9/29/2017

RAFAEL BALSERA, PEDAGOGO, DRAMATURGO Y ANTIFRANQUISTA


CORDOBESES ILUSTRES: RAFAEL BALSERA, PEDAGOGO, DRAMATURGO Y AMIGO

 
Prólogo a su drama El Aramundos,
 

      Rafael Balsera del Pino (Córdoba, 1923-2008), opositor intelectual al franquismo, de la tertulia de Carlos Castilla del Pino, ambos impulsores del Círculo Juan XXIII, de Córdoba, alma de la Córdoba soterrada de la nueva democracia. Redactar un prólogo a Rafael Balsera –en este caso La última misa de Andrés  Bruma o El Aramundos (2009)- es todo un reto para este historiador, sobre todo cuando entran en juego no sólo la literatura y la historia, sino también la amistad con el biografiado y prologado. Conocí a Rafael a comienzos de la década de los años ochenta. Pronto supo él de mi estudio sobre la República y la guerra civil en Córdoba, a raíz de la concesión del premio “Díaz del Moral” con que me distinguió en 1982 un jurado presidido por D. Manuel Tuñón de Lara. No puedo precisar ahora cómo consiguió Rafael hacerme llegar su ofrecimiento como informador y testigo de la época trágica. Él vio en mí al joven temerario que sería capaz de desvelar la historia oculta que muchos cordobeses anhelaban contemplar a plena luz del día democrático que ya vivía España. Empezamos a departir con frecuencia, a reconstruir las grandes miserias de 1936, los estragos del golpe militar, y sobre todo el victimario y el anecdotario lúgubre de la Córdoba mártir. Apareció ante mí con un testigo insustituible. Le tomé múltiples notas. Me esclareció los bajos fondos del genocidio franquista en la ciudad romana y califal. En todos los actos públicos que por aquellos años tuve que celebrar en la capital, Rafael siempre estaba presente. Solía formar parte de algún grupo de gente ilustrada de Córdoba, que me honraban con su presencia. Improvisábamos tertulias en la feria del libro y en otros actos. Siempre me ampliaba datos, me enriquecía y me revelaba claves, nombres y circunstancias. En varias ocasiones me acogió como huésped en su casa, al lado de su entrañable tía Genoveva del Pino, maestra de pro en los años difíciles. Rafael la reverenciaba como a una madre. El día en que la perdió para siempre, lo llamé y él no parecía hallar consuelo en su soledad. Después, la ausencia irremediable nos fue espaciando las presencias, hasta que llegó la ausencia definitiva.

En 1986 me sorprendió con la publicación, por fin, de su gran obra teatral Ágora silenciosa, que me remitió dedicada (“Para mi amigo Francisco Moreno Gómez, esta obra de la que ya diste noticia en tu “Historia de la guerra civil en Córdoba”. Por fin ve la luz, aunque “adornada” con muchas erratas, después de tantas y tantas vicisitudes. Con todo afecto, de tu amigo: Rafael Balsera. Córdoba, 21-10-86”). Efectivamente, en mi citado libro no sólo aludí al acoso de la censura franquista contra Agora silenciosa, sino que también reproduje foto de Rafael, de niño, al lado de su infortunado maestro D. Modoaldo Garrido Díez, fusilado por los golpistas en Córdoba el 10 de agosto de 1936. Precisamente, esta obra teatral de Rafael aparece dedicada al referido maestro, verdadero trauma personal que Rafael arrastró desde su adolescencia –tenía 15 años en 1936-, cuando el ciclón de la militarada le arrebató a su ídolo y referente personal, D. Modoaldo. Así lo reconoce Carlos Castilla del Pino, en su artículo fúnebre de 2008.[1] Castilla fue uno de los principales amigos de Rafael, del que recuerda “tantas horas juntos” y “la complicidad” durante los años de la dictadura. Y destaca dos vocaciones en Rafael: la de maestro de entusiasta dedicación (en gran parte como homenaje a D. Modoaldo) y la vocación teatral, bebida en los cánones de la tragedia clásica, con un dominio magistral de la cultura grecolatina. Dominio del lenguaje mítico, de las formas y de los contenidos, de los recursos trágicos y de la técnica del coro. Así aparece en su tragedia Ágora silenciosa, una de las pocas tragedias, tal vez la única, sobre la guerra civil española.

Su vocación teatral silenciosa se plasmó en la trilogía Tiempo de desaliento (Huerga y Fierro, 1999), con prólogo de Pedro Roso y epílogo de Carlos Castilla. Comprende: Fondos de la ironía, Madrugadas de las dos orillas y Ágora silenciosa. Un teatro gestado durante la dictadura, silenciado, reprimido, censurado… Un teatro de un cordobés sin voz. El franquismo nos privó, entre tantas cosas, de esta obra de un cordobés auténticamente senequista. Ponderado, bondadoso, prudente, irónico.

Ya hace tiempo tuvimos la dicha de descender al mundo tenebroso, bajo alegoría, del genocidio franquista en Córdoba, bajo el título de Ágora silenciosa. La Córdoba mártir, “una cuenca donde confluyen corrientes milenarias del espíritu… país de colinas sagradas y mármoles antiguos…”. El protagonista, Diómedes, simboliza el intelectual ambivalente, rebelde puertas adentro, pero acomodaticio, como muchos intelectuales, ante el poder tiránico constituido.

Curiosamente, Rafael Balsera plantea en esta obra la cuestión de la memoria, hoy tan repentinamente en boga, pero que en los años ochenta no se mencionaba. El tema de la memoria como lealtad o como cobardía ante el pasado. Los que son fieles a la propia memoria y los que traicionan la memoria. Los coherentes y los incoherentes. Dice el coro al principio: “… y te cubres el rostro evitando el fragor de tu memoria. ¿Por qué huyes de ti?”. Y responde Diómedes: “Aquel tiempo de voces ya perdidas en los ríos del alba, me habita la memoria… Sería lo mejor borrar el recuerdo de aquel tiempo. Pero la memoria es inclemente”. El río Leteo es “el río del olvido, con la dura intención de borrar la memoria de los hechos”. Más adelante, cuando una mujer enlutada aparece en busca de su joven hijo asesinado, dice: “¡Oh tiempo sin piedad! ¿Para qué sirves tú, si no has sido capaz de irme quitando la memoria?”

El Ágora silenciosa es, sobre todo, la evocación de la muerte desatada en la ciudad mártir: “… cuando Thánatos sombría azotó la llanura… lamento funeral llevan los vientos… Thánatos parecía perder su vocación por la fatiga de matar sin descanso… ¡Aquel romper los cuerpos en medio de los gritos que crecían como llamas!¡Oh, plenitud de Thánatos sombría!... Lo  mejor de la ciudad fue destruido aquellos días. ¡El más grande banquete de la muerte!... Y alcanzados al borde de resecos caminos, su sangre salpicada inundó e amapolas los campos del estío”.

El Guadalquivir parece haberse convertido en el río Leteo, cauce de la muerte: “… niebla del río de los muertos, río grande, cargado con la historia imborrable de la sangre vertida, río cuyas aguas silentes fueron rasgadas por gritos en madrugadas de acero; testigo, con la luna de síxtilis, de aquel horror inmenso que estremeció a los bosques, y que enturbió el cálido fulgor de las noches de estío.” El coro interviene fúnebre: “Nosotros que fuimos arrojados sin justicia a las silentes aguas del Leteo…”.

El tercer tema clave de Ágora es el silencio. Ya lo intuyó Miguel de Unamuno en vísperas de su muerte: “Temo que caerá sobre España un tiempo de atroz silencio”. Lo primero que destroza una dictadura, además de la vida, es la palabra. El silencio es la consecuencia del terror, del miedo y de la muerte. La plaza pública, símbolo de la comunicación entre los ciudadanos y símbolo de la palabra democrática, es reducida al silencio sepulcral por la tiranía. Bajo el envoltorio de las formas clásicas de esta tragedia, se vislumbra la Córdoba del silencio y la España del silencio de los cuarenta años de dictadura. Por la obra deambula una madre a la que le han asesinado a su hijo: “Ya no podía soportar el silencio, terrible, de mi casa. ¡Temí enloquecer!” Esta mujer desgraciada también acaba fusilada por los esbirros del dictador.

El final de esta tragedia es el triunfo de la palabra. El protagonista, el filósofo Diómedes, que ha hecho grandes concesiones al silencio y al miedo, al final decide gritar y hablar, sabiendo que la palabra le llevará a la muerte. Dice la acotación: “De pronto, sobre la multitud enardecida (afecta al dictador), surge una voz descontenta, una garganta herida y recobrada. Una lengua cansada del silencio que, antes de ser cortada, encarece gritando la verdad. Es la voz de Diómedes decidido a morir antes de asistir a la caída de su libertad…”. Diómedes grita su último mensaje: “¡Escucha, oh pueblo sometido! ¡Oh lenguas destinadas al silencio! ¡Oh frentes destinadas al engaños!”. Es el final. Al menos esta palabra ruge acusatoria contra el dictador. En ese momento, una lanza arrojada por los esbirros acaba con Diómedes agonizante sobre el suelo.

Con estos precedentes sobre el teatro de Rafael Balsera entramos en la obra objeto, propiamente, de este prólogo: El Aramundos o La última misa de Andrés Bruma. Ahora no hay ambientación de tragedia clásica. La técnica surge de la modernidad, de la influencia de Ibsen y de Pirandello, sobre todo de este último. Esta obra, que plasma las últimas revisiones de Balsera sobre la misma, responde al tema del teatro dentro del teatro, a lo Seis personajes en busca de autor. En La última misa de Andrés Bruma se escenifica un ensayo teatral en el que unos actores y un director ponen a punto un argumento que echa sus raíces en nuevos traumas sobre la guerra civil. El tema de fondo es un asesinado-desaparecido en la Córdoba mártir: Pedro Bruma el pocero, apodado “El Aramundos”. En una especie de cuadro-paréntesis (“Evocación de Amargacena”) se produce un salto temporal a 1936, y se ensaya el prendimiento y muerte de Pedro el pocero, “drama sobre la oscura noticia de un hombre sin biografía, de un jornalero que, en una noche de agosto … fue sacado de su casa a la que nunca regresó”.

En el ensayo fingido de la obra el actor Andrés, que encarna a Andrés Bruma, el hijo menor de Pedro el pocero, acaba muerto, realmente, por un disparo fortuito. Para el ensayo se trajeron fusiles de un cuartel, con el encargo de poner munición de fogueo, pero una mano franquista, tal vez la actriz Silvia, familia de militares, fraguó poner en un fusil munición real, por odio al personaje del “Aramundos” y a su familia. Es curioso que también se plantea en esta obra la cuestión de la memoria. La actriz Silvia se justifica así ante el director de la obra: “Siempre lo dije ¡Era una obra maldita! Una obra que insistía en lo que hay que olvidar”. Es el típico sofisma del olvido que con tanto afán el tardofranquismo plantea en la actualidad, y en lo que Rafael Balsera ya se anticipó. También se anticipó en la cuestión de la memoria, que tanto hoy se trata en los medios de comunicación. La citada actriz defiende la ablación de la memoria, porque es nido de rencores, según el típico mensaje de la derecha española: “La memoria es semejante a esos arcones donde creemos guardar los que fueron nuestros mejores sueños. Pero cuando los abrimos encontramos también nuestros peores rencores que siguen vivos como nidos de reptiles”. Típica falacia de la derecha posfranquista, que Rafael supo constatar con acierto. Y con este mensaje termina la obra. La misma actriz insiste: “¡El horror de la memoria como una enfermedad! Hay que buscar siempre las virtudes curativas del olvido!” Pero la corrige el director de la obra, que viene a ser un transunto del propio Rafael: “El silencio sobre lo ocurrido en la guerra, sigue siendo el último intento de los vencedores. Pero nadie conseguirá negar que la memoria es la conciencia de la Historia”.

Con estas palabras sabias y acertadas Rafael Balsera puso el dedo en una de las controversias más incoherentes que hoy azotan el estudio de nuestra historia, antes de que se hablara tanto de la recuperación de la memoria histórica. Pedro Roso, otro de los grandes amigos de Rafael, me decía así recientemente, en relación con este tema crucial de la memoria de la guerra civil: “Rafael admiraba tu trabajo con la recuperación de la memoria histórica y no creo equivocarme si digo que le hubiese complacido mucho un prólogo tuyo en el que se dilucidara la contribución de su teatro a mantener viva esa memoria”.[2] Efectivamente, tanto el teatro como el compromiso ético de Rafael son una valiosa contribución a la memoria y una posición contra el olvido. Lamentablemente su teatro fue silenciado por la dictadura, pero la democracia nos lo ha rescatado. Y su palabra por la memoria y contra el olvido también la hemos hecho pervivir, por lo que a mí toca, en mis libros sobre la guerra civil en Córdoba y la posguerra. Cuando acabemos de rescatar el teatro trágico de Rafael, caeremos en la cuenta del daño que el franquismo ha causado a las letras cordobesas, al pensamiento cordobés y al gran monumento –aere perennius- que estamos construyendo sobe el memorial democrático de España. Trabajar hoy por la memoria histórica es construir, poco a poco, ese memorial, ese martirologio y esa historia de los demócratas, que el franquismo pretendió aplastar con el olvido. Hoy, en España, todo demócrata auténtico es, tienen que ser, un rebelde contra el olvido. El olvido es, sencillamente, antidemocrático, indecente, aberrante. Y eso fue Rafael: además de un gran literato silente, un demócrata comprometido con la memoria de los mártires.

En un artículo de Rafael –“El filósofo en su silencio”[3]- considera “el hecho de escribir como forma de enfrentamiento fáctico con el poder político”. Y cae en la cuenta, con melancolía, de que la consecuencia es “la soledad del escritor que ha sido silenciado; el escritor que ha entrado en conflicto con los poderes fácticos de ciertas formas de Estado que entrañan la negación de los derechos de la persona como tal. El Estado tiranía”. Yo creo que Rafael Balsera fue el mismo Andrés Bruma, que quiso vengar la muerte de aquel cordobés laborioso –Pedro “Aramundos”- (la venganza del escritor que atiza el fuego de la memoria), y también fue el propio Diómedes, el protagonista de Ágora silenciosa, que al fin renunció al silencio, gritó la verdad en el ágora, venció el miedo y la resignación, y con su palabra se alzó contra la tiranía, convirtiéndose en mártir, atravesado por las lanzas del tirano.

José Daniel García[4] ha escrito estos días sobre Rafael Balsera, y lo presenta como “maestro y dramaturgo que influyó en varias generaciones de intelectuales y escritores cordobeses” y como “admirado entre quienes pretendían desarrollar un teatro independiente en Córdoba”. Maestro y dramaturgo casi inédito “formó parte de la oposición intelectual a la dictadura… Su vida fue un modelo de coherencia, un hombre generoso y circunspecto…”. Y fue “sin pretenderlo, ejemplo para profesores, políticos y escritores”.

Que el ejemplo de Rafael nos motive para conocer y dar actualidad a su teatro, para valorar las posiciones éticas de los intelectuales críticos contra el genocidio franquista en Córdoba, y para sumarnos a la gran marea viviente en pro de la memoria histórica y en contra del olvido.

 

                                                   




[1] Carlos Castilla del Pino, “Rafael Balsera en el recuerdo”, Córdoba, 17 de febrero de 2008.
[2] Carta de Pedro Roso, que me ha sido remitida desde Córdoba, con fecha 6-2-2009.
[3] Rafael Balsera, “El filósofo en su silencio”, Cuadernos de la Posada, núm. 40, Ayuntamiento de Córdoba, 1994.
[4] José Daniel García, “Como un oleaje de sombras”, en El Día, Córdoba, 8-3-2009.

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