21/11/17

POETAS ASESINADOS POR EL FRANQUISMO. JOSEMARÍA ALVARIÑO

EL POETA JOSÉ MARÍA ALVARIÑO, OTRA VÍCTIMA DEL GOLPE MILITAR EN CÓRDOBA

La violencia fascista de 1936 arrasó las tertulias literarias de España.

                                          Por Francisco Moreno Gómez


… sed carmina tantum / nostra valent, Lycida, tela inter Martia quantum / Chaonias dicunt aquila veniente columbas   (Virgilio, Bucólicas IX)
(…pero nuestros versos, oh Lícidas, valen tanto entre las armas de Marte como, según dicen, las palomas Caonias al venir del Águila).


¿Por qué se asesina a un poeta en 1936?

Hoy día nadie recuerda que en la pequeña revista Catarsis (nov. 1983), del Círculo Juan XXIII, de Córdoba, fui el primero que di a conocer, en una página, la tragedia del poeta cordobés José María Alvariño. He visto en las redes alguna pequeña referencia, muy posterior, a la figura de este poeta. En ningún caso se entra en el meollo de la cuestión ni se responde al porqué del asesinato de un poeta en 1936. No parece sino que Alvariño muriera de algún accidente, siguiendo la manía de este país de no llamar a las cosas por su nombre, y la manía de ocultar, soslayar, pasar sobre ascuas, y de eludir los “temas delicados”. Este país filofranquista se educó en el terror, luego en el olvido, y ahora en la hipocresía. Quien más datos ha ofrecido ha sido el periodista Antonio Ramos (García Lorca en Córdoba, 1998), siguiendo el itinerario del poeta granadino, que tenía a Alvariño como su mejor amigo y discípulo en Córdoba. Para empezar, conviene preguntarse de lleno: cómo y por qué muere en su Córdoba el Josemaría Alvariño.
El poeta fue una víctima más del golpe militar de 1936, de aquel gran movimiento de fascistización que asoló España, por mimetismo con el nazi-fascismo europeo, cuya esencia fue la violencia radical contra el personal civil de los países, más que contra militares, aunque también. El fascismo europeo (España también) destruyó el Estado de Derecho, el Derecho Internacional y el Derecho de Gentes, e impuso el crimen de masas, el exterminio y la conculcación de todos los derechos humanos. En España hubo bastantes pronunciamientos militares, pero ninguno sangriento como el de 1936, y el motivo de la violencia fue la fascistización de la oficialidad del Ejército, del caciquismo agrario y del clero. El cuartel, el casino y la sacristía hicieron estragos en la España todavía subdesarrollada de 1936.
El poeta Alvariño fue, al mismo tiempo, víctima del genocidio desatado en la retaguardia de la España franquista. El genocidio se caracteriza por la explicitación de un plan de eliminación de personas en aras de una línea política; y en segundo lugar, por el señalamiento y delimitación de un grupo nacional contra el que se lanza la agresión. En España, el grupo eliminable fue la izquierda, el republicanismo, el obrerismo, el librepensamiento, el laicismo y la modernidad. Es decir, las bases sociales y políticas que sustentaban la República, así como sus élites (políticas e intelectuales). El fascismo tenía muy claro que, para dominar a un pueblo o nación, había que descabezar a sus élites pensantes, intelectuales, escritores, etc. Los iconos culturales de la República estaban en el centro de la diana: por eso eliminaron a Federico García Lorca, a Miguel Hernández, a Alvariño, a miles de maestros de Escuela, a profesores de todos los niveles, a las tertulias literarias de toda España, y la de Córdoba por supuesto. Medio millón de españoles fueron desterrados. El fascismo fue un movimiento arrollador, anti-obrero, anti-cultural y anti-intelectual, y llegó con su carta de presentación de destrucción de libros y bibliotecas. Las hogueras de libros en Berlín, en Colonia lo dicen todo… Y en Córdoba, al menos en tres ocasiones hubo piras de libros (dos en la plaza de las Tendillas, y una en el paseo del Gran Capitán). Por tanto, el movimiento destructivo internacional, de personas y de cultura, fue descomunal y gigantesco. Y esa vorágine explica que sucumbiera un poeta joven de Córdoba, de 25 años, con sólo su primer libro publicado, Canciones morenas (octubre de 1935).

Como ovejas hacia el matadero:
Gentes de letras bajo el genocidio de Córdoba

La sociedad de hoy ni sabe ni quiere saber ni pide explicaciones del por qué el movimiento fascista europeo entró en España en 1936 con aquella arrolladora violencia radical. Lo cierto fue que el incendio prendió con facilidad en un país donde la intolerancia y el fanatismo forman parte de su ADN, donde la Inquisición ha funcionado aquí más de tres siglos, donde Torquemada es un icono nacional, y donde las expulsiones de compatriotas han sido una constante histórica: expulsión de moros, judíos, moriscos, erasmistas, luteranos, afrancesados, liberales, comunistas, republicanos…populistas…y ahora, catalanistas. España se viene ejercitando, de siglos, en la represión de la otra media España que no le gusta. En la piel de toro sobra siempre media España, por el motivo que sea.
Y en 1936 sobraban “los otros”, el obrerismo, el republicanismo, las élites políticas e intelectuales, el laicismo y la modernidad. La España fanática de Fernando VII, clerical, oligárquica, caciquil, falangista, carlista y cuartelera, vio su luz en Roma y en Berlín. Y llegó a superar en violencia, muerte y desapariciones a sus modelos europeos, al menos en los primeros años.
En Córdoba, a las órdenes de Queipo de Llano desde Sevilla, fue el coronel Ciriaco Cascajo el matarife de la retaguardia cordobesa. Fue “don Ciriaco” un bárbaro genocida, incapaz de batirse en los frentes de batalla, y se pasó toda la guerra ordenando matar gente en la capital y pueblos vecinos, con varios terribles esbirros a su servicio, sobre el comandante de la Guardia Civil Luis Zurdo, durante el verano de 1936; y después, aún peor, el teniente coronel de la Guardia Civil “don Bruno” (Bruno Ibáñez Gálvez, para el memorial de los genocidas del mundo), que entró en escena el 22 de septiembre de 1936, al ser nombrado por “don Ciriaco” como Jefe de Orden Público. Éste forzó aún más la “colaboración ciudadana” y de la Iglesia. Nombró a su propio capellán, don Ildefonso Hidalgo, como gran inquisidor. Éste, husmeando por los rincones de Córdoba, en busca de adúlteros, casados por lo civil, racionalistas, laicos, etc. Y el P. Jacinto de Chucena, encendiendo los púlpitos con la oratoria exterminadora de “los sin-Dios” y la “anti-España”. Así se vio la pobre Córdoba bajo el fascismo, entre banderas monárquicas, desfiles militares, falangistas y carlistas, alocuciones exaltadoras y, por las noches, los roncos motores del camión de la muerte, entre tímidos lamentos y lloros desconsolados, no sólo de hombres: en los tres años de guerra, más de 100 mujeres fueron al paredón.
En el verano cordobés de 1936, no sólo “los rojos” iban a la muerte, sino también todos los intelectuales que no eran de “los nuestros”, maestros de Escuela (unos 40), médicos muchos; es decir, toda la cabeza pensante o artística de “la otra España”, la modernizante, la reformadora, la republicana. El 16 de agosto mataron a Rogelio Luque, un gran bibliófilo y poeta, que participó en los años veinte en el vanguardismo y publicó poemas en la revista Los Quijotes. Regentó la célebre librería Luque en la calle Gondomar, que luego continuaron sus hijos. En esa librería vi yo siempre un busto en bronce de Rogelio Luque, obra del gran escultor cordobés Enrique Moreno “El Fenómeno”, una eminencia de España entonces, al que también asesinaron en Córdoba, el 9 de septiembre. Oriundo de Montalbán, se había formado en París y Roma. Formaba parte de las tertulias literarias del restaurante “Bruzo”, del café “La Perla” y otras. Era profesor de Dibujo de la Escuela de Artes y Oficios, y de la Escuela Normal. Una eminencia… y lo mataron. A estas tertulias asistía también el entonces jovencísimo Juan Bernier y otro joven maestro de Escuela, Juan Ugart, que a la vez que Alvariño, publicó en el otoño de 1935 Los presentes de Abril. En la primavera de 1936 se creó la revista Ardor, de sólo un número, el de junio. El consejo de redacción lo formaban: Rafael Olivares, Antonio Ortiz Villatoro, Juan Bernier y Juan Ugart. Organizaban encuentros culturales que llamaban “Horas literarias”, a las que seguramente asistiría Alvariño, pendiente siempre de todo lo cultural de Córdoba. Él era de la escuela de Lorca; Ugart, de la de Juan R. Jiménez, a decir de Antonio Ramos. Ugart, de Villanueva de Córdoba, se decantó finalmente por el falangismo, luchó en el Ejército de Franco y murió en la batalla del Ebro, septiembre de 1938.
El 17 de agosto, en una saca multitudinaria, otro miembro de las tertulias, también conocido de García Lorca, que fue el maestro nacional Juan García Lara, de 29 años, hombre culto y muy prometedor en Córdoba. El eminente diputado e intelectual Antonio Jaén Morente, en sus escrito, lamentó el asesinato de “Juanito”. Y en la misma saca y el mismo día cayó otra persona de cultura, el impresor Francisco Mármol Castro. El 18 de agosto, en una saca de más de 100 personas (tres o cuatro horas matando en el cementerio de San Rafael, ante los focos de los camiones, por turnos de ocho o diez, de manera los cuerpos de unos caían sobre la sangre de los otros), mataron a Aurelio Pérez Cantero, una eminencia de la música en Córdoba, director del Centro Filarmónico "Eduardo Lucena" (calle Ambrosio de Morales, frente al convento del Corpus), director de la orquesta del Gran Teatro, compositor, y de una gran cultura musical. Estaba casado con Carmen Fustegueras, profesora de la Facultad Veterinaria. Consta un viaje suyo a Madrid en 1932 con el Centro Filarmónico, con motivo de algún homenaje republicano. Subieron de Atocha a Cibeles, tocando bajo la dirección de don Aurelio. Tanto prestigio no sirvió de nada ante el salvajismo fascista. Aquel orgullo cultural de Córdoba fue inmolado en el ara criminis de los Cascajo, Marín Alcázar, comandante Zurdo, los Quero, los Cruz Conde y demás jerarcas del golpe militar. También fue detenido aquellos días de agosto otro hermano músico Adolfo Pérez Cantero, gran pianista, profesor del Conservatorio y funcionario de Correos, autor del Himno Escolar de Córdoba, de 1922. Se salvó, pero fue suspendido de empleo y sueldo, y tuvo que vender sus instrumentos musicales, hasta que pasados unos años, pudo volver al Conservatorio y, entre otras actividades, fue director del gran coro de San Andrés.
El 29 de agosto mataron al pintor e ilustrador Juan Aguayo García, de 28 años, que aparece como autor de los dibujos del libro de José María Alvariño Canciones morenas. Otra muerte absurda, como todas las que cometieron los golpistas de 1936 en toda España. El 27 de septiembre, ya bajo el terror de “don Bruno”, cayó Pablo Troyano Moraga, ex presidente de la Diputación, histórico del republicanismo cordobés, director del periódico La Voz, en la calle Fr. Luis de Granada, de mayo a julio de 1936, cuando fue incautado y pasó a llamarse Azul. Allí trabajaba José María Alvariño como linotipista. En una larguísima entrevista que le grabé a don Rafael Castejón y Martínez de Arizala (13-7-1983), que conservo, entonces director de la Real Academia de Córdoba, me dijo esto: “A Troyano lo mataron por masón. Vivía en la calle de San Francisco. ‘Don Bruno’ invitó a todos los curas de Córdoba, jefes de oficinas, etc. a que le dieran nombres de personas para eliminar. El párroco de San Francisco, muy conocido porque era el que organizaba las carrozas de los Reyes Magos, respondió al requerimiento de ‘Don Bruno’ y mandó una lista de personas malas de su barrio, entre las cuales iba Troyano y Álvaro García Pérez Rico, un abogado que ni siquiera había sido nunca republicano… a éste lo acusaba de amoríos ilegales. Los 20 ó 30 cordobeses que denunció fueron fusilados”.
José María Alvariño Navarro, poeta incipiente y de hondo cordobesismo, con un solo poemario publicado (Canciones morenas, 1935), linotipista de La Voz, a sus 25 años, que vivía en la calle del Agua, con su mujer Amparo y con un niño bebé y otro de camino, era ya carne de paredón a finales de octubre de 1936. La gente de Córdoba, la gente normal, laboriosa, del montón, vivía en un sinvivir ante la barbarie desencadenada por los militares golpistas y la horda de cedistas, japistas, fascistas y fascistoides, chivatos y sabuesos, que tenían la vida de cualquiera en sus manos.

Un joven poeta prometedor, amigo de Lorca

José María Alvariño, en plena juventud, tenía ya iniciada una trayectoria literaria, de la que tenemos un conocimiento fragmentario, por ejemplo, como autor de cuentos: el primero, a sus 16 años, “El milagro del crucifijo” (La Voz, 1926); luego, “La petición de mano” (La Voz, sept. 1927); “El fantasma de año nuevo” (La Voz, 1 enero 1929). Como autor de relatos: “La letanía de la muerte. Relato romántico sobre el día de difuntos” (La Voz, nov. 1927); “Frente a un boceto” (Diario de Córdoba, mayo, 1928); “Julio Romero de Torres” (Acción, 1930). Y como poeta: “Artagnan. Poema modernista” (El Liberal, 1927); “Prosas de feria. Prosa poética” (La Voz, mayo, 1931). Finalmente, con el seudónimo de “Beltenebros”, escribía en La Afición. Revista Literaria de Teatro, Toros, Fútbol y Cine, en 1931. Multiplicaba su actividad para sacar, con dificultades, su casa adelante (En alguna ocasión, García Lorca pasaba alguna propina a amigos en dificultades, entre ellos a Alvariño, según cuenta A. Ramos).
        En la redacción de La Voz, Alvariño coordinaba una página literaria, titulada “Los poetas”. En la página del 24-2-1935, García Lorca está presente en casi un homenaje que le rinde Alvariño, entre otros poemas. El 30-6-1935 está dedicado a Juan R. Jiménez, aunque siempre incluye a otros poetas, y el mismo Alvariño.
        Enseguida llegó su primer libro, Canciones morenas (1934-35), “a finales de octubre de 1935”, premonitorio de su muerte, justamente un año después. Conservo un ejemplar que me obsequió su hermana María, cuando la entrevisté en 1983. El poeta se firma como “Josemaría Alvariño”. Y dice publicado por “Edición de los Amigos”. Con prólogo de Rafael Olivares Figueroa, y con 22 poemas originalísimos, de estilo breve y condensado.
Para entrar en situación, es pertinente reproducir parte del prólogo de R. Olivares Figueroa: “… Josemaría Alvariño –cordobés y tipógrafo-, apegado a su tierra y tradiciones, es un auténtico poeta a lo popular, que tiene el talento de no caer en el fácil tópico, y que rehúye todo movimiento de mal gusto.
“Si afloran aún en su poesía ciertas influencias –Gil Vicente, Alberti, García Lorca… (este último sobre todo)-, luce en cambio el decoro de su expresión, que es elegante sin artificios, graciosa sin chocarrería, transparente sin oquedad, sentida sin extremos.
“Inspiran a nuestro poeta, fundamentalmente, motivos de amor, que, porque los hubo de vivir en su suelo, a lo que parece, suéñalos su musa proyectándolos sobre los insignes nuevos muros nativos:
                “Callejón de Adarve,
                sin luna ni nada.
                Ausencia de luces.
                Ni ecos ni pisadas.
                ……………………….
                Huecos de ruinas
                donde se sentaba.
                ……………………….
                ¡Callejón de Adarve,
                yo te cantaré!
                ……………………….
“Deambulan por el libro las distintas mujeres amadas del poeta. La musa gitana de Romero de Torres, diríamos, inspira una gran parte de sus canciones, bien que es tan fuerte la influencia de García Lorca.
“Que el poeta bebe en las puras fuentes tradicionales, ya se demuestra en el tono general de los poemas, algunos ilustrados por ingenuas estrofas de coros infantiles, como ‘Romancillo de la piconerita’ y ‘Maldición en la Ribera’, y en sus expresos ‘Esquemas en soleares’.
“Por último, ha querido dedicar algún recuerdo a Juan Ramón Jiménez y a los Machado. Como esto quiebra algo la unidad de ‘CANCIONES MORENAS’, pónelos distanciados, porque seguramente no ha querido privarse, entre otras razones, del puro goce de incluirlos.
“Josemaría Alvariño es ya un buen poeta, que no necesita sino estilizarse; es decir, olvidar a los Maestros, y buscar en su propio espíritu la modalidad definitiva. Por esto, en un joven de su sensibilidad y talento lírico, puede presumirse como hacedero.  R. Olivares Figueroa.  Córdoba. Octubre. 1935”.
Hasta aquí, el condensado prólogo de un compañero de tertulias y afanes, Olivares Figueroa. El entonces redactor jefe de La Voz, Eduardo Baro, luego director de Azul, hilvanó una reseña del libro primogénito de Alvariño, que se publicó el domingo, 17 noviembre 1935. Por su rareza histórico-literaria reproducimos en parte:
“CANCIONES MORENAS (1934-1935). Por Josemaría Alvariño.
“(…) Aquí, sobre la mesa de la redacción, ‘Canciones morenas’ es como un alto en la jornada, como un remanso para la inquietud, como algo que nos invita a refugiarnos en nosotros mismos. Los poetas tienen la divina facilidad de sustraernos a la lucha y de hacernos entrar de la mano de ellos, por la puerta de los libros, en el reino soberbio e inconfundible de la belleza.
Canciones morenas nos hace evocar la frase de Rubén Darío: ‘muy antiguo y muy moderno…’. El verso en ellas no es más que el ropaje de que se revisten sus pensamientos, y la rima es el adorno de ese ropaje. Cuando abrimos un libro de versos, vamos a emprender, siempre, un viaje hacia tierras remotas y distantes que, sin embargo, están muy cerca de nuestra alma.
“¿Cómo ha surgido este poema nuevo en la bruma inquietante de un periódico? Sin duda el poeta vivía a nuestro lado incomprendido o disfrazado. Acaso él tampoco supiera que dentro de sí mismo iba la fuente viva de su inspiración aflorando a la superficie el agua cristalina del sentimiento. Hubiera sido inútil retenerlo. Algún día, en cualquier instante, al pie de su linotipia que recoge la palpitación del universo, con la noticia y el comentario, con la buena nueva o la tragedia, con el idilio o la elegía, Josemaría Alvariño habría sentido la inspiración poderosa que le guiaba hacia el verso vivo que iba dentro de su propio espíritu y que luchaba por surgir. Era un problema de tiempo. Resuelto este, aparecería como hoy aparece, lozano y armonioso, lleno de sensaciones nuevas y profundas, rodeado de su magnífica vitalidad.
“Así, este cantor de la mujer, este definidor de instantes supremos, nos ofrece en Canciones morenas algo que vale más que todo: la sinceridad y la juventud, el profundo grito de lo que no quiere pasar desapercibido. Su libro es un libro primordial, hecho de emociones y tejido de ensueño. El corazón no se resigna a pasar por la vida monocorde. Necesita otro latido que rime con su ansia inagotable de amar y de vivir. Es el anhelo de lo creado lo que le satisface y le guía. Canción al amor que vence, al tesoro inagotable, para el cual se hizo toda canción.
“Y con él, la estofa hecha carne y figura, como un homenaje de las musas. Ritornelo elegante y fácil para querer vislumbrarlo:
                Siete revueltas tenía
                la calleja de tu calle.
                Ni la luna nos veía.
                En cada una, quién sabe,
                los besos que sonarían.
“Para dejar después la visión de una imagen fundirse en otra generosa y pródiga, en la ribera de la ciudad califal, junto al Guadalquivir sonoro y legendario, o para ir hasta las audacias de ‘La Pili y su fácil canción’.
“Todo el libro es bello y, como todo lo bello, breve. Hay una predisposición de Alvariño a ser intenso, sin acaso desearlo. Y hay un deseo en todos sus versos que no puede apagarse, porque es llama y bandera, y gloria de amar en toda hora y en todo instante, como si la vida no tuviera más ventanal abierto al mundo que el noble y lírico ventanal del amor perenne, que todo lo salva, lo eleva y lo dignifica”.
Esta reseña queda un tanto divagante, con pocos datos sobre el poeta, y una ausencia fundamental: haber señalado el estilo perfectamente lorquiano de Alvariño. Por ejemplo, el primer poema de la serie “Maldición de la Ribera” recuerda en todo momento “La casada infiel” de Federico. Dice Alvariño:
                        ……………………
                        Eras gacela de juncos;
                        yo seguí tus movimientos.
                        Bajo nuestros pies gemía
                        la muerte de los helechos.
                        (Las ranas hacían caprichos
                        y solos de violoncelo).
                        Y entre caprichos de ranas
                        que movían el silencio
                        donde la arena era fina
                        fueron finos tus lamentos…
                        -Ya el río anda lunero,
                        ¡y el Campo de la Verdad
                        lo lucen los faroleros!
                        ………………………………..
Alvariño fue otro de los “poetas de la luna”, como García Lorca, ambos con el mismo destino de la madrugada. Y ambos fueron poetas del “amor oscuro” en las sombras de la noche. El verso corto, neopopularista, a lo cancionero popular de Gil Vicente, Alberti, Garfias o Federico… o los “proverbios y cantares” de Antonio Machado. Fue la corriente de la gran poesía lacónica del verso octosílabo castellano, sobre todo en la Generación del 27.
Josemaría Alvariño (que así se firmaba) era el poeta de García Lorca en Córdoba, amigo y discípulo. El itinerario de Federico lo ha intentado reconstruir Antonio Ramos en el libro citado, contando con fuentes orales. Parece que fue en 1932, cuando Alvariño fue presentado a Federico por Manolo Carreño. Este, estudiante de medicina en Madrid, conocía a Federico desde la Residencia de Estudiantes, y lo acompañaba, entre otros, en las tres o cuatro visitas que el granadino universal hizo a Córdoba. Contaba Carreño que estando con Federico tomando café en los jardines de la Victoria, le llamó la atención aquel joven alto y moreno, que era Alvariño, y se lo presentó a Lorca, diciéndole: “Este es Federico García Lorca”. Y Alvariño se quedó sorprendido. Desde entonces se convirtió en su mejor amigo en Córdoba.
Otro introductor y acompañante de Lorca en Córdoba fue el diputado socialista y director del periódico El Sur, Fernando Vázquez Ocaña, que escribió en el exilio el libro García Lorca. Vida, cántico y muerte (México, 1957). Lo acompañó en dos visitas de Lorca a Córdoba, en 1934 y 1935. Este último año fue con motivo de la representación de la obra de Lope de Vega en Fuenteobejuna, el 25 de agosto (con Margarita Xirgu). La compañía teatral se fue de allí a Madrid, pero Federico bajó a Córdoba, donde se paseó por la ciudad el día 26 de agosto, acompañado de Vázquez Ocaña, Joaquín García Hidalgo, Enrique Moreno, Juan García Lara, Alvariño y algún otro. A Federico le gustaba contemplar el “Triunfo de San Rafael”, en su elevada columna, al lado de la Mezquita y del Seminario.
Antes, en 1934, había llegado Federico a Córdoba, con motivo de una reunión de poetas. Vázquez Ocaña, entre otras actividades, lo llevó a visitar la redacción de El Sur, en la calle Maese Luis, 22. Entre los acompañantes también estaban Juan Bernier, Enrique Moreno, suponemos que Alvariño y otros. Juan Bernier sitúa un encuentro con Federico, cree que en la primavera de 1936, seguramente el viernes santo, fecha en que Manuel Carreño sitúa esta visita. Y dice Bernier (Ramos, 116) que “me avisó Juan García Lara. Fuimos a verlo este amigo, Juan Ugart y José María de Ciria al Hotel Regina. Y allí estaba Federico, en el jardín del hotel, cenando con Josemaría Alvariño. “Precisamente yo conocía mucho a Alvariño y sabía de otras veces que se veía con él. Nosotros fuimos porque queríamos que nos enviara una colaboración para nuestra revista Ardor”.
Manuel Carreño (en sus “Memorias tabernarias” y en otros testimonios) dio detalles de la última visita de Federico a Córdoba, el viernes santo de 1936, en compañía también de Alvariño, cuando estuvieron esperando la entrada de la Virgen de las Angustias en San Agustín. Para distraer la espera estuvieron departiendo en la taberna de Beatillas. Luego, el paradero habitual de García Lorca era el Hotel Regina, donde solía invitar a almorzar o cenar a su círculo más íntimo, incluido Alvariño. Dice Carreño que, en las varias visitas de Lorca a Córdoba, “Yo incluso iba a buscar a Josemaría cada vez que venía Federico” (Ramos, 104). Mientras esperaba el granadino, solía entretenerse ojeando revistas en el quiosco de Antonio Gracia en Las Tendillas. Otras veces esperaba a Alvariño a que saliera del periódico. Una vez se echaron una foto en los jardines de la Victoria: Federico, Alvariño y el pintor Juan Aguayo. A los tres los arrastró el vendaval fascista de 1936.
Cuando preparaba mi libro La guerra civil en Córdoba (1985), el 4 de abril de 1983 visité a María Alvariño, la hermana del poeta. Además de su valioso testimonio, me hizo varios obsequios: dos fotos originales del poeta, que conservo (una de busto, y otra en grupo de cuatro personas en los jardines de la Victoria, con Alvariño a la izquierda, con un porte de gran elegancia), más el libro de Canciones morenas, me permitió fotografiar una dedicatoria del Romancero gitano de Lorca a Alvariño, por la página del romance de “La Luna, Luna”, fechada la dedicatoria en 1934. María habló también con Antonio Ramos años después, los dos únicos, creo, que hemos prestado atención a esta familia rota, de la cual nada más se supo, porque entonces no había llegado la novedad de la “memoria histórica”. Y como la de Alvariño, otras muchas familias cordobesas se han marchado sin que nadie, nadie les haya pedido un testimonio, y eso a pesar del montón de intelectuales y autores de vuela pluma que hay en Córdoba.

El vía crucis y el crimen final

Josemaría Alvariño vivía una angustia permanente, desde que le iban llegando las terribles noticias del fusilamiento de sus amigos y conocidos. Sintió muchísimo aquellos asesinatos sin sentido: Juan García Lara, el pintor Juan Aguayo, el escultor Enrique Moreno, el músico Aurelio Pérez Cantero, el ex director de La Voz Pablo Troyano, y luego, una interminable danza de la muerte: Pepito “Hesperia”, José Ciria, Rafael Aparicio de Arcos, y muchos maestros, como don Modoaldo, y médicos, empleados de Correos, ferroviarios y toda la gama imaginable del obrerismo y de la intelectualidad. También tuvo noticia del asesinato de Lorca en Granada. Esta barbarie de sangre la perpetraron las derechas y los golpistas en toda España, horror del que hoy nadie ni sabe ni quiere saber.
        Parece ser que los hermanos Alvariño, Josemaría y Rafael, sufrieron un registro y una primera detención. El poeta seguía con su trabajo diario en el periódico, tal vez con la esperanza de que pasara la tormenta y su aura de poeta incipiente le sirviera de coraza. No quiso atender la insistencia de amigos, para que se pasara con ellos a zona republicana. A comienzos del otoño, ya con “Don Bruno” en el poder como asesino en serie, Alvariño supo que lo estaban buscando. Dice su hermana María: “Cuando nos enteramos que venían a registrar la casa, cogimos y guardamos todos sus libros en una buhardilla. Gracias a eso se salvaron algunas cosas, entre ellas esos dos libros de Federico, un ejemplar de El Quijote… Ese día, como no encontraron a Pepito (Alvariño), se llevaron a mi hermano Rafael, que es más chico, para canjearlo después” (Ramos, 133). En un nueva visita de los esbirros, la madre de Alvariño fue obligada a conducirlos a casa de su hijo Pepito, unas puertas más debajo de la suya, en la calle del Agua. Allí, en el interrogatorio chusco y grosero, Josemaría se reconoció “discípulo de García Lorca”, creyendo así protegerse más, y era lo contario. Le preguntaron por su ideología y dijo que “era simpatizante de la Idea”. Pero esto no quiere decir “comunista”. La “Idea” se entendía como la buena nueva del obrerismo universal, que consistía en tres puntos: la concienciación, la asociación y la emancipación. Y esto es lo que predicaban los maestros racionalistas entre el campesinado andaluz (el populismo de entonces), con el célebre José Sánchez Rosa a la cabeza (asesinado por Queipo en Sevilla), en todo el primer tercio del siglo XX. Así que la respuesta de Alvariño entonces me resulta sorprendente. Los esbirros de “Don Bruno” se lo llevaron a donde ya estaba detenido su hermano Rafael. A éste ya lo habían rapado al cero. Y después de algunas vueltas de pasillos, un extraño azar quiso que los dejaran en libertad (de momento). Finalmente, el relato que a mí me recordó María (creo que la acompañaba otro hermano, Mariano) fue el siguiente: “Un día, al entrar en un bar, encontró allí al temible Luis Velasco, el cual alzó la voz diciendo: ‘Delante de mí no se pasea ningún izquierdista por Córdoba’”. Enseguida, el 26 de octubre, un grupo de falangistas se presentó en casa de sus padres, indagando sobre el domicilio del poeta, a donde llevaron a la madre encañonada. Alvariño se hallaba ausente. Al día siguiente, intuyendo el poeta que el ritual de la muerte había comenzado, se vistió su mejor traje y se marchó a la redacción del periódico Azul. En efecto, aquel mediodía se presentaron a por él y se lo llevaron andando no sabemos a qué lugar exactamente, si al Gobierno Civil, si a la prisión del Alcázar, si al cuartel de Artillería o a la Comandancia de la Guardia Civil, donde reinaba “Don Bruno”. Tampoco podemos precisar la hora de la tarde en la que su hermana María y su esposa Amparo fueron a verlo y llevarle algo de comer. Encontraron a Alvariño abatido y hundido (como Lorca en su Granada). Según María: “Yo le llevaba un ponche calentito. Y cuando me vio con la cara que yo tenía, que estaba enferma, me dijo: ‘Anda, tómatelo tú, que a mí no me hace falta’. El pobre sabía lo que se le acercaba. Después, Amparo le ofreció una cerveza. Y el vigilante les dijo que no podía tomar cerveza. Entonces, Alavariño preguntó: ‘¿Y darle un beso a mi mujer, puedo?’ Y el vigilante dijo: ‘Eso sí’”. Josemaría se despidió de su hermana. Abrazó luego a su mujer y le dijo: “Adiós, Amparo, que seas buena y mires por mis hijos”.
        Aquellas pobres mujeres, hechas un mar de lágrimas, intentaron rápidas gestiones a favor de Josemaría. Acudieron a su padrino de boda Francisco Velarde, y al derechista influyente Leoncio Torrellas. Pero en aquella Córdoba enloquecida nadie hacía nada en contra de la muerte. En la madrugada del 28 de octubre llegó a las puertas del Alcázar Viejo, que era la prisión, el “camión de la muerte”, que se llenó de hombres sonámbulos (y alguna mujer), y allí tuvo que subir el poeta Alvariño, con su traje impoluto, antes de ser trizado, el más apuesto de los mozos de Córdoba. “Era tan guapo –decía su hermana María- que las mujeres de San Agustín salían a verlo, cuando pasaba por allí camino del trabajo”. Para el fascismo, sólo era un número de una lista. “Me llamarán, nos llamarán a todos…”, escribió Blas de Otero, poema acusatorio contra la barbarie fascista:

Me llamarán, nos llamarán a todos.
Tú, y tú, y yo, nos turnaremos,
en tornos de cristal, ante la muerte.
Y te expondrán, nos expondremos todos
a ser trizados ¡zas! Por una bala.
Bien lo sabéis. Vendrán
por ti, por ti, por mí, por todos.
Y también
por ti.
(Aquí no se salva ni Dios, lo asesinaron).
Escrito está. Tu nombre está ya listo,
temblando en un papel. Aquel que dice:
Abel, Abel, Abel… o yo, tú, él.

        Los infortunados aquella madrugada en el “camión de la muerte” no se pueden identificar ni cuantificar. El libro del Cementerio anota el día 28 de octubre: “Ocho hombres y una mujer en el cementerio de San Rafael”. Y el día 29 anota: “17 hombres desconocidos en el cementerio de San Rafael”. Pero nunca fusilaban menos de treinta o cuarenta (Mi libro La guerra civil en Córdoba, 1985, p. 721). Alvariño iba maniatado con Raimundo Rubio, un escribiente de los Cruz Conde. La película del final de Alvariño, como la de Lorca, nunca la podremos conocer. Sólo vislumbrar aquello pone los pelos de punta. Aquella mañana, la esposa de Alvariño, Amparo, acudió al funesto Alcázar Viejo a llevar el desayuno. Preguntó por él y le dijeron: “ese sí está, pero en el otro mundo”. Toda la familia quedó rota por el dolor, porque en Josemaría tenían un punto de orgullo, por su cultura, por ser poeta y amigo de la gente de letras de Córdoba. Su hermana María corrió aquella mañana al cementerio, pero ya los habían cubierto en la fosa común. Al verla tan desolada, le reveló el sepulturero que había tenido que cubrir con su propia chaqueta el cadáver, porque le resultaba insufrible contemplar a aquel joven apuesto y elegante, inmolado de forma tan inhumana. García Lorca había escrito en 1921:
                        Cuando yo me muera,
                        enterradme con mi guitarra
                        bajo la arena.
                        Cuando yo me muera,
                        entre los naranjos
                        y la yerbabuena.
                        ………………………..
        Josemaría Alvariño siguió la misma inspiración y el mismo presentimiento en su poema “Itinerario”:
                        El día que yo muera
                        que me entierren en la calleja…
                        por la calle del Amparo
                        seguido y a mano izquierda.
                        ………………………………..
¡Que no hubiera escrito Alvariño, si el fascismo cordobés no hubiera segado su vida! He aquí la obra destructora de los genocidas de Franco. El de Córdoba, teniente coronel de la Guardia Civil Bruno Ibáñez Gálvez. Que la Historia guarde su nombre en el frontispicio del infierno. Josemaría Alvariño era un trozo del alma de  España. Fue otra vida truncada como la de tantos otros poetas, escritores e intelectuales de la España republicana. Fueron los estragos de la barbarie desatada por la “España negra” de siempre, que no ha muerto ni morirá, porque se sumerge y reaparece, como los ojos del Guadiana. Es la España de las expulsiones, de las represiones y de las exclusiones, como más arriba se indicó. Y ese fanatismo atávico, azuzado por la fascistización, fue lo que se llevó por delante a toda una generación de españoles irrepetibles.


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