10/04/2017

LOS POETAS OLVIDADOS: ANTONIO GARCÍA COPADO


CORDOBESES ILUSTRES: EL POETA ANTONIO GARCÍA COPADO

 
Un poeta nómada, entre Villanueva de Córdoba, Puerto Rico y Nueva York

 

                                       Por Francisco Moreno Gómez

 

El poeta García Copado, en la vida y en la muerte 

      El 6 abril 1991 perdimos a un poeta entrañable, un admirador como nadie de su Córdoba y de su pueblo natal, una referencia poética y cultural obligada de nuestros veranos, de nuestras modestas publicaciones, de tantas veladas y recitales, de nuestras ferias... Si decimos que su viaje definitivo ha dejado un vacío irremediable en Villanueva, no es un tópico, es una dura realidad. Es el vacío de las personas valiosas, esas que aportan frutos, ideas y motivación en la sociedad en la que se prodigan. Son abejas laboriosas en la abigarrada colmena de la vida. Son alma y motor, antídoto de la apatía, la abulia y la zafiedad cotidiana. Cuando estos referentes cívicos, culturales y literarios se van, queda un vacío hiriente, como esa encina a la que le cortan la rama maestra y ya mostrará para siempre la herida indeleble. A pesar de todo, a pesar de la ausencia irremediable, permanece la presencia de su obra. Cuando un poeta se va, sigue viviendo en sus poemas. La literatura es una forma de inmortalidad, y sus poemas son su voz, “voz atada a tinta”, como escribió Miguel de Unamuno (“aire encarnado en tierra, / doble milagro, / portento sin igual de la palabra”). Esta es la razón por la que evocamos al poeta nuevamente, por las calles de Villanueva, de Córdoba y de América, en justo homenaje a Antonio García Copado, a los diez años de su partida.

      Nació en Villanueva de Córdoba, el 3 marzo 1914, en la calle Empedrada o Canalejas. Desde los 6 años ya vivió en Córdoba capital. Se educó en el Colegio de Los Salesianos y en el Instituto Góngora. En 1932 terminó la carrera de Magisterio, que ejerció en Cazalla de la Sierra, Baena, Belmonte, Madrid y Alcalá de Henares. Pero su espíritu bohemio, propio de todo poeta, le llevó a dispersarse en otras muchas actividades, como poeta, recitador, tertuliano, locutor de radio y viajero, ganador de numerosos concursos literarios.

      En 1956, tras la muerte de su madre, doña Dolores, y tras haber conocido en Barcelona a la señorita puertorriqueña Iraida Ruell, con la que se casó más tarde, García Copado decidió dar el salto a Las Américas. Gran parte de ese año la pasó en Caracas, en un programa de radio, hasta que el 23 diciembre 1956, siguiendo los pasos de Iraida, aterrizó en Nueva York, que hizo su patria definitiva, donde hoy reposa.

      Empezaremos recordando aquellas vísperas del salto a América. Me cuenta Diego Higuera que en septiembre 1955 y en febrero 1956, García Copado celebró en Villanueva los primeros recitales de su vida, que sirvieron, al mismo tiempo como despedida: “Nunca había estado en Villanueva. Esos recitales fueron los primeros y sirvieron para decirle adiós al pueblo ante su inminente aventura...”  Y me añade una anécdota: “En una ocasión lo felicité con una postal de nuestra torre. El día que la recibió salió publicado en un diario de Nueva York un soneto suyo “Al Empire State Builduig”. Le agradó esta coincidencia tanto que en el próximo correo recibí su soneto “La torre de mi pueblo”. Otro detalle fue que en una revista que él conocía bien y colaboraba, regida por mujeres, Ecos de ellas, leyó la noticia de un recital suyo en un teatro de la ciudad. Su sorpresa fue que el mismo día, en otro teatro de la misma Avenida, había recitado el poeta Manuel Benítez Carrasco, de Granada, que ha fallecido en el 2000. Yo he recitado mucho de este poeta andaluz”.

      Estos eventos se muestran en el programa de actos en el Teatro Español de Villanueva, despedida antes del viaje a América en 1956, junto a un soneto dedicado a su calle Empedrada, donde vio la primera luz (yo mismo le hice una fotografía, a mediados de los años ochenta, en casa de Diego Higuera, que a la primera oportunidad subiré aquí).

      Lamento haber conocido tarde al poeta García Copado, en el último trayecto de su vida, en la “última vuelta del camino”, como diría Pío Baroja. Mi primer encuentro con él me fascinó. Ocurrió el 27 junio 1983, en el Instituto Cultural Andaluz, de Madrid. Por no sé qué conducto me enteré del acto y acudí. Vi en él, sobre todo, a un magnífico recitador. Su dominio del arte de la declamación era portentoso. Y sobre todo, me conquistó con un poema: “Mensaje a la América del Norte”, en contra de la agresión atómica. Me presenté a él, e ipso facto circuló la química entre nosotros. Me agradó siempre su amena conversación, su cultura, su mundología, su inagotable anecdotario, su dinamismo vital, su calidad humana,... ser tan buena persona en un mundo de tanto diablo. Me honró con su amistad. Me apreciaba sinceramente, le gustaban mis cosas, mis escritos, mis cartas (conservo como reliquia una nutrida correspondencia de varios años). En justa gratitud, me esforcé en la difusión de su obra y en el reconocimiento de su valía. Sé que le di una gran alegría cuando promoví su nombramiento con Hijo Predilecto de Villanueva.

 

Vida nómada de un poeta  
entre Córdoba y Nueva York
 

      Fue profundo el gran vacío que su ausencia dejó en su tierra cordobesa, en nuestra prensa local, en nuestras fiestas, en nuestras veladas literarias, en nuestra vida cultural y en nuestra amistad. Al final, hallamos un consuelo parcial: su obra literaria permanece, aunque su persona haya desaparecido. Breve apunte sobre la trayectoria biográfica del poeta cordobés-jarote (gentilicio de Villanueva).

      Antonio García Copado dejó de existir el sábado 6 abril 1991, a las 5 de la tarde, en Nueva York, donde residía con su esposa Iraida Ruell. Sus restos descansan en el cementerio de Saint Mary, en Jonkers (Nueva York). A la tumba se llevó su deseo de haber celebrado, con motivo del V Centenario, un “Congreso de las Córdobas del mundo”, una asamblea en Córdoba de representantes de todas las ciudades, sobre todo de América Latina, que llevan el nombre de Córdoba. Yo mismo lo acompañé en una entrevista con el entonces alcalde de Córdoba, Herminio Trigo, al que entregó un dossier al respecto; pero el proyecto no cuajó.

      García Copado nació en Villanueva el 3 marzo 1914, pertenecía a la Real Academía de Córdoba, gozaba de numerosos premios y reconocimientos, siendo el más querido por él la distinción de hijo predilecto de Villanueva, que se le otorgó, a propuesta mía, en 1984.

      García Copado fue la voz literaria de lo cordobés y de lo hispano en el inmenso caos cultural de Nueva York. Una voz latina que, en medio del clima adverso anglosajón, logró hacerse un hueco bajo el sol. Un hueco a través de ese Círculo de Escritores y Poetas Iberoamericanos (CEPI), del que era un gran animador, y a través de su Ediciones Puerto Rico de Autores Nuevos (EPRAN), con objeto de dar a conocer a jóvenes escritores hispanos. Casi todos los veranos, García Copado visitaba España. Como ave migratoria que cíclicamente necesitaba respirar de lo español, en Madrid, en Córdoba y en su pueblo natal, Villanueva. Era su recorrido monótono, y febrilmente deseado, cada año. Su último acto poético en Córdoba tuvo lugar en la Posada del Potro, el 25 junio 1985. Un acto sumamente gratificante para él. En la primera fila se sentaba Rafael Castejón y Martínez de Arizala, ex director de la Real Academia, gran amigo de Antonio, al que apadrinó en su ingreso en la Academia cordobesa en 1954.

      En los últimos años todos recordamos sus actos literarios, emotivos y llenos de afecto a nuestra tierra, en Madrid, en Córdoba, en Villanueva. Digna de mención fue la gran velada que compartí con él en el Ateneo de Madrid, el 27 junio 1985, donde ofreció un recital formidable, con intermedios musicales de la Orquesta Infantil Municipal de Coslada y del barítono Carlos Cano Cartán. Allí nos conmovió con ese poema redondo titulado “Mensaje a la América del Norte”, contra la amenaza de la bomba atómica, y que termina con ese apóstrofe desgarrado: “... Sobre las rosas, ¡No!. / Sobre las rosas..., / ¡piénsalo bien, América!”.

      El 30 julio 1989, en Coslada (Madrid), fue su último acto literario en España, y creo que el último de su vida. Viajé desde Villanueva para hacer la presentación y comprobé que su voz ya estaba quebrada por la enfermedad. Allí intervino también la Orquesta Infantil de Juan Pablo Fernández. He de anotar que nos intentó boicotear el acto una funesta concejala “de izquierdas” (indigna de tal nombre), Nuria Roldán “La Roldana”, que se había peleado con Juan P. Fernández e intentó por todos los medios evitar que yo estuviera presente (entonces yo era diputado). Por ello intrigó y enredó en los círculos políticos más altos, me presionó y me llamó a todas horas del día, con la mayor desfachatez. Pero sólo obedecí el dictado de la amistad, y no el de la política de intrigas. Nos dedicamos a homenajear a Antonio con entusiasmo y a aplaudir a rabiar su arte y su calidad humana.

      Al verano siguiente, el de 1990, aún tuvo Antonio la temeridad de volver a Madrid, junto a su esposa Iraida. Ya no hubo actos literarios y se dedicó a la corrección de pruebas de unos libros que debía llevarse para Nueva York. Cuando lo despedía, en la calle Montera, de Madrid, tuve plena consciencia de que aquel abrazo era el adiós definitivo.

      Desde un principio me había impresionado la fuerza con que García Copado decía sus poemas. Lo recuerdo, por ejemplo, lleno de vigor, gesticulando a la manera clásica, en el Instituto Cultural Andaluz de Madrid, el 27 junio 1983, diciendo sus poemas célebres: “Canto al sombrero cordobés”, “La fuente de la bellota”, “Canto de dolor y esperanza al niño de Nicaragua”, etc. Y pocos días después, el 10 julio 1983, en el salón de la Biblioteca de Villanueva, en otro recital junto con Diego Higuera, que dejó gratísima impresión.

      Su obra poética se inició en Madrid, en 1946, con Héroes de España, seguida al año siguiente de Dolor en la muerte del califa (Sonetos a Manolete), cuya edición se agotó en un solo día. En 1950 obtuvo el Premio Gibraltar de Poesía con el poema “La roca cautiva”, que formó parte del libro del mismo título en 1952. Ya en Nueva York publicó en 1959 Canción del amor imposible, en homenaje a Juan Ramón Jiménez, que fue premiado por el Círculo de Escritores y Poetas Iberoamericanos (CEPI).

      El resto de su poesía: Canción de la ausencia irremediable (1962), Ofrenda lírica a Villanueva de Córdoba (1965), Recóndito llanto (1972), Amor a Puerto Rico (1977) y numerosos poemas sueltos, que recibieron importantes galardones, tanto en España como en América.

      Una novela corta (El desconocido), un libro de cuentos (El enemigo) y numerosos artículos, forman su obra en prosa. Y en teatro: La voz de la sangre, Sangre gitana y Caritina, esta última una opereta que fue estrenada con éxito en la década de los cuarenta en el teatro Apolo de Valencia, y luego en Zaragoza, Logroño, Pamplona, Bilbao... y en los teatros Lope de Vega y Reina Victoria de Madrid.

      En Nueva York estuvo vinculado a la Editorial Grolier y al City College de la Universidad neoyorkina, donde impartió clases y conferencias. En el Certamen Literario del CEPI de 1961 (Fiesta de la Hispanidad) obtuvo la Medalla de Oro con el poema “Elegía del regreso”. Galardones que se repitieron en los años 1962 y 1963, con poemas como “Canto apasionado a Puerto Rico” o “Elegía de las cosas sencillas”. Y algunos años llegó a tener protagonismo destacado en la organización de los tradicionales desfiles de la Hispanidad, en la V Avenida de Nueva York.

      Creó allí, entre los hispanohablantes grupos literarios como los llamados “Ulysses”, “Cervantes” y “Espiga y Verbo”. Fundó revistas literarias como Alas, y fue redactor de numerosos medios de prensa, como El Mundo (de Puerto Rico), La Calle (de Caracas), Ecos y La Prensa (de Nueva York).

      En 1978, junto con Diego Higuera y la poetisa de Priego Mª Jesús Sánchez Carrillo, participó en esta ciudad en el homenaje que se tributó a Alcalá Zamora. En 1979 volvió a obtener Medalla de Oro en Nueva York, en el certamen del desfile de la Hispanidad, con su poema “Canto de dolor y esperanza al niño de Nicaragua”. En los dos años siguientes repitieron premio varios poemas suyos.

      Con estos precedentes, y teniendo en cuenta su trayectoria de defensa de los valores hispánicos, el recuerdo a los oprimidos, los indocumentados, los indígenas, los niños..., el diario bilingüe de Nueva York Noticias del Mundo otorgó a García Copado el título de Valor Humano de las Letras-1982, galardón que se entregó en el Canal 47 de la TV.

      En Villanueva de Córdoba, su pueblo natal, tuve la acertada idea de proponerlo para nombrarlo Hijo Predilecto de la Villa en 1984. La ceremonia oficial tuvo lugar en un brillante homenaje que se le tributó en Villanueva, el 1 agosto 1984, con la presencia de poetas cordobeses y el entonces director de la Real Academia. Me consta que fue una de las grandes satisfacciones de su vida. Él, acostumbrado al aguijón de la soledad, la ausencia y el transtierro, se sintió muy halagado por aquel gesto solidario de su pueblo natal.

      “El poeta del dolor” lo definió la poetisa uruguaya Estrella Genta. Él mismo se considera poeta del dolor y de la ausencia. Hombre y poeta un tanto desarraigado, sin acabar de echar ancla por Europa ni América, entre senequista cordobés y extrovertido andaluz. Nosotros lo vemos más bien como el poeta de lo hispano en el mundo hostil anglosajón, conjugando temas universales de la tradición popular española, con otros típicamente cordobeses o jarotes, ensamblando sus vivencias infantiles y juveniles con los nuevos horizontes americanos. En la forma destaca su verso transparente, la perfección técnica, la fidelidad a la rima y la riqueza de un vocabulario castellano enriquecido con el español de América.

      Pero el poeta nómada emprendió su “viaje definitivo” (J. R. Jiménez). Un juglar andariego, alegre por fuera, dicharachero y ocurrente, pero dolorido por dentro, como Lorca, con su desarraigo familiar a cuestas, siempre echando de menos un ancla, un asidero, un regazo amistoso... agarrado siempre al recuerdo de su tierra, maternal, su Villanueva, su Córdoba, su Madrid. Porque también fue el poeta de la amistad, hoy somos nosotros los que echamos hacia Antonio nuestra ancla, nuestro asidero y nuestra memoria.

 

El nombramiento como hijo predilecto de su pueblo
 

      Estoy seguro de que uno de los momentos más emotivos en la vida del poeta García Copado fue el homenaje que se le hizo, el primero de agosto de 1984, como hijo predilecto de Villanueva de Córdoba. Él, acostumbrado a sinsabores y desdenes de la vida, recibió lleno de gratitud aquel homenaje y sé que le llegó al alma. Partidario yo de que los reconocimientos deben hacerse a los vivos y no a los muertos, puse especial empeño en aquello y hoy me alegro de que Antonio se llevara aquella alegría por delante.

      Participaba yo entonces en esa charca inmunda de pasiones y miserias de la política pueblerina, que es la peor de todas las políticas. Pero hay que pasar por todo en la vida, y yo entonces era concejal de Villanueva, desde las elecciones de 1983. En el pleno municipal del 25 noviembre 1983 se dio el primer paso e hice la propuesta de nombrar a García Copado “Hijo Predilecto” de Villanueva (“especialmente querido” es su etimología), propuesta que se ratificó en la Comisión de Gobierno del 14 diciembre 1983. García Copado era lo suficientemente humilde como para recibir este homenaje sin engreimientos, y así ocurrió. No habría ocurrido así con otros petulantes de nuestro enjambre local, pródigo en vanidosos y fanfarrones de cabeza vacía.

      El nombramiento oficial de “Hijo Predilecto” tuvo lugar en el pleno municipal del 11 mayo 1984, y ahí se aprobó también otra propuesta mía de editar por el Ayuntamiento un libro de cuentos de Antonio, inédito, titulado El enemigo, lo cual también se aprobó. Se celebraba sesión entonces en el local de la Audiencia, y para terminar aquel pleno, yo leí e hice constar en acta el soneto de García Copado titulado “Villanueva en mi recuerdo”. Era la primera vez que en un pleno municipal, sólo dado a improperios y exabruptos, se escuchaba la lectura de un poema. Quise arropar aquel acto, y creo que lo conseguí, de la dignidad y tono elevado que nuestro poeta se merecía.

      Mientras tanto, yo me carteaba con Antonio en Nueva York y lo tenía al tanto de cuanto ocurría. Conservo su amistosa correspondencia y se deshacía en agradecimientos por tanta amabilidad como derrochábamos hacia él. En sus cartas, que algún día publicaré en fragmentos, se observa lo que Antonio era: un gran poeta y una gran persona en un continente humilde. Porque los grandes de verdad (Machado, Miguel Hernández) han sido siempre humildes, para bochorno de los petulantes.

      El gran homenaje a Antonio tuvo lugar el primero de agosto 1984, en el salón de actos de la Biblioteca Municipal, con asistencia de autoridades municipales, el director de la Real Academia de Córdoba y los poetas Diego Higuera, Juana Castro y Manuel de César. El secretario del Ayuntamiento dio lectura al acuerdo de concesión del título de Hijo Predilecto de la Villa. El alcalde impuso a Antonio la medalla de la villa y le entregó el diploma enmarcado (decorado por Paco Camacho), galardones que se llevó a Nueva York como un niño feliz.

      A continuación intervine yo, para presentar el libro El enemigo, cuya edición había coordinado y cuyo prólogo había redactado. Elogié lo mucho que García Copado ha ensalzado el nombre y la esencia de Villanueva. Por ello le agradecí su canto a Villanueva con unos versos de Horacio (del Libro III de Odas):  “Fies nobilium tu quoque fontium me dicente cavis impositam ilicem saxis...”  (Tú también serás la más célebre de las fuentes, porque yo he cantado a la encina que crece sobre tus huecas peñas).

      Intervinieron luego nuestros poetas locales Diego Higuera y Juana Castro. El primero derrochó palabras de afecto al homenajeado y recitó el “Poema de la muerte airada”, de García Copado. Juana Castro hilvanó similitudes entre la vida andariega del poeta y las andanzas de Ulises, siempre con la imagen de su patria en la mente, con lo que Villanueva venía a coincidir con la Ítaca homérica. Habló luego el director de la Real Academia y el propio García Copado, que estuvo emocionado y agradecido con todos, y recitó dos poemas muy aplaudidos: “Canto a los héroes anónimos” y “Elogio a nuestra identidad”. Y allí nos reveló Antonio una de las miserias sufridas en el pueblo años atrás, y fue que la actual Biblioteca Municipal debía llamarse “García Copado”, según un viejo acuerdo plenario, pero no se llevó a cabo por envidias y recelos pueblerinos.

      Terminó el homenaje, en que todo fue cordialidad y nobles sentimientos. García Copado se llevó grabada la imagen más entrañable de su vida. Como complemento de su protagonismo en aquel verano alegre de 1984, el poeta pronunció también el pregón de feria desde el balcón de la Audiencia, pregón que terminó con un poema que recordamos a continuación. Afortunadamente, la memoria nos hace revivir aquellos oasis. No todo fue árido y yermo. También supimos hacer alarde de altura de miras y de ejercitar el reconocimiento con aquellos que deben ser reconocidos.

 
García Copado y la tauromaquia

      Nuestro poeta Antonio García Copado pasó, en realidad, casi toda su vida fuera de Villanueva. Muy niño (ya lo dijimos en su biografía) marchó con su madre a Córdoba capital y allí se buscaron la vida, como tantos otros de nuestra diáspora. La ilusión de su madre fue dar carrera a su hijo, y lo consiguió en los estudios de Magisterio. Antes, habría de cursar la enseñanza media en el colegio de los Salesianos.

      En este capítulo daremos repaso al García Copado taurino, porque esa fue una de sus facetas de inspiración, de cordobesismo y de andalucismo.

      No hace mucho tiempo, en mi frecuentes horas de investigación y estudio en la Biblioteca Nacional de Madrid -templo del saber, donde toda hora es fructífera y donde el intelecto de muchos hallaría sustento, redimidos de la vida anodina, extrovertida y tabernaria-, decidí inventariar toda la obra de García Copado que ahí se conserva, que es mucha, aunque no toda. Y me detuve en un pequeño libro dedicado al mítico “Manolete”, que García Copado le dedicó en el año trágico de 1947.

      Poco se ha escrito sobre el profundo amor que el poeta sentía por su Córdoba natal. Las cosas de Córdoba, su tipismo, su folclore, su cultura y su arte constituyeron tema recurrente de su poesía. Aunque la mitad de su vida la pasó fuera de España, en Nueva York, su alma vagó y suspiró siempre por Córdoba. Yo fui testigo del último de sus afanes -que se llevó a la tumba-, y fue el proyecto de celebrar en nuestra capital un Congreso de las Córdobas del Mundo. Lo acompañé ante el alcalde Herminio Trigo, al que entregó documentación sobre el proyecto. Pero en los despachos la idea se diluyó y quedó atascada.

      Hoy traemos aquí el recuerdo de García Copado por otro motivo cordobés: su relación con el legendario “Manolete”, y a él le dedicó el pequeño libro titulado Dolor en la muerte del Califa. Sonetos a la memoria de Manolete (Imprenta Juan Bravo, 3, Madrid, 1947). Un libro escrito con pasión sincera, al calor del triste suceso de aquel verano de 1947. Según me contó García Copado, el libro se agotó en un día, a la entrada de la Plaza de las Ventas, en Madrid.

      En el libro descubrimos que el poeta fue compañero de “Manolete” en el colegio de los Salesianos, de Córdoba, según dice expresamente en el prólogo:  “Yo fui compañero de colegio de ‘Manolete’ y, cuando pasados los años, volví a verle, ya era astro único del firmamento taurino; acudí silenciosamente -cuando mis menguados medios lo permitieron- al último rincón del graderío, donde él tuvo a su defensa mi voz, mis entusiasmos... y mis puños también; en la prensa canté bastantes momentos de su vida, y fui siempre el amigo leal de los tiempos primeros”.

      En la dedicatoria del libro se hace patente esa especie de idolatría que García Copado, como hemos dicho, sintió siempre por su patria andaluza. Dice así:

      “A mi Córdoba, cuna de filósofos, poetas y guerreros; corazón palpitante de Andalucía; paraíso perdido de los árabes; madre de la mejor tradición taurina, que hoy llora al más grande de los toreros que han sido...”.

      Seleccionamos el Soneto I, titulado “Patio de los Salesianos”, con la siguiente introducción del poeta:  “Manolete estudió en los Salesianos, colegio enclavado en el típico barrio de San Lorenzo, en Córdoba. Este soneto evoca aquella época, en que el autor soñaba con la gloria taurina que, como un iluminado, describía aquel muchacho delgaducho y triste, que era Manuel Rodríguez...”.

            Patio de los Salesianos

   ¡Ay, el recuerdo alegre de los días
ya lejanos, Manuel, de nuestra infancia,
y la pura emoción de su fragancia
desvaída en tu alma y en la mía.
   Final de curso: en la fotografía
el pálido ciprés de tu arrogancia,
presidiendo, con su pueril prestancia,
un recuerdo de inexacta geometría.
   Ser matador fue tu ilusión primera
¡ay, el roto pañuelo que en tus manos
se burlaba del toro de madera!
   Y ahora, pobre amigo... ¡qué lejanos...
aquellos sueños de la incierta espera
en nuestro patio de los Salesianos...

      Cuenta luego García Copado que en 1933, en Arlés (Francia), vistió “Manolete” por primera vez el traje de luces, como novillero del espectáculo cómico-taurino-musical “Los Califas”; y que el 2 de julio de 1939, en la Maestranza de Sevilla, en la corrida de la Prensa, tomó la alternativa de manos de “Chicuelo”, siendo testigo “Gitanillo de Triana”, todo lo cual va dando tema a los sonetos de García Copado. El 6 de septiembre de 1942 tiene lugar la siguiente anécdota en la Monumental de Barcelona: un espectador increpa airadamente al diestro cordobés; éste cita, impasible, al toro, y antes de que entre a la muleta, eleva su vista hasta donde se encuentra aquél; un escalofrío de emoción corre por el graderío; y el toro pasa, una y otra vez... Ha nacido el famoso “pase del desprecio”.

      Y llegó el día aciago, el 28 de agosto de 1947, que García Copado evoca en este otro soneto:

           El ídolo roto

   Caíste bajo el sol de Andalucía
-ídolo en flor sobre la frente astada-;
se tiñó el pelo hirsuto en la cornada
de los rojos claveles de tu hombría.
   El pulso de la mina en tu agonía
se hizo temblor de oliva y madrugada,
y el dolor de tu carne desgarrada
dejó de ser cuando la luz venía.
   Séneca en tu perfil antiguo y cierto:
Grecia y Roma transidas en el yerto
paisaje atormentado de tu muerte.
   La voz del Betis, surco de tu estrella,
y en mi Córdoba triste, altiva y bella,
la amargura callada de no verte.

      El poeta sigue desgranando en su libro los diferentes momentos de la tragedia. Leemos la introducción del soneto siguiente: “Desde la muerte de Julio Romero de Torres, no hubo en Córdoba otra manifestación popular de dolor como ésta del entierro de ‘Manolete’. La Plaza de la Lagunilla, el Campo de la Merced, Santa Marina, se vistieron de negros crespones; la Mezquita enmudeció el temblor de sus campanas, por la pérdida de su Abderramán de oro...”.

        Dolor en la muerte del Califa

   Córdoba llora y llora al Califa perdido
y eleva la Mezquita crespones de su pena;
en la tierra caliente del olivo ha caído
partida en dos la gracia de su estatua serena.
   El río bajo el Puente Romano es un gemido;
enlutan las mujeres su belleza morena;
San Rafael Custodio clava al aire dormido
su volapié de piedra sin alamar ni arena.
   La voz de los romances late de esquina a esquina;
una copla gitana dice en Santa Marina
-barrio de los toreros- el dolor de esta hora.
   Teje alfombra de rosas la ‘Niña Piconera’,
y, cuando en las Ermitas su cadáver espera...
¡¡la muerte del Califa Córdoba llora y llora...!!

      Hoy, ambos descansan: el cantor y el mito. Éste, en su mausoleo cordobés del cementerio de La Salud -irónica advocación-, y el poeta, en el lejano y frío cementerio de Yonkers, en Nueva York, adonde arribó solo, sin el abrazo de ninguno de nosotros, que no pudimos recoger ni su último verso ni su último afán.

      En estos años, a través del conocido cicerone cordobés José López Gavilán, amigo y correligionario, supe que un vate provinciano preparaba un libro sobre el tema taurino en los poetas cordobeses. Y rápidamente reuní material y se lo envié, para que García Copado no quedara en el olvido. Sin embargo, debió ser uno de tantos proyectos fallidos, porque del tal libro nunca más se supo. Un caso más de predicadores que dan poco trigo. Es verdad que el tema taurino, hoy por hoy, ya no es lo que era. Tema muy afectado por el mundo señoritil y reaccionario hispano -ganaderos, toreros, caballistas, garrochas y zahones-, pero que, sin embargo, tiene otra vertiente folclórica y estética, que ha hecho mella en muchos poetas de todos los tiempos, desde Lorca y Alberti (amigos del gran Ignacio Sánchez Mejías, poeta y progresista, algo excepcional) hasta los Machado y Pedro Garfias, éste, cantor del novillero Parrita, que luchó en las filas democráticas de la República.

      García Copado, que fue espectador silencioso de aquella España silenciada de 1947, se refugió en el arte de la poesía y, entre otras estéticas, captó la belleza clásica ancestral que nos lleva hasta Guisando o al minotauro de Creta.

 
Cuando un poeta sube a la colina

      Cierro esta serie de recuerdo amistoso al poeta Antonio García Copado, con una serie de semblanzas, surgidas todas del grato recuerdo y de la amistad que mantuvimos en la última etapa de su vida. Compartí con Antonio, sobre todo, una gratísima conversación, para la que poseía unas dotes de tertuliano excelentes (algo propio de una persona culta) y una sincera y amigable correspondencia: unas cien cartas nos cruzamos por el Atlántico. Se interesó muchísimo por aquel proyecto de cambio y de regeneración que empezamos a germinar en Villanueva en 1983, tanto pluralismo entonces, tanta receptividad a todo tipo de gente, que hubo ausentes que regresaron aquel entonces a Villanueva a veces sólo con ánimo de saludarnos y conocernos, a quienes, filantrópicos, tanto empeño poníamos en regenerar Villanueva, con tantas novedades, con tantas iniciativas; como aquel otro buen amigo José Pascual Soler, que nada más llegar de Méjico, vino a buscarme, impresionado por el buen artículo que yo había escrito sobre su hermano y excelente persona (además de sabio) don Vicente Pascual. Con motivo parecido vino a vernos, desde Francia, Francisco Torralbo, sobrino de “Mazo”, el maestro. Y otros muchos, en múltiples encuentros, y por supuesto García Copado no faltaba ningún verano. Respiraban algo nuevo en Villanueva en aquellos años de la Transición (o pos-Transición): se notaba idealismo, utopía, nuevas iniciativas.... Altruismo y filantropía a manos llenas, pero esto es “rara avis”. Después, la filantropía fue sustituida por el materialismo; el idealismo, por el sanchopancismo; la generosidad, por la ambición; la cultura, por la catetez; y la pluralidad, por el sectarismo.

      En definitiva, que el recuerdo de García Copado es, a la vez, el recuerdo de unos años muy interesantes en la vida de Villanueva (y en España entera), unos años prometedores, luego agostados prematuramente. Sin duda, él y yo, hubiéramos platicado hoy largamente sobre tirios y troyanos, romanos y cartagineses, sobre la “pax augusta” y, luego, el caos neroniano, con la fina ironía que a ambos nos caracteriza, ambos observadores estoicos y senequistas. Coincidíamos en la falta de ambiciones materiales, en el clásico ideal de la vida modesta o “aurea mediocritas”, y hallábamos entretenimiento en temas de saberes varios, propios de la república de las letras.

      Aludiré ahora al último libro que Antonio publicó, El enemigo. ‘Pirulí’, mi perro puertorriqueño, y otros cuentos, que por iniciativa mía le editó el Ayuntamiento de Villanueva, por aprobación plenaria del 11 mayo 1984. Yo le redacté el prólogo, aunque no con mi nombre, sino como Comisión de Cultura. En ese prólogo califiqué a García Copado como “pluma a doble página entre España y América, bien merecía que su pueblo natal... lo homenajeara como ‘profeta en su patria’, en contra del adagio popular, y mostrase hacia el poeta el reconocimiento que ya hace tiempo le tributaron Puerto Rico y Nueva York”. Exaltaba yo a continuación la labor del Ayuntamiento como “Mecenas”, porque tal gesto “proporciona a la ‘polis’ el hallazgo espiritual de su identidad y el cultivo de los más altos valores”. Y me permití comparar la suerte de Villanueva con la de la “Fuente de Bandusia”, de Horacio –repito los versos, porque me “sulibeyan”-, ya que ambas, Villanueva o la fuente, serían célebres por haber sido cantadas por un poeta:  “fies nobilium tu quoque fontium, me dicente cavis impositam ilicem saxis...” (También tú te contarás entre las fuentes más célebres, pues yo he cantado a la encina que crece sobre tus huecas peñas), según leemos en la número XIII del Libro III de Odas, de Horacio. Espero que Villanueva se sienta orgullosa por haber sido cantada en los versos de García Copado.

      Acabé el prólogo recordando los méritos literarios de Antonio, “Quíntuple Medalla de Oro en los certámenes del Círculo de Escritores y Poetas Iberoamericanos y del Desfile de la Hispanidad en Nueva York, y doblemente declarado ‘Valor Humano de las Letras’, en 1982 y 1983”. En la contraportada del libro de cuentos editado, hice plasmar la insólita estampa de la torre de Villanueva, con una descomunal bandera andaluza, pendiente de su campanario, desde la barandilla  hasta casi el suelo, fruto de mi campaña por la autonomía de Andalucía, en febrero de 1980.

      Para terminar, doy un salto en el tiempo, cuando el poeta recibió otro antiguo homenaje en Villanueva, en el Teatro Español, el 23 octubre 1962. Fruto de aquel evento fue la edición de su libro Ofrenda lírica a Villanueva de Córdoba (Mis poemas premiados) (Imprenta Buenestado, Villanueva, 1965), libro del que seleccionamos tres textos: 1) El poema “Yo soy aquel...”, dedicado a Villanueva;  2) El poema “Gibraltar”, tema hoy de renovada actualidad;  y 3) Las palabras que en ese homenaje le dedicó don Sebastián Márquez Finque. La semilla del poeta García Copado quedó ahí, a la espera de un buen tiempo de lluvias que la haga germinar y florecer.

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