse en la encrucijada de tener que huir al monte. Los casos que tengo detectados son los siguientes:

      En CORDOBA, Manuela Díaz Cabezas “La Parrillera”, de Villanueva de Córdoba, que se echó al monte para escapar de las palizas que le daban en el pueblo, por no declarar el paradero de su marido huido, Miguel “El Moraño” o “Parrillero”. Anduvieron por sierra Morena, entre Ciudad Real y Córdoba. El marido acabó abatido en febrero de 1944. En la navidad del mismo año fue capturado el resto del grupo. Manuela, con pena de muerte conmutada, sufrió 20 años de cárcel, pero sobrevivió.

      Mª Josefa López Garrido “La Mojea”, también de Villanueva de Córdoba, directiva de las Mujeres Antifascistas durante la guerra, no se entregó y se echó al monte en 1939, junto con el alcalde comunista local Julián Caballero. Formó parte del Estado Mayor de la 3ª Agrupación cordobesa. Sucumbieron en el tiroteo final del 11-6-1947, en la Umbría de la Huesa, Villaviciosa.

      Magdalena Cortés Díaz, de Hornachuelos, hermana del maquis “Curro de Palma”, fue detenida en octubre de 1946, sin más datos. Una guerrillera no identificada fue detenida en el término de Santa Eufemia, el 10-3-1947, sin más datos. Luisa Lira Moreno, de La Granja de Torrehermosa, junto con su marido “El Canario”, sirvieron primero de enlaces de la guerrilla en la zona de Los Baldíos (Santa Eufemia). Al ser descubiertos, ambos tuvieron que huir al monte. Perecieron en un tiroteo en Las Caballeras (Belalcázar), el 2-6-1947. En esta misma zona hubo dos guerrilleras por amor, las hermanas Moreno García. Oriundas de Guadalmez, eran enlaces de la guerrilla en la citada zona de Los Baldíos. Soledad se hizo novia del maquis “Ranchal”. Junto a él pereció en el mismo tiroteo anterior. Isabel fue compañera primero del “Pelliquero”, que murió de apendicitis, y después se hizo compañera de “Lavija”, con el que se ocultó en Madrid en 1946. A él lo mataron, y de ella, detenida, ignoramos su suerte final.

      En JAÉN hubo algunas mujeres en el monte. Citamos el caso de Antonia Robledillo, que primero actuó de enlace del maquis Alfonso “El Sastre”, líder comunista local de Cabra del Santo Cristo. Luego, por simple compromiso político se fue al monte en su ayuda, acompañada de su hijo, y vivieron los tres en una cueva, donde los cercaron el 22-1-1944. Él pereció y ella fue detenida. Por otra parte, Francisca Pérez Castro “Gililla” y María García Fernández “María de la Tos”, del grupo del “Niño Lucella”, ambas fueron capturadas con sus compañeros el 9-8-1944, en término de Los Villares.

      En CIUDAD REAL, Asunción Méndez Jaramago, vecina de Agudo, se echó al monte junto con su padre, y se unieron al otro hermano “El Manco de Agudo”. Ella y su padre perecieron en un tiroteo, en Puebla de Don Rodrigo, en julio de 1941. Paulina Amaro Pachá, de Guadalmez, viuda de la represión, enlace de los primeros huidos, se echó al monte al ser descubierta. Fue compañera de “El Yamba” (José Caballero, de Cabeza del Buey). Abandonaron la guerrilla en 1946, se ocultaron en Barcelona, hasta que en 1949 lograron pasar a Francia. Por último, también por Ciudad Real anduvo la cordobesa Sergia Flores Sanz, de El Viso, que se fue al monte en 1941, siguiendo a su marido “Lazarete”. Perecieron en una emboscada, tras una traición, en Sierra Mochuelo, Alamillo, el 5-3-1948.

      En TOLEDO, hemos de anotar a una muchacha, Felisa Paredes Aceituno “La Golondrina”, de Campillo de La Jara, que huyó a la sierra con 15 años, en enero de 1945, a la guerrilla de “El Comandante”, acosada por los falangistas, junto con su padre y dos hermanos, uno de 14 años. El padre y el hijo menor se entregaron en diciembre del mismo año. El otro hermano, Germán “Arribas” pereció en la guerrilla. Ella pasó a la guerrilla de “El Cuquillo” en 1946 (Badajoz). En 1950 intentaron emprender el camino de Francia, pero fueron traicionados por el enlace de Mina de Santa Quiteria (Toledo), el 30 de abril. Pereció Felisa y tres más.

      En CÁCERES, el número de mujeres en el monte supera a otras provincias. Solían seguir a familiares o novios, al ser descubierta su labor de enlaces. Eugenia Monje Ocampo, de Carrascalejo, compañera de “Patato”, fue detenida en el tiroteo en el que cayó su compañero, en la carretera de Villar del Pedroso a Guadalupe, el 21-5-1945. Carmen Ruiz Rubio “La Vivillo”, de Navalmoral de la Mata, vecina de Madrid, se incorporó a la sierra con su novio “El Minero”, de Talavera, en febrero de 1945, a la guerrilla de “El Francés”. El novio cayó (31-12-1945), y ella actuó con enlace-contacto con Madrid; pero la detuvieron en el tren (4-5-1946) y se dice que se convirtió en delatora.

      Daniela Barroso Escudero “La Daniela”, de Bohonal de Ibor, huyó a la sierra con sus cuatro hermanos, Avelino, Alejandro, Eulalio y Emilio, de 30, 17, 16 y 15 años respectivamente, y ella 26, en noviembre de 1943, y pasaron a la guerrilla de “Quincoces”. Fue compañera de “El Madroño”, el cual fue capturado el 31-12-1945. Ella marchó con “Chaquetalarga”, hasta que se entregó, junto con su hermano Alejandro, en junio de 1946.

      Casimira Álvarez Felipe “La Jopa”, de Navatrasierra, se incorporó a la guerrilla de “Quincoces” en noviembre de 1943, junto con su padre Eugenio “El Jopo” y sus hermanos Nicanor y Gregorio, de 26 y 23 años, y ella 22. Fue capturada cuando la muerte de “Quijote”, el 8-6-1946, en la sierra de San Vicente, Campillo de La Jara, Toledo.

      Rosa Padilla Pulido “La Rosa”, de Serrejón, 35 años, se incorporó a la guerrilla de “El Francés” en 1943. Fue compañera de Gerardo Cano “Panza Alegre”, el cual se entregó en septiembre de 1946. Ella se ocultó en Madrid, y sus propios correligionarios la eliminaron en 1949, seguramente por sospechas de delación.

      María Rodríguez Juárez “La Goyoría”, de Alía, se incorporó a la sierra en enero de 1941, tras un golpe económico de “Chaquetalarga” en la finca Rañas, donde ella y su familia trabajaban. El maquis la convenció a ella y a su hermana para que marcharan al monte. Fue compañera de “Chaquetalarga”, con el que tuvo un hijo que entregó en Peraleda de San Román. Al final, fue abandonada por el guerrillero, a finales de mayo de 1947, cuando él y “Miguelete” salieron para Francia, diciendo que “iban a buscar patatas”. Fue detenida en Agudo, el 30-3-1948.

      Paula Rodríguez Juárez “La Migueleta”, hermana de la anterior e incorporada al monte a la vez que María. Formó pareja con Víctor Roque “Miguelete”, y fue abandonada al mismo tiempo que su hermana. Paula estaba embarazada. El hijo lo entregó en un cortijo de Puebla de Don Rodrigo. Se marcharon las dos hermanas a servir al pueblo de Agudo, donde acabaron detenidas meses después. Paula tuvo dos hijos más en la sierra, a los que entregó en cortijos de Castañar de Ibor (Cáceres) y Benazaires (Badajoz). Como puede observarse, algunas mujeres en la sierra no sólo sufrieron la persecución franquista, sino también el machismo de sus propios compañeros. 

      Por otra parte, Concepción Pinel Redondo, Saturnina Serrano González y Concepción Pérez Serrano, las tres de Bohonal de Ibor, marcharon al monte con sus respectivos novios, en la guerrilla de Gregorio Álvarez “Stalin”. Todos fueron capturados en abril de 1944, menos Concepción Pérez, que se había entregado el 23 de marzo anterior. 

      En BADAJOZ también anotamos varias mujeres en el monte. Josefa Bermejo Grueso, de Malcocinado, novia del “Chato de Malcocinado”, se marchó con su novio a la sierra. Él fue abatido en Alanís (Sevilla), en el otoño de 1944. Josefa logró escapar y se refugió en Sevilla, dio a luz y luego se entregó. El niño fue criado por su familia de Malcocinado. Sagrario Vera Gordo, de procedencia no identificada, formó pareja con el “Chato de Huelva”, con el que sucumbió en término de Valdemusa (Huelva), el 8-6-1945.

      Josefa Gómez Rodríguez “Mariselva”, seguramente de Talarrubias, formó parte de la guerrilla de “El Benítez”, y después de un año en el monte, acabó entregándose con varios paisanos más en Talarrubias, el 28-7-1946. Isidora Merino Merino, de Esparragosa de La Serena, fue compañera de “El Templao” (de Belalcázar), con el que tuvo un hijo. Fue capturada en Sierra Herrera (Fuenteobejuna), el 27-2-1947, en un tiroteo en el que pereció su paisano “Tío Roque”.

      En ALBACETE tenemos noticia de al menos dos mujeres en el monte. Ramona Cuenca Alarcón, vecina de Santiago de la Espada (Jaén), fue compañera de “El Granaíno”, y la capturaron junto con otros maquis en Elche de la Sierra, el 29-6-1944. Felisa García González “La Chata”, natural de Yeste, compañera de “El Sapo”, pereció con éste en la cueva de Las Huelgas, término de Yeste, el 19-10-1948.

      Por último, fuentes de la Guardia Civil sitúan también en la zona Centro la presencia de otra guerrillera, Elvira Alberdi Conejín “La Capitana”, sin más datos. 

      En total, 31 mujeres guerrilleras en la zona Centro-Sur, en las provincias antes citadas. Cáceres con 10; Córdoba con 7; Badajoz, 4; Ciudad Real, 3; Jaén, 3; Albacete, 2: y Toledo, una, más otra sin localizar. 

      De las menciones antes reseñadas puede destacarse la peripecia de dos cordobesas: Manuela Díaz Cabezas “La Parrillera” y María Josefa López Garrido “La Mojea”, ambas de Villanueva de Córdoba. En cuanto a “La Mojea”, se trata de una de las mujeres de mayor preparación política que hubo en la sierra. Durante la guerra presidió la organización local de Mujeres Antifascistas, a las cuales representó en el Congreso de Valencia. Era de carácter combativo y valiente, por lo que al término de la guerra decidió no entregarse y huir al monte en compañía del alcalde comunista Julián Caballero y de otros militantes. Llevaron una vida azarosa en los primeros años de huidos, por las dehesas de Los Pedroches, sierra de Fuencaliente, montes de Adamuz, cuencas de los ríos Cuzna, Gato y Guadalmellato, montes de Villaviciosa, etc. En más de una ocasión huyeron con la Guardia Civil pisándoles los talones. En el Barranco del Sevillano (montes de Adamuz), un grupo de cazadores franquistas les descubrió el campamento: escaparon a toda carrera y perdieron todo un almacén de subsistencias[3]. En otro tiroteo fue herido en una pierna el jefe de grupo, Julián Caballero, y durante semanas “La Mojea” ejerció de enfermera. Por otra parte, se convirtió en el alma del grupo, al cuidado de la vestimenta y de la intendencia de los guerrilleros. Llegó a formar parte del organigrama del Estado Mayor de la 3ª Agrupación Guerrillera, la de Córdoba. Su final no pudo ser más trágico: cercados por toda una compañía de la Guardia Civil en la madrugada del 11 de junio de 1947, en la Umbría de la Huesa (Villaviciosa), en el último momento decidieron suicidarse. Julián Caballero fue herido en un ojo, pidió a “La Mojea” que lo matara, lo que ésta hizo, y luego ella se disparó a sí misma. Final de una tragedia griega. Sus cadáveres fueron expuestos por la Falange de Villanueva de Córdoba en la plaza del pueblo, para escarnio público. Fueron enterrados en fosa al efecto, que hoy hemos identificado a partir de un consejo de guerra.

      En cuanto a Manuela “La Parrillera”, se trataba de una mujer de la base social desafecta del franquismo, pero sin apenas formación política. Pertenecía al primer escalón social, de gente muy humilde, contra la que el franquismo ejercía los mayores abusos y humillaciones. Su compañero Miguel López Cabezas, acosado por los falangistas de Villanueva de Córdoba, se echó al monte en 1939 y formó un pequeño grupo de huidos.[4] Manuela actuó en el pueblo como enlace de ellos, y en una ocasión, en 1942, participó en un hurto, debido a la situación de hambre, y sufrió por ello once meses de prisión preventiva. Luego la absolvieron, pero la seguían torturando en los cuartelillos del pueblo. En consecuencia, su marido la llamó al monte, cosa que cumplió ella, en compañía de su hermano Alfonso, el 20-3-1943. Más de año y medio sufrió las calamidades de la sierra. En ese tiempo se movieron por los montes entre Ciudad Real y Córdoba, y Manuela dio a luz a un hijo, a comienzos de 1944, que entregaron en la Molina de Fernández. El niño “de los rojos” fue llevado al Hospital de Villanueva, y al cabo de unos meses murió. A finales de febrero de 1944 ocurrió otra desgracia: cuando trataban de abastecerse en el cortijo del Tibio, sitio de La Raña (Fuencaliente), he aquí que se metieron en un destacamento de la Guardia Civil. En la retirada, Miguel “El Parrillero”, jefe del grupo, cayó herido mortalmente. Los restantes del grupo (Manuela, Alfonso, “Lobito”, “El Borrica”, “Coqueo” y “El Álvarez”) vivieron un año azaroso. Los dos últimos tomaron otros rumbos. Y llegó la desgracia definitiva: el 20-12-1944 llegaron al cortijo de Los Herraderos (Fuencaliente), y allí se presentó la Guardia Civil. Hubo tiroteo, hasta que se rindieron: Manuela, su hermano Alfonso y “El Lobito”, los tres de Villanueva de Córdoba. Otro, el apodado “Borrica”, logró escapar y llegó a Francia. Los tres presos fueron interrogados en el cuartelillo de Fuencaliente, luego en el de Villanueva de Córdoba, en medio del acoso y vituperio de la soldadesca falangista. A comienzos de enero de 1945 pasaron a la prisión de Ciudad Real, y luego, a Madrid: los hombres, a Carabanchel, y Manuela, a la prisión de Ventas. El consejo de guerra, instruido por el represivo Enrique Eymar, se celebró en Madrid, en diciembre de 1945: pena de muerte para los tres.[5] A Manuela le fue conmutada por 30 años, pero su hermano Alfonso y “El Lobito” acabaron fusilados en fecha aciaga: el 21 de febrero de 1946, en una saca de 12, entre los que iba el célebre Cristino García, condecorado por Francia, y que motivó como protesta un cierre pasajero de la frontera. En cuanto a Manuela, sufrió el típico turismo penitenciario franquista: Ventas (Madrid), Alcalá de Henares, Segovia, Guadalajara, de nuevo Alcalá de Henares, de donde salió en libertad en 1961. Ha vivido en Villanueva de Córdoba, hasta su partida definitiva en 2007. En todo momento dio testimonio de su ideal antifranquista, comunista y comprometido.

      En tercer lugar, entre ese centenar de guerrilleras de España, es oportuno aludir a una guerrillera de Cuenca, Esperanza Martínez, cuyo libro de memorias se halla en imprenta y me ha cabido la satisfacción de redactar su prólogo. En estas memorias la ex guerrillera Esperanza narra primero su experiencia como enlace, junto con su padre, dos hermanas y un cuñado, en su casa de labranza, en el pueblo conquense de Atalaya, además de la familia de Remedios, también enlaces, que vivían en el pueblo vecino de Mohorte. Recuerda Esperanza, entonces una muchacha:

“… mi padre nos advirtió de lo  peligroso que era y el riesgo que corríamos si alguien se llegaba a enterar del trabajo que hacíamos, pero de nadie y menos aun de mis hermanas más pequeñas Amadora y Angelina, salió una sola palabra. Muy al contrario fueron  las firmes guardianas de nuestros compañeros. Cuando yo tenía que salir a comprar o hacer alguna gestión ellas vigilaban los pasos de los guardias que muy a menudo pasaban por allí. Ellas atendían a los guerrilleros en lo que necesitaban y les preparaban la comida. Yo me encargaba de recoger la nota con los encargos que me hacían para comprar cuanto necesitaban. Me daban dinero y en combinación con Reme realizábamos este trabajo. Reme era C 2 Celia y yo S 3 Sole.

     “Ella vivía a pocos kilómetros de mi casa y en dirección a Cuenca. Mi burra era  el medio que utilizábamos, no teníamos otra manera en aquellos tiempos. Comprábamos ropa, útiles de aseo, comida y cuanto necesitaban. Las compras las hacíamos en Cuenca; en los pueblos se podía llamar la atención, ya que nos conocíamos todos y era difícil pasar desapercibido, sobre todo porque se sabía de nuestras miserias. Como llevábamos una lista para la adquisición de género, teníamos que valernos de la burra para el traslado, había quince kilómetros de distancia entre  Atalaya y Cuenca. 

      “En la capital  nos las ingeniábamos y nos distribuíamos el trabajo de la compra de manera que no diésemos la impresión de abundancia en ningún momento. Ibamos por separado a las tiendas, comprando lo acordado y previsto por las dos, en relación con lo encargado. El dinero de los guerrilleros que  llevábamos procurábamos no enseñarlo todo a la vez y concluíamos nuestro trabajo. De regreso a casa era una odisea, pensando lo que podía ocurrir si la guardia civil nos paraba por el camino y nos preguntaba para quien era todo lo que llevábamos en la burra. Si veíamos a los civiles inventábamos algún juego. Cantábamos, reíamos, subíamos y bajábamos de la burra en plan de diversión juvenil, a veces reían al ver nuestra aparente ingenuidad”.[6] 

      Esta labor de enlaces y punto de apoyo con la familia de los Martinez, en Atalaya de Cuenca, duró tres años, desde 1946 hasta finales de 1949. Fueron los tres años más duros de la represión franquista contra los del monte. Como siempre solía ocurrir, aquella labor de colaboración en el llano, acabó siendo descubierta por los represores. Conocedores los enlaces de que habían comenzado las redadas, en la noche del 18 de diciembre de 1949 decidieron echarse al monte, abandonando todo: sus tierras de labor arrendadas, los animales y los enseres. Vinieron a por ellos un grupo de guerrilleros. Salieron cinco miembros de la familia de los Martínez: el padre, tres hijas y un cuñado. Y tres miembros de la familia de Remedios: el padre, Remedios y un hermano de 17 años. De su relato, ya como guerrillera, anotamos estas líneas: 

      “Incorporados a la guerrilla hay que adaptarse a la nueva vida, bastante dura por cierto y cruel como ninguna, pero conscientes de ello desde antes de salir de nuestra casa para afrontar aquella lucha de la que formábamos parte. Nuestro interés y el de todos era la formación cultural y política, de ahí nuestro empeño en aprender lo mas posible. En la tranquilidad de algunos momentos había lectura, reuniones, algunos aprendieron allí a leer y escribir. En aquella época la cultura no estaba al alcance de todos y se aprovechaba el tiempo si no había peligro. Se comentaba la importancia de la lucha de las mujeres, su valor y su gran colaboración a lo largo del tiempo. Sin su ayuda  ninguna lucha hubiera sido posible… 

      “En cuanto al trabajo que nos asignaron diré que nunca fue discriminatorio por el hecho de ser mujeres. Cada persona atendía sus necesidades, lavar la ropa, coser, etc. Nunca hicimos de cocineras, este trabajo siempre lo hizo un hombre cuado había comida. El respeto fue algo que hubo en todo momento. Las relaciones amorosas estaban severamente prohibidas. Jamás se propasó nadie con nosotras por lo que nos sentimos muy felices de haber compartido tan generosamente aquel tiempo con tan valientes luchadores, que lo único que pretendieron era el restablecimiento de un gobierno democrático. No quiero recordar las mentiras de algunas publicaciones descalificando nuestra lucha y nuestra dignidad, queriendo manchar la moral guerrillera de quienes luchábamos contra la dictadura franquista.

      “En el campamento las guardias se hacían rotativamente pero solamente por los hombres. El suministro también eran ellos quienes lo conseguían; eran normas  para no dar pistas de por donde estaban las mujeres. En el campamento no se estaba mucho tiempo puesto que había más vigilancia que en tiempos anteriores. Las contrapartidas y algunos guerrilleros que se entregaban poniéndose al servicio de la guardia civil complicaban más las cosas. Había que tener cuidado con los rastros; las marchas se hacían siempre de noche para cambiar de lugar, siempre con los macutos y el armamento a cuestas. Generalmente se dormía al raso, bajo la luna y las estrellas, a la intemperie, con una piel de oveja como colchón. Si llovía o nevaba se montaba la tienda de campaña, algunas hechas de tela artesanalmente teñidas de verde para que se confundieran con la maleza. Las armas y los macutos había que tenerlos cerca. Durante el día permanecíamos en el mismo lugar siempre atentos, con el oído alerta por que a veces venían camaradas de otros sectores que se reconocían a través de la contraseña prevista que era generalmente el canto o graznido de un pájaro. El día transcurría entre la lectura, los comentarios políticos y los trabajos posibles, el aseo se hacía si había agua, siempre procurando gastar poca; para esto utilizábamos el chorrito de una bota de vino que era lo más ahorrativo y coherente. Como lavadero para lo más imprescindible, hacíamos un pocito en el suelo colocando una piel de oveja para evitar que se derramara el agua. Si teníamos la suerte de pasar por algún río lo aprovechábamos.

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“Nos detuvieron el 25 de marzo de 1952. Desde la prisión me sacaban a comisaría para interrogarme. Cuado se cansaban de divertirse me devolvían a la prisión. En uno de aquellos viajes a comisaría me encontré con la desagradable sorpresa de ver a Reme allí detenida. El día 31 de marzo vinieron a buscarnos desde Madrid un grupo de hombres de la brigada político social y que nos introdujeron en los sótanos de Gobernación, en la Puerta del Sol de Madrid. Nos  metieron en un furgón a todos, al guía que yo llevaba y a Reme con los tres guerrilleros que había recogido en Salamanca. A ella y a mí nos esposaron juntas, a los demás también entre sí, con la advertencia de que si nos movíamos tenían orden de disparar. En un pueblo o ciudad camino a Madrid pedimos ir al servicio. íbamos esposadas y los policías nos dijeron que disimuláramos para que no nos viera las esposas, por ser mujeres. Si alguien se debía de avergonzar eran ellos, Nosotras solo éramos presas políticas a quien trataban de malas maneras. En los aseos tuvimos que hacer nuestras necesidades con la puerta abierta. Es allí donde le enseñé a Reme mi camiseta pegada al cuerpo. Todo era consecuencia de la violencia que utilizó la policía contra mí. Los moratones eran coágulos de sangre ya que alguno reventaba. Ella también se lamentaba, y ya no comentamos nada más, nos esperaban  momentos peores. Nos devolvieron al furgón a empujones, yo seguía con el nombre de mi documentación clandestina. Recuerdo el nombre de uno de los que vinieron a buscarnos a Burgos, era el célebre y famoso “Carlitos”…”. 

      El testimonio de la ex guerrillera Esperanza Martínez, de Atalaya de Cuenca, revela un caso de mujeres bien preparadas políticamente y que tienen una actuación de responsabilidad política en la sierra. Ya hemos visto que en otros casos la actuación de la mujer guerrillera fue muy de segundo plano, sin apenas rebasar los límites de las tareas domésticas. En cualquier caso, incluso las tareas domésticas se pueden considerar nobles cuando se hacen en pro de una causa noble. 

 

Las mujeres en el llano
 

      La labor en la retaguardia, de apoyo, enlaces y colaboradoras, esa fue la gran aportación de la mujer en la resistencia armada contra Franco en todas las sierras de España. Su gran labor de apoyo aparece con profusión en cualquier estudio sobre este tema. Caseras de los cortijos y trabajadoras del campo las veremos arriesgarlo todo en su ayuda a la guerrilla, como esas mujeres de La Fresnadilla (Marmolejo, Jaén) o del cortijo Mojapiés (Montoro, Córdoba) o las del cortijo Vadillo (Pozoblanco) o aquellas otras que debían hacer grandes caminatas para comprar encargos a los guerrilleros en pueblos donde no las conocían. Causa admiración ese plantel de mujeres manchegas, como las de Socuéllamos (Clotilde Guedo, Aniceta Moya, Isabel Buendía, María, Vicenta, etc.), cuyas casas estuvieron siempre a disposición de los maquis perseguidos. Y otras viviendas en Tomelloso, Torre de Juan Abad, Villarrobledo, etc. 

      El superviviente “Quico” reconoce que “la mujer, al menos en nuestra región, la de Galicia y León, ha sido un factor casi determinante de la existencia de las guerrillas. Han participado tanto o más que el hombre en todas las misiones que se les encomendaban. Las mujeres y los niños…”.[7] Por su parte, José Murillo “Ríos” añade: “… nos hacían un cerco en el campamento y nosotros no podíamos bajar de allí ni a por víveres ni a por nada. Había una chica que con 16 años cogía el macuto lleno de víveres, se iba con las cabras silbándolas, y se colaba entre los moros, dejando el macuto y se volvía con las cabras. Eso era jugarse la vida por la guerrilla”.[8]

      Muchas mujeres, en el medio rural, que no habían participado en la guerra civil, se implicaron en la estructura de apoyo a la guerrilla. Para muchas de ellas esto significaba la adopción de unas responsabilidades que les eran desconocidas, lo cual las inició o las reforzó en su toma de conciencia política.[9] 

      La consecuencia trágica del apoyo femenino a la guerrilla fue que miles de mujeres fueron arrancadas de sus hogares y fueron a parar a la cárcel, sufrieron palizas, torturas y vejaciones de todo tipo, sobre todo las mujeres que eran familiares de los maquis que estaban en el monte. El calvario de las madres, hermanas, esposas o novias de los guerrilleros fue dantesco. Las prisiones provinciales contaron entre sus muros con muchas mujeres, ancianas y jóvenes, por causa de la guerrilla. A menudo ocurrían redadas de familias enteras que eran arrancadas de sus haciendas y medios de vida, para llenar los arrestos municipales, los cuartelillos de la Guardia Civil o las prisiones comarcales o provinciales. Si los propios medios oficiales de la dictadura cifraban en 60.000 los enlaces y colaboradores de la guerrilla detenidos (muy por lo bajo), al menos la tercera parte eran mujeres.

      Con todo, lo más trágico no era lo antedicho, sino lo más irreparable: el fusilamiento y la aplicación de la “ley de fugas”, que en el trienio del terror (1947-1949) dejó las cunetas de los caminos rurales llenas de cadáveres en toda España. Más de un millar de asesinados así entre el personal civil se contaban ya en 1948 en toda España, según una campaña internacional que lanzó Mundo Obrero, pidiendo la mediación de las democracias contra los crímenes del franquismo, campaña que cayó en auténtico saco roto y las democracias miraron para otro lado y dejaron a Franco libre para cometer sus crímenes. 

      Disponemos de datos sobre las mujeres asesinadas por el franquismo en parte del ámbito geográfico meridional, en el contexto de las represalias con motivo de la represión de la guerrilla. Si el franquismo había cometido ya un genocidio general en España desde el verano de 1936, doce años después seguía matando sin piedad en los campos de España. En Cáceres, en una redada de detenidos y fusilados después por orden del teniente coronel Gómez Cantos (26-8-1942) iba Vicenta Fernández Gonzalo, de 49  años, de La Calera. En Garvín, dentro de su domicilio, el mismo teniente coronel mandó fusilar a Josefa Estrella Estrella (30-3-1945), por el hecho de tener tres hermanos en la guerrilla. En Badajoz, en Navalvillar de Pela, la Guardia Civil eliminó a Bonifacia Gallardo, por ser la madre de un maquis, Valentín Jiménez Gallardo.

      En esta oleada de sangre femenina Córdoba se llevó la peor parte. En Villanueva de Córdoba fue fusilada sin formación de causa Catalina Coleto Muñoz (8-6-1948), de 52 años, madre de 7 hijos, junto con cinco infortunados más, simplemente por ser la esposa del guerrillero “Ratón”. Poco después, en Pozoblanco, fueron fusiladas en descampado la madre y la hermana de “Caraquemá”: Amelia Rodríguez López, de 49 años, y Amelia García Rodríguez, de 18 años (10-9-1948), junto con la madre de “Castaño”, Isabel Tejada López, de 60 años.

      En Cardeña fusilaron al matrimonio Cipriano Redondo (63 años) y Brígida Muñoz (de 60), junto con el hijo de ambos Juan (de 27), el 14-9-1948. En una finca de Belmez fue fusilada Teresa Molina Sánchez (26 años) junto con su marido José Diéguez García (de 26) y su cuñado Higinio Diéguez (de 43), el 27-2-1949.

      En Jaén, fue eliminada por sospechas de ser enlace Julia Llamas Lara, de Beas de Segura (6-12-1941). En Huelma liquidaron a Magdalena Aranda Hernández, en el cortijo Nicolasa, por dar cobijo al guerrillero Tomás “El Chaparro” (20-8-1944). En Alcaudete, en el cortijo Loma Serrano ocurrió otra aplicación de la “ley de fugas”, en la que fue asesinada Antonia Expósito Carmona, de 58 años, su marido Francisco Morales, de 54, y otros cuatro desgraciados (31-12-1946).

      En Andújar, en la tardía fecha del 24-7-1949, las hermanas Antonia y María Pantoja Carrillo fueron acribilladas por la Guardia Civil en el Barranco Higuerón, cuando ellas se dirigían al monte a llevar medicinas a la guerrilla.

      Centenares de mujeres sufrieron idénticos crímenes en toda España, por simples sospechas de ayudar a la guerrilla o por ser familiares de los maquis. Habría que completar el cuadro con los miles de torturadas, peladas al cero, purgadas con aceite de ricino, insultadas, vejadas y encarceladas, que además sufrieron la quiebra de sus haciendas, la ruina de sus hogares y el desamparo de sus hijos. 

      En conclusión, si bien la presencia de la mujer en el monte con armas en la mano fue un hecho muy minoritario como hemos visto, sin embargo en el llano o retaguardia, el trabajo de apoyo de las mujeres fue tan decisivo que sin el desvelo de ellas la guerrilla no habría sido posible. Como alma de las redes de enlaces y de los puntos de apoyo su labor fue insustituible en tareas de información, de abastecimiento, de amparo, de cobijo, de protección y de colaboración de todo tipo. Era la generación de mujeres de la base social de la República que desde 1930 habían secundado un proceso de lenta emancipación personal, de alfabetización y de concienciación política que les había dado moral de lucha y de resistencia durante la guerra y de apoyo a la resistencia antifranquista durante la posguerra.


[1] Esta visión de la doble represión la ha desarrollado de manera brillante Odette Martínez Maler, en “Los testimonios de las mujeres de la guerrilla antifranquista de León-Galicia (1939-1951)”, en Julio  Aróstegui y Jorge Marco, El último frente. La resistencia armada antifranquista en España, 1939-1952, Catarata, Madrid, 2008, p. 313 y ss.
[2] Francisco Moreno Gómez, La resistencia armada contra Franco. Tragedia del maquis y la guerrilla. El Centro-Sur de España: de Madrid al Guadalquivir, Critica, Barcelona, 2001, p. 16 y ss.
[3] Véase mi libro La resistencia…. Ob. Cit., p. 32 y ss.
[4] Véase mi libro La resistencia… ob. Cit., p. 47 y ss.
[5] Estos datos proceden del sumario núm. 128.712/44, contra Manuela Díaz Cabezas y cinco más, Archivo del Tribunal Militar Territorial 1º, Madrid.
[6] Esperanza Martínez, Guerrilleras. La ilusión de una esperanza, memorias inéditas, próximas a publicarse.
[7] Varios Autores, El movimiento guerrillero de los años cuarenta, FIM, Madrid, 1990, p. 39, testimonio de Francisco Martínez “Quico”.
[8] Ibidem, p. 173, testimonio de José Murillo “Ríos”.
[9] Mercedes Yusta Rodrigo, La guerra de los vencidos, Diputación Provincial, Zaragoza, 1999, p. 31.

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