10/02/2017

PEDRO GARFIAS, LA VOZ DEL EXILIO ESPAÑOL EN MÉXICO


DEFENSA DE PEDRO GARFIAS, VOZ EN MÉXICO, MUDO EN ESPAÑA

 

Cuando los dictadores consiguen hacer callar a los poetas

(Conferencia pronunciada en Andújar, en un Congreso sobre el Exilio Republicano Español.- Octubre de 1999)

 

                                                   Por Francisco Moreno Gómez

 

1. Introducción
                         

     Muchos poetas abandonaron España en 1939, pero ninguno como Garfias supo convertirse en intérprete del dolor colectivo de los exiliados. León Felipe habló del destierro y de la dictadura, pero en el marco del laboratorio interno de su obra, y de una manera un tanto retórica y distante. Además, él ya vivía en América antes de la guerra. Emilio Prados y Luis Cernuda se centraron casi exclusivamente en su propia intimidad. Guillén se alejó a sus aulas universitarias. Sólo a Garfias se le vio paseando el dolor del exilio por las ciudades de México. Sólo Garfias salió a las plazas, a las tertulias, a llorar poética-mente por sí y por sus compatriotas. Sólo Garfias estaba disponible para los diversos actos emblemáticos del exilio, conmemoraciones, eventos y celebraciones de la nostalgia.

      Garfias supo hallar como nadie, tal vez mejor que Alberti, la quintaesencia y estilización poética del drama del destierro, la soledad y el desarraigo. Alberti, poeta vitalista y optimista por naturaleza, nunca fue un poeta del desarraigo o de la soledad, sino más bien un poeta cosmopolita. El poeta de la derrota y de la soledad fue Garfias. En cuanto a la voz, sí: Alberti se puede considerar la voz del exilio en el mundo, desde occidente hasta oriente, mientras que Garfias ejerció de rapsoda en México.

      La popularidad que Garfias había adquirido en los frentes de batalla, se acrecentó al salir de España, en el mismo trayecto hacia México. Y en este país fue conocido y admirado por todos los desterrados. Todos los españoles que vivieron allá recuerdan al poeta y todos lo sintieron como el heraldo e intérprete de la desgracia colectiva, todos lo escucharon, todos saben de sus anécdotas, todos lo vieron deambular perdido, solitario y bohemio. No se encerró Garfías en su torre de marfil. No había celebración o conmemoración de la colonia exiliada donde no apareciera Garfias con sus versos, con su voz tonante y con su figura quijotesca y dolorida.

      El segundo aspecto muy importante del exilio de Garfias fue su alto grado de inserción en la sociedad mejicana, lógicamente en los círculos literarios y entre la gente de letras de aquel país. Nuestro poeta sigue siendo hoy admirado y recordado por numerosos intelectuales de allá, le han rendido multitud de homenajes y, al contrario de lo que ocurre en España, no lo olvidan en continuas referencias en letra impresa. Garfias supo deleitar a los mejicanos con el enorme caudal de su cultura literaria, de su técnica poética que arranca de los años del vanguardismo, de su amplio conocimiento de los clásicos españoles, y además: su insólita erudición en el arte del toreo y en el cante flamenco. En México, aún hoy, se habla y no se acaba de los recitales y tertulias de Pedro Garfias.

 

2. Garfias, voz del exilio ante los propios españoles
 

      Garfias, como un Moisés laico acompañando a su pueblo en la bíblica expulsión de Egipto, salió de España expresando en versos, para sí y para los suyos, la desgracia de la derrota y de la pérdida de la patria, como en este romance heroico, “Cruzando la frontera”, muy poco conocido ni de la crítica ni del público, que debería hallarse en todas las antologías:

    España de tiniebla y de amapola
cómo estos verdes frágiles
pueden fingirte ante mis ojos duros
que vienen deslumbrados de mirarte.
El corazón me pesa como un monte,
mis pasos se retardan esperándote,
tiro de ti como un barquero tira
de su barca a la orilla de los mares.
El mundo se entreabre a mi camino;
dicen que el mundo es grande...
Pero había tantos mundos todavía
que descubrir entre tus besos, Madre.

      Otra cancioncilla de Garfias se convirtió en himno de los españoles que cruzaban la frontera y se cantó mucho en México, con este estribillo: “Somos los españoles, / venimos de luchar / por España, / por nuestra independencia, / por nuestra libertad / ...”

      Pero el gran logro de Garfias en el exilio fue su libro Primavera en Eaton Hastings, cima de su arte y de la literatura del destierro. Lo compuso en abril de 1939, durante su breve estancia en esa aldea inglesa (1), a orillas del Támesis, acogido por el Lord Faringdon. Fueron días de quietud total después de la vorágine de la batalla. Garfias supo elevarse a la máxima estilización de la experiencia de la guerra y de la añoranza del país perdido, en un poemario, a la vez bucólico y elegíaco; un moderno tratamiento del tema clásico del “locus amoenus”, que nos recuerda la Canción III de Garcilaso desterrado en el Danubio. La contemplación del paisaje presente le lleva a la nostalgia del paisaje perdido. Cuando Dámaso Alonso conoció este libro en su viaje a México en 1949, quedó conmovido, según sus propias palabras (2), y calificó la obra como el mejor poemario del exilio español. Lamentablemente, la crítica española no ha profundizado en esa valoración y ha preferido la vía del olvido.

      El comienzo de Primavera... nos trae también ecos de Fr. Luis de León:

 Porque te siento lejos y tu ausencia
habita mis desiertas soledades
qué profunda esta tarde derramada
sobre los verdes campos inmortales.
Ya el Invierno dejó su piel antigua
en las ramas recientes de los árboles
y avanza a saltos cortos por el prado
la Primavera de delgado talle.
Por el silencio de pendiente lenta
rueda la brisa en tácito oleaje
y apunta la violeta su murmullo
al pie del roble y de la encina grave.
.....................................................
Pulsan las finas cuerdas del silencio
tus voces y los pájaros locuaces;
el cielo en plenitud abre sus venas
de calurosa y colorada sangre
¡y alza mi corazón su pesadumbre
como un nido de sombras un gigante! 

      Y en medio de ese “locus amoenus”, el poeta estalla en lamentos desconsolados, cuando viene a su mente toda la desgracia que ha ocurrido en España:

Ahora
Ahora sí que voy a llorar sobre esta gran roca sentado
la cabeza en la bruma y los pies en el agua
y el cigarrillo apagado entre los dedos...
Ahora
ahora sí que voy a vaciaros ojos míos, corazón mío,
abrir vuestras espitas lentas y vaciaros
sin peligro de inundaciones.
.................................................

      Lo idílico y lo elegíaco se va alternando a lo largo del gran poemario: “... yo he de seguir gritando /  mi llanto de becerro que ha perdido a su madre”.

      No sólo escribió Garfias el mejor libro poético del exilio, sino también el poema emblemático del exilio. Un poema que durante 40 años recitaron los exiliados en todos sus encuentros y celebraciones, que todos aprendieron de memoria e hizo derramar infinidad de lágrimas. Fue el inmortal poema “Entre España y México”, que Garfias creó a bordo del buque “Sinaia”, surcando ya el Caribe, en aquella gran expedición de 1.800 españoles, que partieron de Francia el 25 de mayo de 1939 y arribaron a Veracruz el 13 de junio. La expedición más significativa del exilio, en la que iban Manuel Andújar, Juan Rejano y otros hombres de gran relieve. Garfias, una vez más, fue el profeta, el hombre de la colina, el intérprete poético del dolor y de las esperanzas colectivas con estos versos antológicos:

    Qué hilo tan fino, qué delgado junco
-de acero fiel- nos une y nos separa
con España presente en el recuerdo,
con México presente en la esperanza.
Repite el mar sus cóncavos azules,
repite el cielo sus tranquilas aguas
y entre el mar y el cielo ensayan vuelos
de análoga ambición, nuestras miradas.

   España que perdimos, no nos pierdas;
guárdanos en tu frente derrumbada,
conserva a tu costado el hueco vivo
de nuestra ausencia amarga
que un día volveremos, más veloces,
sobre la densa y poderosa espalda
de este mar, con los brazos ondeantes
y el latido del mar en la garganta.
    ...................................
pueblo libre de México:
como otro tiempo por la mar salada
te va un río español de sangre roja,
de generosa sangre desbordada.
Pero eres tú esta vez quien nos conquistas,
y para siempre, ¡oh vieja y nueva España!  (3)


      Tan emblemático ha sido este poema para el exilio que en el monumento que hoy se levanta en Veracruz a los refugiados españoles se hallan esculpidos estos versos de Garfias (4).

      Ya en esta travesía del “Sinaia”, Garfias se convirtió en el referente lírico de la expedición. En la primera velada que se celebró a bordo, en la isla de Madeira, el domingo 28 de mayo, ya consta en el periódico que se cerró con “un magnífico recital de Pedro Garfias, cuyos temas están inspirados en nuestra guerra de Independencia”. Luego, fue el único escritor del que hizo una semblanza el periódico de a bordo (5), redactado por Manuel Andújar, según me confesó él mismo en 1984. La noche del 12 de junio fue la última de la travesía, y tuvo lugar un festival como homenaje a México, del que anotamos la siguiente reseña: “A continuación Pedro Garfias nos deleitó diciendo con su elocuente energía varias composiciones poéticas acogidas con vivos aplausos por los asistentes”. Allí Garfias recitó por primera vez su poema “Entre España y México”. El día 13 de junio desembarcaron en Veracruz, recibidos por Juan Negrín y autoridades y sindicatos mejicanos. El recibimiento se transformó en manifestación hasta el Ayuntamiento de Veracruz. Desde el balcón, nuevos discursos y nuevo recital de Pedro Garfias, que estrenó entonces su poema “Dedicatoria de un álbum”, en homenaje a Cárdenas:

      “Atrás quedaba España, con su sombra y su miedo; / Francia con su vergüenza... enfrente estaba México.../”.

      Así pues, desde la misma travesía en el “Sinaia”, Garfias quedó ya consagrado como el poeta de los exiliados en México.     

      Se inició luego la gran noche del exilio, las esperanzas rotas y la soledad interminable. Garfias no se apartó ni se recluyó en sí mismo, sino que fue diseñando su obra inmersa en la trayectoria común de los suyos. En los 4 primeros años de estancia en el Distrito Federal publicó tres obras: en abril de 1941, Primavera en Eaton Hastings; en noviembre del mismo año, Poesías de la guerra española (recopilación de toda su obra de guerra), y en mayo de 1943, el folleto Elegía a la presa de Dnieprostroi, sumándose a otras obras similares de Pablo Neruda, Alberti, Rejano y otros, con motivo de la resistencia soviética a los nazis.

      El nombre de Garfias lo encontramos también en estos primeros años, junto a los principales nombres del exilio, firmando los manifiestos que demandaba el momento histórico. Su firma aparece, por ejemplo, en octubre de 1941, en un manifiesto de España Popular titulado: “Los intelectuales españoles de México saludan a sus colegas de la URSS e Inglaterra”. En abril de 1943, aparece en el mismo periódico, junto a 120 intelectuales, en el manifiesto “Nuestros intelectuales envían un mensaje a la Unión Soviética”, felicitándose por las primeras victorias contra los nazis.  En agosto de 1943, Garfias consta también en la “Adhesión de los intelectuales españoles de México a la Gran Convención de Solidaridad con el pueblo español”, oprimido por Franco y la Falange; Convención que se celebró en el Teatro Iris de México, con 509 delegados.  En el verano del mismo año, participó en el banquete de despedida a Pablo Neruda, recién cesado como cónsul de Chile en México, cargo que ocupaba desde 1940.  Y en abril de 1944, por no citar más ejemplos, la firma de Garfias aparece en una “Adhesión a la Junta Suprema de Unión Nacional”, nueva versión de Frente Popular que no logró cuajar como oposición al franquismo.

      También el poeta está presente en las primeras revistas y periódicos que la colonia exiliada edita en México. Primero, en España Peregrina, de José Bergamín, José Carner y Juan Larrea, de 1940. En el núm. 5 se publica el poema “Entre España y México”. En la revista Romance, de Juan Rejano, que abarca 1940-1941, Garfias publica en los núms. 7 y 15.  En el periódico España Popular, de José Renau y Jesús Izcaray, que comprende 1940-1942, publica el soneto “A Mr. Chamberlain” y se anuncia su poemario sobre la guerra.  En 1944, la revista Cuadernos Americanos, de Jesús Silva y Juan Larrea, preparó, en su núm. 5, una antología de todos los poetas del 27 en el exilio, Garfias entre ellos, que participó con 4 poemas, enviados desde Monterrey. Esta antología, muy poco tenida en cuenta por la crítica, compensó a Garfias de las malicias de Gerardo Diego en la suya de 1932 y 1934.

      Por otra parte, no hubo celebración de la colonia exiliada donde la voz de Garfias no estuviera presente. Sobre todo, en la creación de Casas Regionales. En tres de ellas, el poeta no faltó nunca: la Casa de Andalucía, debido a su origen; la Casa de Asturias, en la que se le consideró siempre hijo adoptivo, por su poema “Asturias”; y en la Peña Los Cuatro Gatos, de los madrileños, por sus poemas a la defensa de Madrid.

      El 10 de mayo de 1942 se celebró en el parque Torino de México una romería de los asturianos, para recaudar fondos en favor de las familias que sufren en los campos de concentración de Francia, en el desierto del Sahara y en el Norte de África. La crónica del evento señala, entre los que contribuyeron al éxito de la fiesta: “el inspirado vate andaluz, ‘asturiano honorario’ por derecho propio, Pedro Garfias” (6).

      El 4 de julio de 1942 se constituyó el Centro Andaluz en el Distrito Federal. Entre los participantes en el acto, intelectuales, políticos y artistas, allí estuvo Garfias (7).

      Entre los exiliados, se concedía siempre especial importancia a las celebraciones del 14 de abril, día de la República Española. A Garfias se le llamó siempre para que interviniera con un recital de sus poemas. Sabemos que en 1943 fue invitado de honor en los actos del 14 de abril en Puebla. En 1944, formó pareja con el general Miaja en la ciudad de Tampico, con especial solemnidad y con participación de autoridades mejicanas. En 1945, recitó versos en Monterrey. En 1953 fue el animador poético de esta fiesta en la ciudad de Guadalajara, con un poema exclusivo para la ocasión.

      Cuando Garfias se estableció en Monterrey en 1943, trabó amistad fraternal con destacados exiliados allí residentes, como el maestro y humanista Alfredo Gracia Vicente, Luis Jaime (presidente del Centro Español), el médico benefactor, Aurelio Romeo, ex presidente de la Cruz Roja, de origen aragonés o el teólogo protestante español Daniel Mir.     

      Durante la estancia de Garfias en Monterrey, jamás desatendió a sus compatriotas del éxodo. En 1944 enviaba sus poemas a Juan Larrea, para la revista Cuadernos Americanos. En 1947, hacía sus envíos a Manuel Andújar, director de la revista Las Españas, fundada por él y por José Ramón Arana el año anterior, en el Distrito Federal.

      Su apertura de alma a los españoles, compañeros de dolor, tenía en la capital mejicana un rincón preferido para el poeta, donde prodigaba su amistad, su creatividad y su ingenio: era el Restaurante “El Hórreo”, regentado por un asturiano, adornado con motivos taurinos, donde los españoles soltaban a raudales sus nostalgias: Juan Rejano, Manuel Andújar, Roque Nieto, José Ramón Arana, Otaola y tantos otros. Garfias era una figura venerable entre ellos. Estamos en la encrucijada de 1950. El novelista vasco exiliado Simón Otaola ha inmortalizado aquellas tertulias de “El Hórreo” en su obra La librería de Arana. Formaron un grupo llamado “Aquelarre”, que se reunía los viernes. Garfias no faltaba nunca. Un capítulo retrata magistralmente a nuestro poeta:

      “De la cosa más trivial Pedro monta un tema lleno de enjundia... En Pedro la vulgaridad se rompe las narices y su lenguaje culto, imaginativo, arranca de la tierra y muere en la tierra, después de un viaje de placer por los altos cielos de la poesía. Alguno de nosotros quisiera intervenir, pero es inútil. Pedro lo acapara todo. Pedro habla y habla con el temor de que le resten pocos días de vida...

      “Pedro Garfias va a recitar y eso sí que es un espectáculo. Siempre, en el arranque, titubea un poco, mueve mucho la cabeza y las manos para atrapar definitivamente el poema... Produce la impresión de que lo va a reconstruir con mucho esfuerzo, sobre la marcha. Pero no. El poema sale entero, caliente y estremecido. Viene en carne viva del fondo de la sangre, con dolor, con terrible jadeo, con atroz crispatura de los músculos. Es como si a una madre la obligasen a parir el mismo hijo todos los días.

      “... Anselmo Carretero grita:
      “- ¡Muy bueno, Pedro!
      “Don Mariano me mira y hace un gesto muy significativo al llevarse los dedos a la boca como diciendo: ‘¡Esto es canela en rama!’
      “Y es Pina y es Bonilla y es Arana y soy yo...
      “Es el grupo el que está convencido de la verdad poética de Pedro. Aquí no hay cáscaras. Aquí no hay trampa ni cartón. Aquí hay, como diría Arana, ‘sangre, verdad y vida’” (8)

      Hasta aquí, una escena de aquellos remansos de nostalgia que vivían nuestros exiliados, y Garfias entre ellos siempre, como epicentro, como elevador de los espíritus y como atizador de las emociones.

      A finales de 1950, cuando la “Unión de Intelectuales Españoles” organizó en el Distrito Federal un gran ciclo de poesía española en la emigración, Garfias fue llamado como eje de aquel evento, y a él se encomendó cerrar el ciclo con un recital memorable, según nos cuenta Manuel Andújar, en su revista Las Españas (9).

      Cuando los españoles promovían alguna aventura periodística, Garfias ofrecía siempre su colaboración generosa. En 1951, León Felipe fundó el periódico España y la Paz, y desde el primer número Garfias le envió sus poemas. La misma colaboración encontramos en la revista  Nuestro Tiempo, fundada por Juan Vicens y Juan Rejano, también en 1951.

      Garfias era una nave sin ancla y no podía parar mucho tiempo en el mismo sitio. En 1952 marchó a la ciudad de Guadalajara, al amparo de la colonia española de allá, llamado por el Dr. Antonio Navarro, alicantino, y por otro de sus grandes protectores, Carlos Fernández del Real. Y allí conquistó a otro grupo de incondicionales, como el Dr. Barba Rubio, Pablo Pedroche y, sobre todo, Pedro Camacho, flamencólogo y abogado, natural de Jaén. Todos ellos, en unión de mejicanos ilustrados, impulsaron la actividad literaria de Garfias y se dedicaron a recopilar su obra.

      En Guanajuato, fue el español Luis Rius, poeta y catedrático, el que introdujo a Garfias en el marco universitario, además de Arturo Souto y José Gaos, y allí tuvo oportunidad un día de encontrarse con Dámaso Alonso, con motivo de celebrarse en 1953 una reunión de las Academias de la Lengua. Don Dámaso le propuso editarle su obra completa en España, pero Garfias, romántico y utópico en exceso, rechazó la oferta colérico, porque “en la España de Franco él no publicaba nada”. Una gran oportunidad perdida, que le hubiera hecho liberarse del peso del olvido que le persigue.

       Garfias continuó siempre su vida errante por México. A todos sus rincones acudía llamado por las diversas colonias exiliadas. Se disputaban su presencia en las celebraciones más sentidas: el 14 de abril, el 7 de noviembre (aniversario de la defensa de Madrid), congresos, actos universitarios, recitales o inauguraciones de casas regionales. El 8 de septiembre lo invitaban siempre los asturianos de Torreón, para la fiesta de la Covadonga. Y así consumió su vida, aventando versos entre sus compatriotas e iluminando la espera de la larga noche del éxodo.

      Los exiliados, que lo sintieron siempre como “su” poeta y su arúspice, y le correspondieron atendiendo a su desastrosa situación económica. Si Garfias no murió de hambre, ello se debió a sus compañeros de infortunio que llegaron a crear “Asociaciones de amigos de Pedro Garfias”, con el único fin de atender al sustento del poeta. Una asociación la organizó Alfredo Gracia en Monterrey, una especie de suscripción en la que cada uno aportaba un número de pesos, según su posibilidad. Alguna de estas listas ha llegado hasta nosotros, y en ella colaboran a la par tanto españoles como mejicanos. En el Distrito Federal era Juan Rejano el infatigable recaudador del “impuesto poético”, y justificaba su labor diciendo que “a un poeta no se le puede pedir que trabaje”. Luego, cuando el poeta murió, los exiliados mantuvieron el fuego de su memoria, en letra impresa, en actos públicos y en homenajes. Hoy, todos han desaparecido. Mucho nos tememos que no quede nadie para cuidar de su memoria, porque esa llama jamás se ha encendido aquí, en la tierra que lo expulsó, y parece carecer de voluntad para repatriar su legado.

 
2. Garfias, la voz del exilio ante los mejicanos


      Los españoles, tradicionalmente, eran vistos con antipatía en México, tachados de “gachupines” y explotadores. Era la mala fama de los “antiguos residentes”. Pero esto cambió al llegar los republicanos exiliados, que no iban a “hacer las Américas” ni en busca de negocios, sino por ideales políticos. El proceso de inserción en la sociedad mejicana, muy defectuoso hasta entonces, lo consolidaron los exiliados, muchos de ellos con una altísima cualificación profesional. Los intelectuales mejicanos intuyeron el cambio y se abrieron a nuestros republicanos.

      Ya en julio de 1938 se había creado en México la Casa de España, donde se comenzó dando acogida a unos 40 intelectuales, bajo el impulso de los mejicanos Daniel Cosío Villegas, Alfonso Reyes y Eduardo Villaseñor, grandes amigos de los republicanos españoles.

      Garfias empezó cautivando a los mejicanos, primero con la fuerza de sus versos, y después, hablándoles de Lorca. El 5 de marzo de 1943, Garfias acudió invitado a la Universidad de Nuevo León, en Monterrey, para dar una conferencia sobre García Lorca. El éxito de la conferencia fue tal que lo contrataron para el curso 43-44 en el Departamento de Acción Social Universitaria. Y el éxito le dio también materia para otra conferencia, muchos años después, al propio Alfonso Reyes, en 1975. Garfias recitó también poemas propios, y la prensa de Monterrey quedó impresionada: “Sus poemas están hechos de materia humana, que es la sangre de España... Poemas vivos y gritos largos... Poemas que son fuego prometeico que calienta, ilumina y descubre al hombre”.

      La integración de Garfias en la intelectualidad y en la sociedad mejicana comenzó aquí, en Monterrey, adonde se trasladó al final del verano de 1943. Lo primero que hizo fue impulsar la creación de una revista cultural mensual, para la que propuso el título de Armas y Letras (basándose en el Quijote). Su primer número salió en enero de 1944, siendo sus tres puntales: Raúl Rangel Frías, Alfonso Reyes y Pedro Garfias. Existía también la revista Universidad, como órgano académico semestral, a la que nuestro poeta entregó bastantes inéditos, que luego pasaron a su libro de 1948, De Soledad y otros pesares.  Además, en enero de 1944 tomó contacto con el periódico regiomontano El Tiempo e inició una serie de artículos, si bien con poca perseverancia.

      Ejemplo del buen ambiente entre españoles y mejicanos en Monterrey se aprecia en el homenaje póstumo al español exiliado Dr. Romeo, el 20 de febrero de 1945, en el aula magna de la Universidad, presidido por el gobernador del Estado, Arturo B. de La Garza y por el ex ministro español Dr. José Giral, y con presencia de todos los organismos culturales y académicos de la ciudad. En el acto intervinieron los españoles José Giral y Pedro Garfias, y los mejicanos Arnulfo Treviño, Enrique C. Livas y el propio gobernador.

      En marzo de 1945, la Universidad de Nuevo León en Monterrey incluyó a Garfias en un curioso equipo de “Misiones Culturales”, junto a Alfonso Reyes, Genaro Salinas y otros. Y se pusieron a recorrer ciudades del Norte de México impartiendo conferencias y recitales. Garfias llevaba un repertorio sobre Machado, Juan Ramón Jiménez, León Felipe y García Lorca. Al final, introducía siempre sus poemas más emotivos de la guerra civil española. Actuaron en Ciudad Juárez, en Durango, en Nuevo Laredo y otros lugares. La prensa recoge con estupor el impacto y el éxito de los recitales y disertaciones de Garfias. Su ardor emocional, el desgarro de su voz “como becerro que ha perdido a su madre” y la autenticidad de sus versos eran algo desconocido para aquellos auditorios. Además, sabía conquistar a aquellas gentes hablando y citando a sus propios poetas, como en Chihuahua, donde hizo exégesis del poeta local José López Bermúdez y del poeta nacional Ramón López Velarde (10).  

      Cuando contemplamos esta fructífera labor literaria de Garfias en México, como rapsoda apátrida y nómada, caemos en la cuenta de que nada similar, ni por aproximación, se dio en los demás poetas españoles exiliados en México. A ninguno lo vemos con esta actividad febril. Por ello, nos reafirmamos en nuestra tesis: Garfias fue la auténtica voz del exilio en aquel país, por otro parte el más concurrido por los españoles.

      En el verano de 1945 encontramos a Garfias embarcado en un programa radiofónico en Monterrey, también patrocinado por la Universidad, bajo el título de “Hora Universitaria”. Allí disertaba Garfias sobre los clásicos españoles e hispanoamericanos, desde Cervantes, Machado y Lorca hasta Rubén Darío y Amado Nervo. Además, amenizaba otro programa de radio, en unión de Daniel Mir, sobre su gran anecdotario del flamenco y los toros. Estas charlas, bajo el título de Cante, toros y poesía, las publicó en libro el gobierno de Nuevo León en 1983, con un título de mayor concesión al tópico: De España, toros y gitanos. Garfias originó con estas charlas y recitado de poemas un amplio círculo de admiradores en Monterrey, que le contestaban a su vez con poemas y declaraciones de amor platónico.

      En todas sus giras poéticas, Garfias procuraba siempre unir en su exposición a los autores españoles y a los mejicanos. Así, en su charla-recital de mayo de 1946 en la ciudad de Saltillo, habló y recitó sobre los Hermanos Machado y sobre los poetas saltillenses Héctor González y Lorenzo Luna Curiel, a su vez íntimos amigos de nuestro poeta (11). Y en el mes de junio de 1946 lo vemos recalar en la ciudad de Torreón, con varios recitales, algunos radiados. La prensa provincial se deshace en elogios (12) y la gente de letras le abrió su corazón de par en par. Allí germinó otro grupo de incondicionales mejicanos, presididos por el poeta Rafael del Río, que llegaron a fundar en los años 50 y 60 las revistas Cauce y Nuevo Cauce, dedicadas en gran medida a elogiar la obra de Garfias.  En el verano de 1947, volvió a Torreón, invitado para un acto poético-flamenco en el cine Princesa, en unión de las bailarinas españolas Magdalena Briones y Pilar Rioja. Garfias, no sólo recitaba, sino que explicaba a los mejicanos los secretos del cante y del baile (13).

      No menor era la admiración que por nuestro poeta se sentía en Monterrey. Cuando ya dejó su Universidad en 1947, sus intelectuales le dedicaron varios homenajes, llevando la iniciativa: Santiago Roel, Héctor González, Martínez Rendón, Vicente Cantú y los directivos de la Universidad, con su rector Raúl Rangel Frías a la cabeza. Para coronar este entusiasmo de los regiomontanos, la Universidad le editó en 1948, su cuarto libro en el exilio: De soledad y otros pesares. Una de sus reseñas la publicó Horacio Guerra García, que resume así la huella del poeta: “... sin quererlo, nos fuimos convirtiendo en discípulos suyos. Y fue así también que, durante los cuatro años de su permanencia, asistimos a su cátedra -apostolado poético inusitado- haciendo escuela en el café, en el hogar o en la calle, pero siempre escuchándolo, oyéndolo, pendientes de sus monólogos intermitentes que fluían sin cesar de sus labios. De él aprendimos a estimar más a los clásicos españoles. Por él nos hicimos más humanos. Con él vivimos horas de paz inolvidables” (14). 

      De 1948 a 1952, Garfias vive un nuevo período en el Distrito Federal. Allí, no sólo estrecha su amistad con sus compatriotas, como Juan Rejano y otros muchos, sino que incrementa el trato fraternal con los mejicanos. Cuando el 3 de septiembre de 1948 se celebró el homenaje al compositor Agustín Lara, allí estuvo Garfias recitando sus poemas, con la presencia además del músico Carlos Esplá y de los madrileñistas de la Peña Los 4 Gatos. En noviembre, el político (presidente del P.R.I.) e intelectual mejicano Mateo Solana y Gutiérrez colma de elogios a nuestro poeta con un artículo titulado “Pedro Garfias, el nuevo Rimbaud”(15).

      Después, el poeta nómada se lanza a su habitual vida errante por las ciudades del centro y sur de México, ofreciendo su voz, su lamento y su erudición a los auditorios mejicanos. A comienzos de 1949 lo encontramos en la ciudad de Oaxaca, en una conferencia-recital en el Instituto de Ciencias y Artes. Allí hizo levantarse al público de sus asientos, hablándoles y recitando a Machado, a Juan Ramón Jiménez, a Rubén Darío, además de sus propios poemas. El cronista resalta el tono elegíaco del poeta: “Reiterándose en su dolor de orfandad -pues que ha perdido a la Madre España- y en la nostalgia de los tiempos mejores, ya idos, de la poesía, refirióse con aguda sátira a la incomprensión de los Estados Unidos para el arte de la palabra rimada y cadenciosa, que es el verso, como un preludio para entrar en la declamación de la ‘Oda a Teodoro Roosevelt’ de Rubén Darío...” (16).

      En junio de 1949 Garfias sentó cátedra en la Universidad de Yucatán, en la ciudad de Mérida, con tres conferencias sobre la poesía y el teatro de García Lorca, dando a conocer a aquellos estudiantes y gentes de letras sus profundos conocimientos sobre el granadino asesinado. Fueron tres jornadas memorables, tanto que la prensa reprodujo las conferencias casi enteras.

      A continuación, también en el mes de junio, pasó a la ciudad de Campeche, con otras tres conferencias, sobre Lorca y sobre León Felipe, añadiendo el recital de su propia obra. El mejicano Perfecto Baranda Berrón presentó a Garfias como “poeta del dolor y de la angustia humana” (17).

      El 25 de noviembre, en Jalapa (Estado de Veracruz), Garfias expuso a los mejicanos una panorámica general de la Literatura española bajo el título “Poesía y poetas de España”, desde el Romancero y todo el Siglo de Oro, hasta desembocar en Lorca. Su labor de magisterio fue, por tanto, extraordinaria, y mientras más se analiza, más insultante e insoportable se hace la falta de reconocimiento entre nosotros.

      A partir de 1952, fueron los mejicanos de Guadalajara los que colmaron de atenciones a Pedro Garfias, sobre todo el Dr. Francisco Briseño. Allí tuvo siempre abiertos los círculos literarios para sus recitales, allí le editaron el último libro de su vida, Río de aguas amargas, en 1953, y allí conservaron su memoria y le editaron de manera póstuma una antología con numerosos inéditos bajo el título Lo que Pedro nos decía, en 1971, y el primer intento de edición completa en 1985, por el Ayuntamiento de la ciudad. Por si ello fuera poco, en Guadalajara, en la plaza de Sevilla, le erigieron al poeta el único monumento que de él existe.

      En Guanajuato, en torno a la Universidad, también gozó Garfias de la admiración de los mejicanos, sobre todo el Dr. Horacio López, además de un selecto grupo de españoles, en torno a 1953-1954. Y por las mismas fechas, el grupo literario de Torreón se puso totalmente a disposición de nuestro autor, empezando por el poeta y secretario de la Universidad Rafael del Río y por Federico Elizondo, director de la revista Nuevo Cauce, que llegó a dedicar dos números a la obra y recuerdo de Garfias (18). Ahí se reproduce la grabación de una larga entrevista en la radio de Torreón, realizada en 1953, que salvaron para la posteridad Alonso Gómez y Salvador Vizcaíno.

      A Monterrey volvía con frecuencia, donde lo recibían con los brazos abiertos tanto los españoles (Alfredo Gracia, Virgilio Fernández del Real, el cantaor Martín Robles “Niño de Caravaca”...) como los mejicanos (Alfonso Reyes, Santiago Roel, Horacio Guerra), incluso llegó a impulsar un grupo de poetas jóvenes, que fundaron la revista Katharsis en 1955 (Hugo Padilla, Homero Garza, Arturo Cantú, Ernesto Rangel Domene y otros).  El 4 de septiembre de 1959 llegó a presentar a algunos de ellos en una gran velada literaria que se celebró en la Casona de Arte A.C. Los neófitos de la lírica eran: Luis Horacio Durán, Benito Guerra, José Salvador Alcántara y Rangel Domene. Este nos ha recordado que “Pedro disertó sobre la obra de cada uno, y por lo que a mí toca dijo que yo era el poeta del amor...”. Luego, como siempre la velada se prolongó hasta el amanecer por las cantinas de Monterrey. Cuando Cantú calificó a Garfias como poeta comprometido, este contestó que “el primer deber del escritor era con su oficio, con el lenguaje, con el arte y consigo mismo, y que antes que otra cosa lo que tenía que hacer era escribir bien, lo mejor que pudiera, y ser auténtico y original; si algo tenía que decir, buscar su propia voz y forma de expresión, sus aportaciones, y si el que deseara ser poeta no tiene nada que decir, o no lo sabe decir a su manera, mejor que se dedique a otra cosa” (19).

      Ernesto Rangel Domene sigue recordando hoy día de manera entrañable las enseñanzas de Garfias en las tertulias de Monterrey: “A mí me consta, entre otras cualidades, su gran oído y su retentiva auditiva. Un día me reprochó que contara las sílabas de los versos con los dedos, y como yo traía un libro de poemas en la mano, me retó a que le leyera distintos versos, y de manera instantánea, al final de cada uno, me decía: ‘ocho, siete, once, diez...’, señalando además la acentuación de las sílabas de cada uno (...). Una noche... apareció en nuestra plática el poeta Jorge Manrique... Pedro disertaba sobre cuestiones métricas. Me decía que algunas personas no sabían contar bien, o por falta de oído no escuchaban una sinalefa que debe producirse al terminar una línea de un verso”, y ponía el ejemplo de “allí van los señoríos / derechos a se acabar / y consumir”, donde la “y” debe leerse unida al verso anterior, y no al último que, como agudo, no debe rebasar las cuatro sílabas.

      Fue el suyo, por tanto, un magisterio fructífero en los círculos literarios mejicanos. Garfias despertó por todas partes una admiración, una emoción y una adhesión, no sólo literaria, sino también humana, lo cual no tenemos noticia de que se diera en ningún otro de los demás poetas exiliados. No hemos oído nada semejante ni de León Felipe ni de Guillén ni de Salinas ni de Emilio Prados o Cernuda. Esta omnipresencia de Garfias, esta irradiación luminosa y esta admiración inevitable es una de las notas de su poesía y de su personalidad que le singularizan dentro de su generación.

      El nutrido anecdotario de su vida es un instrumento más para profundizar en la valoración del autor y de su obra. Llama la atención, sobre todo, su gran formación literaria y su gran conocimiento de los diversos escritores y escuelas, ya desde joven, desde los días febriles de la vanguardia en la década de los años veinte. Un relato de Andrés Henestrosa, en 1966, saca a la luz el asombro que producía la erudición de Garfias:

      “(...) Lo recuerdo también porque en estos días, al celebrarse el cincuentenario de la muerte de Rubén Darío, trato de reconstruir una inesperada intervención de Garfias acerca del poeta de Nicaragua. Se hablaba de Darío en una reunión de amigos, todos enterados de literatura, los más poetas, todos lectores. Cada uno dijo algo acerca de Darío, de su escuela -aunque él se violentaba cuando oía decir que tenía escuela-, de su creación poética, de verdad extraordinaria. Todos hablaron, mientras Garfias oía. Cuando callaron, Pedro tomó la palabra. Lo que en aquella ocasión dijo, nadie había sospechado que lo pudiera decir. Primero fue establecer sus orígenes literarios, que remontó a la Edad Media española; otros, es cierto, han hablado del asunto, pero los ejemplos que Garfias trajo a cuento eran nuevos; habló del ambiente en que Darío vino al mundo, como lo haría un sabio de Nicaragua, o un erudito de cualquiera de nuestras tierras; recordó la llegada de Darío a España y a quienes en esa hora representaban las maneras más avanzadas y nuevas; con una memoria prodigiosa, citó párrafos enteros que se escribieron contra Rubén y sus epígonos. Pero lo que más sorprendió a todos, fue que, al hablar de los distintos metros que el impar nicaragüense... cultivó, siempre recitara los poemas en que su afirmación quedaba demostrada. Lástima de aquel tesoro de erudición, de memoria, de ingenio improvisador, de recursos expresivos. Lástima, porque... quién sería capaz de conseguir que Garfias reconstruyera aquella disertación escribiéndola, cuando sus libros los ‘escribe’ de memoria?” (20).

      Sin duda, en esta erudición tenían mucho que ver las tertulias juveniles en el Café Colonial de Madrid, a partir de 1918, bajo el magisterio de otro erudito olvidado, Rafael Cansinos-Asséns. Jorge Luis Borges, alumno de aquella misma escuela, ha evocado aquel ambiente de pasión por la Literatura, en el que las tertulias de los sábados comenzaban a las doce de la noche. Cansinos proponía un tema (la metáfora, el argumento en el poema, etc.) y toda la noche, hasta el amanecer, se disertaba sobre aquello, sin poder salirse del tema. La gran formación literaria de Garfias arranca de la pasión vanguardista.

      Para él, el día era la noche. Su vida transcurría de noche, como si en el reino de las sombras se percibieran mejor los entresijos del mundo, de la vida y de los seres humanos. El exiliado cordobés Manuel Azorín nos ha contado lo siguiente: “Una noche recibí una llamada suya por teléfono, a eso de las tres de la mañana. Había descubierto la poesía de Ángel Figuera, en su libro Belleza cruel, y quería leerme algunos de sus versos, cosa que en esos momentos estaba haciendo a sus contertulios en una cantina de la ciudad de Monterrey” (21).

      En el mismo sentido, el mejicano Fedro Guillén escribía en el periódico Novedades: “De incendio en incendio nocturno vivía Pedro Garfias, grande en ese endiablado arte de hacer versos, olvidado en antologías oficiales de España, porque no andaba promoviéndose para ganar premios o para ser tomado en cuenta. Su figura de comensal en tabernas donde a la antigua decía sus poemas, que jamás escribía sino los llevaba en la memoria, era familiar en la noche mexicana. Rostro un poco báquico al que faltaba una corona de pámpanos (...). La última vez que vimos a Pedro Garfias iba a Monterrey a dictar una conferencia. Allá murió. Siempre hallaba admirable que lo ayudaban a sobrevivir y Santiago Roel, ex canciller, escribió un libro en torno al irremediable bohemio, contumaz charlista, del que dijo Martín Luis Guzmán, al saber que en España ignoraban al poeta: ‘Ya la posteridad se encargará de castigarlo con la gloria’. Frase que merece un aleluya” (22).

      La singularidad de Garfias daba pie para múltiples semblanzas, como esta de Alfredo Cardona Peña en El Nacional:

      “Recordaré de Pedro Garfias, durante toda mi vida, tres cosas: su poesía, su rostro y su voz, juntos en una sola verdad humana. Más escuché su poesía, que la he leído, porque en lo que en otros poetas puede sonar a falso, o sencillamente no gustar, cuando de declamaciones se trata, en Pedro era algo tan natural, y al mismo tiempo tan sincero y apasionado, que escucharlo era asistir a la realización de su genio. Se puede asegurar que la tragedia de España, y su éxodo y permanencia en México, profundizaron su poesía hasta inmortalizarla en la historia de la lírica de nuestro idioma. Cantó su dolor y el de su pueblo con términos de una pureza y de una fuerza humana raras veces alcanzadas” (23).

      Un aspecto que siempre causó extrañeza en todas partes, fue su despego de lo material de la vida, la economía, la seguridad profesional, el cuidado de sí mismo, la organización del hogar... y su afición a la bebida. Otra semblanza de Enmanuel Carballo nos ayuda a interpretar esta singularidad:

      “En el fondo Garfias actuaba así porque no comprendía y menos aceptaba el mundo y la vida, porque siempre prefirió la verdad a la mentira, porque estaba convencido de que sólo con la muerte iba a vencer a la soledad y a esos otros pesares que nunca lo dejaron vivir tranquilo. Su vida (los 38 años que pasó en España y los 28 que padeció en México) fue un lento suicidio, una patética manera de probar, con su existencia puesta en juego, que en nada tenía los honores, la fama, el prestigio y el dinero. Y aún más, que no aceptaba la poesía entendida como una carrera; tan es así que nunca se preocupó por escribir y coleccionar sus poemas. Esta tarea la delegó en sus amigos, que fueron numerosos y adictos en todo momento” (24).

      Aunque es exagerado decir que Pedro no escribía los poemas o no los coleccionara, lo cual es inexacto, sí que en esta valoración de Carballo hay mucho de acierto. Garfias fue un hombre pobre; pobre de solemnidad. Un “santo” laico, franciscano. Y hay que comprender su derecho al opio de la bebida. No bebía por vicio. Bebía para entretener sus tertulias, para soñar, para elevarse por encima de lo anodino, material y cotidiano. Su alcoholismo fue una protesta contra la vulgaridad, un acto de quijotismo contra la visión sanchopancista de la vida. Bebía para no vivir en este mundo, al que nada le ataba ni tenía intereses de ningún tipo. Era un romántico radical: miraba el mundo, no como es, sino como debe ser. Como a los románticos, el choque con la realidad le llevaba al desengaño y al desarraigo. La poesía era en él su comunicación habitual, su lenguaje; no la poesía “entendida como una carrera”, sino su modo de comunicarse; de ahí la sorpresa que produce este poeta singular, auténtico y verdadero como pocos.

      Los mejicanos, en fin, en unión con los exiliados españoles, supieron mantener vivos el recuerdo y la obra del poeta, después de su muerte. Tenemos noticia de más de 6 homenajes que se dedicaron al poeta en diversos lugares de México; sólo 4 en España, de los que uno, el de Madrid de 1980, fue impulsado por mejicanos que viajaron aquí con este motivo. En México se le grabaron 5 discos, con su voz o con recitado de sus admiradores. En cuanto a Antologías con sus versos, en México se le publicaron 9; sólo 2 en España. Ediciones de su poesía completa, el primer intento ocurrió en la ciudad mejicana de Guadalajara, en 1985. En España, por fin, se le han publicado 3 ediciones completas, de las que me cabe la satisfacción de ser autor de dos de ellas. En Méjico, en fin, también ha habido cantautores que han puesto música a sus versos, por ejemplo Ernesto Rangel Domene. En España, sólo Víctor Manuel puso música al poema “Asturias”. En consecuencia, el recuerdo del poeta se ha mantenido, hasta ahora, mucho más vivo en México que en España.

 
3.  El legado poético de Pedro Garfias


      La contribución de este poeta a la Literatura Española ofrece, de entrada, una gran importancia cuantitativa, con 9.000 versos, en más de 525 poemas, y 10 libros (uno en prosa y nueve en verso). Entre sus poemas, el conjunto más extenso está formado por los que no aparecieron en libro, es decir, los llamados “poemas sueltos”, que antes de su primer libro El ala del Sur llegan a sumar 92, y después de su último libro Río de aguas amargas, forman otro conjunto de 184 poemas, a sabiendas de que otros muchos se han perdido.

      Si la “summa” poética de Garfias es considerable en cantidad, también lo es en extensión temporal, desde 1916 hasta 1967, siendo lo más importante que Garfias participó y fue protagonista en tres etapas peculiares y significativas de la Literatura Española: la etapa vanguardista y ultraísta en los años veinte; la literatura comprometida de la guerra civil en los años treinta, y la literatura del exilio a partir de los años cuarenta. En cada uno de esos momentos Garfias logra una especie de cota y de hallazgo poético pleno. Es una consagración triple. Al principio, el poeta canta las imágenes y los elementos de la Naturaleza; después, canta a los héroes y a las gestas en una lucha liberadora y romántica; por último, una vez todo perdido, el poeta entra dentro de sí mismo y canta su propia soledad y dolor.

      En su trayectoria vital y lírica queda en evidencia su papel protagonista siempre; protagonista en el movimiento ultraísta, no sólo en el grupo de Madrid, sino también en el grupo de Sevilla. Garfias aparece en todas las nóminas de ultraístas de la época. Destacó como el principal discípulo de Cansinos-Asséns, y el más “fervoroso” del movimiento, que dejaba oír su voz en la tertulia de El Colonial con verdadera “autoridad”. Entre los que firmaron el Manifiesto, fue el que más lejos llegó por los caminos de la poesía, y su nombre ya aparece en las primeras antologías ultraístas: la de Cansinos-Asséns en Cervantes (25) y la de Guillermo de Torre en Cosmópolis (26). Luego, en las célebres veladas ultraístas fue protagonista destacado, a veces único (Dos en Sevilla, 1919 y 1920, y otra en Madrid, 1921). Y en casi todas las revistas literarias del ultraísmo el nombre de Garfias está presente con sus poemas: Grecia, Ultra, Cervantes, Alfar, Horizonte, etc., esta última, fundada por él. En consecuencia, Garfias se halla presente en la primera fila como poeta ultraísta, en una línea de ultraísmo moderado y ecléctico, sirviendo a la vez de enlace entre la tertulia de El Colonial, la de Gómez de la Serna en Pombo, y la Residencia de Estudiantes. Labor de enlace que se refleja en las colaboraciones de su revista Horizonte, donde confluyen los autores consagrados (Machado, Juan Ramón Jiménez), los jóvenes ultraístas y los neófitos del 27 (Lorca, Alberti, Dámaso Alonso).

      En la fase ultraísta, Garfias destaca como un hábil orfebre de las imágenes. He aquí un ejemplo de su primer libro El ala del Sur, el poema “Exaltación”, donde el juego de imágenes se mezcla con las personificaciones y las metonimias:

Los trinos de los pájaros
serpentinas azules como arroyos
vuelan de árbol en árbol
 
      mañana recién brotada 

y todas las campanas
corren por los tejados persiguiéndose 

Clavada en lo más alto ondea mi esperanza


      O este otro ejercicio de imágenes del poema “Amanecer”:

Infladas las mejillas
soplaba el viento en la llamita azul
de la mañana 

Por la llanura
navegaban
las colinas

Y los árboles prófugos
volaban encendidos como globos

Sonreía
el cascabel del alba

Enredada en la luz
una estrella gemía
rezagada


      Durante la guerra civil Garfias vivió una segunda consagración poética, con una estética diferente, la del surrealismo, la rehumanización y el compromiso político, ahondando sus raíces en lo popular, en la tradición española del romancero y en la literatura oral. En 1936, Garfias destacó inmediatamente como poeta de la guerra, con una autenticidad y una variedad de matices que apenas ha sido captada por la crítica. Su gran conmoción poética íntima tuvo lugar en su contacto con Andalucía, tanto al ver su tierra hollada por la conjura de la coalición golpista como al contemplar los innumerables casos de heroísmo popular y anónimo. Garfias renace entonces a la poesía, y envía sus poemas a Milicia Popular, al Mono Azul, Hora de España, a otros muchos periódicos, y a los primeros romanceros de la guerra. Su colaboración aparece, al menos, en 12 Romanceros de la guerra, tanto coetáneos, como posteriores o póstumos. Se observa ahí una poesía vivida, no “de circunstancias”, fruto de su experiencia vital en el frente de batalla, donde ve a diario derramarse la sangre de sus amigos. Es muy importante conocer el contexto de la guerra que subyace a cada uno de sus poemas de guerra. Si el fondo de los hechos se ignora, esa poesía queda descontextualizada y se incurre en la calificación simplista de poesía “de circunstancias”. Salvo en algunos ejemplos aislados, no lo es. En contra de la teoría de que la calidad poética depende del distanciamiento de la realidad inmediata (críticos puristas y formalistas), es más congruente otra posición (Serge Salaün), la calidad poética no reside en la distancia, sino en la autenticidad y en la verdad. Y esto, en Garfias, se da a raudales. Tanto, que su poesía de guerra le cambió por dentro a él mismo y conmocionó siempre a cuantos le escucharon. Esta etapa literaria le dio materia para tres libros, y le mereció el Premio Nacional de Literatura, en 1938, “ex aequo” con Emilio Prados. La popularidad de Garfias se extendió entonces por toda la España republicana.

      A la hora de trabajar sus romances de guerra, Garfias pone en juego todos sus antiguos recursos e imaginería aprendidos en el ultraísmo. Compruébese en este “Romance de Villafranca”, con qué riqueza de matices se describe el pueblo andaluz, cuando entran los milicianos el 31 de julio de 1936, después que los moros hicieron una “razzia” cuatro días antes. Hay un sol de justicia y un pueblo tórrido en la solanera del Guadalquivir:

   Siesta de mi Andalucía.
Dobla la mies su espinazo
bajo la caricia lenta
de un airecillo cansado.
El sol calienta los sesos
y va tumbando los párpados.
Por calles de Villafranca,
silencio de luto y llanto,
voces de libertad
relumbran como relámpagos.
De lo alto de la sierra
campesinos aterrados
con ojos que vieron muerte
y abiertos dejó el espanto,
brillantes de nuevo júbilo
vuelven a mirar sus campos.
¡Que a Villafranca de Córdoba
llegaron los milicianos!
......................................
Ruedan la plaza las mozas.
Alborotan los muchachos.
Por las esquinas asoman
su gravedad los ancianos.
A vista del enemigo,
cara a cara al renegado,
recobra el pueblo su aliento

y su pulso esperanzado.
¡Que a Villafranca de Córdoba
llegaron los milicianos! 

      No hay aquí nada de poesía “de circunstancias”, sino pura técnica del romancero tradicional, con recursos nuevos -como ese “Ruedan la plaza las mozas”- aprendidos en el vanguardismo. Y otro aspecto peculiar y novedoso de Garfias es la implicación de sí mismo en los poemas de la guerra. Esta mezcla de lo épico y lo lírico, los hechos externos y el yo, apenas se da en otros poetas de la guerra. Es una prueba más de la autenticidad y la verdad en esta fase creativa del poeta. He aquí un ejemplo de su Yo implicado en sus poemas de guerra, “En Valencia, enfermo”, escrito en el otoño de 1937, cuando ya había dejado el frente Sur, en Villafranca y Pozoblanco, y el recuerdo de sus héroes y gestas se amontonaba en sus nostalgias:

Desde mi ventana leo
nombres y nombres escritos
sobre la página azul
de aire limpio
de esta tarde luminosa
del otoño levantino.
Nombres y nombres y nombres...
Me siento en deuda conmigo
en esta atmósfera dulce
y templada. Tengo frío
en los huesos. ¡Esperadme!
¡Voy con vosotros, amigos! 

      Vino luego la desbandada del exilio y Garfias entró entonces en su tercera fase literaria, por la vía de la introspección, el llanto personal, la elegía, la soledad y cierto nihilismo existencial. Pero no se aisló de los demás, como hicieron otros poetas desterrados, sino que se alzó en intérprete y portavoz de aquella vivencia dolorida ante sí mismo y ante un amplio entorno, como ya hemos visto. No sólo poetizaba unos sentimientos que todos compartían, sino que también cantaba unos recuerdos patrios que todos guardaban en lo más íntimo. Esta etapa de estilización del dolor, la soledad y el desarraigo le llevó a colaborar en casi todas las revistas y periódicos del exilio, empezando por el periódico Sinaia, luego España Peregrina, Romance, España Popular, Cuadernos Americanos, Las Españas, España y la Paz, Nuestro Tiempo, etc.  Y también, en muchos periódicos y revistas de México: Universidad, Armas y Letras (Monterrey), Et Caétera (Guadalajara), Cauce y Nuevo Cauce (Torreón) y en numerosos suplementos literarios.

      La poesía de Garfias en el exilio se adelgaza y se estiliza; se condensa al máximo y cada vez se hace más esencial y sobria y desnuda, para extraer la nota básica de la soledad y el desamparo. Se va haciendo senequista y sentencioso, a la manera de Machado. El mismo confesó la raíz machadiana de su arte, buscando siempre algo que decir, de la manera más simple posible, con metros asonantados y estrofas cada vez más breves, sobre todo la soleá, aunque sin olvidar el soneto y los versos romanceados. En el libro De Soledad y otros pesares, 1948, encontramos la obsesión por la noche, símbolo de la muerte:

Alguna vez, en la alta noche, siento
por mis hombros un río de tristezas
pasar, y oigo las horas detenerse,
y veo las sombras agruparse inquietas.
.......................................................
Solos la noche y yo, con mis dos manos
sacudo el tronco de feroz corteza
hasta ver desprenderse de la copa
tiernos luceros, pálidas estrellas,
................................................. 

      Estas obsesiones de un ser desahuciado y a la deriva se agrandan en su último libro, Río de aguas amargas, de 1952, por ejemplo en el poema “Recién muerto”:

Me gustaría
que fuese tarde y oscura
la tarde de mi agonía. 

Me gustaría
que quien cerrase mis ojos
tuviese manos tranquilas.

Me gustaría
que los presentes callasen
o llorasen con sordina.

Me gustaría
que fuesen pocos y aún menos
de los que se necesitan.
......................................


      En otro poema termina deseando la muerte:
............................
Que me quiten el sueño,
que me cierra los ojos
o que me den más sueño
para dormir del todo.

 

      Finalmente, en los numerosos poemas sueltos, Garfias se abandona por completo a los más sombríos sentimientos, con formas cada vez más simples y breves:

Sí, voy de prisa,
Yo vine de la tierra
y la tierra me necesita.

           --.--

Hubo una vez un hombre,
que se halló tan cansado,
que fue hacia la muerte,
en busca de descanso. 

La muerte no lo quiso,
lo devolvió a la vida.
La vida no lo quiso,
lo rechazó la muerte. 

De la vida a la muerte
de la muerte a la vida,
¡pobre carne vencida!
es tan triste su suerte,
que aún está dando saltos
de fiera malherida,
de la vida a la muerte
de la muerte a la vida.

--.--

 Llegó pobre y se fue rico,
un pobre llamó a tu puerta.
Le habías dado la limosna
de una miradita buena.

--.--

  A mí me dueles, España,
y yo sé lo que es dolor.
Porque me duelen los míos
y me duele el corazón.
Todo el dolor de tu carne
lo siento en mi sangre yo,
si pudiéramos, siquiera
llorarnos, juntos, los dos,
y aun mejor,
consolarnos, liberarnos,
España mía, tú y yo.

 

      En síntesis, nuestro poeta supo situarse como protagonista en tres movimientos literarios significativos de la actulidad: la poesía pura del ultraísmo, la poesía comprometida de la guerra y la poesía desarraigada del exilio. Tanto, que el ultraísmo y el vanguardismo español de los años veinte no se puede explicar sin Pedro Garfias. La poesía de la guerra civil no se puede estudiar sin la obra de Garfias. Y la poesía del exilio español no puede comprenderse sin la aportación singular y peculiar de Pedro Garfias. O lo que es lo mismo: Garfias es un clásico del vanguardismo, un clásico de la poesía de la guerra civil y un clásico de la poesía del exilio. Quedémonos, en fin, con esta evocación de Garfias en la pluma de Manuel Andújar:

“No es lirismo de señorito almibarado, sino natural expansión poética de luchador temperamental, testimonio acendrado de españolismo...” Y os pregunto con Manuel Andújar: “¿No habéis escuchado en alguna ocasión de la travesía la poderosa sugestión de su voz al estallar, al sajar los trémolos?” (27). 

 

                                      N O T A S

 

(1) Garfias estuvo en Eaton Hastings (Condado de Berks, aldea de la villa de Faringdon, ciudad de Wantage, al oeste de Londres y Oxford) desde el 6 de marzo de 1939 hasta el 16 de mayo.
(2) Dámaso Alonso hizo esta declaración en Monterrey al maestro y librero español Alfredo Gracia Vicente, según testimonio epistolar de este, fechado el 7 abril 1949, que he reproducido en mi libro Pedro Garfias, poeta de la vanguardia, de la guerra y del exilio, Diputación Provincial, Córdoba, 1996, p. 475.
(3) El poema, fechado el 10-VI-1939, apareció en ciclostil en el núm. 18 y último del periódico de a bordo Sinaia, de fecha 12 junio 1939. En letra impresa se publicó por pri-mera vez en España Peregrina, núm. 5, junio 1940, p. 230. Sobre el proceso de creación del poema existe una magistral crónica de Juan Rejano, reproducida en mi recopilación Poesías Completas, Alpuerto, Madrid, 1996, pp. 303-305.
(4) Este monumento fue inaugurado en 1979. Su fotografía aparece en mi libro Pedro Garfias, poeta de la vanguardia..., ob. cit., p. 807.
(5) Sinaia, periódico de a bordo, núm. 15, 9 junio 1939, p. 4.
(6) Boletín del Bloque Asturiano, México D.F., 1 julio 1942, p. 3.
(7) España Popular, México D.F., núm. 95, 19 julio 1942, p. 5. Y en otras fechas: 6 noviembre 1942 y 29 enero 1943.
(8) Simón Otaola, La librería de Arana, Colec. Aquelarre, México D.F., 1952, pp. 307-329.
(9) Las Españas, México D.F., núms. 19-20, 29 mayo 1951, p. 26.
(10) La Voz de Chihuahua, Chihuahua, Coah., 16 marzo 1945, pp. 1 y 4. Y en Excelsior, México D.F., 9 abril 1945.
(11) Armas y Letras, Monterrey, N.L., III, núm. 5, 30 mayo 1946, p. 6.
(12) El Siglo, Torreón, 14 y 15 junio 1946.
(13) Rafael del Río, “La ciudad y los días”, El Siglo, Torreón, s/f., archivo de la viuda de Garfias.
(14) Horacio Guerra García, “Conozcamos al poeta”, mayo 1948, periódico de Monterrey, sin más datos, archivo de la viuda de Garfias.
(15) El Universal, México D.F., 29 noviembre 1948.
(16) La Voz de Oaxaca, Oax., 21 enero 1949, pp. 1 y 4.
(17) Perfecto Baranda Berrón, “Tres conferencias de Pedro Garfias”, Reproductor Campechano, VI, núm. 4, julio-agosto 1949, pp. 275-277.
(18) Nuevo Cauce, Torreón, núms. 7-8, mayo-junio 1968, y núm. 9, julio 1987.
(19) Ernesto Rangel Domene, “Memoria de Pedro Garfias”, testimonio mecanografiado enviado desde Monterrey, con fecha 12 enero 1995.
(20) Andrés Henestrosa, “La nota cultural”, El Nacional, México D.F., 16 febrero 1966.
(21) Manuel Azorín Poch, testimonio escrito enviado desde México, octubre 1982.
(22) Fedro Guillén, “Lorca, Leduc, Garfias”, Novedades, México D.F., 4 septiembre 1987.
(23) Alfredo Cardona Peña, “Danza de rostros”, El Nacional, México D.F., 17 septiembre 1967.
(24) Enmanuel Carballo, “Pedro Garfias: entre la poesía de circunstancias y la verdadera poesía”, Novedades, México D.F., 20 septiembre 1987.
(25) Cervantes, Madrid, junio 1919.
(26) Cosmópolis, Madrid, noviembre 1920.
(27) Sinaia, periódico de a bordo, núm. 15, 9 junio 1939, “Nuestros expedicionarios. Pedro Garfias”, atribuido a Manuel Andújar.

 

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