11/12/2017

LOS PAREDONES DE FRANCO EN TODA LA DÉCADA DE LOS CUARENTA



FUSILAMIENTOS EN SEVILLA EN 1949

La caída del Comité Regional del PCE en 1948 y su trágico final

                                        Por Francisco Moreno Gómez

Introducción

En 1998, de parte de Comisiones Obreras de Sevilla, Javier Encinas me remitió el consejo de guerra contra la cúpula del Comité Regional del PCE-A en 1948, compuesta por tres dirigentes de gran trayectoria: José Mallo Fernández, Luis Campos Osaba y Manuel López Castro, con objeto de redactar un artículo o prólogo, de cuya supuesta publicación no volví a tener noticia. Conservo los documentos (Causa 287/1948, y memorias de Carmen Gómez, compañera de Campos Osaba), pero no el borrador, por lo que retomo el tema ab initio. Fue una gran “caída”, como se decía entonces, una gran redada de la policía de 38 personas, con los tres citados al frente. Una redada de una importancia enorme, por las consecuencias políticas y represivas que tuvo, y sus importantes implicaciones. El juez instructor fue el comandante Fructuoso Delgado, del Juzgado Especial núm. 4, contra la Masonería y el Comunismo.

El terror franquista contra el PCE clandestino

En 1948 se hallaba el régimen fascista (nombre aplicado en 1946 por la ONU) en pleno “trienio del terror”, como yo vengo denominando, de 1947 a 1949, con flecos anteriores y posteriores. En este trienio se aplicó de lleno la “guerra sucia” contra la “guerrilla del llano”, es decir, los puntos de apoyo de la guerrilla entre el personal civil rural o urbano, de manera que, especialmente en este trienio, las cunetas y caminos se llenaron de cadáveres de supuestos enlaces y de familiares de los guerrilleros. Era la política de exterminio del director general de la Guardia Civil Camilo Alonso Vega, que despachaba directamente con Franco. Tanto en el mundo rural como en el urbano, la oposición clandestina, armada o no, recibió un vendaval de sangre y torturas. La aplicación de la “ley de fugas” tuvo entonces su época dorada. A muchos historiadores generalistas estos crímenes les suenan a chino. La gran represión franquista no se conoce al detalle, sobre todo después de 1946. Sólo los historiadores especializados saben del “trienio del terror”. En Córdoba, por ejemplo, he podido cuantificar 160 víctimas de la “ley de fugas”, de enlaces o familiares de la guerrilla, junto a similar capítulo de horrores en toda España (Málaga, Sevilla, León, Castellón, Asturias (el Pozu Funeres), etc., etc. A pesar de que el 9 de abril de 1948 se decretó el fin del “estado de guerra” en España, la represión seguía a toda máquina en el campo y en la ciudad, siendo la diana de casi todos los golpes el Partido Comunista de España. El 18 de abril de 1947 se había dictado la Ley de Bandidaje y Terrorismo. Pero vemos que en este caso que nos ocupa se aplicó la Ley de Seguridad del Estado, de 2 de marzo de 1943, que endurecía las penas de muerte del Código de Justicia Militar. Además, en cuanto al PCE se refiere, funcionaba también la Ley contra la Masonería y el Comunismo, que tenía sus juzgados especiales al efecto. En nuestro caso, el Juzgado Especial núm. 4, de Sevilla, del que era juez instructor el comandante Fructuoso Delgado Hernández.
El terror de Sevilla en 1948 se correspondía con lo que ocurría en otros lugares de España, sobre todo contra la organización clandestina del PCE. A mediados de ese año, la organización de Galicia sufrió un duro golpe, siempre debido a una delación, cuando la policía cercó el escondite de José Gómez Gayoso y de su compañera María Vázquez. La policía disparó contra Gayoso y María se interpuso, recibiendo ella un tiro en el vientre, aunque no fue mortal. Al huir él por las escaleras del piso, recibió un tiro en el ojo y lo detuvieron por el reguero de sangre que iba dejando en su huida. A María la llevaron al hospital y allí se enteró de que estaba embarazada, lo cual no la libró de las torturas. La trasladaron a la cárcel de La Coruña. Y allí la juzgaron a ella y a todos los encartados en el mismo expediente: Gayoso, Baltrina, Antonio Seoane Ramos, Romero y bastantes más. A Gómez Gayoso y a Seoane los ejecutaron a garrote vil. Los demás lograron la conmutación de la pena de muerte. La compañera de Gayoso quedó con la salud muy quebrantada y, aunque dio a luz a su hijo José, ella murió a poco de salir de la cárcel, en 1965.[1]
Por citar otro caso del selectivo derramamiento de sangre, para enmarcar el contexto de lo ocurrido en Sevilla, valga un ejemplo de Madrid, en 1948. El matrimonio formado por Agustina Sánchez Sariñena y Antonio Navarro Ballesteros tenían en su piso una estafeta de contacto con la guerrilla de la sierra de Madrid, pero sufrieron una delación, posiblemente de Lucas Reguilón, un guerrillero extravagante y dudoso. Se produjo una “caída” de varias personas, entre ellas, el matrimonio citado, estando ella embarazada. Los llevaron a la fatídica Gobernación (Puerta del Sol). La sesión de torturas fue tan salvaje que a Agustina le mataron el feto, por aborto hemorrágico. Otro de los detenidos, medio enloquecido, se lanzó contra una pared y se mató. A Antonio Navarro lo dejaron hecho una piltrafa, le reventaron los pulmones, sin poder hablar ni moverse. Agustina exigió ir a verlo, lo encontró en una celda y no lo reconocía, hasta que él extendió un brazo: “Agustina, que soy yo…”. Lo llevaron a Carabanchel y, a poco de entrar, murió. Luego, el consejo de guerra se celebró en Ocaña, el 19 de octubre de 1948, pero sólo pudo comparecer Agustina Sánchez, porque a otro de los compañeros de “caída” ya lo habían ejecutado a garrote vil, y el último que quedaba se hallaba tan destrozado en la enfermería que no lo pudieron llevar a juicio.[2]

La “caída” de Sevilla

Mundo Obrero de 1-4-1948 (seguramente la edición a multicopista que se hacía en Sevilla) recoge una nota de lo que quedaba del Comité Regional sobre la detención de su cúpula sevillana el 10-2-1948. A continuación añaden que también ignoran el paradero de Ricardo Beneyto, “secuestrado” por la policía, dicen, en junio de 1947. Y a comienzos de este último año, en Granada, fue detenido Rafael Armada, súbdito mexicano, a principios de 1947. La clave de la caída de los 38 de Sevilla de febrero de 1948 parece estar en la detención de Ricardo Beneyto en junio de 1947, un alto dirigente que actuaba como orientador de toda Andalucía, si bien en las memorias de Carmen Gómez se habla del “traidor Alfonso”. Beneyto tuvo su proceso y pena de cárcel, pero no de muerte todavía. Cuando a finales de 1951 capturaron a “Roberto”, el jefe de la guerrilla de Granada-Málaga, éste delató a Beneyto como el jefe, que no era cierto, de toda la guerrilla de Andalucía. Beneyto sufrió un nuevo proceso en Granada, y ahora le cayó la pena de muerte, que se ejecutó el 15 de noviembre de 1956. “Roberto” tampoco se salvó, como él esperaría, porque fue fusilado en Granada el 22 de enero de 1953, por las mismas fechas en que eran eliminados los últimos componentes de la 3ª Agrupación de Sierra Morena, “Durruti”, “Godoy del Pueblo” y varios cordobeses más.
Volvamos a la trágica caída de los 38 en Sevilla, en febrero de 1948. Mundo Obrero (14-4-48) sigue alarmado, pide la liberación de los detenidos y propone enviar cartas a todas las legaciones extranjeras. Cuando ya se había celebrado el consejo de guerra y se temía lo peor, el  Comité Regional llamaba a recoger firmas “para pedir la libertad y evitar un nuevo crimen del franquismo” (M.O., 28-2-1949). Pero la desgracia se cernía ya sobre aquella cúpula del Comité Regional condenada a muerte: José Mallo Fernández, Luis Campos Osaba y Manuel López Castro. Los tres pasaron a España desde Francia en distintas fechas de 1946, después de pasar por la Escuela de Capacitación de Cuadros de Toulouse.
José Mallo, madrileño de padres gallegos, era un alto cargo del PCE. Pertenecía al Buró Político, además de secretario político del Regional de Andalucía. Según los datos de las sentencias, a todos los condenados por el franquismo, en cualquiera de sus fases, se les consignaba el “curriculum” de por dónde habían andado durante la guerra y antes incluso. José Mallo, de gran formación cultural, al empezar la guerra era jefe contable de la factoría CAMPSA de Málaga. “Desde mi infancia aprendí a odiar la injusticia social”, dijo ante el tribunal. Quedó huérfano en su adolescencia y tuvo que cuidar de sus hermanos, y de sus primos, también huérfanos. En la guerra, formó parte de una comisión a la URSS, para conseguir combustible para la aviación republicana. Perteneció a la 55 B. M. Al final de la guerra andaba por Murcia, desde donde consiguió pasar a Orán. Lo destinaron –amabilidades del gobierno de Vichy- a una Compañía de Trabajo en el desierto de Sancia, de donde escapó a Francia. Luego volvió a Argel, a luchar contra los franceses colaboracionistas de Vichy, y fue detenido. En 1945 sus peripecias le llevaron otra vez a Francia, a la Escuela de Toulouse, de donde afrontó el riesgo de pasar a España. En Sevilla, Ricardo Beneyto le encargó ponerse al mando del Comité Regional, y así se hizo. 
Manuel López Castro también era madrileño y de padres gallegos, con tres hijos, el mayor de los cuales murió en la posguerra, estando él en el exilio. No volvió a ver a su familia desde el final de la guerra. Obrero metalúrgico en las principales fábricas de Madrid, incluso durante la guerra. Por eso dijo ante el tribunal: “No soy un parásito y mucho menos un aventurero, como insidiosamente el régimen fascista pretende presentarme”. Era de la UGT desde 1918, y del PCE desde 1929. Su cualificación política la pudo mostrar ante el tribunal: “Mi escuela ha sido la vida… Mi situación era la de mi clase… Los sindicatos me dieron conciencia de que no debía resignarme a una vida así… El Partido Comunista me dio y me da la perspectiva, la forma, las enseñanzas, experiencias y ejemplos, y la conducta a seguir para lograr esa nueva sociedad… Mi mayor orgullo es poder decir que le he sido y le seré fiel hasta la muerte”.
Luis Campos Osaba era otro cualificado madrileño, de 34 años, universitario y estudiante de Medicina, donde acabó titulándose como Practicante. En el PCE desde septiembre de 1934. En 1936 marchó voluntario a las filas republicanas y alcanzó la graduación de Teniente de Sanidad, y acabó como comisario político de batallón. En sus declaraciones, como era habitual, defendió la motivación de su lucha: “En clínicas y hospitales, y en tanto hogar proletario visitado y en el mío propio aprendí y desarrollé mi rebeldía contra el injusto e inhumano sistema social”. Campos Osaba se hallaba entonces en situación de libertad vigilada, por otro proceso de finales de la guerra, que lo condenó a 20 años (Juzgado Especial núm. 3 de Madrid, contra Masonería y Comunismo) y reclamado en otro proceso (94-6/47) “por actividades clandestinas” a su regreso de Francia, y desde entonces se hallaba en busca y captura.

Farsa de la “justicia” franquista. Una defensa imposible

Estos tres luchadores antifranquistas, durante su última estancia en prisión, redactaron una DEFENSA, que remitieron al Sumario y al Partido, pero que no se permitió leerla en la vista de la Causa. Parece que el redactor material fue Luis Campos, titulado universitario, de puño y letra, en tamaño cuartilla, de una gran altura política y cultural, donde se demuestra, una vez más, el carácter de farsa de los juicios franquistas. Empiezan quejándose de que “se nos ha negado el derecho de defensa por un abogado civil libremente elegido”. La propia abogacía tenía pánico a intervenir en la defensa de “rojos”, para no quedar señalados. No se trata sólo de regímenes fascistas, sino también en regímenes autoritarios o involucionistas, como ocurre hoy en Turquía, por ejemplo. En una hipócrita carta del abogado y catedrático sevillano Manuel Jiménez Fernández, de fecha 17-10-1948, éste declinó la petición de José Mallo. Otras anomalías jurídicas fueron el negar también el derecho a la propia defensa, y además celebrar el juicio a puerta cerrada. No hubo en esta Causa (287/48) ningún hecho de sangre, sino únicamente motivos políticos, es decir, “actividades comunistas”, un ataque directo a la lucha clandestina antifranquista y a sus cabezas prominentes.
José Mallo, Manuel López Castro y Luis Campos Osaba, en su “Defensa” redactada. El que mejor escribe es Campos Osaba, que había sido en la guerra capitán de Sanidad y Comisario de Batallón, todo un cerebro. Ninguno de los acusados negaba su pertenencia al PCE, sino que elogiaban al Partido en sus declaraciones, “que les ha dado enseñanza y ejemplo”. Se enorgullecen de su lucha en la resistencia francesa: “Hemos vuelto a nuestra patria desde la Francia libre, en cuya liberación hemos participado”. Luis Osaba “apela al Derecho de gentes, al Derecho internacional, a la ayuda de las Embajadas y a la opinión pública democrática mundial”. Se refiere a “este puñado de españoles encartados en este proceso (38). Sólo somos soldados ejecutores de la voluntad democrática de nuestro pueblo, combatientes bajo la bandera de la República española y la de la ONU”. Se vislumbraba, pues, una mentalidad muy avanzada, coincidente con lo que hoy es opinión generalizada.
En esa “Defensa” non nata, pero que debió de ser leída por los “jueces” militares, Luis Osaba se explaya en la exposición de la historia de España y del mundo occidental (muy curioso) y de la justa lucha del PCE. Clama contra “el régimen de hambre que hay en España, opresión feudal y ruina agrícola, inflación y bajada de salarios”. Y añade: “Nuestra salvación y reconstrucción nacional son inseparables de nuestra liberación nacional”. Dice: “La política anti-obrera es un crimen de lesa patria”, términos que no estamos habituados a oír en los líderes de la época. Finalmente: “Se nos impondrán unas penas ilegales, sólo por ser comunistas. Se nos podrá arrebatar la vida, pero no el alto honor de haber contribuido, desde las filas de nuestro partido, al porvenir de la libertad de España”.
En el momento de “la caída”, José Mallo era el secretario general del PCE-A; Campos Osaba, agitación y propaganda; y Manuel López Castro, secretario sindical. Éste y Campos Osaba, al entrar en España en 1946, no pasaron a Sevilla, sino que primeramente tuvieron actuación en Málaga en labor de instrucción y asesoramiento de la guerrilla, de manera que recaudaban el 30% de los golpes económicos de la guerrilla, fondos que enviaban al “Jefe de Estado Mayor” en Málaga, Alfredo Cabello Gómez de Acebo. En las pesquisas policiales se halló un recibo firmado por Manuel López Castro, que pudo agravar su situación, pero no decisivamente, porque los tres, desde su “caída”, eran carne de paredón. En Málaga fue donde Luis Campos conoció a su compañera Carmen Gómez Ruiz, y luego se trasladaron a Sevilla en abril de 1947. Amiga de Carmen en Málaga era Ana Gutiérrez Rodríguez, que también se vino a Sevilla en abril de 1947, y aquí se hizo compañera de Manuel Castro. Dos mujeres luchadoras típicas de la época. El papel de Carmen fue muy destacado a la hora de darnos información sobre el “vía cruces” de los tres infortunados.
El consejo de guerra, “por actividades de carácter subversivo”, se celebró en Sevilla el 22 de febrero de 1949, habiendo sido juez instructor Fructuoso Delgado Hernández. Actuaron como “jueces” militares: Manuel León Adorno (golpista en Córdoba en 1936), Manuel García Barraca, Manuel Espartero García, José Martínez Rodríguez y José Mª Domenech Romero.
La sentencia era de esperar: José Mallo, Luis Campos y Manuel López Castro, PENA DE MUERTE, según el art. 1 de la Ley de 2 de marzo de 1943, en relación con los arts. 288 y 289 del Código de Justicia Militar. En cuanto a los demás procesados, a Balbino Alique (encargado de extender el Partido en Huelva, con diferentes comités locales), 12 años y un día. A los demás se condenó a penas un tanto benignas: 6 años y un día; 3 años; 2 años… La mayoría, a un año. Alguno, a seis meses. Sólo dos fueron absueltos. A Carmen Gómez se la condenó a 6 años y un día. A Ana Gutiérrez Rodríguez, a 2 años.

La noche más larga

La ejecución de los tres primeros condenados fue rapidísima: el 12 de marzo, a los veinte días del consejo de guerra. No se les dio ninguna opción para recursos de ningún tipo. Se suele protestar por la “justicia lenta”, pero cuando se produce la “justicia demasiado rápida”, se convierte en “sumaria” y siempre es injusta y politizada (Lo que le ha ocurrido al gobierno catalán preso (2-11-2017), tras una citación de sólo 24 horas). En el caso que nos ocupa, el fusilamiento de la cúpula del Regional de Andalucía, la víspera de la tragedia está ocupada por las intrigas del capellán de la prisión, para que Luis Osaba y Carmen Gómez, los dos presos, se casaran por la Iglesia.  El cura había maniobrado y escrito a los padres de Luis. La madre escribió a Luis con el ruego de que contrajeran matrimonio eclesiástico. En la tarde del día 10 de marzo, cuando la angustia y el pesimismo se extendían por toda la prisión, Carmen Gómez fue llamada por el cura, y le habló de la carta: le llevarían la carta, para que la leyera y diera su opinión. Carmen la leyó y se calló, hasta que hablara con Luis. Todo aquel ir y venir del cura no presagiaba nada bueno, y toda la prisión se hallaba sobre ascuas. Al día siguiente, 11 de marzo, Carmen tuvo una confidencia de que “esta tarde vas a comunicar con tu Luis”. Y Carmen escribe en sus memorias: “sentí que algo extraño se apoderaba de mí produciéndome gran angustia… y esperé a las 3 de la tarde”. Y relata Carmen: “… la funcionaria me llamó y con ella fui al locutorio general de hombres, donde él, acompañado de un funcionario, me esperaba ya. La emoción al vernos fue tal que los dos sentimos una gran torpeza para hablar…”. Los dos estuvieron de acuerdo en que el casamiento, en aquellas circunstancias, no era posible. Luis Campos todavía tenía algo de esperanza: “Hay una cosa buena y es que parece ser que nuestro asunto se va a llevar a la ONU…”. Inútil quimera: los presos de Franco no significaban nada en los juegos diplomáticos de las cancillerías. Se hallaban solos y olvidados, desde 1936, sin más horizonte que el matadero. En aquella entrevista, Luis le encargó a Carmen: “Si el cura vuelve a hablarte de esta cuestión… que todo, absolutamente todo, lo consulte conmigo”. Se despidieron: “Que seas valiente como siempre, Puchi –le decía Luis- y, si ocurre lo peor, ya sabes que es mi deseo que luches por encontrar la resignación lo más pronto posible… Nos despedimos con gran dolor, dándonos besos con las manos”.
Sobre las 6 de la tarde del mismo día 11 de marzo, el cura volvió a la carga. Carmen relata: “… fui sorprendida con nueva llamada del cura… me dijo algunas cosas que me hirieron profundamente y acabó por decirme que fatalmente moría, porque la sentencia ya estaba firmada en Madrid”. Antes, el cura había vuelto a hablar con Luis sobre el casamiento, el cual le dijo que en su calidad de comunista tal cosa no era posible. El cura presionó sobre Carmen, la cual le dijo claramente que “no creía en la Iglesia”. Respondió el cura: “Es lástima que no quieran ustedes casarse, porque es muy distinto que se la considere a usted como esposa o como querida suya”. Carmen, en medio de tanto acoso, sentenció: “Él y yo nos consideramos como marido y mujer, y es bastante. Se marchó sin decirme palabra por la rabia que sintió ante nuestra actitud”.
A las 11 de la noche del día 11, la inquietud subía de tono en las galerías, porque estaba iluminado el locutorio de jueces, y andaban por allí guardianes y el jefe de servicio. Alrededor de la medianoche empezó la danza de la muerte, actuando como maestro de ceremonias el jefe de servicios Miguel Barrajón. Fueron primero a por José Mallo, a su celda. Estaba acostado y lo despertó el tropel. Dijo: “Lo esperábamos, pero no tan pronto”. Lo llevaron a uno de los apartamentos próximos al vestíbulo. Allí, el juez comandante Fructuoso Delgado le leyó la sentencia. Mallo se negó a firmarla, y dijo: “Supongo que el Gobierno habrá pensado bien lo que va a hacer. Que se atenga a sus consecuencias”. Vana creencia, pues las víctimas del franquismo ni contaban para el mundo ni contarían para la futura democracia de 1977, que acordó no hablar de ello.
Aquella madrugada se hallaban en acción: el juez-comandante Fructuoso Delgado, dos policías secretas, el capitán médico, el abogado “de oficio”, el director de la prisión, el administrador y la mayor parte de la oficialidad que no estaba de servicio, pero que aquella noche fueron convocados. Seguimos en estos relatos las citadas memorias inéditas de Carmen Gómez y el libro de Rafael Lora El terror de las cárceles franquistas. Seguiré soñando (Fapa, Barcelona, 2003). Fueron luego a por Luis Campos Osaba, que ya estaba despierto en su celda por el revuelo que se oía en la galería, se había vestido y se estaba peinando, y le dijo al oficial José Orellana: “¿Qué, ha llegado la hora? ¡No se preocupe usted, don José, dentro de 50 años todos calvos!” Fue llevado al locutorio de jueces del departamento de mujeres. Tampoco firmó la sentencia. Por fin, le tocó el turno a Manuel López Castro, al que encontraron durmiendo y reaccionó con sobresalto: “¿Qué pasa? ¡Ah, ha llegado la hora!” Y se vistió tranquilamente. Fue llevado al departamento próximo al locutorio general. Tampoco firmó la sentencia. Se tienen algunas referencias de cómo transcurrió aquella madrugada, una entre las miles de madrugadas en las que el franquismo fue aniquilando a toda una generación política, cultural, intelectual y obrera.
José Mallo estuvo hablando con naturalidad, sobre todo de su vida, de su estancia en Francia, en la URSS y en Argelia, asombrando a todos sin excepción por su alto nivel cultural, por su serenidad y sangre fría en momentos tan graves. A los tres condenados les hicieron pasar alguna copa de coñac y café. En realidad, algunos oficiales estaban tan nerviosos como los reos. Parecía que el plan era darles conversación, para matar el tiempo de aquellas tristes horas de la noche, hasta las 7 de la mañana. Manuel López estuvo explicando muchos aspectos del partido comunista y respondiendo a las preguntas que le hacían. También habló de su vida, de su familia, hasta que se dedicó varias horas a escribir a sus familiares y a sus hijos. Luis Campos también rellenó mucho tiempo de aquella madrugada en dar repaso a su vida, en explicar muchas cosas a sus guardianes, habló del Partido, como si los quisiera hacer a todos comunistas antes de marcharse. Habló de medicina con el capitán médico que iba a certificar su muerte. Era la generación perdida de la República: hombres y mujeres preparadísimos en una España negra que no era digna de ellos. Y otra vez el cura se acercó a ver si lo doblegaba con el tema del casamiento, incidiendo en el disgusto que se iba a llevar su madre. Y Luis respondió: “El disgusto lo tendrá mi madre, cuando se entere de que me han asesinado”.
Volvamos al relato de Carmen Gómez, a la que llamaron a última hora para despedirse de Luis Campos: “A las cinco y media de la madrugada, estando despierta y en una situación terrible, vi que abrían la reja de nuestra brigada y que entraba la funcionaria y uno de los cuervos… ‘Levántate, Carmen, el padre quiere hablar contigo’. Como loca pregunté: ‘¿Se lo llevan ya?’… Crucé el patio y entré en el locutorio de jueces… y allí le vi, acompañado de dos funcionarios y separado de mí por una especie de taquilla, pero que nos permitía cogernos las manos”. Carmen se hallaba desolada y sin fuerzas. Luis echó mano de su cultura con este curioso argumento de autoridad: “¿Sabes lo que decía Sócrates? Este es un gran filósofo y, pensando en la muerte, decía lo que yo te digo ahora: ‘Si no hay nada después de la muerte, descansaré ¡Qué dulce es descansar! Y si hay algo, seguiré filosofando y pensando en ti”. Le pidió a Carmen que buscara la resignación lo antes posible, que fuera al cine, que se distrajera con la música, como la 5ª Sinfonía de Beethoven, que era su preferida. “No llores –me seguía diciendo-. Recuerda las palabras de Dolores Ibárruri: Más vale ser viuda de héroe que esposa de cobarde y no odies a nadie”. Ni siquiera a un tal Alfonso, al que llaman traidor y causante de la “caída” de ellos.
Estuvieron hablando alrededor de una hora, de las 5 a las 6 de la mañana, porque sobre las 6’15 ya se lo llevaron. Mientras tanto, Luis Campos no cesaba en sus últimos consejos a Carmen: “demuestra que los comunistas españoles no somos fieras, que somos buenos y honrados”. Luego le fue entregando sus “bienes”: el reloj, el pañuelo, la cartera, con cartas y fotografías de sus padres y de Carmen, salvo una foto de ella, que quiso llevarse consigo. “Viéndome llorar y sufrir, me decía: “márchate, Puchi”. Y dirigiéndose a la funcionaria: “Por favor, llévensela… Con gran esfuerzo separó sus manos de las mías, y salió del cuarto donde estaba”. Termina Carmen: “En su amada voz, ni en su rostro, observé la menor alteración por el terror o la duda… Dudo que se repitan muchos casos como éste, que con tanta tranquilidad, con tanta valentía, un hombre joven como él, lleno de vida y de ilusiones, vaya a la muerte”. De los otros dos condenados, José Mallo y Manuel López, no hemos tenido la suerte de hallar unas memorias como las de Carmen respecto a Luis (que ella, cuando salió de la cárcel, hizo llegar al Partido).
A las siete menos cuarto de la mañana llegó un teniente de la Policía Armada con ocho números. Mallo, Campos y Castro fueron llevados al vestíbulo, lleno de mandos y oficiales. Mallo dijo: “¡Qué concurrido está esto!” Cuando llevaron a Luis Campos, éste se dirigió a Mallo y lo besó. Encargaron a algunos funcionarios que los despidieran de sus compañeros presos. Los tres condenados fueron esposados individualmente, y luego, atados por los brazos, con Mallo en medio, que tuvo humor negro para una broma: “Cristo entre los dos ladrones”. Cuando salieron del vestíbulo para emprender la marcha, sólo Campos se volvió y dijo: “Que tengáis mucha suerte”. Los detalles finales, sangrientos, quedan a nuestra imaginación.
Rafael Lora, joven preso entonces en Sevilla, ha relatado en el libro antes citado sus recuerdos de aquel desastre de 1949: “El número de presos oscilaba siempre entre ciento veinte y ciento cuarenta. Las filas de petates cuidadosamente doblados se extendían en dobles hileras en el centro (de la galería) y adosados a la pared… Desde días atrás la atmósfera que se respiraba en la prisión era de inquietud y nervios… Los cacheos eran más frecuentes y la vigilancia más estrecha”. Este autor da cuenta de la gran campaña internacional que hubo por este caso: “Instituciones de todo tipo, prestigiosos intelectuales y diferentes gobiernos exigían a Franco la conmutación de las penas. Francia pidió la libertad de los condenados, entre ellos José Mallo Fernández, miembro de la Legión de Honor por su lucha en el país vecino durante la ocupación nazi. Toda esta presión no sirvió de nada”. Después del primer recuento, ya en la mañana del día trágico, 12 de marzo, los presos bajaron al patio, desolados, como en un entierro. En un momento dado, con los cuerpos de sus tres compañeros aún calientes, suenan unas palmadas y, con el Comité Local del Partido clandestino a la cabaza, escenificaron una humilde manifestación de duelo, que fue dar tres vueltas al patio, una por cada víctima. A mediodía se hizo huelga de hambre como protesta. Y por la noche, antes del toque de silencio, un “hombre viejo y alto” pronunció con voz firme un recordatorio fúnebre. Tras el minuto de silencio, entonaron “La Internacional”, con gran estupor de los funcionarios, que no se atrevieron a reprimir nada.
El impacto en la prensa obrera fue enorme aquellos días. Mundo Obrero clamó por los “¡Tres comunistas más que Franco asesina!… Héroes de España salidos de nuestras filas”. Y entonces, este periódico recuerda la muerte de Fernández Miñón en la cárcel de Bilbao, así como el temor por otros condenados a muerte, como Bistuer en Zaragoza; Arias, Gómez, Cregut y Valls en Barcelona; Saturnino López en Bilbao; Aranda, Poveda y Portel en Madrid; Cardador en Sevilla…”. Pero Franco siguió adelante siempre con su “genocidio suficiente”, es decir, matando a cuantos él consideró que era necesario matar.

Conclusiones

El breve estudio expuesto revela que la represión franquista, aunque presente una modulación de intensidad, apenas aflojó en toda la década de los cuarenta, contra lo que escriben algunos historiadores generalistas. Nadamos aquí en temas bastante desconocidos. Ciertamente, la represión franquista fue cada vez más selectiva, apuntando directamente a las cabezas sobresalientes, concretamente del PCE clandestino, en las grandes ciudades sobre todo. Creer que la represión franquista acabó en 1942 es un completo desatino. Mientras no se conozca bien lo ocurrido en el llamado “Trienio del terror” (1947-1949), sabremos poco de la represión franquista. Y en este período se produjo la “caída” de los tres dirigentes comunistas que Franco llevó al paredón. Fueron unos años terribles contra miembros destacados del PCE clandestino: torturas, paredón o muchos años de cárcel. Eran los desgraciados presos políticos del franquismo.
Otro aspecto es el siguiente. Si bien la represión fortísima contra el PCE clandestino de tipo urbano la podemos calificar de selectiva, existe otra vertiente represiva en el mundo rural, que fue la “guerra sucia” contra la guerrilla, en la sierra, y más aún en el llano, es decir, la “ley de fugas” contra los supuestos enlaces de la guerrilla o familiares de los guerrilleros, que cayeron como moscas y sembraron de huesos cunetas y caminos. Esta es la otra vertiente del “Trienio del terror”, también poco conocida entre los historiadores no especializados en el tema represivo, para lo que hay que dedicarse a una investigación muy exhaustiva, cada menos posible.
Concluimos luego en el carácter de farsa evidente de la “justicia” franquista (siempre entre comillas), sin garantías de ningún tipo. En lo antes expuesto se revela que a los acusados no se les permitió la elección libre de abogado civil, ni siquiera la propia defensa, ni siquiera tuvieron derecho a un juicio público, siéndoles aplicada la máxima pena “por actividades subversivas”, es decir, políticas. No existía ningún hecho de sangre. Por tanto, se les condenó por ejercer derechos humanos hoy plenamente vigentes en el mundo democrático: derecho de asociación, de reunión, de actividad política, etc. Según esta farsa de juicio, hoy todos seríamos condenados a muerte por ejercer los mismos derechos humanos que aquellos infortunados de 1949. Se trataba de la criminal represión de oponentes políticos, en vulneración de elementales derechos civiles.
Queda también en evidencia en este proceso la gran formación cultural y política de los acusados, que no en vano han luchado en la guerra civil española, han ostentado cargos diversos y han pasado por la lucha contra el nazi-fascismo en la II Guerra Mundial. Son luchadores de dos o tres guerras. Y lo más importante: han pasado por la Francia libre y por la lucha de la resistencia, han conocido el triunfo de las libertades en Europa, han recibido recompensas (Legión de Honor) y han aprendido el lenguaje moderno de las democracias triunfantes. Esto se revela en varias de sus frases orales o escritas: la ONU, lesa patria, derecho de gentes, derecho internacional, etc. Algo no usado por los presos del interior que nunca habían traspasado la frontera española.
Por último, se observa algo común a todos los represaliados por el franquismo: la defensa de su honradez, cívica, política y familiar, de lo que siempre hicieron gala los presos y condenados por Franco: “que no habían robado ni matado”. Campesinos, obreros, intelectuales, etc. siempre hicieron defensa de esto: su dignidad y honradez personal. Basta leer cartas y memorias de los infortunados perseguidos, para caer en la cuenta de su afán por perpetuar su honorabilidad, también ante su familia (padres, mujer e hijos). La defensa de su inocencia a toda costa, y la aclaración de que su actuación siempre fue política: lo que ellos llaman “la defensa de un Ideal”. La bandera del “Ideal” o la “Idea”, ya predicada por los maestros racionalistas y líderes sindicales desde comienzos del siglo XX a lo largo y ancho del agro español en general y andaluz en particular. Aquella Idea, que no era otra cosa que: la concienciación, la asociación y la emancipación. Por estos motivos políticos miles y miles de campesinos y obreros dieron con sus huesos en la fosa. El dicho popular ya lo expresa así: “lo mataron porque era de Ideas”.


[1] Tomasa Cuevas, Mujeres en las cárceles franquistas I, Ed. Casa de Campo, Madrid, 1979, pp. 138-140.
[2] Ibídem, pp. 233-240.

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