9/19/2017

RESISTENCIA Y GUERRILLA, INSURGENCIA REPUBLICANA


RESISTENCIA Y GUERRILLA: OBRERISMO, REPUBLICANISMO E INSURGENCIA

 

 

                                                            Francisco Moreno Gómez

                                       (Universidad Complutense de Madrid, octubre de 2006)

 

 

Los maquis: desde la base social de la República

 

      Todavía hoy se siguen escuchando interpretaciones peregrinas sobre el fenómeno de los maquis, huidos o guerrilla, como las supuestas derivaciones hacia la violencia, delincuencia, bandolerismo y otros tópicos. Incluso se les niega el contenido ideológico y se llega a afirmar que “carecían de convicciones”, como ha dicho en este mismo foro Benito Díaz, añadiendo que en la sierra “sólo buscaban desaparecer”, no resistir. Estas afirmaciones no son ni más ni menos otra cosa que la negación del contenido político a los oponentes a la dictadura. Todas las dictaduras han negado siempre la dimensión política de sus opositores y han pretendido siempre reducirlos a la simple categoría de delincuentes comunes. Es lo que hizo el franquismo y lo que sostienen hoy todavía –y por mucho tiempo- los portavoces del conservadurismo o los intérpretes del neofranquismo. Incluso asistimos a la situación onírica de los que no se escandalizan por los centenares de miles de crímenes cometidos por la dictadura militar (torturas, paseos, ley de fugas, expolio, deportaciones, exilio y exterminio), y en cambio sí se escandalizan por varias decenas de crímenes cometidos por los maquis en pleno fragor de la resistencia (1).

        Los huidos de posguerra (también los que se dieron desde 1936) tenían un denominador común: su condición de “desafectos” a la dictadura, su condición de antifranquistas y su pertenencia a la base social de la República. Se podrá discutir su nivel de preparación política, su cultura, su cualificación teórica o intelectual, pero tan antifranquista podía ser un peón caminero como un profesor o un cuadro directivo del partido comunista. En los montes de España se daban las mismas diferencias intelectuales que se dan en la sociedad, y sin embargo, todos los ciudadanos podían tener los mismos compromisos y las mismas convicciones, y de hecho así ocurría. En los montes, no sólo se daban las mismas diferencias culturales que se dan en la sociedad, sino también la misma composición heterogénea que se daba en el seno del Frente Popular, ganador de las últimas elecciones democráticas. A pesar de tales diferencias, no parece lícito, y además no es posible, especular sobre las convicciones internas de las personas.

      Lo que está fuera de duda es que la masa heterogénea de huidos y maquis pertenecía a la base social de la República, aquella base que había alentado esperanzas de reforma agraria; aquella base que había soñado con la libertad, el laicismo, el librepensamiento; aquella base que tenía puesta su fe en la modernidad de España, en la emancipación del proletariado y en toda la gama de reformas había puesto en marcha la República. Esta era la gente que, con mayor o menor formulación teórica, se definía como “desafecta” a la dictadura, y que por diversos motivos se negó a resignarse y a morir como corderos y prefirieron morir como los lobos en el monte.

      La guerrilla fue la pervivencia, no sólo del republicanismo democrático, sino sobre todo del movimiento obrero español de los años treinta, de la conciencia obrerista y de clase, más allá de la derrota de 1939. La masa obrera y sindical, incluso pequeñoburguesa o republicana, había vivido en España, desde la huelga de 1917 y las agitaciones del “trienio bolchevique” (1918-1920), una pedagogía emancipadora, de autoestima, y una conciencia de su protagonismo en la historia. Se sintieron sujetos de derechos y aprendieron a luchar y a negociar con la clase dominante. Se instruyeron con las doctrinas obreristas, aprendieron a leer con fruición y se cultivaron en la prensa obrera o liberal, en los años veinte y, sobre todo, en los años treinta, a raíz de las libertades democráticas de 1931. En una palabra, habían dejado de ser masa y reclamaban su cuota de protagonismo social y político. Muchos líderes surgidos del tajo y de la fábrica fueron alcaldes, concejales o diputados provinciales durante la República. Su liberación personal había crecido aún más durante el desarrollo de la guerra, donde muchos obtuvieron graduaciones militares, de jefes y oficiales, mandaron unidades y batallones, aprendieron a dar órdenes o a instruir a los demás como comisarios. Dirigieron organizaciones, a veces multitudinarias, tanto hombres como mujeres. El jornalero, tras la pedagogía obrerista, había dejado de ser un don nadie y, por primera vez, se sintió persona. Lógicamente, este cambio de “roles” no fue aceptado por el dominador tradicional, que alimentó la revancha y afiló sus armas, a la espera de la ocasión propicia, que no fue otra que el 18 de julio de 1936.

      En esta pedagogía emancipadora habían influido mucho los célebres maestros racionalistas de comienzos y primer tercio del siglo XX, como Francisco Ferrer Guardia en Cataluña, José Sánchez Rosa en Andalucía, Esteban Beltrán (Montoso), Clodoaldo Gracia (Espejo) y otros, en Córdoba. Los jornaleros llevaban siempre, en la mochila o zurrón, El abogado del obrero, La gramática del obrero, etc. De Sánchez Rosa. Qué trágica estampa la del ya anciano Sánchez Rosa en Sevilla, conducido al fusilamiento por orden de Queipo de Llano en 1936, después de requisar y quemar sus libros, sin más “crimen” que haber instruido a los humildes del agro andaluz. Porque no se olvide este dato importante: el golpe de estado, y la guerra subsiguiente, se hicieron para esto, para truncar aquella pedagogía emancipadora, para aniquilar aquel protagonismo de la masa, y para reprimir la conciencia ciudadana y el espíritu democrático. Por ello se persiguió con saña y se mató a los maestros, laicos, racionalistas o progresistas. Reprimir, someter y reprimir: para ello, y no para otra cosa, se llevó a cabo la guerra por parte del cuartel, el casino y la sacristía (2).

      Célebres guerrilleros como “Quincoces” (Toledo) o Julián Caballero (Villanueva de Córdoba), habían sido alcaldes durante la República, habían participado en huelgas y habían dirigido organizaciones locales. Ramón Guerreiro “Julio” (Ciudad Real) había liderado las JSU. en Córdoba en 1936, y fue comisario en la guerra. Ex comisarios, en la guerrilla, los hallamos por decenas. El célebre Francisco Expósito “Torrente” o “Gafas” (Andujar), con sólo 13 años ya militaba en la Juventud Comunista de su pueblo, en 1933. En julio de 1934 ya fue detenido por repartir propaganda en la huelga de campesinos. No había cumplido los 16 y ya se codeaba con líderes y oradores de renombre, en los mítines y en las cárceles. En la guerra participó en el asedio del santuario de La Cabeza, fue comisario de la 89 Brigada, y luego combatiente en los célebres “Niños de la Noche”. A muchos de estos “Niños” los veremos en el maquis, como “El Serranillo” (Córdoba) o “El Chato de la Puebla” (Toledo). En Jaén, Tomás “El Cencerro”, al que algunos imperitos habrían calificado de poco político o de “bandolero”, era un comunista de antiguo en su pueblo Castillo de Locubín, partícipe en huelgas, dirigente de la FNTT en su pueblo y luchador luego como voluntario en las milicias republicanas. Otros habían pertenecido a los comités revolucionarios de sus pueblos en los días del golpe militar, o habían defendido en los jurados mixtos las bases de trabajo. Eran hombres y mujeres educados en la UGT, en la CNT o en las JSU (3).

      Ante este panorama, la conclusión es clara: miles de personas con esta trayectoria de lucha no podían doblar la rodilla, sin más, ante la arrogancia despótica de los vencedores. Ni podían aceptar la derrota ni sufrir impasibles una represión descomunal ni volver a la humillación tradicional del viejo orden, por cuya desaparición tantos esfuerzos se habían derrochado. Ni la trayectoria obrerista ni aquella amplia base social con que contó la República democrática se podían borrar de un plumazo de la noche a la mañana. Es cierto que gran parte de España se arrodilló y bajó la cerviz ante los vergajos de los militares y de la Falange, pero era imposible la unanimidad. Una minoría, al menos, se echó al monte, por diferentes motivos, y trató de resistir, de diferentes formas. Sea como fuere, lo que nunca se puede afirmar es que carecieran de convicciones, que no es cierto ni puede serlo. Eran los “desafectos”, los rebeldes autóctonos y los restos de la amplia base social de la República democrática (4).

 

La huida de la represión

 

     Decir a estas alturas que los maquis se echaron al monte por miedo y no por ideales políticos,  es una impertinencia o una estulticia. En realidad, ambos conceptos, miedo e ideales políticos, no se repelen, sino que pueden coexistir perfectamente, y de hecho así ocurre en los regímenes de represión. Es lógico, incluso deseable, que los perseguidos por sus ideales políticos busquen la salvación en la huida. La mentalidad conservadora, franquista o neofranquista ha recurrido a menudo a este ardid de supuesto desprestigio: que el luchador demócrata no se fue al monte por ideales, sino por miedo. Una carta que he recibido de un informante de mentalidad conservadora muestra este especial empeño en desposeer de contenido político a los maquis. Se refiere a varias incorporaciones del Sur de Ciudad Real, y afirma: “Todos los de El Hoyo se fueron a la sierra engañados y por miedo (ninguno por motivos o ideología política)” (5). Es lógico que se echaron al monte porque no eran franquistas, sino desafectos, o por haber socorrido a los maquis. Después añade, con la misma obsesión por la despolitización:  “Pegaron palizas por chulería o machadas que nada tenían que ver con la política o con las delaciones. En mi tierra nunca hablaron de política”. Esta es la posición, no sólo de los vencedores españoles, sino de todos los regímenes autoritarios: el opositor carece de definición política, y sólo se equipara al delincuente común. Por todo ello conviene tener mucha precaución cuando se habla hoy día de la carencia de convicciones políticas por parte de los maquis, si no se quiere caer en el discurso sectario y manipulador –falso, por tanto- de las dictaduras.

      La huida al campo se ha dado en otras fechas de la historia de España, en momentos de especial acoso represivo. En esas situaciones difíciles, militantes destacados del obrerismo optaron por quitarse de en medio, abandonar sus pueblos y refugiarse en el campo, hasta que pasase la escabechina. Así lo hemos observado, por ejemplo, en 1919, cuando el general La Barrera llegó a Andalucía a reprimir a sangre y fuego el “trienio bolchevique”. En Villanueva de Córdoba, donde el teniente apodado “El de las Gafas” empezó a rapar las cabezas de los jóvenes socialistas y a molerlos a palos, un nutrido grupo huyó al campo y anduvieron vagando una semana, hasta que la furia amainó (6). Y en el mismo pueblo, en octubre de 1931, con motivo de una huelga, cuando el gobernador Valera Valverde (implicado luego en la sanjurjada golpista de 1932) mandó una tropa desmedida para reprimir a los huelguistas, estos abandonaron el pueblo y pasaron bastantes días huidos en la sierra. En Bujalance, con motivo de la algarada anarquista de diciembre de 1933, hubo sindicalistas huidos en el campo y se produjeron aplicaciones de la ley de fugas. Siempre la ley de fugas como crimen de estado a manos de la España reaccionaria. Todos estos métodos de “guerra sucia” serían elevados a la enésima potencia en la dictadura franquista. En Villaviciosa (Córdoba), con motivo del terror que la represión desencadenó en el pueblo a raíz de la huelga de octubre de 1934, gran parte de la clase obrera huyó al monte, lo mismo que en Almodóvar, Bujalance y algún otro pueblo andaluz. Más tarde, cuando estalló el golpe militar de 1936, se volvió a repetir el fenómeno de la huida al campo, ahora de forma muy numerosa, en todos aquellos pueblos en los que triunfó el golpe, por medio del cuartel de la Guardia Civil y la gente de derechas. Temiendo detenciones y represalias, la gente huyó a los alrededores del pueblo. Esto ocurrió en miles de pueblos de España entera. En muchos de ellos, la gente de extramuros logró imponerse a los golpistas y recuperar el pueblo para la República democrática. En otros lugares la gente huida quedó copada y masacrada tras breve deambular por los montes, como les ocurrió a los pobres fugitivos por la sierra de Huelva, en número superior a 500, liquidados en 1937 por orden de Queipo de Llano, incluso después de entregarse confiados. También quedaron copados los 8.000 fugitivos del Sur de Badajoz, masacrados igualmente por las columnas africanistas, cuando en 1936 pretendían pasar por Llerena hacia la zona republicana. Crímenes de “lesa Humanidad” tan poco conocidos como impunes (La Iglesia católica guarda los restos del genocida en la basílica de La Macarena, de Sevilla).

      Todos los precedentes fugitivos son pálido reflejo de lo ocurrido tras la victoria franquista de 1939. La historia se desbordó entonces como nunca, las cifras eran insólitas, insospechadas: las cifras de campos de concentración, las cifras de encarcelados, las cifras de procesados, las cifras de ejecutados, las cifras de torturados, las cifras de exiliados, las cifras de reprimidos, las cifras de hambrientos, las cifras de suicidios, las cifras de expoliados… y las cifras de huidos al monte. Todo era hiperbólico con la instauración de la dictadura militar y la destrucción de la democracia republicana. No ha existido jamás tal cúmulo de desgracias en la historia de España.

      Al principio de la victoria, los huidos fueron poco numerosos. Los que no se entregaron suponen un número moderado. La mayor parte de los vencidos, aunque temían represalias, nunca sospecharon que se llegaría a tales excesos. Pensaron en procesamientos por algunos delitos de sangre, pero nada más. Se equivocaron de cabo a rabo. Los encarcelamientos masivos, las palizas, las torturas generalizadas, la lluvia de penas de muerte, los fusilamientos “legales” e “ilegales”, y una represión indiscriminada (para ello hicieron la guerra los sublevados), motivaron la gran oleada de huidos al monte, a partir de las evasiones de cárceles, de campos de trabajo, de batallones disciplinarios y de campos de concentración. Hubo evasiones por toda España, y empezaron a poblarse los montes. En general, eran ex combatientes republicanos. Luego, huyeron también algunos de los que se negaban a realizar el servicio militar franquista, y sobre todo, los enlaces que se veían descubiertos, que fueron otra de las grandes oleadas hacia el monte. Por último, hay que contar los 200 ó 300 cuadros directivos que el PCE envió desde Francia en la encrucijada de 1945-1946, lo más cualificado de la resistencia en todo el fenómeno.

      Este universo represivo hizo imposible cualquier forma de adaptación al nuevo orden fascista español. El nuevo orden impuso una espantosa exclusión de los vencidos a todos los niveles, sobre todo en el laboral. Los “desafectos” no tuvieron derecho al trabajo ni a la contratación, al menos en sus pueblos de origen. Pasaron a engrosar unas tácitas o expresas “listas negras”, por las que los contrarios a la dictadura quedaban privados de las posibilidades convencionales de subsistencia. Hubieron de pasar a la economía sumergida o a las artimañas del estraperlo a pequeña escala o emigraron a otros pueblos para pasar desapercibidos. Matías Romero Badía era un “desafecto” y un excluido en Villanueva de Córdoba. Para conseguir trabajo hubo de desplazarse al vecino pueblo de Conquista. Mientras, los falangistas expoliaron su casa de Villanueva y le quitaron la bicicleta, su medio de vida. Acabó obligado a pequeños hurtos de alimentos en el campo por la noche, y de ahí tuvo que echarse al monte definitivamente. Cualquier opinión precipitada lo hubiera tildado de “bandolero”, cuando había sido directivo de la JSU provincial en 1938. Simplemente fue empujado a la subsistencia marginal por la política de exclusión de los vencedores respecto a los vencidos (7). Tampoco se puede hablar ni mucho menos de una “derivación a la delincuencia común”, como ha sostenido Secundino Serrano en el texto enviado a este congreso. Si se dejan aparte casos muy especiales y pintorescos, en modo alguno significativos, no es riguroso ni exacto formular alusiones a la tópica “delincuencia común”.

      Otros huyeron al monte, no sólo por la exclusión laboral, sino por todo un cúmulo de factores hostiles: lo que se llama “hacer la vida imposible” a las personas que formaron aquella amplia base social de la República. Estaban mal mirados, maltratados de palabra y de obra, excluidos no sólo laboral, sino también socialmente, privados de la estima personal, contemplando cada día a los vencedores paseando su soberbia por las calles, humillados y ofendidos, recibiendo las mujeres vergajazos de los guardias municipales en las colas del racionamiento o en el abastecimiento de agua. Y lo que era peor aún: tener que ver a diario a los asesinos de sus padres, hermanos o familiares. Los que no conocen la vida de los pueblos, de esa inmensa España profunda, apenas captarán el panorama hostil que describimos, porque en la gran ciudad todo es diferente, y el mal mirado se puede diluir fácilmente, pero no en los pueblos, donde todos conocen las ideas y el pasado de cada uno. En los pueblos se puede hacer a las personas un vacío insoportable, y así ocurrió. Por estos y otros motivos no pocos decidieron sumarse a la resistencia antifranquista y hacerse respetar con un arma en la mano. Los que se sometieron al nuevo orden de los vencedores, tuvieron que aceptar salarios de hambre, volviendo a las viejas formas de relaciones laborales, de sumisión, destajo y jornadas de sol a sol. El poder adquisitivo retrocedió a niveles anteriores a la República. En 1940, “la renta por habitante descendió a cifras del siglo XIX” (8), y la renta per cápita no igualó, hasta 1954, los niveles de 1935.

      Ante tanta desgracia y tanta hostilidad, se incrementó el índice de suicidios, y hubo gente que perdió sus principios y su dignidad moral. A los mozos en edad militar los clasificaban como “desafectos” y los enviaban a los peores destinos, a batallones disciplinarios y a campos de trabajo (eufemismo de trabajos forzados), con el trato más inhumano imaginable. El célebre “Chichango, de Albacete, huyó a la sierra desde uno de estos campos, lo mismo que “El Castaño”, de Pozoblanco, o “El Gafas”, de Andujar. En El Viso (Córdoba), cuando el pequeño ganadero José Murillo Alegre consideró que no podía soportar más tiempo el abuso y la impunidad de los vencedores, decidió echarse al monte con su hijo  de 15 años: “Mi padre me dijo que antes de morir con las manos amarradas, moriríamos defendiéndonos. Estas fueron las palabras de un pastor, y reconozco que acertó, a pesar de todo lo que ha pasado” (9). En consecuencia, una serie de factores como la exclusión laboral, social, la humillación y el hambre, como formas de acorralar los vencedores a la España vencida, incrementaron la rebeldía y no pocas incorporaciones a la sierra.

 

Muchos ex combatientes del Ejército republicano

 

      Otro de los tópicos que sobrevuelan sobre el tema del maquis es la supuesta poca cualificación de sus militantes, que no es cierta. En el monte existió la misma heterogeneidad y el mismo tipo de composición que se da en la sociedad: trabajadores manuales, jornaleros o asalariados son siempre mayoría con relación a personas de cultura. En cualquier grupo político, los militantes de base son siempre mayoría respecto a los cuadros políticos directivos. Y en todo grupo armado o ejército, la mayoría son reclutas o soldados respecto a los mandos, jefes y oficiales. Si a todo ello se añade que el nivel de analfabetismo era todavía importante en la España de 1940, en modo alguno puede sorprender que los hombres de cultura fueran minoría, tanto en el monte como en el llano. Lo cual no quiere decir jamás que las convicciones antifranquistas dependan de la supuesta cualificación. Hubo miles y miles de analfabetos que, con plena conciencia y convicción, se alistaron voluntarios para la defensa de la República, hicieron alardes de generosidad extrema y dieron su vida por la causa democrática que amaban.

      De todas formas, tampoco es cierta la supuesta falta de cualificación personal o política en el monte. El núcleo de la guerrilla –hay que tenerlo siempre presente- fue un contingente considerable de ex combatientes del Ejército republicano. Combatientes eran los que en 1939 no se entregaron; combatientes eran los que huyeron de los campos de concentración, de las cárceles, de los batallones disciplinarios, de las colonias penitenciarias o de los campos de trabajo. Y ex combatientes eran también todos los cuadros directivos que el PCE envió desde el extranjero entre 1944-1946. Y ex combatientes españoles eran también todos los que protagonizaron las luchas de la resistencia en Francia. Y ex combatientes de la guerra de España eran los que penetraron por los Pirineos y por el Valle de Arán en el otoño de 1944, de los cuales unos 200 no se replegaron, sino que se infiltraron en el interior de España, para reforzar la guerrilla. Sólo había un grupo en la guerrilla, amplio ciertamente, que no procedía de las brigadas republicanas, y eran aquellos que, siendo enlaces y viéndose descubiertos, se vieron forzados a huir al monte y a unirse a las guerrillas. Sólo esta parte eran bisoños y reclutas. El resto de los hombres de la sierra tenían suficiente cualificación militar y combativa, que era lo que se requería para el caso. Otra cuestión muy diferente era la precariedad de armamento, la falta de ayuda internacional, y la gran superioridad de las fuerzas represoras franquistas, lo cual originaba, lógicamente, que la lucha fuera espantosamente desigual.

      Para visualizar someramente cuanto venimos afirmando, basta pasar revista a los guerrilleros de algunas Agrupaciones. “El Francés” (cordobés, cabeza de la guerrilla en Cáceres), había sido teniente en la guerra; “Chavito” (Badajoz) había sido teniente; “Los Jubiles” (Córdoba) habían mandado la 88 Brigada; José Zarco (Jaén) había sido comandante; Francisco “El Ratero” (Granada) había sido capitán; José Mata (Asturias), comandante; Arístides Llaneza (Asturias), comandante; Manolo Caxigal (Asturias), sargento; Lisardo García (Asturias), teniente; Baldomero Fernández “Ferla” (Asturias), mayor de milicias; Mauro Roiz (Santander), comandante; “Teniente Freijo” (La Coruña), teniente; Manuel Castro (Galicia), teniente coronel de la resistencia francesa; Constantino Zapico “Bóger” (Asturias), teniente; “Paco el Catalán” (Madrid), comandante de milicias; Bernabé López Calle (Málaga), ex guardia civil y comandante de milicias.

      Hasta aquí, se trata sólo de un apunte. Un estudio exhaustivo sobre este tema arrojaría resultados sorprendentes para los sempiternos abonados al tópico, para los detractores sin fundamento, y para los banalizadores del tema (entre ellos, los periodistas), siempre a la caza de personajes pintorescos –que los hubo, como en todas partes-, pero nunca fueron elemento nuclear de la guerrilla, sino marginal. Y estas observaciones valen también para los propagandistas de la dictadura franquista, neofranquistas y nostálgicos actuales, que siempre hicieron hincapié en los elementos pintorescos y “bandoleriles” de la guerrilla, reduciendo su presentación a partidas de malhechores y maleantes. El franquismo sólo resaltaba, por ejemplo, las andanzas incontroladas de “Manco de Agudo” (Ciudad Real) y nunca mencionaba a Ramón Guerreiro “Julio”, ex comisario de la guerra, dirigente de las J.S.U., gran cerebro de la guerrilla en Ciudad Real, así como Luis Ortiz de la Torre, condecorado en la batalla del Ebro y en la resistencia francesa, que tenía su puesto de mando en Puertollano; o bien el gran político Francisco Expósito “Torrente” o “Gafas”, que actuó entre Andujar y el sureste de Ciudad Real. Igualmente, los partes de la Guardia Civil sólo ponderaban en Galicia las andanzas de “Foucellas” y no los grandes políticos y cuadros de alta cualificación que lucharon en las provincias gallegas. Y esa visión tendenciosa de los represores franquistas es la que todavía pervive, incluso en mentalidades “progresistas”, y es la que sigue deformando la realidad histórica del maquis, y es la que sigue resaltando personajes pintorescos y sigue soslayando la realidad de los grandes dirigentes, los destacados políticos y los grandes luchadores que hubo en el monte. No se puede perder nunca de vista que lo que resistía en los montes de España eran los restos de la República democrática, con las limitaciones que se quieran, pero los restos al fin y al cabo.

      Otras veces se resaltan personajes atípicos de la guerrilla, en modo alguno definitorios o sustanciales, bajo un similar espejismo de lo pintoresco. En este congreso se ha ponderado la figura de Adolfo Lucas Reguilón “Severo Eubel de la Paz”, un maestro de escuela de Villa del Prado (Madrid), comunista, bien intencionado, pero de mente bullente y fantasiosa, que al verse en peligro en Madrid en 1944, se fue con su esposa a la sierra de Gredos, después de pasar una tarde en la iglesia de San Francisco el Grande, para serenar su espíritu. Allí, en el monte Mirlo, hizo enlaces, alguno de los cuales se le sumaron y formó una reducida guerrilla, muy peculiar, llamada “Zona M de Unión Nacional”. Era pacífico, escribía cartas de concordia a la Guardia Civil, y no se sometía a la disciplina del Ejército Guerrillero del Centro. Así las cosas, con su estandarte pacifista, no se comprende bien qué hacía este hombre en la guerrilla, con un fusil en la mano. Parecía haberse equivocado de lugar, de tiempo y de causa. Y si lo que hay que resaltar es que era hombre contrario a la pólvora, habría que convenir en tratarlo en otro tema, y no en la guerrilla ni en la resistencia armada. En cualquier caso no era, ni mucho menos, un maquis arquetípico de la guerrilla que nos ocupa (10).

 

El “escándalo” de la violencia

 

      En el tratamiento del tema del maquis se observa a menudo un pudoroso sentimiento de “escándalo”, por el hecho de que los del monte aplicaron venganzas, represalias sangrientas y cometieron crímenes contra supuestos delatores o confidentes de la dictadura, en número de varias decenas por provincia, en las zonas guerrilleras. En Galicia, además, castigaron a varios curas que habían espoleado la represión en 1936, y a bastantes falangistas por la misma causa. En Córdoba, el célebre “Perica” mató en 1940 al guarda Fructuoso, que lo había torturado bárbaramente antes de escaparse de la cárcel. En Orense, Mario Rodríguez Losada “Pinche” o “Langullo” mató en 1941 al cura de Cesures, porque fue el causante del fusilamiento de su padre en 1937 (11). Otros casos de represalias por los del monte son bastante conocidos por los interesados en el tema y, sobre todo por la mitología popular. Pero, sin ánimo de justificar nada, lo que no se puede perder de vista es que la dictadura franquista golpeaba a la guerrilla de una manera brutal y terrible, sin miramientos de ningún tipo, y la guerrilla no tenía más remedio que defenderse, al menos de los delatores y confidentes, si quería sobrevivir mínimamente. Lo cierto fue que la violencia no la trajeron los maquis. La desató el golpe militar de 1936, la desató la agresión a la democracia establecida, la desató la oleada de matanzas que los sublevados perpetraron por todas partes, sin excepción. La dictadura franquista era violencia “stricto sensu”, en sus orígenes, en su desarrollo bélico, en su victoria y en su establecimiento, y fue violenta como forma de supervivencia. Todo lo demás fue respuesta a esa violencia estructural, y en otros casos, simple mecanismo de defensa. La resistencia a las dictaduras y a los regímenes de fuerza es siempre actuación de legítima defensa.

      El verdadero escándalo de violencia fue la represión salvaje que el franquismo puso en práctica con motivo y pretexto de la persecución de la guerrilla. Se recurrió a las palizas, las torturas, las amenazas, los sobornos, la contrapartida, los engaños, los “paseos”, los crímenes por “ley de fugas”, el fusilamiento de familiares, por el único “delito” de serlo. Es decir, los más terribles métodos de la “guerra sucia” y terrorismo de Estado. Este es el auténtico escándalo de violencia en aquellos años de dictadura militar. Violencia fue lo que hizo un grupo de militares en una aldea de Galicia contra la familia Rodríguez Montes, porque sus hijos se habían ido a la guerrilla. Se presentaron en la casa de campo, hicieron bajar al matrimonio, y a la niña Consuelo la mandaron cerrar en el corral de las ovejas. El matrimonio ya en la puerta, hicieron venir a la niña, “para que se despidiera de sus padres”. La madre agarraba con fuerza la mano de la niña, suplicándole que no los dejara solos. Se llevaron otra vez a la niña con las ovejas, y ordenaron a sus padres caminar por el sendero. A pocos pasos los derribaron con una descarga cerrada, que oyó la propia hija. Cuando pudo salir, los vecinos le confirmaron ante una tierra removida: “Aquí están tus padres”. Tiempo después, los hermanos bajaron del monte y se llevaron a su hermana Consuelo, que estuvo en la sierra con el apodo de “Chelo” (12).

      Escándalo de violencia fueron las matanzas de familiares de guerrilleros que perpetró el franquismo por toda España. En Pozoblanco (Córdoba), en el descampado Mina de la Romana, el 10 septiembre 1948, de madrugada, el capitán Aznar Iriarte y el teniente Giménez Reyna hicieron fusilar a la madre y a la hermana de “Caraquemá” (Amelia Rodríguez, 49 años, y Amelia García, 18 años), junto con la madre de “Castaño” (Isabel Tejada, 60 años). En Villanueva de Córdoba, mataron a Catalina Coleto, 52 años, esposa del guerrillero “Ratón”, otra madrugada del 8 junio 1948. Otros muchos familiares de guerrilleros cayeron en Córdoba. Entre estos y otras personas del medio rural, 160 víctimas de personal civil cayeron por la “ley de fugas” sólo en Córdoba. Los “paseos” y la “ley de fugas” llevaron la muerte a miles de personas en España. El medio comunista Mundo Obrero intentó en 1947 y 1948 una llamada de atención internacional sobre los crímenes de la dictadura, sin conseguir ninguna solidaridad de las democracias. El sindicato SOMA (Asturias) sólo logró colocar en los pasillos de la ONU la lista de los 20 fusilados en el Pozo Funeres, en abril de 1948. Granada, Málaga, Jaén, Sevilla, Cáceres, Madrid, Teruel, Santander, Asturias, León, Galicia, etc. sufrían un baño de sangre espantoso, no sólo en el monte, sino sobre todo entre el personal civil del llano. Esta fue la realidad trágica y la violencia significativa digna de mención, a la hora de entrar de lleno en la cuestión de la resistencia armada de los años cuarenta.

      Este trágico aspecto propio del funcionamiento de los fascismos europeos de aquellos años, en cuanto a la represión de las resistencias, conviene verlo también en una perspectiva europea, internacional. Un documental de Laurence Rees, sobre “La invasión de Rusia por Hitler”, dedica su tercer capítulo a “La guerra de los partisanos” (13). La ocupación de Ucrania provocó el surgimiento de un poderoso movimiento de resistencia a cargo de los partisanos soviéticos (La expansión nazi-fascista hizo surgir maquis y partisanos en todos los países afectados). Todos los resistentes utilizaron emboscadas contra el enemigo y represalias contra compatriotas que colaboraban con el enemigo, además de requisa de armas y de alimentos. Y al mismo tiempo, las fuerzas invasoras practicaron la política de tierra quemada, las deportaciones, las matanzas de escarmiento y las eliminaciones sumarias, no sólo de partisanos, sino también de personal civil colaborador o sospechoso de serlo. En Ucrania, en la ciudad de Kharkov, los alemanes practicaron en un solo día una redada de 1.900 personas, con objeto de capturar partisanos y colaboradores. Sólo 30 de ellos tenían armas. Sin embargo, todos fueron asesinados. Y era una sola operación de un solo día. Queda evidente que la violencia no era la de los partisanos, sino la del régimen de fuerza invasor; violento no sólo desde el punto de vista de ilegitimidad jurídica, sino también desde el punto de vista cuantitativo, con unas cifras de crímenes que no resisten ninguna comparación con ningún otro aspecto.

 

¿Una lucha armada sin apoyo ni proyecto?

 

      Muchísimos cabos sueltos quedan en cuanto a la recuperación del pluriforme fenómeno histórico de la guerrilla antifranquista. Por ejemplo, la cuestión del apoyo político a la lucha armada. Muchas interpretaciones se ofrecen al respecto, cuando la realidad es simple: en la guerrilla se continuó, sin más, la posición final de los republicanos en marzo de 1939 respecto a la cuestión de la resistencia. La República, desde 1938, se había dividido en dos sectores: el sector de la resistencia a ultranza (socialistas negrinistas, comunistas y algunos republicanos) y el sector del armisticio o del final pactado (socialistas, anarquistas, nacionalistas vascos y catalanes, el propio presidente Azaña, diplomáticos ingleses y agentes de “la quinta columna”) (14). Esa defensa o renuncia a la resistencia armada del final de la guerra fue ya una posición inalterada en los años venideros. La posición oficial final de los diferentes partidos o sindicatos fue la que continuó después durante los años cuarenta. Ello explica que, oficialmente, sólo el PCE defendió y apoyó la resistencia armada contra Franco y el fenómeno guerrillero. Aunque la guerrilla fue plural en la base, y en los montes había bastantes socialistas y anarquistas, sin embargo ni el PSOE ni la CNT apoyaron oficialmente la resistencia armada. Ya habían renunciado a ella en marzo de 1939, y después las posiciones, lógicamente, no se cambiaron.

      No es acertado sostener hoy día que el PCE no tuvo un plan definido de lucha guerrillera, por el hecho de que no poseemos organigramas ni estrategias expresas de aquella empresa armada. Se olvida un aspecto crucial: fue una lucha armada, sí; pero una lucha clandestina. La clandestinidad implicaba ya de por sí toda una labor de camuflaje, en planes, en personajes con nombre supuesto, en órdenes en clave, en topónimos, en documentos, etc. Y a pesar de todo ello, sí que poseemos organigramas de muchas agrupaciones guerrilleras, su estructura en “divisiones” (o “sectores”) y en guerrillas, sus órdenes internas (Basta una breve consulta al archivo del PCE, para hacerse con nutrida información de todo ello) (15). En la estructura de la guerrilla el PCE copió muchos esquemas del Ejército republicano. Desde 1944 (incluso desde 1943), se difundieron en el interior de España directrices para crear los diferentes “Ejércitos Guerrilleros”, como el del Centro, el de Galicia, luego el de Levante, etc., que se dividían en Agrupaciones (cuatro Agrupaciones en Galicia, cinco en el Centro, tres en Granada-Málaga, etc.), de estructura y evolución muy cambiante, dependiendo siempre de la represión. Se sabe de la orden de operaciones de la invasión del Valle de Arán (“operación reconquista de España”), sus mandos, sus divisiones y brigadas. Se conocen los diferentes medios de propaganda de las Agrupaciones, la cabecera de sus periódicos (Combate, Lucha, El Guerrillero, etc.). Se conoce la esctructura de los equipos de pasos en la frontera pirenaica (también los hubo en el sur, con el norte de África), para relacionar los cuadros directivos entre las Agrupaciones y la dirección del PCE en Francia, y para facilitar las infiltraciones constantes de hombres que pasaron de Francia a España, para fortalecer la lucha. Se sabe que el partido comunista creó en 1942, en Francia, un organismo político unitario, plural y frentista, la célebre Unión Nacional, de la que se multiplicaron comités locales y provinciales en Francia y en España (aquí, clandestinos, lógicamente), y que se concretó el “brazo armado” de Unión Nacional en la restauración del XIV Cuerpo de Guerrilleros, también en 1942, que dos años más tarde pasó a llamarse Agrupación de Guerrilleros Españoles (A.G.E.), y como transposición de la estructura guerrillera española en Francia (la célebre resistencia o maquis, más española que francesa) se llevó a cabo la organización guerrillera en España, principalmente en 1944. Después de la toma de París, “¡Ahora, España!”, se gritaba por todas partes (16).

      ¿Ha preguntado alguien por el plan de lucha de los maquis en Francia? ¿Se puede afirmar que la resistencia francesa carecía de plan? Pues bien, si estas preguntas no se plantean con relación al país vecino, ¿por qué se plantean en España? No parece sino que existe un morbo o una “pose” que se deleita en arrojar piedras y descalificaciones gratuitas en la actuación de la lucha guerrillera antifranquista, cuya única descalificación fue que fracasó, pero no por su culpa ni por la supuesta falta de plan, sino por la desigualdad en la lucha, ante un enemigo hiperbólicamente superior, y por la inhibición y abandono de las democracias. La guerrilla española fracasó por los designios de las cancillerías. La guerrilla europea, los maquis o partisanos, triunfaron. Pero los planes antifascistas fueron los mismos. En consecuencia, no parece acertado ni riguroso atribuir al PCE una falta de plan guerrillero, haciendo caso omiso de las penurias, dificultades y carencias de la clandestinidad. Y más aún, cuando ya sabe que sí hubo planes, organigramas, estructuras, estrategias, órdenes y directrices, que la represión destrozaba, interfería y dificultaba al máximo en su camino desde los puestos de mando hasta los montes y las sierras de España. No se tenían los planes que se querían, sino los que se podían.

 

La historia y los tópicos

 

      Pasar revista al alud de tópicos que se ciernen sobre la marginal historia de la guerrilla antifranquista, así como a los tópicos sobre la guerra civil en general, es tarea más que imposible. Pero al menos señalemos algunos de esos tópicos, para remedio y compostura de la verdad histórica. Para empezar, no es cierto que la guerrilla española supusiera un incoherente error táctico ni una mala percepción de la realidad ni un aberrante análisis político. Fue, simplemente, una iniciativa coherente con el momento histórico, en la misma corriente antifascista de la resistencia europea. El proyecto guerrillero español se llevó a cabo con una lógica aplastante: si los nazis se batían en retirada por el sur de Francia, ante el empuje de los maquis, y se estaban derrumbando los poderosísimos fascismos europeos, eran lógicas las esperanzas en una inminente caída de Franco. Que la dictadura militar española era inamovible –y ello, por voluntad de los aliados-, eso lo sabemos hoy, a toro pasado, pero nadie lo podía sospechar entonces, ni siquiera los propios franquistas.

      El estudio de la guerrilla antifranquista debe llevarse a cabo ya en una perspectiva europea, en el contexto de los movimientos partisanos antifascistas, desde Francia a Ucrania, pasando por Italia, los Balcanes y otros lugares de la opresión fascista. Nuestros estudios deben superar definitivamente los excesivos localismos en que se sitúan hasta ahora. Y peor que los localismos son los anecdotarios, tan del gusto periodístico. Hay que hacer historia, y no anecdotarios. Y para hacer historia –historia europea-, es imprescindible la liberación democrática de los archivos de la represión española, todavía en manos de los herederos de los represores: el Ejército y la Guardia Civil. Aunque parezca increíble y patético, la realidad es esta: los archivos de la represión de la dictadura todavía no han sido democratizados, sino que siguen, si no del todo bloqueados, sí entorpecidos, y su consulta sometida a múltiples trabas y reticencias, lo cual entorpece o imposibilita una investigación clara y abierta. Lo afirma este autor, no de oídas, sino por sufrimiento propio (17). 

      La guerrilla antifranquista fue consecuencia directa, no tanto de un conflicto social, sino de un acontecimiento político: la instauración de una dictadura militar filofascista en España, con un programa terrible de persecución y de exterminio de los demócratas vencidos, empujados a huir a los montes, y después organizados en guerrillas, a imitación de los maquis franceses, bajo directrices del PCE. La guerrilla, aunque siempre pudo tener algún fondo de rebeldías campesinas y de otra índole, fue mucho más que campesina: fue republicana, progresista, democrática, antifascista, antimilitarista, anticlerical, antifranquista. Fue minera, sobre todo en el norte; fue marinera en La Coruña; y por todas partes fue de artesanos, albañiles, campesinos, jornaleros, carboneros, taberneros, maestros de escuela, etc.; es decir, la típica composición heterogénea del gran abanico republicano, demócrata y frentepopulista que había sido vencido y aplastado por la victoria de Franco.

      No es cierto ni responde a la verdad histórica que la guerrilla fuera un proyecto estalinista. Este sonsonete ha salido de cierta capillita o cenáculo que deambula y hace secta por la capital de España. No es un aserto científico. Pecados estalinistas hubo por muchos sitios; pero la guerrilla se constituyó y tuvo como horizonte la restauración de la República democrática, y además lo intentó con una estrategia pluralista, con aquella especie de reedición del Frente Popular, llamada Unión Nacional, “mutatis mutandis”. No se olvide que la guerrilla la puso en marcha Jesús Monzón, entre 1943-1944, y de Monzón se podrá decir cualquier cosa, pero nunca que fuera un personaje estalinista, que no lo fue, ya que fue el diseñador de la primera muestra de frentepopulismo democrático en la posguerra. Su órgano de prensa era Reconquista de España. Y esta Unión Nacional distaba mucho de ser la fantasmada que algunos eruditos a la violeta han dicho. Ya se ha señalado que en 1942 contaba con 108 comités locales en Francia, y a comienzos de 1945 tenía 300 comités clandestinos en España. Cuando Carrillo entró en escena, en la segunda mitad de 1945, fue dejando de lado el andamiaje de Unión Nacional, y en 1946 logró que el PCE ingresara en la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas (ANFD), creada por los socialistas. Cuando ésta se derrumbó en 1947, el PCE dio forma en 1948 a otro organismo frentista, el Consejo Nacional de Resistencia, con buen número de consejos locales en la zona de Levante. Siempre se procuró que la guerrilla tuviera como referente político un organismo plural y democrático, con las lógicas penurias de la actividad clandestina. En cualquier caso, es erróneo e inexacto hablar de proyecto estalinista en la guerrilla, que no lo fue. Basta, además, repasar los panfletos y escritos que la guerrilla difundía en los montes, caseríos y aldeas. Cualquiera que haya realizado trabajo de campo entre esta documentación y literatura puede comprobar que todos los panfletos del monte, sin excepción, terminaban con vivas a la República, a Unión Nacional, a la Constitución,… y clamaban por la convocatoria de elecciones libres (18).

      Recientemente hemos leído un gran error de Santos Juliá en este tema. Se centra en el “encuentro de Munich o en las ‘mesas democráticas’, en las que comunistas y católicos se hicieron demócratas antes de la democracia” (19). Esto es una “boutade”, y carece de rigor histórico para cualquier estudioso que haya seguido de manera imparcial la trayectoria del PCE, desde su gran compromiso por la República democrática desde el comienzo y desarrollo de la guerra civil, la continuación de ese compromiso en la guerrilla y en el exilio, su apoyo incondicional al Gobierno Giral, su política de “reconciliación nacional” desde 1956, su estrategia de eurocomunismo, y una larga muestra de compromisos democráticos, de puro rigor histórico. Que lea Santos Juliá la defensa del gobierno democrático que hizo José Díaz en la sesión del 15 de julio de 1936 en la Diputación Permanente de las Cortes, o bien pondere estas palabras de un alto cuadro comunista, Agustín Zoroa, poco antes de ser fusilado en Ocaña en 1947, según consta en su consejo de guerra: “…que no cree haya cometido delito de rebelión… que vino de Francia a España a liberar a las masas del terror y de la miseria y a luchar por la democracia” (20).

 

La guerrilla y la memoria histórica

 

      La memoria es una materia prima para la historia. No son dos conceptos homogéneos, pero sí complementarios. La recuperación de la memoria es directamente proporcional al progreso de la historia, sobre todo cuando se produce una penuria y carencia de fuentes en un tema como éste, que es historia de vencidos, y sobre los vencidos se cierne siempre –ley universal-, la desaparición: desaparición de nombres, de vidas, de fosas, de documentos, de mención, de homenajes, de reconocimientos y del derecho a la propia historia. El recurso a la memoria y al ejercicio del recuerdo, del testimonio y de la vivencia, puede ser una tabla de salvación para la historia. La suplencia o subsidiariedad de fuentes: he aquí el gran servicio de la memoria a la ciencia histórica. Creo que es éste el sentido principal de la importante corriente que se ha extendido en España en los últimos años en pro de la recuperación de la memoria histórica. No sólo todo lo relativo al desarrollo de la guerra civil (con su cuestión crucial: la represión y las pérdidas humanas), sino especialmente lo relativo a la guerrilla adolecen de una precariedad de fuentes clamorosa. Esto lo comprendemos bien todos los que nos hemos esforzado en estudios monográficos con amplios trabajos de campo. La mayoría de los sucesos guerrilleros de la sierra y del llano los hemos desentrañado gracias a los ejercicios de recuperación de memoria, de expresión de testimonios, vivencias y recuerdos. Mientras hubo testigos y supervivientes, escribir sobre la guerrilla fue relativamente fácil. Hoy, tras la muerte biológica de la memoria, el problema se convierte en gravísimo (21). Por todo ello, el verdadero historiador no puede hacer otra cosa que saludar positivamente la actual corriente, aunque tardía, en pro de la recuperación de la memoria histórica. En pura lógica, la Ley de Memoria Histórica que actualmente tramita el Gobierno de Rodríguez Zapatero está totalmente justificada. No tiene más defectos que ser tardía, primero, y ser titubeante y ambigua, en segundo término.

      Nuevamente hay que aludir a las incoherencias que de un tiempo a esta parte nos viene obsequiando Santos Juliá sobre la cuestión de la memoria histórica. Este autor se ha convertido en un analista de tesis. Todos sus trabajos los viene forzando, no en el estricto conocimiento histórico imparcial, sino en la defensa de su tesis. Y no existe nada tan anticientífico como el condicionante de las posiciones previas y los prejuicios. La obsesión de Juliá se resume en que estamos “saturados de memoria”, que ya está escrito todo lo que había que escribir sobre la guerra civil (se colige, pues, la jubilación anticipada de todos los historiadores), que ya “sabemos muy bien lo que pasó” (22) (sobran, pues, ya investigaciones y tesis doctorales. Los doctorandos, pues, también a la jubilación). Es decir, la ciencia histórica sobre la guerra ya está cerrada, completa, según Juliá. Olvida algo sustancial: que la ciencia nunca se completa, y siempre está abierta. Su obsesión vuelve a insistir: que en la transición “no es verdad, por mucho que se repita, que aquellos fueron años de amnesia y de silencio, sobre el pasado” (23), que fue cuando más se escribió y se debatió sobre la guerra. Que “fue cuando más” no es cierto. Siempre se ha escrito y se ha debatido, pero eso no es lo que importa, sino esto otro: sobre qué tema se escribió (apenas sobre lo más importante: la represión), con qué apoyo oficial (con casi ninguno), ante qué aforo (absolutamente minoritario), con qué repercusión mediática (casi nula), con qué iniciativas documentalistas (apenas se hicieron documentales televisivos, al contrario de lo que hoy está ocurriendo), con qué rehabilitaciones en callejeros o monumentos (casi nada o puramente testimonial), con qué accesibilidad a archivos militares (a los archivos de prisiones, casi nada; de la Guardia Civil, casi nada; sumarios de la represión militar, en aquellos años, absolutamente nada. Como es lógico, esto lo tenemos claro quienes hemos sufrido las miserias y penurias de la investigación histórica y los trabajos de campo. Mientras los analistas pecan de autosuficiencia, engreimiento y petulancia, los investigadores se desesperan ante las dificultades de la investigación).

      En un artículo reciente, Santos Juliá desvaría ya de manera grave, al afirmar, por ejemplo: “Cuando un país se escinde, la memoria compartida sólo puede construirse sobre la decisión de echar al olvido el pasado” (24). ¿Cómo es posible que un historiador, es decir, un científico, pretenda echar la llave al pasado, que es la materia directa de la historia? Con este programa no parece posible que se cree una escuela de jóvenes investigadores en torno a este autor, al contrario, por ejemplo, de lo que ocurrió con Tuñón de Lara (por cierto, de cuya mano empezó a caminar el señor Juliá), que con la humildad de todo sabio supo despertar la vocación investigadora en muchos estudiosos.

      Es curioso este nuevo concepto de la “memoria compartida”. Es un concepto sencillamente aberrante. En modo alguno parece coherente que a estas alturas la memoria de los demócratas tenga que compartirse con  la memoria de los golpistas. La memoria democrática es incompatible con la memoria antidemocrática. Más aún, cuando los vencedores jamás compartieron su memoria con los vencidos. Se olvida que la memoria de los vencedores -antidemócratas- ya se recuperó suficientemente, incluso excesivamente, durante décadas. Sus víctimas fueron honradas, exhumadas, veneradas, recordadas –incluso canonizadas-, esculpidas en callejeros y lápidas (todavía hoy se exhiben), indemnizadas, historiadas y recopiladas,… ¿Qué más queda por hacer en pro de la memoria de los vencedores franquistas? La única memoria que faltaba por recuperar era la de los vencidos, es decir, los demócratas. Y la poca memoria que se puede recuperar ya,… ¿bajo qué concepto hay que compartirla con los vencedores? Una cosa es la reconciliación, y otra muy distinta la claudicación de las propias raíces y los propios referentes democráticos más elementales. Es incomprensible qué puede pretender Santos Juliá con estas aseveraciones, a no ser recordarnos las posiciones y el discurso de los harúspices del conservadurismo español, todos ellos contrarios a la recuperación de la memoria histórica de los demócratas, por una razón obvia: no quieren que se reescriba la historia que el franquismo dejó “atada y bien atada”.

      Cuando Santos Juliá sostiene que “El año de la memoria se cierra con todas las memorias enfrentadas” (25), primeramente eso no es cierto. Segundo, si se ha tratado de recuperar la memoria de los demócratas y sus avatares en la consecución de derechos y libertades desde 1931 (esas libertades que hoy se disfrutan), no tiene ningún sentido sospechar desaires, malentendidos ni suspicacias ante la supuesta memoria de los herederos de los golpistas, neofranquistas o simpatizantes, que tampoco es el caso. ¿O hay que pedir permiso a los herederos del franquismo para que los demócratas puedan acometer la recuperación de su propia memoria histórica? Como si en la recuperación de la memoria de los demócratas alemanes hubiera ahora que coartarse o inhibirse, temerosos de no despertar suspicacias en la memoria de los nazis. Tanta comprensión con los totalitarios hasta podría estimular los deseos de nuevos golpes y nuevas militaradas, con la certeza de que luego recibirán el abrazo de los demócratas, su perdón y su fraternidad, e incluso la justificación, la bendición y el homenaje de la historia. Y esta finísima delicadeza y fraternidad con la supuesta memoria de los vencedores de la dictadura militar llega ya a la exquisitez más entrañable, cuando Santos concluye: “es legítimo que el gobierno se esfuerce en rehabilitar a las víctimas del franquismo. A condición de no hacer invisibles a los que fueron asesinados en los territorios leales a la República” (26). Este derroche de equidistancia y neutralidad es otro contrasentido. Ni las víctimas de los vencedores han sido nunca invisibles, sino todo lo contrario, ni además es éticamente aceptable la supuesta neutralidad entre esquemas de valores contrapuestos. No se atormente el señor Juliá. Prueba de que los “caídos por Dios y por España” no son invisibles es que ahí sigue el Arco de la Moncloa, homenaje a la victoria, el mausoleo del Valle de los Caídos, pirámide faraónica del dictador, estatuas, callejeros y lápidas por doquier (La calle principal de Santa Cruz de Tenerife se llama “Rambla del General Franco”), y todo ello cuando, en contraste, los vencidos, es decir, los demócratas, carecen del más miserable monumento reconocedor de sus sacrificios por las libertades, apenas constan en ningún callejero (se pueden contar con los dedos de una mano), y cuando algún lugar se podría haber reservado como testimonio del martirio por la libertad, como la plaza de toros de Badajoz, va el gobierno regional socialista y la borra del mapa. Igualmente, ningún luchador de la guerrilla antifranquista goza de la más mínima mención en ningún sitio. Y todavía Santos Juliá se siente apenado, porque no se deje suficiente luz a las víctimas de la sublevación franquista, cuando las víctimas de la democracia se hallan totalmente a oscuras, sin nombres, sin memoria, sin lápidas, sin rehabilitación y, lo que es peor, sin historia. “Al demócrata desconocido” tendrá que ser el texto de los futuros monumentos, si es que se hace alguno, que lo dudo. Desde luego, no será por el empeño del señor Juliá.

      El problema de la historia y de la memoria de los guerrilleros antifranquistas no es sino un capítulo más de la desidia y de las incoherencias de los propios demócratas a la hora de encarar su propia historia, sus propios referentes, sus propias raíces y su propia memoria respecto al tema capital de la historia del siglo XX español: la guerra civil, sus antecedentes y sus consecuencias. En realidad, a la historia silenciada de los demócratas están causando más perjuicios los propios demócratas desorientados que los atávicos enemigos de la democracia y de las libertades. A estas alturas de comienzos del siglo XXI, estamos ahogados bajo montañas de tópicos, inexactitudes y fabulaciones sobre estos temas que nos ocupan. Tanto, que deberíamos reescribir todo de nuevo, tal como se quedó en 1980. La historia de la guerrilla debe ser replanteada, sobre todo para sacarla de los anecdotarios y de las banalizaciones, y de los localismos. La guerrilla española se inscribe en el puzzle general de los movimientos de maquis y partisanos antifascistas que se dieron en la Europa de 1940, y así debe estudiarse. Y los estudiosos europeos no deben olvidar, ni mucho menos, el caso español. Finalmente, la Universidad española debe entonar su acto de contrición por sus desidias y desdenes (salvo excepciones, minoritarias) y asumir de lleno el estudio de los temas “poco científicos” de la guerra civil, como este de la resistencia armada contra la dictadura militar.

 

N O T A S

 

(1) Esta ponencia, en sus líneas básicas, fue pronunciada el 27 de octubre de 2006 en la Universidad Complutense de Madrid, ante más de 200 alumnos matriculados en el curso “Resistencia armada en la posguerra”. Pero su redacción definitiva posterior con destino a su publicación ha permitido incluir algunos aspectos que surgieron en los debates de las ponencias y hacerse eco también de ciertas polémicas planteadas en la prensa.

(2) Sobre este análisis preobrerista y prerrepublicano de la guerrilla ya he anticipado algunas consideraciones en mi La resistencia armada contra Franco, Crítica, Barcelona, 2001, p. 4 y siguientes.

(3) Muchos de los maquis presentados a menudo como “bandoleros” por el franquismo, tenían una amplia trayectoria política o sindical en los años de la República o de la guerra. Por ello, la historia del maquis conviene retrotraerla casi siempre a estas etapas previas.

(4) Incluso hombres aparentemente apolíticos, como los hermanos Quero, de Granada, eran indudables “desafectos” de la dictadura. Uno de ellos era evadido de un campo de concentración en Córdoba. La mayoría eran ex combatientes del Ejército republicano, y alguno había militado en los célebres “Niños de la noche”. Así que la aparente independencia o supuesto apoliticismo de algunos maquis nos demuestra bien poca cosa.

(5) Carta de Alonso Sánchez Gascón, remitida a este autor, desde Madrid, año 2001.

(6) Moreno Gómez, F., “Movimiento obrero, caciquismo y represión en Córdoba durante 1919”, en revista Axerquía, Diputación Provincial, Córdoba, núm. 12, diciembre, 1984.

(7) Romero Badía, Matías, Memorias, A-Z Ediciones, Madrid, 1996.

(8) Biescas, J. A, y Tuñón de Lara, M., España bajo la dictadura franquista (1939-1975), tomo X, Labor, Barcelona, 1981, p. 21.

(9) VV.AA., El movimiento guerrillero de los años cuarenta, F.I.M., Madrid, 1990, p. 172, testimonio de José Murillo.

(10) Sobre este peculiar guerrillero he escrito en mi libro La resistencia  

 armada contra Franco, ob. cit. Y existe un libro de memorias: Reguilón García, Adolfo Lucas, El último guerrillero de España, ADLAG, Madrid, 1975.

(11) Téllez, Antonio, A guerrilla antifranquista de Mario de Langullo “O Pinche”, A Nosa Terra, Vigo, 2000.

(12) El caso de “Chelo”, la joven guerrillera gallega, cuyos padres los eliminó la Guardia Civil en presencia de esta niña, está expuesto en un DVD de testimonios orales, que dirige Odette Martínez, visualizado en este mismo congreso, y que está depositado en la Biblioteca de Documentación Internacional Contemporánea, París.

(13) Rees, Laurence, “A partisan war”, cap. 3, del documental titulado Hitler´s Invasion of Russia in World War Two, BBC 2, Londres, 5 octubre 1999. (Búsqueda de cita en la que me ayudó Mirta Núñez).

(14) Bahamonde Magro, A. y Cervera Gil, J., Así terminó la guerra de España, Marcial Pons, Madrid, 1999.

(15) En el archivo del PCE se halla respuesta a muchas de estas cuestiones. Esquema de la estructura general guerrillera puede verse en Santiago Alvarez y otros, El movimiento guerrillero de los años cuarenta (2ª edic.), F.I.M., Madrid, 2003, pp. 23-28. Y en el Catálogo de los fondos del archivo histórico del Partido Comunista de España, 2 vols., F.I.M., Madrid, 2000.

(16) Martorell, M., Jesús Monzón, el líder comunista olvidado por la historia, Pamiela, Navarra, 2000, p. 101. Y en Joan Estruch, Historia oculta del PCE, Temas de Hoy, Madrid, 2000, p. 165.

(17) Con motivo de la tramitación actual de la Ley de Memoria Histórica, que plantea la tímida apertura de los archivos militares, se está produciendo una de esas atávicas corrientes de “malestar” en sectores del Ejército, como medida de presión en contra, según han denunciado diversas asociaciones de la Memoria, como AGE. El problema de estos archivos no democratizados todavía, ya lo expuso Amnistía Internacional en un informe de marzo de 2006.

(18) Moreno Gómez, F., Historia y memoria del maquis. El cordobés ‘Veneno’, último guerrillero de La Mancha, Alpuerto, Madrid, 2006.

(19) Desafortunado artículo de Santos Juliá en El País, 31-12-2006, titulado “Año de memoria”.

(20) Causa núm. 138.610/46, contra Agustín Zoroa y otros, archivo del Tribunal Militar Territorial 1º, Madrid. Sobre la trayectoria del PCE en pro de la democracia española, véase también Sánchez Rodríguez, Jesús, Teoría y práctica democrática en el PCE (1956-1982), F.I.M., Madrid, 2004.

(21) Es injusto el olvido que ha relegado valiosas obras de recuperación de memoria como el pionero Recuérdalo tú y recuérdalo a otros, de Ronald Fraser, Crítica, Barcelona, 1979.

(22) “Año de memoria”, El País, art. cit.

(23) Ibídem.

(24) Ibídem.

(25) Ibídem.

(26) Entrevista a Santos Juliá, por José Andrés Rojo, bajo el título “No hubo olvido ni silencio”, en El País, 2-1-2007.

 

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