10/02/2017

MAQUINACIONES DE FRANCO EN PRO DE SU ÚLTIMA VICTORIA: EL SILENCIO


EL FRANQUISMO CONSIGUE LA VICTORIA DEL SILENCIO Y DEL OLVIDO
 

Interrelaciones entre la memoria y la historia. Antídoto contra el silencio y el olvido.  
 

                                       Por Francisco Moreno Gómez

                 (Conferencia en Aguilar de la Frontera, 6 octubre 2007. Con fecha 2 agosto 2008 le fue entregado a este autor por la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Aguilar de la Frontera y por el Excmo. Ayuntamiento de la misma ciudad,  el Premio “José María León”, por el que expresé emocionado agradecimiento).

 

Introducción
 

      Cuando paso a limpio mis notas sobre la conferencia que impartí en Aguilar de la Frontera, el 6 de octubre de 2007, he aquí que han ocurrido en España novedades historiográficas, jurídicas, sociales, políticas y de recuperación de la memoria histórica de hondo calado y verdaderamente sorprendentes. Hay que anotar como gran novedad la promulgación de la llamada Ley de la Memoria Histórica (Ley 52/2007, de 26 de diciembre, BOE. de 27-12-2007)[1]. Por primera vez, el Estado democrático se atrevió a legislar en pro de la recuperación de la memoria histórica de las víctimas del franquismo. Pero mucho más novedoso e insólito fue, casi un año después, el inesperado Auto del juez Baltasar Garzón, de la Audiencia Nacional, de 16 de octubre de 2008, sobre la incriminación de los altos jerarcas, Franco incluido, autores del golpe militar de 1936 y de la gran matanza de más de cien mil personas, bajo la calificación jurídica de crímenes de lesa humanidad. Lo que muchos calificábamos así, tímidamente, y se nos tachaba de “radicales”, ahora lo publica todo un juez de la Audiencia Nacional, para satisfacción de las víctimas y para estupor de los que venían disfrutando de sacrosanta y perpetua impunidad.

      En los razonamientos jurídicos, Punto 1º.1, se dice que “Los hechos objeto de denuncia nunca han sido investigados plenamente por la Justicia española, por lo que hasta el día de la fecha, la impunidad ha sido la regla frente a unos acontecimientos que podrían revestir la calificación jurídica de crímenes contra la humanidad”.

      En el mismo Punto 1º.4 se reconoce que “Un examen imparcial y sereno de los hechos nos lleva también a afirmar que, al igual que los vencedores de la Guerra Civil aplicaron su derecho a los vencidos y desplegaron toda la acción del Estado para la localización, identificación y reparación de las víctimas caídas de la parte vencedora, no aconteció lo mismo respecto a los vencidos, que además fueron perseguidos, encarcelados, desaparecidos y torturados por quienes habían quebrantado la legalidad vigente al alzarse en armas contra el Estado”. La verdad es que, para sorpresa de todos, tales afirmaciones contundentes sobre la ilegalidad del golpe militar, nunca las habíamos oído de voces tan autorizadas, lo cual nos respalda y nos da la razón a quienes veníamos afirmando tales cosas, en medio de las reticencias de academicistas, partidarios de neutralidades y herederos del tardofranquismo.

      En el Punto 2º, Garzón condena sin paliativos el golpe militar de 1936, por su ilegalidad y violencia programada de antemano: “La acción desplegada por las personas sublevadas y que contribuyeron a la insurrección armada del 18 de julio de 1936, estuvo fuera de toda legalidad y atentaron contra la forma de Gobierno, en forma coordinada y consciente, determinados a acabar por las vías de hecho con la República mediante el derrocamiento del Gobierno legítimo de España, y dar paso con ello a un plan preconcebido que incluía el uso de la violencia, como instrumento básico para su ejecución”.

      En el Punto 3º, el supremo juez insiste en la ilegalidad del golpe militar: “Quienes se alzaron o rebelaron contra el Gobierno legítimo y cometieron, por tanto, un delito contra la Constitución entonces vigente y contra los Altos Organismos de la Nación, indujeron y ordenaron las previas, simultáneas y posteriores matanzas, torturas y detenciones ilegales, sistemáticas y generalizadas, de los opositores políticos, y provocaron el exilio forzoso de miles de personas”.

      En el Punto 9º, el juez Garzón centra la calificación de crímenes de lesa humanidad en las “detenciones ilegales que han devenido en desaparición forzosa de personas”. Que “tales hechos delictivos estaban ya descritos y penados en el Código Penal de 1932”. Y que “A estos delitos debe, pues, añadirse el contexto de crímenes contra la humanidad en que fueron cometidos, dada su naturaleza sistemática y generalizada… ya eran conductas delictivas en el momento del comienzo de su ejecución” (La ley de amnistía nunca es extensible a un delito contra la humanidad).

      Lo auto que acabamos de citar muy sucintamente[2] hará que, a partir de este acontecimiento jurídico, la historia de la guerra civil española no podrá seguir encerrada en los estrechos puntos de vista en que se hallaba en los últimos decenios. Y las orientaciones de las recientes actividades recuperadoras de la memoria histórica también se verán reforzadas o iluminadas de acuerdo con lo denunciado por el juez Garzón.

      Antes de concluir la introducción a mi conferencia en Aguilar el 6 de octubre de 2007, he de hacer referencia al honor que se me concedió en esta localidad, cuando se me entregó el Premio de Memoria Histórica “José María León”, el 2 de agosto de 2008, por iniciativa de una dinámica y laboriosa Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Aguilar, que preside Rafael Espino Navarro.

 

Las huellas de la memoria sobre la guerra civil    

      A la hora de centrar el tema en las “Huellas de la memoria sobre la guerra civil”, conviene dejar claro que, si bien la memoria histórica no es la historia propiamente dicha, es sin duda una materia prima decisiva para la historia, sobre todo cuando se trata de la historia de los vencidos, es decir, los demócratas, ya que a todo vencido se le impone el principio de “la desaparición”, la desaparición física y la desaparición documental. De ahí que la recuperación de la memoria de los hechos sea decisiva como fuente para la reconstrucción de los mismos. La precariedad documental sobre la historia de la guerra, relativa al campo de los vencidos y a los pormenores de la gran represión, hace que la recuperación de la memoria testimonial, oral o escrita, sea decisiva. La memoria histórica es el recuerdo y la voz de los protagonistas.

      Lo contrario de la memoria histórica es el silencio, la represión y el olvido. Y a ello se aplicó el franquismo con ahínco. Esa era la filosofía de la “historia atada y bien atada”, es decir, la historia atada por el silencio y el miedo, hasta conducir al olvido. El olvido de los referentes democráticos de la II República, el olvido del calvario de los demócratas, el olvido de los crímenes y la impunidad de los verdugos. Eso pretendía el franquismo: el olvido de los hechos y de los crímenes, para consagrar la impunidad y el falseamiento de la historia. No existe nada tan degradante para un pueblo que la amnesia y la pérdida de la memoria. Cuando un pueblo pierde la memoria, se cae, igual que toda persona física, en la alienación, en el desarraigo y en la pérdida de la propia identidad. La memoria es, pues, la base de la identidad, tanto de las personas como de los pueblos. En la psicología humana, los problemas o enfermedades de la memoria suponen siempre la disolución de la propia personalidad.

      La democracia española ha estado a punto de perder su identidad, sus raíces y su historia, mediante el funesto “pacto de silencio” de 1977, por el que los demócratas renunciaban a sus recuerdos, a su “travesía del desierto”, a sus raíces y a su historia, a sus sufrimientos y a sus luchas pasadas. Fue un pacto tácito aberrante. Los demócratas renunciaban a una parte esencial de sí mismos: renunciaban a la Verdad. Dejaban en pie una historia heredada que es falsa, una historia parcial, mutilada y ajena, que era la historia de los vencedores.

      Hoy, los herederos de los vencedores se oponen a la recuperación de la memoria, se oponen a que se rompa el silencio, porque la memoria y la historia son acusadoras. Pretenden ocultar la inmoralidad y la ilegalidad del golpe militar de 1936. Los textos antes citados del juez Garzón levantan, por fin, la voz poderosa que supervivientes e historiadores estaban esperando. Lo que desde hace tiempo afirmábamos los de abajo, ahora se afirma desde lo más alto. He ahí la revolución copernicana que estamos viviendo.

      Sin embargo, si en gran parte de la base social las cosas han estado desde siempre bastante claras, hay que lamentar que los políticos democráticos –los que no vienen del franquismo- también han hecho mucho daño a la recuperación de su propia memoria, siendo cómplices del silencio de los años setenta y ochenta y parte de los noventa, cuando entonces los testigos estaban todavía vivos. Los políticos de la transición todavía tenían miedo, y a sus principales líderes no les interesaba la memoria: al señor Fraga Iribarne, por razones obvias; al señor Carrillo, por las mismas razones obvias; y al señor Felipe González, porque carecía de una trayectoria digna de ser recordada. La consecuencia insólita en nuestra democracia restaurada fue que, a los 40 años de dictadura, les siguieron 30 años de silencio.     

      Afortunadamente, una pequeña parte de la memoria democrática republicana se ha salvado, por tres vías principales:

a)  A través de los libros de memorias de los protagonistas, aquellos que han tenido el coraje de dar a las imprentas el relato de sus respectivos calvarios personales, sus luchas, sus encarcelamientos, sus torturas, sus exilios y sus sufrimientos.

b)  A través de los estudios monográficos provinciales o locales, no todos, pero sí aquellos que han sabido recoger un abanico variado de fuentes, incluidas las fuentes orales, imprescindibles.

c)  A través de los trabajos y recopilaciones audiovisuales de los últimos años, grabaciones y documentales de enorme interés. No así el cine español sobre este tema, que adolece de una superficialidad pasmosa, de un ridículo anecdotarismo y de un gran desconocimiento de lo que ocurrió. Una película certera sobre la autenticidad de la guerra civil no se plasmado todavía en España.  

      1) La huella de la memoria histórica se puede encontrar en algunas de las monografías territoriales (provinciales o locales) que se han publicado a partir de la restauración democrática, si bien con variada importancia o validez. Algunos de estos estudios se han basado en un repertorio de fuentes muy parcial y limitado, sobre todo los que se han atenido únicamente a los registros civiles. El resultado ha sido equivocado, porque esta fuente ya se ha revelado totalmente insuficiente para estudiar el genocidio franquista. Un tercio o menos de las víctimas se reflejó en los registros civiles, tesis ya ampliamente demostrada. Para lograr un mapa fiable de la represión franquista en España es inexcusable la multiplicidad de fuentes, y por supuesto las fuentes orales y la memoria testimonial de los supervivientes. Los estudios que se atuvieron a esta última orientación, no muchos lamentablemente, sirven hoy como punta de lanza para el estudio del genocidio franquista.

      El mapa actual sobre la catástrofe humanitaria causada por el franquismo en España es todavía muy incompleto.[3] Aún así podemos ya anticipar que el franquismo asesinó en España a 100.000 personas durante la guerra y a 50.000 en la posguerra. A pesar de todo, queda mucho camino por recorrer para aproximarnos a la realidad del genocidio franquista. Tal avance en tan complicada empresa sin duda se verá favorecido por decisiones de altura, como el citado y sorprendente Auto del juez Garzón, así como por los trabajos infatigables de las Asociaciones para la Recuperación de la Memoria Histórica, como la de Aguilar, los diferentes Foros por la Memoria Histórica, los trabajos para la Exhumación de Fosas y otras iniciativas como la sevillana “Todos los Nombres”. Para poder culminar el contenido del memorial democrático español hay que promover mucho más los estudios provinciales y locales, por cuya vía es por donde más se está avanzando en el conocimiento del franquismo en las últimas décadas, muchísimo más que en los estudios generalistas.

      2) También, tras la restauración democrática, otro de los arietes del gran avance en el conocimiento de las miserias del franquismo ha sido la proliferación de libros de memorias de los supervivientes. Por este camino se están vislumbrando las huellas más nítidas de la memoria histórica. Entre los últimos libros de memorias que me han impresionado se hallan los de Pablo Uriel, el P. Gumersindo de Estella, Tomasa Cuevas, J. M. Gallegos Rocafull, entre otros muchos.[4] En la misma provincia de Córdoba han surgido libros de memorias muy valiosos, que sería prolijo enumerar. Y en el todo el país la relación es amplia y valiosísima. Hoy día no se puede escribir sobre las cárceles franquistas, campos de concentración, trabajo esclavo, torturas, fusilamientos, guerrilla, exilio, etc., sin acudir a los datos de los libros de memorias de los testigos o supervivientes. Son fuente inexcusable para la reconstrucción fiable de los hechos, de unas posibilidades muy fructíferas, al contrario que las obras generalistas, un tanto repetitivas ya, tal vez por su exceso de análisis, retrasada actualización de los hechos y falta de renovación en sus perspectivas. Cabe excepción en los últimos estudios de los británicos Paul Preston y Helen Graham.[5]

      3) Otra vía muy interesante hoy día para seguir las huellas de la memoria histórica es la proliferación reciente de documentales y trabajos audiovisuales.

      En Córdoba, un interesante y casi desconocido acopio de materiales de audio y de video es el “Archivo de los Hermanos López” (AHL), de Pozoblanco, actualmente en manos de Laura López. En los años ochenta y noventa reunieron gran número de grabaciones, de video y de audio, con muchas horas de entrevistas, que aportan una información valiosísima de tipo testimonial. En este archivo hallamos muchas referencias a los frentes de guerra por donde lucharon los republicanos cordobeses, sobre todo después de la batalla de Pozoblanco (marzo-abril, 1937):

      -Muchos cordobeses aportan sus testimonios, enrolados en la División de Maniobras de Extremadura (En la 73 Brigada Mixta, de Antonio Ortiz y el Batallón “Garcés”; en la 74 Brigada, del Batallón “Villafranca” y “Milicias Andaluzas”; o en la 86 Brigada, del italiano Aldo Morandi, cuyo libro de memorias En nombre de la libertad es una aportación inestimable sobre Córdoba).

      -Otros cordobeses aparecen en su marcha como voluntarios para la defensa de Madrid y se integraron en el 5º Regimiento (Por ejemplo, el batallón “José Díaz”, en el que iban muchos milicianos de Hinojosa del Duque). El citado Regimiento se transformó luego en la 11 División, de Enrique Líster, y en la 46, de El Campesino. Dieron su vida estos cordobeses por los frentes de Levante, Teruel, Belchite, la batalla del Ebro, etc.

      -Se recogen testimonios de otros soldados republicanos cordobeses de reemplazo, llamados por su quinta en los años 1937 y 1938, hacia los frentes de Madrid y otros lugares.

      -En la batalla final, la del 5 de enero de 1939 en tierras de Córdoba, actuaron muchos cordobeses, enrolados en la “Columna F” (la de Bartolomé Fernández, de Pozoblanco).

      -Por último, en el frente de Córdoba hubo siempre gran número de cordobeses, tanto de la Campiña como de la Sierra, en una lucha de desgaste cruenta y terrible.

      -El último capítulo de la desgracia, con muchos testigos cordobeses de por medio, fue el del exilio, los campos de concentración francesas, las redadas de los nazis, el infierno de los campos de exterminio o la huida de Europa. Bastantes testimonios recogidos plasman estas tragedias.

      Entre los testimonios recogidos por los Hermanos López, me llamó la atención el de Juan Muñoz Frías, de Comares (Málaga). En varias ocasiones he afirmado que en julio de 1936, mientras la clase ociosa (el cuartel, el casino y la sacristía) se dedicaba a conspirar, el pueblo llano se ocupaba en las labores de la recolección, de sol a sol. El citado testigo declaraba al respecto: “Yo me hice un hombrecito, con 15 ó 16 años, ayudando a mi padre para levantar cabeza y poder vivir un poco mejor, pero llegó aquella maldita guerra, aquel terremoto que ensangrentó nuestra patria y, a partir de ahí, una nueva vida empezó para mí… Cuando estalló la guerra el 18 de julio de 1936 nos cogió a mi padre y a mí en época de siega… Estábamos allí segando… Y allí fue donde nos cogió la guerra… Entonces, sin cobrar nada… cogimos el camino de Comares y nos vinimos”.[6]

      En la misma fuente encontramos el testimonio del miedo, en Carmen Ruiz, hermana de un luchador de Pozoblanco, Juan Ruiz Castilla “Carrete”: “… Cartas suyas teníamos muchas, pero qué dolor, no conservamos ninguna, tuvimos que quemarlas todas… por el miedo que teníamos y las desgracias que nos sucedieron a partir de 1945 con los sucesos de la guerrilla”.[7]

      El AHL recoge un “Diario de guerra” inédito del combatiente republicano Antonio Alcalde Rodríguez, de Dos Torres, el cual cruzó la frontera francesa el 9 de febrero de 1939. En sus páginas se refleja la negra realidad que algunos han querido edulcorar: “Verdaderamente el espectáculo que se presentó ante nosotros al acercarnos a la línea neutra que hay entre las dos fronteras, era alucinante. Había mujeres, niños, viejos y muchos heridos leves que no habían podido llegar a evacuarlos. Todos lloraban, jóvenes y viejos… Había quienes no tenían nada de comer y protestaban enérgicamente, pero los negros no nos comprendían y no hacían caso ninguno…”.[8]

      El 12 de septiembre de 2007 colaboré en el AHL, por encargo de Fernando López, y me trasladé a Añora, donde entrevisté largamente a José Caballero, un cordobés ex luchador de la resistencia francesa. Formó parte del grupo de 56 maquis españoles, la llamada “Sección Ebro”, que escribieron una página heroica en el lugar “Plateau de Glières” (Alta Savoya), donde resistieron con gran habilidad ante los nazis, en marzo de 1944. Un grupo de cinco, al mando de José Caballero (más los hermanos Angel, Leonardo y Enrique Fernández, de El Guijo, y Demetrio Fernández, de Villanueva de Córdoba), fueron los últimos en resistir en la posición, totalmente rodeados de alemanes, hasta que una noche lograron escapar ilesos. El ya desaparecido Eduardo Pons Prades se hizo eco de estos sucesos en una de sus obras sobre los exiliados españoles.[9]     

      Un buen número de documentales recientes han aportado rastreos de memoria histórica muy ilustradores. Lamentablemente el fenómeno ha surgido muy tardío, porque ha sido muy difícil que los periodistas y los cineastas se interesaran por los temas de la guerra civil y la represión franquista. Menos mal que el tema “estrella” de las exhumaciones de fosas despertó, por fin, el interés de la prensa y de la cinematografía. Una iniciativa importante ha sido la agrupación de 13 documentales en un pack, y puestos así a la venta[10]. La aportación de estos documentales a la recuperación de la memoria histórica ha sido extraordinaria.

      En el documental Santa Cruz… por ejemplo,[11]se visualiza la exhumación de 9 asesinados en Santa Cruz de la Salceda (Burgos), con un entramado de testimonios de los familiares de sumo interés, de los que entresacamos algunas declaraciones como éstas:

      “… Los detenían guardias civiles y falangistas… Los de derechas del pueblo hacían la lista y llamaban a los del pueblo vecino. Los de un pueblo iban a matar a otro… El cura, apodado ‘El Resinero’, llevaba el yugo y las flechas en el bonete. Y animaba el camión de la muerte y participaba en la elaboración de listas… Una joven tenía 15 años, la pelaron y la pasearon. Mataron a su hermano… Los niños ‘rojos’ no podíamos salir de casa, nos insultaban. A mí, de niña, me han llamado: ‘roja, vete a Rusia’. No los perdono… No se podía hablar nada entonces. Había mucho miedo. No dejaban a nadie ni respirar. Me he criado en una situación de miedo, pero ya lo he superado. Los nietos ya no tenemos miedo…”

      En este documental se revela que en la comarca de Aranda de Duero, con 60 pequeños pueblos, se han detectado unas 32 fosas y unas 700 víctimas. Es curioso, como en el resto de España, que la mayoría de los familiares residen fuera del pueblo. La alcaldesa, del PP, preguntada qué le parecen las exhumaciones, responde azorada: “No nos parece oportuno remover cosas pasadas. Yo, hacia atrás, no miro”. Sin comentarios.

      En el documental Presos del silencio,[12] las entrevistas no tienen desperdicio:

      “… en el campo de concentración de Castuera, rodeado de alambradas, y con las ametralladoras por fuera, vinieron grupos de falangistas, sacaron a varios del pueblo, y de ellos nada más se supo… Teníamos que aprender el Cara al sol, y lo teníamos que cantar a todas horas, a la hora de formar, antes de comer, al levantarse… En Burgos, con el frío ya teníamos bastante. Con 12 grados bajo cero nos metían dos duchas frías, una los jueves y otra los domingos. Para dormir teníamos loseta y media. Aquello era un cementerio de hombres vivos. Sólo podía tirar adelante el que tenía a alguien que le pudiera arrimar algo… Son muchos años sin ver familia, sin ver a nadie. Unos salían trastornados de la cabeza. Otros, siempre con pena, porque les ha quedado grabado todo eso en el corazón… En el Canal de Dos Hermanas venían grupos de curas a confesar; todo a la fuerza, igual que la misa… Las mujeres de los presos era otro gran drama: señaladas por la calle, mal vistas, pasando hambre. A mi madre ya no le cabía más sufrimiento. Además del hambre, era la humillación. Las mujeres iban andando a ver a sus maridos. Se veían y hablaban a gritos, entre dos alambradas, con un pasillo de por medio. Me han echado de muchos sitios por ser ‘rojo’. No se podía hablar de nada. Había que callar. El miedo no se ha acabado todavía. Se murió Franco y ya pudimos salir como personas a la calle. El no hablar de una cosa, va borrando, va borrando…”. Y así se llega a la desmemoria.

      En el documental La mala muerte[13] se recoge otra exhumación, en este caso de 27 asesinados en Villaviudas (Palencia). En los diversos testimonios se puede escuchar lo siguiente:

      “Sin memoria no somos nada. Más que una guerra civil, fue una masacre de civiles. Al pueblo vino un fraile con los falangistas… Los mataron por envidias y malos quereres”. Esta última frase refleja una deformación en el sentir popular. Las familias, en su afán por buscar lógicas y justificaciones en una matanza absurda, han caído en el tópico de los “odios personales”, que no son la clave ni la raíz de la matanza. La raíz de la matanza fue por “motivos políticos”, en una represión programada. Los mataban porque no eran afectos al movimiento fascista, no por odios personales. 

      Por otra parte, el documental se hace eco de opiniones académicas interesantes: “En la transición, el proceso democrático lo hizo gente que tenía miedo, creyendo que, al no hablar de los pecados del franquismo, se iba a poder salir del franquismo”, lo cual, ciertamente, no ha ocurrido. Se afirma aquí que “Las dos Españas son, propiamente, las de la posguerra, la de los vencedores y la de los vencidos; no antes. En la posguerra ocurrió la gran división entre los españoles”. Se añade que “el miedo es un instrumento para el sometimiento”. Y termina el documental con una carta de un fusilado en sus últimos momentos: “Enseña a nuestros hijos a respetar mi memoria”.

      El documental La columna de los ocho mil[14] es una reconstrucción impresionante sobre la desgracia de personas inocentes y la barbarie fascista en Extremadura. Con entrevistas a supervivientes e historiadores se va reconstruyendo una de las grandes catástrofes humanitarias causadas por el golpe militar. Materia, sin duda, de un trágico guión cinematográfico.

      Una gran bolsa de gente quedó copada al Oeste de Badajoz. De la capital huía la gente por la orilla de Portugal, y otros subían desde Huelva y de Sevilla. Se formó una gran aglomeración en torno a Fregenal de la Sierra y Jerez de los Caballeros, a finales de agosto de 1936, aterrorizados por las matanzas franquistas.

      Por entonces vieron pasar, camino de Madrid, a un gran número de mineros de Huelva, que huían de Río Tinto (la llamada “Columna Espartaco”); eran anarquistas, sobre todo. Unos 2.000. Por el camino se les fue agregando gente de los pueblos, de modo que se llamó “Columna Andalucía-Extremadura”.

      Mientras tanto, entre agosto y septiembre, unos miles de extremeños pasaron a Portugal, pero el régimen fascista de allí los devolvió, salvo un grupo de 1.400 personas, a las que protegió el teniente Seixas, portugués, y consiguió enviarlas, sanas y salvas, en un barco hacia Tarragona.

      A comienzos de septiembre, la aglomeración de Fregenal era desbordante. Los dirigentes socialistas se reunieron en Valencia del Ventoso (los alcaldes de Zafra, de Fuente de Cantos, el diputado Sosa Hormigos y otros), y acordaron poner en marcha la gran expedición hacia la zona republicana, en dirección a Azuaga, para lo que tenían que cruzar la carretera general (vía de La Plata), en poder de los golpistas.

      Salieron el 15 de septiembre. Se habían sumado más mineros de Río Tinto, y mucha gente de todo el Oeste extremeño, hombres, mujeres, niños, familias enteras, con bestias y enseres. Andando, de día y de noche, sin agua. En vanguardia iban algunos milicianos con escopetas. Los golpistas los detectaron pronto. Una avioneta enemiga los sobrevoló. Iban unas 8.000 personas, con el afán de salir de aquel encierro.

      Queipo de Llano, aun sabiendo que era una masa de civiles desarmados, les preparó el ataque, con una fuerza de 500 hombres armados (soldados, guardias civiles y falangistas). Ocurrió cuando la masa pasaba por la ladera del cerro Alcornocosa, entre Fuente del Arco y Llerena. Les dispararon a discreción. Fue una masacre: más de 1.000 muertos. Las colinas empezaron a arder. La columna se rompió: unos corrieron hacia delante, y parte llegaron a la zona republicana. Otros corrieron para atrás. Otros se dispersaron por las lomas, llevando vida fugitiva, ocultos de día, y caminando de noche. La mayoría quedaron prisioneros.

      El capitán Tasara, franquista, engañó a un grupo, haciéndose pasar por republicano, aparentando venir en ayuda. Así los llevó a Fuente del Arco, unos 2.000, y desde allí, ya presos, en un tren hasta Llerena. Aquí, con estos y otros, llenaron la plaza de toros y la llamada Maltería.

      Llenaron un camión y los llevaron a fusilar a Zafra. A otros los llevaron al barco-prisión de Sevilla, y de ellos nunca más se supo. Al resto los fueron fusilando, todas las madrugadas, en el cementerio de Llerena, con ametralladoras. Nunca se les inscribió en el Registro Civil. El verdugo de Llerena fue el comandante Gómez Cobián, un carlista militar, a las órdenes de Queipo de Llano. Miguel Hernández escribió sobre esta gran tragedia en una de sus prosas de guerra. Una superviviente declara así en el documental: “Las pasamos canutas. No sé cómo estoy viva. Sueño muchas veces con esto todavía. Había un miedo muy grande”.

     Otro documental, Una inmensa prisión,[15] rastrea nuevos aspectos de las cárceles franquistas y aporta afirmaciones importantes para el conocimiento del régimen franquista:

      “Cualquier enfermedad que afecte a la memoria de la persona, eso supone la disolución de la personalidad. Romper la memoria es romper el alma humana”.

      En el homenaje a los fusilados por el franquismo en el cementerio del Este, en Madrid (2-5-2004), se calificó de genocidio la represión franquista. En 1941, el franquismo dio un decreto que prohibía seguir en prisión a los niños mayores de 3 años. Se hacía cargo de ellos la red de Auxilio Social, los educaban en valores opuestos a las ideas de sus padres. Les podían cambiar de nombre y entregarlos en adopción, sin saberlo sus padres. Por otra parte, había todo un paisaje de cárceles de mujeres: Ventas (en Madrid, con 10.000 presas), Santander, Saturrarán, Amorebieta, Málaga, Segovia…

Entre las peores prisiones de hombres estaban: el Puerto de Santa María y el Penal de Chinchilla. Aquí moría la gente a montones. Todos los presos de España dormían en el suelo, y las torturas eran generalizadas.

      Entre las afirmaciones de los entrevistados, nos han llamado la atención las siguientes: “El terror existe todavía hoy, sobre todo en los pueblos… Todo se llenó de tribunales militares, por todas partes. Disfrutaban torturando y fusilando. Humillaban, odiaban, reprimían a placer. Eran interrogatorios sin piedad… La represión fue despiadada hasta la amnistía de 1977… A la prisión de Burgos la llamaban ‘La Universidad de Moscú’. Había allí 500 hombres preparadísimos políticamente. Mantenían los ideales y la moral. Daban clases a los que menos sabían… Para las mujeres todo fue mucho peor. A las cárceles de hombres llegaban ciertas ayudas y materiales políticos de los partidos; pero a las cárceles de mujeres no llegaba nada. En 1949 hubo una huelga de hambre entre las presas de Segovia y apenas tuvo repercusión”.

      El problema del conocimiento histórico exacto del fenómeno de las Brigadas Internacionales da materia al documental España: última esperanza,[16] con sustanciosas entrevistas a 4 ex brigadistas austriacos (En la guerra civil hubo 1.400 austriacos, entre los 35.000 brigadistas). Eran socialistas o comunistas. Sus padres habían sido alcaldes o eran campesinos y habían sido víctimas del fascismo austriaco. Lo de España “fue nuestra guerra defensiva contra el fascismo”.

      En 1933, casi coetáneo con Alemania, se dio un golpe fascista en Austria, el Parlamento fue suspendido y prohibido el Partido Comunista. En febrero de 1934 se produjo un levantamiento obrero socialista, que fue aplastado. Fue prohibido entonces el Partido Socialdemócrata y los Sindicatos.

      Los brigadistas austriacos eran muchachos socialistas y comunistas, que ya se habían ejercitado en actividades clandestinas. Eran detenidos y sufrían represión. Cuando se enteraron de que en España estallaba otro golpe fascista, como en Austria, decidieron, cada uno por su cuenta, venir a España, incluso sin el permiso de sus padres: “España era la última esperanza contra el fascismo”.

      Se batieron en muchos frentes españoles. Sufrieron mucho en Teruel, a 20 grados bajo cero. Cuando la retirada de las Brigadas Internacionales, los que eran de países ocupados (Austria, Checoslovaquia, Hungría,…), no se pudieron marchar. Volvieron a luchar en Cataluña, sufrieron los campos de concentración (los de Franco y los de Francia) y acabaron muchos en los campos nazis. Entre los testimonios de estos cuatro brigadistas del documental, subrayamos: “Al final de la guerra de España ya sólo luchábamos contra italianos… Cuando llegamos a Francia no nos esperábamos esa humillación que sufrimos. La Francia oficial nos recibió con gritos y golpes. Fueron muy brutales. Rompían las maletas con las bayonetas y robaban lo que querían… ¡Nos encerraron contra todo el Derecho Internacional!... Las prisiones son la Universidad del movimiento obrero” (En el campo de Gours se fundó una Escuela Popular).

      El documental Muerte en el Valle[17] rescata una aplicación de la “ley de fugas” en la España represiva de 1948. Aquí, la labor de recuperación de memoria histórica se halla en su más pura expresión. Un enlace de la guerrilla, Francisco Redondo, de la aldea El Valle (León), cerca de Bembibre, fue liquidado por la Guardia Civil en 1948. Su nieta, Christina Hardt, nacida en Nueva York, decide un día viajar a El Valle, para esclarecer el asesinato de su abuelo:

      “Nadie ha hablado nunca de estas cosas en casa, hasta hoy… Mi abuelo había muerto, pero nadie me daba explicación. Tenía 16 años, cuando mi abuela, por fin, me contó algo de lo sucedido… Me habló de unos fugitivos a los que habían escondido, y alguien los traicionó. Y me dije: Quiero que todo el mundo se entere de esto”.

      Eran guerrilleros del grupo del célebre Girón, que estuvieron dos meses escondidos en la casa del abuelo, en 1948. Alguien delató, y una noche la Guardia Civil cercó la casa y la incendió, pero los maquis escaparon. A la mañana siguiente volvió la Guardia Civil a detener al matrimonio, y los llevaron detenidos a Bembibre, al igual que otro enlace llamado Florentino. Durante 6 días les pegaron mucho, al cabo de los cuales sacaron a los dos hombres de noche y les aplicaron la “ley de fugas”. Dejaron los cadáveres en la puerta del cementerio. La madre de Francisco fue a reconocerlo (la bisabuela Lucrecia), con su nieta de 9 años (la madre de Christina).

      Christina empezó el rodaje y no logró que la bisabuela Lucrecia le contara nada, hasta que meses después, durante el mismo rodaje, Lucrecia murió en el más absoluto silencio. El hecho del rodaje dividió a la familia. Al tío Pablo le indignaba que Christina anduviera averiguando estas cosas. Otro de sus tíos la amenazó con romperle la cámara. Christina estaba a punto de abandonar su proyecto. Pero se armó de valor y logró dar, primero, con el delator, que fue la prima Rosario, la entrevistó y se lo echó en cara. En segundo lugar, también dio con el asesino. Por un expediente del Gobierno Militar, averigua quién fue el guardia civil que mató a su abuelo, el guardia Ignacio Gil Perdigones. Se presentó en su domicilio, en una calle de León, y le preguntó en la cara qué fue lo que pasó con su abuelo. Al final del documental, en la familia de Christina se han producido unas tensiones enormes, y no tiene más opción que poner tierra de por medio y regresar a Nueva York, pero feliz por haber hecho justicia a la memoria de su abuelo. Toda una lección del valor actual de los nietos de las víctimas y de los terrores enfermizos de la generación que sufrió de lleno la represión franquista.

      Un documental impresionante, Los niños perdidos del franquismo[18], revela que esta dictadura incurrió en las mismas miserias respecto a la infancia que todos los regímenes totalitarios. Franco firmó la creación del “Gabinete de Investigaciones Psicológicas” (23-8-1938), para determinar las raíces biosíquicas del marxismo, y se nombró director al comandante y psiquiatra Vallejo Nájera. La tesis de Vallejo era que “el marxismo es una enfermedad”. Decía: “Podemos demostrar ahora que las teorías marxistas favorecen su asimilación por los deficientes mentales”.

      Desfilan luego en entrevistas los supervivientes, niños y mujeres: “Nos quitaron todo. No teníamos nada para los niños…”. María Villanueva: “A mí la leche se me retiró, y la niña se puso mala y se murió. Y es que yo no comía, ¿cómo iba a alimentar a la niña?” Juana Doña: “Los niños se morían. Nos metieron en trenes de ganado, mujeres y niños. De Alicante a Madrid, siete días y siete noches encerrados. Ibamos con niños muertos. Lo que hicieron con nosotras y con los niños no tiene nombre. Había voluntad de exterminio, para que en el futuro no hubiera vengadores”.

      En Saturrarán murieron 32 niños en 15 días. En Madrid mandaba la Topete, María Topete Fernández. Mandó en Ventas; luego, en la prisión de Madres. Su ideal: separar a los hijos de las madres, y de las ideas de sus padres, para desarraigarlos. Separarlos del pensamiento político de los padres. Lo peor: que a los 3 años se llevaban a los niños, y las madres no los volvían a ver. Hoy día, muchas madres no saben qué fue de ellos.

      La fundadora de Auxilio Social, Mercedes Sanz Bachiller: “Yo no pretendía que fuesen franquistas, pero sí anticomunistas” (lo recalca con furor). En Auxilio Social, los niños recibían pan, pero a cambio de adoctrinamiento.

      Un “auxiliado” declara: “Yo me sé todos los himnos de Falange y de la Iglesia. Nos castigaban noches sin cenar. Me robaron todo: la infancia, la sociedad, la familia, las ideas de mis padres…”.

      La dictadura buscaba regenerar a los hijos de los “rojos”. Por Auxilio Social pasaron más de 10.000 hijos de presos y fusilados. Una especie de campo de concentración de niños. “Sabíamos que éramos culpables, pero no comprendíamos por qué… Cuando mi padre estaba en capilla para morir, a nosotras sus dos hijas nos pusieron a rezar”.

      En tiempos de la guerrilla, la Guardia Civil asaltó una casa, mataron a los guerrilleros y al dueño de la casa. A la mujer se la llevaron presa, y a los niños, a un colegio. De éstos, la madre no volvió a tener noticia, hasta que un día, en la cárcel de Ventas, la llaman a comunicar, y ve a su hijo mayor vestido de cura. Aquella madre no tenía consuelo: “¡Traidores! ¡Qué habéis hecho con mi hijo!”

      La hermana de Girón, el guerrillero leonés, dio a luz en la cárcel. Le quitaron el niño y nunca más supo de él.

      Episodio patético fue la caza y captura de “Niños de la Guerra”. Se creó una comisión de Falange, que iba a recoger niños por los países de acogida. Capturaron a muchos en Leningrado, y Hitler los entregó a Franco. En 1943 enviaron 21, sin saberlo sus padres. De uno, en Santander, se enteran los padres de la llegada, van allá, pero no se lo entregan, y lo mandan a Auxilio Social. Estaba prohibido el contacto con la familia, “porque no era adecuada para su educación”.

      Otra vez llegaron 180 niños a Madrid. Algunos padres lo supieron, pero otros muchos ni siquiera se enteraron, porque había orden de no avisar. Se llegaron a realizar raptos en el extranjero y se les entregó a familias adoptivas. En 1941 salió un decreto por el que se podía cambiar de nombre a los niños repatriados, con lo cual se producían identidades falsas. A la niña de un capitán republicano fusilado en Valencia, y huérfana de madre, se la trajeron a la Inclusa de Madrid, y llegó a tener cuatro adopciones en cuatro años, todas con cuatro nombres diferentes.

      Por último, fuera ya de la citada colección “Imágenes contra el olvido”, nos hacemos eco de otro documental, Las fosas del silencio, salido de la televisión catalana. Comienza su rastreo memorístico con datos sobre la matanza de Zafra (Badajoz), donde entró el comandante Castejón con su columna, y los moros a culatazos con la gente. El día que entraron asesinaron a 42 personas (Castejón tiene un monumento en Zafra). Hicieron una lista, los detuvieron y se los llevaron a retaguardia de la columna, por la carretera de Los Santos de Maimona. De trecho en trecho iban fusilando por decenas. La última fue la maestra doña Juana, junto con su marido. En los días siguientes fueron cayendo víctimas en Zafra, hasta un total de 200. “Mi madre sufrió mucho. La pelaron, le dieron aceite de ricino… Los delatores eran los propios vecinos y la gente de derechas”. Destacó en los crímenes el guardia civil José Hernández Mancera.

      Aparecen luego relatos del campo de concentración de Castuera, por donde pasaron unos 10.000 presos: “Aquí han sido peores que los alemanes. Sacaban gente y nada más se supo de ellos. Tres jóvenes falangistas sacaron al alcalde de Zafra y lo mataron… A mi madre, de nombre Matilde, la mataron en Castuera en las primeras semanas de la victoria, después de violarla. Su delito: haberse casado con un socialista de origen andaluz. Quedamos tres niñas enlutadas.  Sobre mi madre se impuso una losa de silencio”.   

      Afirma José María Lama que “la victoria real de Franco fue el silencio, y el silencio condujo a la desmemoria”.

      El documental ilustra ampliamente sobre la campaña final en Lérida, de lo que se sabía muy poco. Entró por allí a sangre y fuego el general Antonio Sagardía Ramos, que tiene un monumento en La Lora, entre Burgos y Santander. Era general retirado cuando empezó la guerra, un tipo largo, estirado. Su 62 División hizo estragos por el Norte. En Sort puso su cuartel general. La carretera entre Sort y La Bonaigua está salpicada de fosas comunes:

      -En el cementerio de Montardi, 19 víctimas.
      -En la fosa de La Molina, cerca de Rialp, 11 víctimas.
      -En la fosa de Prat de Gori, 6 víctimas.
      -En la fosa del Caragol, 7 víctimas.
      -En la fosa del Hostal de Aidí, 9 víctimas.
      -En la fosa del Prat del Rector, 1 víctima.
      -En la fosa de La Borda Daspá, 9 víctimas.

      -En Unarre mataron 9 personas, entre ellas, una mujer. “Los llevaron a declarar a Esterri. Un cura fue a confesarlos, y se marchó sin ayudarlos. Los mataron soldados. No se sabe dónde los enterraron. Los denunciantes fueron gente de derechas del pueblo”.

      En Rialp se hizo otra matanza. Formaron una hilera de detenidos. Los llevaban por la calle. Alguna persona influyente intercedió por alguien, y el general Sagardía, en un gesto insólito, dijo: “Bueno, los de la UGT, que se salven, pero los de la CNT, que los fusilen a todos”. “En los Valles de Aneu se fusilaba sin juicio. Hay fosas comunes por todo el Pallars Sobirá. La gente, aún hoy, apenas habla de esto”.

      En Piedrafita de Babia (León), en una fosa en descampado, hay 37 cadáveres. Mataron a dos hermanos, y la madre perdió la razón. Habían vuelto del frente de Asturias, el primero de noviembre de 1937. Los enterraron mal, y se veían restos sacados por los perros. Y decía el cura: ‘Mira si serán malos que ni la tierra los quiere’”.

      Con este proceder de las fosas anónimas, el franquismo buscaba borrar la huella de sus crímenes y hacía imposible que los familiares tuvieran un lugar para recordar.

      Los testigos se preguntan: “¿Para qué ha servido esto? ¿Qué hemos avanzado por matar a estas personas?... Buscaban exterminar para gobernar indefinidamente, sin oposición… Nadie dice que hay que olvidar Auswicht o que hay que olvidar ‘el tren de la muerte’, o que hay que olvidar lo de Pinochet… Sin embargo, en España hay que olvidar todo, olvidar a los familiares, no sé por qué… hasta les parecen mal las exhumaciones… Aquella marginación que te imponía la gente franquista… Tenías que callar… Ni siquiera podías ponerte luto… Los mataban y no les decían dónde, para que no pudieran llevar flores…”.

      Con estos retazos de huellas de la memoria del sufrimiento de los demócratas hemos logrado diseñar un cuadro de algunos aspectos represivos de la guerra civil, bajo el dominio del golpe militar o de la dictadura. En los últimos años, dos docenas de documentales han hecho avanzar la recuperación de la memoria histórica mucho más que los trabajos academicistas convencionales. Para el final, nos quedamos con dos citas.

Una, del documental Espejo rojo:

      “El exterminio de la memoria entra dentro del proyecto represivo… El silencio es también un objetivo represivo”.

Y otra cita de Las fosas del silencio:

      “La victoria real de Franco fue el silencio. Y el silencio condujo a la desmemoria”.



[1] Sobre esta Ley pronunció una ilustradora conferencia el jurista Carlos Jiménez Villarejo en Rute, el 23 de febrero de 2008, en un ciclo de memoria histórica en el que yo mismo participé.
[2] El texto del auto ha sido difundido por la Cátedra de la Memoria Histórica que preside Julio Aróstegui en la Universidad Complutense de Madrid.
[3] Un mapa sobre las matanzas de la guerra civil fue confeccionado por mí bajo el título “Apéndice. Las cifras. Estado de la cuestión” en el libro conjunto Víctimas de la guerra civil, Temas de Hoy, Madrid, 1999, edición revisada de 2004. Ahí quedó en evidencia que la mitad de España no ha sido estudiada todavía, y que gran parte de lo ya estudiado es muy parcial e incompleto. Se puede afirmar que provincias bien estudiadas hasta hoy, sólo hay media docena.
[4] Pablo Uriel, Mi guerra civil, edición del autor, Valencia, 1988; Gumersindo de Estella, Fusilados en Zaragoza, 1936-1939. Tres años de asistencia espiritual a los reos, Mira Editores, Zaragoza, 2003; Tomasa Cuevas, Testimonios de mujeres en las cárceles franquistas, Instituto de Estudios Altoaragoneses, Huesca, 2004; José M. Gallegos Rocafull, La pequeña grey. Testimonio religioso sobre la guerra civil española, Península, Península, Barcelona, 2007.
[5] Paul Preston, El gran manipulador. La mentira cotidiana de Franco, Ediciones B, Barcelona, 2008; Helen Graham, El PSOE en la guerra civil. Poder, crisis y derrota (1936-1939), Debate, Barcelona, 2005; Breve historia de la guerra civil, Espasa Calpe, Madrid, 2006; La República española en guerra 1936-1939, Debate, Barcelona, 2006.
 
[6] Laura López Romero y Fernando López López, Memorias del exilio en la comarca de Los Pedroches, inédito, pp. 70-71, de próxima publicación por el Ayuntamiento de Pozoblanco.
[7] Ibidem, p. 112.
[8] Ibidem, pp. 181-182.
[9] Eduardo Pons Prades, Republicanos españoles en la segunda guerra mundial, La Esfera de los Libros, Madrid, 2003, p. 270.
[10] www.imagenescontraelolvido.com
[11] Günter Schwaiger y Hermann Peseckas, España-Austria, 2005, 65 min.
[12] Mariano Agudo y Eduardo Montero, España, 2004, 58 min.
[13] José Manuel Martín y Fidel Cordero, España, 2003-2004, 100 min.
[14] Angel Hernández García, Antonio Navarro, Fernando Ramos y  Francisco Freire, España, 2005, 66 min.
[15] Carlos Ceacero y Guillermo Carnero Rosell, España, 2005, 47 min.
[16] Karin Helml, Hermann Peseckas, Austria, 2006, 83 min.
[17] Christina Hardt, USA, 1996, 50 min.
[18] Montse Armengou y Ricard Belis, España, 2002, 94 min.

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