23/4/18

TESTIMONIO DE UNA DECEPCIÓN: MI PASO POR EL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS



UN HISTORIADOR EN EL CONGRESO. EL CHOQUE DE LA UTOPÍA CON LA MALA LECHE

Una deuda con la memoria reciente: el  espectáculo de un Parlamento sin políticos de altura

La palestra de una democracia de baja intensidad, enfermada por la corrupción felipista y llevada a una degeneración multi-orgánica, por la corrupción derechista, la involución contra las libertades, y la vuelta a un nacional-españolismo centralista y represivo, contrario al espíritu de la Transición  


                                                 Por Francisco Moreno Gómez


1


        Durante muchos años he dudado si merecía la pena hacer públicas unas memorias que tengo escritas desde mediados de los años 90, muy próximas a los hechos, sobre mi paso por el Congreso de los Diputados, entre 1988 y 1989. Pero lo que ha ocurrido debe ser contado por el historiador, tanto la historia como la microhistoria, con la distancia de los 28 años trascurridos. La información también debe ser transmitida por el informador, y la prosa estético-irónica, por el literato, cuando el relato ya difumina y supera la silueta concreta de los personajes, que quedan convertidos en actores del gran sarcasmo nacional. Todo está supeditado a la visión del neo-esperpento: la realidad nacional puesta frente a los espejos cóncavos del Callejón del  Gato (Valle-Inclán), bajo sus mismas palabras: "En estos días menguados, la Leyenda Negra es la historia de España". Por tanto, estas memorias son un ejercicio de historia, de microhistoria y de expresión literaria bajo la inspiración del género esperpéntico.

         En primer lugar, no he visto nunca, que yo sepa, unas memorias del día a día en el trajín parlamentario, escritas por algún diputado con sentido crítico. Porque ésta es otra, no se trata de hablar en argumentario: “que si el gran don de representar a los ciudadanos… que si el privilegio de ocupar un escaño de la soberanía popular… que si la gran experiencia insólita…”, etc., etc. Que todo eso puede ser verdad, pero no se trata de endulzar tópicos, sino de ejercitar el espíritu crítico, tan escaso entre nosotros, siempre dados a la visión conformista, tópica y anodina de las cosas. Bajo la mirada de Quevedo, “miremos los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados…”.

                A la hora de redactar, me serví de muchas notas tomadas en el momento de los acontecimientos, de abundantes recortes de prensa que conservo, de las conversaciones habidas y del Boletín Oficial de las Cortes que entonces recibía. Conocí a algunas personas excelentes, de las que aprendí, pero lo peor fue que tuve que soportar y ver a muchísimos personajes diabólicos, intrigantes y malvados de solemnidad. De ellos está lleno el Congreso. Individuos tóxicos en serie, falsos y melévolos, dignos de los nueve círculos infernales de Dante en la Divina Comedia.

        Al caer en el círculo dantesco del Congreso, oficina central de la política, mi primera constatación fue el ambiente enrarecido de crispación, de desprecio, de hostilidad, que lo envolvía todo. Cualquier alto sentido de la política allí se daba de bruces. La gente, por los pasillos, no se saludaba. Se vivía entre el vacío y el odio soterrado. Cualquier idealismo, allí se veía achicharrado. Subirse a hablar en la tribuna era una temeridad ante energúmenos. Toda oratoria se ejerce ante un público benevolente, y si no lo es, la oratoria no es posible. Hablar en aquella tribuna es la experiencia más desagradable que puede ocurrir a cualquier ciudadano de sentido común y de sana educación social.

Por todo ello, mi recuerdo de aquella experiencia es de una gran amargura. Uno puede tener un momento de enfado, una salida de tono… pero vivir allí, en aquella casa de los horrores, en continua hostilidad, insultos, pataleos, abucheos, un día después de otro, siempre en un clima irrespirable… es la experiencia más desagradable que he conocido en mi vida. Nunca jamás había desfilado ante mí gente tan mala, malos de solemnidad, gente falsa, soberbia… Mi inocencia política traída con fervor desde la Transición, allí se estrelló. Aunque actué con altura de miras y con valentía, me sentí liberado cuando se disolvió el Parlamento.

        Debo advertir que mi paso por la política (local y general) no fue  nunca interesado ni ambicioso, sino altruista, colaborador e idealista, propio del espíritu quijotesco heredado de la Transición (la buena Transición, la cultural, social y política de la gente, no la de los vividores, con sus cabildeos e intrigas). Pensábamos, ingenuos, que podíamos hacer algo por el pueblo y por el país… ¡Estúpidos de nosotros! La gente va a su aire y no necesita redentores. El domingo te reciben con “palmas y olivos”, y el viernes te crucifican. En realidad, mi candidatura en las municipales de 1983 y 1987, y en las generales de 1986, se debió, en última instancia, a los ruegos de mi paisano villanovense-cordobés Ernesto Caballero, político al que admiré siempre, y también se debió a mi inclinación natural al compromiso. Siempre me ha repugnado ser de los neutrales o de los equidistantes. Me ha gustado dar pasos al frente, como lo hicieron: Demóstenes, Cicerón, Lord Byron, Víctor Hugo, Pablo Neruda, Alberti, Blas de Otero y tantos y tantos miles y millones. Suelo tener presente lo que dice el gran Dante Alighieri, en el círculo 1º de su Divina Comedia, cuando  habla de los condenados porque “no hicieron nada digno de alabanza ni de censura, de los cuales no vale la pena hablar”. Son los “neutrales”, los equidistantes, los prescindibles en las sociedades del mundo…

     
Francisco Moreno en el escaño 1989
   Entremos en el relato. En el otoño de 1988 estaba yo plenamente enfrascado en la redacción de mi tesis doctoral sobre el poeta exiliado Pedro Garfias, tesis que había demorado bastante por las circunstancias. Pero en ese otoño había retomado el hilo con fuerza. Más he aquí que otro suceso vino a causarme problemas.

        En la noche del 17 de noviembre, jueves, una noticia inesperada vino a caerme encima como un chaparrón. Una llamada del Diario Córdoba me pide mis primeras declaraciones ante la dimisión de Enrique Curiel. No sólo ha dejado el PCE, sino también su escaño en el Congreso. Mi sorpresa es enorme y no doy crédito a lo que oigo. El propio director del Córdoba se pone al aparato y me lee el despacho de agencia. Sólo acerté a decirle que “cumpliré con mi responsabilidad”. Y al día siguiente ya me sacaron en primera plana como diputado. Toda una marimorena. Pero yo tuve aquella noche muchas reservas mentales, y mi pensamiento era no aceptar el cargo. Personalmente me venía muy mal. Estaba liado con mi tesis y mis clases. Pero al final pudo mi lealtad política, no les quise causar desaires, y si figuraba el segundo en la candidatura, pues debía hacer un ejercicio de lealtad, y con ello he dado una lección a otros muchos que antes estaban y ahora no están. Una lección de lealtad ante las Rosa Aguilar, los Rejón, los Francisco Frutos y tantos otros, que se iban a comer el mundo, y el mundo se los comió a ellos. Lealtad conmigo mismo, con mi compromiso (hoy, que se llevan los anti-compromisos, las anti-ideologías y las equidistancias, siempre falsas… es decir, la desvergüenza) y lealtad con mi honradez.  

        El 18 por la mañana, viernes, el teléfono de casa echaba humo. Felicitaciones de todas partes. Entonces me acordé de los versos de Ovidio (Tristia): “Donec eris felix, multos numerabis amicos,/ tempora si fuerin nubila, solus eris…” (Cuando las cosas van bien, los amigos surgen por millares, pero cuando van mal, no aparece ninguno). Me llamó Ernesto Caballero y, con gran sacrificio por mi parte, me puse a disposición del Partido, sin otro remedio. Un sacrificio que nadie me ha agradecido nunca Me entrevistaron dos emisoras: Radio Cadena de Córdoba y Radio Cabra, además de Radio Villanueva, la emisora municipal entonces, dirigida por el “insigne” Jesús Rodríguez.

        Aquella mañana recibí también la llamada del Comité Central del PCE. Me llama Juan Berga (que entonces pertenecía a los llamados “renovadores”, submarinos del PSOE. Hoy no sé qué fue de él), y me pregunta “si acepto la sustitución de Curiel”. Y me pasa con el secretario general Francisco Frutos, y me preguntó lo mismo, en tono seco, que ha sido siempre su carácter catalán, sin más comentarios. A las 13 horas dieron en el C. Central una rueda de prensa, a la que no me llamaron, estando yo en Getafe, en la que no dieron ninguna nota de mi trayectoria, sólo que era “un líder sindical andaluz”. Así me mostraron en el Telediario, con una vieja foto de mi libro de “La guerra civil”.

        Mientras tanto, con talante estoico, como espectador del ruedo ibérico, me armo de paciencia y me amoldo a las circunstancias. Por la tarde acudí al Instituto y di mis clases, como si tal cosa. A los compañeros que me felicitan los invito irónico a que, más bien, me den el “pésame”. Me dicen que ya no volveré a la enseñanza y que empezaré a escalar puestos en la alta política. Les aseguro que se equivocan, que estaré de vuelta lo antes posible, porque lo mío es la enseñanza, la historia y la literatura, y mi tesis, por supuesto. Que este paréntesis es como el servicio militar que me impone el destino.

        El día 18 por la noche, a las 22’30, me llamó RNE para una entrevista, en la que el director de informativos me trató con suma amabilidad. Y por fin, Enrique Curiel dio señales de vida y se dignó llamarme. Durante largo rato se tomó la molestia de asesorarme para mi nuevo destino: “Que no debía lanzarme bruscamente al principio, sino dosificando los ímpetus, poco a poco, etc.”. La verdad era que Curiel me merecía la mayor estima, a pesar de alguna declaración que hizo después a la prensa. Aquello de que “el PCE estaba en un momento de involución”, no era cierto. Recuerdo que en aquella entrevista citada de RNE hablé bien de Curiel, pues así lo sentía. Como era de esperar, Curiel acabó acercándose al PSOE, donde tiempo después lo vi de diputado por Pontevedra y luego de senador, callado, arrastrando una vida gris (que esa era la tónica de los diputados socialistas: callar, aplaudir y calentar el sillón). Al final, el socialista “Pepiño” lo defenestró. Curiel, luchador antifranquista, que sufrió prisión, vicesecretario general del PCE, tan carismático, tuvo que vivir con el humilde sueldo de profesor ayudante universitario. En octubre de 2010 se le detectó un cáncer. A algunos amigos políticos les confesó que no tenía dinero para los tratamientos. Falleció el 2 de marzo de 2011. Hemos sabido su último deseo: que se cubriera su féretro con la bandera del PCE. Y así se trasladaron a Vigo los restos de un gran líder antifranquista.

        El sábado 19 de noviembre acudí a la sede del Partido en la calle Santísima Trinidad (“La Trini”), a verme con Julio Anguita, pues era el secretario general desde febrero de 1988. Encuentro a Anguita en el bar de enfrente. Nos saludamos: “¡Vaya lío en que me has metido!” –“Yo no; Curiel”. Me invitó a comer, generosamente, en un modesto restaurante próximo, en compañía de Rosa Aguilar y de una tal Amparo, de Valencia. Por el trayecto me explica que tengo que pedir la excedencia del Instituto y de que no tengo que preocuparme por la cuestión económica: “Al Partido no se viene a enriquecerse, pero tampoco a pasar miseria”.

        Yo, que iba con la actitud del novicio, a recibir el decálogo del diputado perfecto, sólo escuché esta advertencia del Jefe: “que tuviera cuidado con la prensa, porque me iban a mirar con lupa. Son la peor ralea del mundo. Hay que tratarlos con amabilidad, pero sin entregarse”. Tomé nota de la lección y procuré no echarla en saco roto, como el conde Lucanor.

        Por lo demás, la comida transcurrió por otros derroteros. Durante la comida, Julio aparecía enfervorizado con su proyecto político. Las preocupaciones de Anguita en aquellos momentos eran las elecciones europeas del año siguiente. Se maldecía “si no sacamos seis diputados”. Todo giraba en torno a los dos candidatos que serían nombrados en febrero, para encabezar las elecciones generales y las europeas: “el primero me lo reservo yo, pero no tengo nombre para las europeas”. Anguita monologa sobre este segundo candidato: “debe ser un león”, que cogido a él del brazo, recorran España entera, hasta machacar el coche, si es necesario. Nos contó su entrevista con Pablo Castellano, y que, conforme avanzaba la conversación no le dijo nada sobre la candidatura. Lo consideró inestable, con mucho ego. Se habla luego de Cristina Almeida, pero hay dudas. Anguita insiste en que necesita “un león” para ese parlamento europeo, “que es una mariconada”. Meses después, el candidato sería Pérez Royo, todo menos “un león”, el menos carismático de todos.     

2


        El martes, 22 de noviembre, acudí por primera vez a la oficina del Grupo Parlamentario, en la calle Marqués de Cubas, 6. El aspecto general es de evidente desorden. En una habitación se agrupaban las secretarias Olga y Gloria. En otra dependencia se instalaba una chica, una tal Mai, cuya tarea en el Grupo nunca llegué a comprender. En otra habitación se amontonaban tres mesas, para otros tantos diputados, y en otra habitación estaba el despacho del jefe, el “Señor Comisario”. Andaba por allí el camarada Coronas, encargado económico, que me explica mi nueva nómina: yo firmo la cesión de mis honorarios al Partido (entonces, unas 600.000 pts. Al mes), y a mí me abonarán conforme a mi nómina del Instituto (entonces, unas 200.000 pts. al mes). No recuerdo si me daban algo más para gastos. Creo que no. El sistema de sueldo de los socialistas era mucho más espléndido: cobraban la nómina general de diputado y sólo tenían que abonar 25.000 al Partido. Unos privilegiados. Entonces I.U. apenas tenía recursos: sólo contaba con 6 diputados (el séptimo, Ramón Tamames, ya se había ido al Grupo Mixto cuando yo llegué). Era todavía una época de “vacas gordas” para el PSOE, con su mayoría absoluta y su “rodillo” sin piedad. Después vendrían mejores tiempos para el PCE, con Julio Anguita, y en las futuras elecciones (1989) se llegaría a los 20 diputados. La sede del grupo parlamentario se trasladaría a un edificio remodelado enfrente del Congreso, para todos los grupos. Pero esta prosperidad yo no la viví. Fue pasar de la choza a una mansión.

        Aquel 22 de noviembre, en la sede del Grupo, tuve oportunidad de saludar al compañero diputado de Asturias, Manuel García Fonseca (“El Pole), que había sido cura. Buenísima persona y muy trabajador. Nunca iba con chaqueta, sino con un jersey. Un pasota de las vanidades humanas. Y saludé también ese día a un dirigente de CC.OO., Jaime Ruiz, que dirigía la revista de Enseñanza, “T.E.”, la cual me ofreció para darme a conocer, cosa que cumplió con un reportaje sobre mí en el número de febrero siguiente. En cambio, “Mundo Obrero” no me invitó a nada, dirigido por Juan Berga, que después sería disidente de Julio Anguita, en la facción de los “renovadores”. Los peores enemigos del PCE son los que ha tenido dentro.      Dejé ya aquel día la sede del Grupo, porque tenía que sacar las entradas de teatro para los alumnos, ya que teníamos planeada esta actividad. ¿Qué obra era? ¡Uf! ¡Me patina el disco duro! Y también tenía que ir a la sede de la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM), a entregar el texto de una conferencia sobre el maquis, también planeado para aquellos días. Además, tuve que regresar urgente a Getafe, porque la niña pequeña tenía bronquitis. No daba abasto a tanto lío. Estrés a la enésima potencia. Cuando creía haber superado el tornado de aquel día, he aquí que me llama el “Comisario”, imperioso como siempre: que tenía que volver a Madrid, que había “Comida de Grupo” en el comedor del Congreso. No valían pretextos. ¡Maldición! Otra vez carretera y manta camino de Madrid. Entré de nuevo en la oficina, y saludo allí por primera vez a Gerardo Iglesias y a Ignacio Gallego, y a un senador catalán, Francesc  Roc, cuyo perfil he olvidado. Luego, acompañado de Gerardo Iglesias, cruzo por primera vez los umbrales del Congreso, la parte nueva, donde arriba está el comedor. A la mesa: Gerardo Iglesias, Ignacio Gallego, Ramón Espasa (de Barcelona, el mejor amigo que me hice en aquellos meses), Nicolás Sartorius (hierático y distante, como siempre), “El Pole”, el senador, yo y “El Comisario”.

        El problema que se planteó en la comida fue el siguiente: hay que tomar postura parlamentaria ante la huelga general para el 14 de diciembre. El grupo parlamentario no puedía permanecer ajeno a esta cuestión. El problema era que el grupo había agotado ya el cupo para introducir esta cuestión en el orden del día. Gerardo expresa su temor a sacar el tema de la huelga en el pleno, los socialistas nos pueden llevar a su terreno, acusándonos de que la huelga es “política”, acusación que ya está lanzando el Gobierno socialista a los cuatro vientos. Ramón Espasa muestra los mismos temores. En esto se incorpora Sartorius, y anima a que este tema hay que plantearlo sin excusa ni pretexto. Se impone su opinión. Además, se menciona la negativa del Gobierno socialista a incluir en el orden del día una interpelación, porque un diputado de AP, Miguel Ramírez, ha sido maltratado por la policía, en una manifestación de agricultores. Dice Sartorius que los portavoces de la oposición están tramando un abandono en masa del hemiciclo el viernes, si continúa el “rodillo” socialista contra las iniciativas de la oposición (igual que hoy, pero al revés). Estando en la comida, se acercó a saludarme Luis Ramallo, de AP.

        El 26 de noviembre asistí por primera vez a un pleno del Comité Central, como “oyente”, sin voz ni voto, por invitación de Julio Anguita, considerando que un diputado debía estar “al loro” y asistir a estas reuniones. Saludé a Marcelino Camacho, a Enrique Líster, etc. Aquel día se analizaba un informe sobre “Análisis de la situación social y política”, además de un llamado “Documento de unidad” sobre la unidad con los “prosoviéticos” de Ignacio Gallego. Se levantó Sánchez Montero muy crítico sobre la confección del documento sin apenas debate, y asegura que nunca ha visto una cosa así en el Partido. Propone gran número de enmiendas y se niega a aceptar el catálogo de errores del Partido en este asunto. Era la voz de la “vieja guardia”. Luego, Gerardo Iglesias y Marcelino  Camacho hacen una defensa cerrada del proceso de unidad, llamando a no detenerse en minucias. Dicen que lo importante ahora para el Partido es zanjar esta cuestión y conectar con lo que ahora está ocurriendo en el país, principalmente la convocatoria de huelga general para el día 14. Julio Setién dice: “Los trabajadores se movilizan, no porque ahora estén peor que antes, sino porque intuyen que pueden estar mucho mejor”. Y una frase que oí por allí: “La noticia que no se ha escrito no existe. Y lo que no se publica, no ha ocurrido”.

Mientras tanto, entre perorata y perorata, Ernesto Caballero me esbozó nuestro plan de actuación en Córdoba, el futuro inmediato, el “agit-prop” (agitación y propaganda). Y hablamos de Curiel. Ernesto me dijo, no sé si cierto o no, que Curiel quiso ser el secretario general del PCE, y desencadenó la crisis con Gerardo Iglesias, pero erró en el procedimiento. Tenía la manía, decía Ernesto, de lanzar los torpedos a través de la prensa, antes que en el Comité Central. Un artículo de Curiel en “El Independiente” en los días de su dimisión fue lo que precipitó los acontecimientos en su operación contra Gerardo Iglesias. Yo creo que las cosas fueron más complicadas de lo que decía Ernesto. Se trataba de las consabidas rencillas dentro del Partido. Un día me contó “El Pole” que “El Comisario” se llevaba fatal con Curiel. Para mí, Curiel siempre fue un político brillante y digno de mi admiración. Cuando supe de su muerte lo lamenté mucho. Aún hoy me entristece. Se le debe un homenaje.

        El lunes, día 28 de noviembre, me había citado Curiel en el Hotel Meliá, en el gran salón central. Antes, a las 12 había quedado con “El Comisario” en la sede del Grupo, pero no se presentó hasta cerca de la una, de manera que abrevié la cita con él y, sin darle explicaciones (a pesar de que casi me lo exigía, con gran falta de tacto) abrevié la cita con él y me marché a la cita con Curiel (pero se acabó enterando, porque actuaba como auténtico espía del KGB). Encontré a Curiel en el Meliá. Le comenté mi sorpresa por su dimisión. Me comentó que él fue siempre un moderado dentro del Partido. Me aconsejó aquel día “que actuara con prudencia en el Congreso, que no utilizara lenguajes extemporáneos…”. Yo le rogué que, por favor, no se fuera al PSOE, pero él cambió de conversación. Me reveló que su crisis en el Partido ya comenzó antes de las elecciones generales. En el referéndum de la OTAN ya tuvo roces con Gerardo Iglesias. Éste le llamó la atención, porque Curiel salía demasiado en TV.

Me aseguró que vio el cielo abierto cuando lo invitaron a presentarse por Córdoba. Iglesias se quejaba también de que Curiel no le ayudaba en las tareas de dirección. En fin, quedaban en evidencia las profundas diferencias entre ambos dirigentes. Cuando lo pienso, lo lamento, porque ambos tenían muchos valores: Gerardo con su trayectoria minera, puramente obrerista; Curiel, un intelectual brillante y profesor de Universidad, luchador desde joven por el Partido, que provenía de los grupos de Enrique Tierno Galván. Los dos tuvieron un fin honorable: Gerardo, después que el Partido lo orilló, volvió a la mina, dando un gran ejemplo a los políticos de “la puerta giratoria”. Y Enrique Curiel, defenestrado primero por el PCE, y luego por el PSOE, vivió pobremente después de una vida de lucha, sin ni siquiera poderse costear los tratamientos del cáncer que le sorprendió en octubre de 2010. Creo que Curiel era demasiado valioso y brillante como para poder encasillarse en un partido político. Estaba por encima de todos y los sobrepasaba a todos.

        Tras el breve encuentro en el Meliá, Curiel me invitó a acompañarle al Congreso, lo cual aprovechó para presentarme a dos o tres periodistas, y –Oh casualidad- por allí se presentó el controvertido “Comisario”: a Curiel no le dirigió la palabra; a mí me lanzó un “Hola” seco y cortante. Tiempo después me lo echó en cara: “que Curiel no era nadie para presentarme a mí en el Congreso, que a mí me presentaba el Partido…”. Era su táctica de inquisidor, te tomaba nota de todo y luego, en frío, te lo echaba en cara. Yo me armaba de mi habitual paciencia y, como corredor de fondo, iba trazando, lento y seguro, mi travesía del desierto de la vida, con mis ojos puestos en la República de las Letras y en mi trayectoria intelectual.

        Aquel día 28 de noviembre (1988) me despedí de Curiel en la puerta del Congreso. Ya no lo vi nunca más. Recuerdo que le di a entender mi preocupación por la falta de medios y de asesoramiento, juzgando por lo poco que vi en la sede del Grupo. Él se llevó las manos a la cabeza, en un gesto que explicaba todo, y me resumió lacónico: “Búscate la vida por tu cuenta”. Y así lo tuve que hacer en los meses venideros.


3


        El martes, 29 de noviembre, a las cuatro de la tarde tuvo lugar mi toma de posesión como diputado. Acompañado de Nicolás Sartorius, entré por primera vez en el histórico hemiciclo y ocupé mi escaño. Formule mi “promesa” constitucional, a indicación, no del presidente del Congreso, Félix Pons (que estaba de viaje), sino del vicepresidente Leopoldo Torres, con su aire irónico autosuficiente, al que los dioses le tenían reservada una descomunal humillación, pues perdió su escaño en las elecciones de 1989. Sólo Sartorius me acompañó aquel día, pues los demás compañeros practicaban aquel día el absentismo. Antes de comenzar el pleno, Sartorius me había presentado a Leopoldo Torres, y a Rodríguez Sahagún (cuñado de Suárez y luego alcalde de Madrid). Ya en mi escaño se acercó a saludarme el célebre político vasco Juan María Bandrés. Y se acercó también a saludarme la secretaria de la Mesa, Irma Simón. En cambio, los socialistas me ignoraron por completo. Me hicieron el más completo vacío y ninguno me saludó, incluidos los de Córdoba. Esto me hizo reflexionar mucho sobre la soberbia del felipismo: al llegar al poder, se marean, pierden la cabeza y adoptan actitudes déspotas, muy lejos de la virtud de la clemencia que Séneca aconsejaba al emperador.

        Aquella tarde de mi toma de posesión se celebraba una de las típicas sesiones anodinas tan frecuentes en el Congreso. Veía a mi alrededor un ambiente soporífero, con no más de cuatro docenas de diputados en el hemiciclo, donde todo estaba decidido por la mecánica del “rodillo” de la mayoría absoluta socialista. A partir de entonces tuve que asistir a un mundillo rarísimo, lleno de maldades de todo tipo. Traté de cumplir con mi deber, a pesar de todo. Insisto en mi virtud intrínseca: la lealtad.

        Un inciso sobre los socialistas cordobeses que había por allí. Ni me miraban. Ni me veían por los pasillos. Soberbios, petulantes… La antítesis de la fraternidad exigible a un partido “obrero”. Por allí andaba un tal Pedro Moya. Nunca me dirigió la palabra. Su único mérito era ser primo de José Miguel Salinas, otro peón del felipismo en Córdoba, procedente de una familia franquista hasta la médula. A este Salinas, después de casarse en el Círculo de la Amistad, “sancta sanctorum” del facherío cordobés, se le perdió luego la pista y se le atribuyó un caso de comisiones de la empresa norteamericana de aviación McDonald Douglas. Volvamos a Pedro Moya: su única misión en el Congreso era levantar el dedo, cuando tenía lugar alguna votación. En Córdoba no se le ha conocido ninguna actividad en la dinámica vida social y cultural de la ciudad. Otra diputada por Córdoba era Carmen del Campo, de origen asturiano, de escasísima brillantez, a la que nunca vi protagonizar cosas de mérito en el Congreso. Luego, estaba Rafael Vallejo, algo más activo que los demás, sobre todo en los actos políticos de los pueblos. Este sí que me expresaba un tímido “hola”, cuando nos cruzábamos. Un día traté de coordinar con él el desdoble de la N-420, a su paso por Cardeña, de manera que saliera un ramal que pasara por Conquista-Villanueva-Adamuz-Villafranca, un poco en paralelo con lo que sería la línea del AVE. Respuesta: “No vamos a desnudar a un santo para vestir a otro”. La lista de Córdoba terminaba con un burócrata de tronío: Guillermo Galeote, un médico vasco que no aparecía nunca por Córdoba ni por el Congreso. Era un personaje del aparato felipista. Luego saltaría el escándalo de su implicación en el feo asunto de FILESA, y hoy es otro de los “caídos” por la corrupción. ¡Qué diferencia entre estos diputados socialistas cordobeses y aquellos luchadores de los años de la República: Vicente Martín Romera, Gabriel Morón, Francisco Azorín, Antonio Bujalance, Juan Palomino, Francisco Zafra, etc.!

        Volvamos a la fecha de mi toma de posesión, el 29 de noviembre (1988). A mediodía estuvimos comiendo en el restaurante El Prado, modesto pero selecto. Quiero recordarlo sobre todo por la conversación con que nos ilustró Sartorius (hoy también anda perdido por el monte como vaca sin cencerro). Nos reveló que a Carrillo le metieron un gol en los “pactos de la Moncloa”, por ejemplo en el tema de la revisión salarial de los convenios. Suárez se aprovechó de los escasos conocimientos de Carrillo en materia de economía. Por esta razón no se reconoció la revisión salarial mensual a lo largo del año, según el IPC, sino que se hacía una única actualización en el mes de enero, sin caer en la cuenta de que todos los meses se iba produciendo un desfase. Así, la suma de los desfases de cada mes se perdía, hasta la nueva actualización de enero siguente. Por tanto, la actualización de los salarios tenía que ser, no sólo de cara al año siguiente, sino también con carácter retroactivo, respecto al desfase de los meses anteriores. A Carrillo le dijeron que si España seguía con una inflación superior al 20% anual, la democracia se iba al garete. Y Carrillo no planteó ni exigió la cláusula de “revisión retroactiva”. Ocurría que el desfase con el IPC se corregía a comienzos de año, pero mes a mes los salarios se desfasaban, y eso ya no se recuperaba nunca.

        El 30 de noviembre tuve ocasión de presenciar uno de los plenos soporíferos típicos del Congreso. Sólo se produjo una intriga, a cargo de Miquel Roca, en la que le salió el tiro por la culata. Ante la proximidad del 14D (huelga general), Roca intentó introducir este punto en el orden del día, por vía de urgencia, lo cual requiere unanimidad de los portavoces, pero I.U. y Euskadiko Esquerra (Juan Mª Bandrés) se opusieron. Los Sindicatos eran radicalmente contrarios a que el tema de la huelga general se debatiera en el Congreso, porque allí la mayoría contra la huelga (PSOE y PP) era aplastante, y ello podía reforzar la dura campaña que aquellos días hacía el PSOE contra los Sindicatos.

        El 1 de diciembre tuvo lugar una manifestación contra otro problema: el Plan de Empleo Juvenil, rechazado por la sociedad obrera. Asistieron algunos de nuestros diputados: Gerardo Iglesias, Sartorius y Ramón Espasa. Mientras tanto, toda la mañana en el Congreso estuvo ocupada por otra intriga para pillar al PSOE sin mayoría en la votación de la Ley de Juzgados de lo Penal. En la intriga actuaba Rodríguez  Sahagún, el cuñado de Suárez, y puso de acuerdo al PP y a los demás grupos. Los socialistas sospecharon algo, y empezaron a llamar urgente a los ministros y demás diputados con cargos, para la votación, que se fijó para las 13’30. Se anunció la votación, y el portavoz del PP, Juan Ramón Calero pidió que se votara nominalmente. Así se evitaba que algún diputado socialista pulsara el botón de los ausentes. Los secretarios de la mesa iban tomando nota. Al final, los recuentos no coincidían, al filo de la necesaria mayoría absoluta. Parecía un sabotaje de algún secretario socialista. Entonces, Leopoldo Torres, en vez de acudir a los taquígrafos, siempre exactos, anuló la votación y levantó la sesión. ¡Y se armó la tremolina! Voces, pateos, bulla, vituperios, denuestos…

        Aquel 1 de diciembre tuvimos la llamada “comida de Grupo” en el comedor-autoservicio del  Congreso. Anoté una conversación interesante. Gerardo Iglesias nos contó cómo Carrillo tenía el propósito de desbancar a Marcelino Camacho de la dirección de CC.OO., y sustituirlo por Julián Ariza. ¡Siempre las intrigas de Carrillo! Pasado el tiempo, pienso que fue Carrillo uno de los que se cargaron al PCE, desde dentro. Luego, en aquella comida, se habló del marrullero Miquel Roca, y se le criticó. Se llegaba a la conclusión de que todas las iniciativas de Roca eran ambiguas, sinuosas y desembocaban en el PSOE.

        El 6 de diciembre se celebró en el Congreso la recepción de la Constitución. Acudieron diputados y senadores de tiros largos, con medallas, condecoraciones y caras de circunstancias. Nos habló el rey y aplaudió toda la corte de los gachupines, genuflecta. Pero lo más interesante para mí fue la conversación que sostuve con Antonio Romero (senador de I.U., de los mejores que ha tenido esta coalición).

        El 7 de diciembre, hice mi primera visita de “agit-prop” a Córdoba, para una rueda de prensa que me había preparado Ernesto Caballero, entonces secretario provincial del PCE. No recuerdo por qué no pude viajar en tren, y tuve que hacerlo en mi Seat Málaga, dándome una soberana paliza de kilómetros. La rueda de prensa me decepcionó, porque sólo vi delante de mí media docena de “copiadores”, que no plantearon ninguna pregunta sobre la situación que vivía el país, a todos los niveles. Les doy cuenta del clima de rutina que he hallado en el Parlamento, como consecuencia del uso y abuso de la mayoría absoluta felipista. Les hablo de la incongruente evolución del felipismo, desde el marxismo a la reconversión industrial y al neo-liberalismo, es decir, “del rojo al azul sin pasar por el amarillo”, y esto fue lo que me sacaron en titulares, que si lo hubiera previsto, hubiera matizado el mensaje. En fin, en Córdoba, las ruedas de prensa me han decepcionado siempre. Recientemente, sobre temas de la guerra civil, ha pasado lo mismo.

        Luego, Ernesto Caballero me llevó a Almodóvar del Río, donde los vecinos de un barrio se habían encerrado en el Ayuntamiento, pidiendo la instalación de agua corriente. El alcalde era del PCE, porque los socialistas se habían dividido, y entonces la Diputación se dedicaba a bloquear las iniciativas de este alcalde. Era lo de siempre: “politiquilla provinciana navajera”. Durante el viaje, Ernesto me seguía contando cómo la perdición de Curiel había sido la “capillita” que tenía con los de “El Independiente”, cuyo director, Pablo Sebastián, era de Córdoba, y ahí consiguieron que se publicara el artículo sobre la discordia de Curiel con Gerardo Iglesias, que causó disgusto en el núcleo de Iglesias. Curiel había apostado al final por Anguita, pero a condición de que se deshiciera del viejo equipo (Frutos, Palero, etc., de los cuales hoy no se sabe absolutamente nada. Se los tragó el olvido). Pero Anguita mantuvo ese equipo, y Curiel rechazó integrarse en él.

        Volviendo al periódico “El Independiente”, éste tenía entonces una actitud muy crítica contra Julio Anguita. Su director había intentado una “capillita” con Anguita (desayunos y tertulias), para cocer allí la política de la izquierda, pero “El Califa” no siguió la corriente, no sabemos si para bien o para mal, porque el PCE siempre ha andado falto de medios de comunicación.

        Mi viaje de “agit-prop” a Córdoba se cerró con una visita al alcalde Herminio Trigo, que nos recibió amablemente. Aquel día Heminio se hallaba enfadado por unas declaraciones que había hecho Anguita a “Nuevo Diario”: “El PCE no se vengará, si el PSOE lanza una moción de censura contra Trigo”. Éste decía que estas cosas se piensan, pero no se dicen. Pasó por allí el concejal de Cultura, Dionisio Ortiz, que nada se había preocupado por mi proyecto de editar unas “Poesías completas” de Pedro Garfias. Menos mal que conté luego con la seriedad y formalidad de Pedro Roso, y gracias a él el proyecto se hizo realidad. Por fin, a las tres de la tarde, casi sin comer, emprendí el regreso a Madrid, haciéndome en un solo día más de 800 kms., la mitad de ellos, de noche. Acabé destrozado.


4


        Me había apuntado a las Comisiones de Cultura, Agricultura y Obras Públicas, éstas dos últimas por consejo de mi primo Francisco Moreno Torralbo, por ser las que más atañen a los problemas de nuestra tierra. En la mañana del 13 de diciembre asistí de oyente a las Comisiones de Agricultura y de Industria. En esta comparecía el Consejo de Seguridad Nuclear. Gerardo Iglesias pidió la dimisión de uno de sus miembros, el señor Echavarri (ex comunista, lo mismo que Eugenio Triana, que presidía esta Comisión), por unas declaraciones imprudentes a la prensa. A mediodía, “comida de Grupo” en el comedor del Congreso. Se trató de la intervención de Gerardo Iglesias en el Congreso, sobre una iniciativa del Partido Liberal (señor Segurado) respecto a la huelga general. Nuestra idea era introducir un factor de serenidad, para no hacer el juego al alarmismo del Gobierno socialista y se hizo la previsión de que la huelga sería un éxito. Sartorius se mostró orgulloso del Sindicato CC.OO., “lo más grande que han hecho los comunistas en la transición, al contrario que el PCE, que ha sido una sucesión de errores”, decía él, cosa un tanto controvertida.

        Llegamos al pleno del 13 de diciembre (1988), víspera de la huelga general. Aquel día pretendía lucirse el señor Segurado, supernova del capitalismo cósmico, con las trompetas del apocalipsis. Gerardo, según lo acordado, ofreció una nota de sosiego y serenidad, lo cual desarmó a los socialistas que esperaban de I.U. el “delirium tremens”. Replicó el socialista Martín Toval, cosa fina, en tono chulo arrogante, dedicándonos los mayores desprecios, siguiendo la típica iracundia felipista.

        Y llegó el día histórico: la huelga general del 14D, para mí la más completa y “general” de toda la historia de España. “El día en que en España pararon hasta los relojes”, se decía. Y no se olvide esto: contra un Gobierno socialista. Por algo sería, a la vez una vergüenza para el felipismo. En cuanto al Parlamento, sólo 9 diputados hicimos huelga: los 6 de I.U., los dos de Euskadiko Esquerra, y Ramón Tamames. El Parlamento siempre a su bola, lejos de la realidad.

        A media noche, la TVE cortó la programación y puso la carta de ajuste. Era el clarín de la batalla. Aquella noche se decidió todo. Los Sindicatos cortaron todos los centros neurálgicos, transportes, etc. Cuando llegó el día, ningún comercio abrió las puertas. Las calles desiertas, ni bares, ni kioscos ni nada. Fue el día en que ni siquiera se pudo tomar un café. Nada más levantarme, oí el paso de la multitud ciudadana que se dirigía a los almacenes “Alcampo”, al lado de casa. Y me sumé a ellos como piquete, hasta llegar a las puertas de “Alcampo”. Los almacenes, al ver el maremágnum, cerraron sus puertas.

        Luego, cogí el coche y me dirigí a la calle Preciados, a las puertas del Corte Inglés, donde quedamos algunos del Grupo parlamentario. Había allí una multitud gritando, pero las puertas seguían abiertas. Y así siguieron. El Corte Inglés fue la única empresa que no cerró en toda España. Estando allí, vimos pasar a comprar a un conocido esquirol, el ensayista y escritor Amando de Miguel, que luego se ufanó en los medios de haber sido esquirol, con una actitud facha increíble.

        Madrid estaba totalmente desierto. Luego nos dirigimos al Congreso, donde había una pintada que decía: “Diputados esquiroles”. Después, acudimos a la sede de CC.OO., en la calle Lope de Vega, donde algunos empleados del Congreso nos pedían asesoramiento, porque los huelguistas de la Cafetería habían sido sustituidos por otros del Hotel Palace, lo cual no se ajustaba a la legislación laboral. Finalmente, nos dirigimos a la sede del Comité Central. Allí se hallaban Gerardo Iglesias y Julio Anguita. No ocurrió percance en todo el día. Fue una fecha de madurez democrática, de justa protesta contra los excesos del felipismo. Se ejerció un derecho constitucional olvidado: el derecho de huelga. Pero el pueblo es olvidadizo y voluble. En las elecciones siguientes volvieron a votar al felipismo.

         El 20 de diciembre, después de veinte días de “noviciado”, me tocó ya “cantar misa”. Y me subí por primera vez a la tribuna del hemiciclo, a defender la riqueza principal de nuestra dehesa de Los Pedroches: el porcino ibérico, y en contra de aquella “raya roja” que había impuesto el Gobierno socialista contra el comercio del ibérico fuera de la “raya roja”, justo en el invierno, un momento crucial para los productores. El PCE nunca se había ocupado de estos temas. Y entré yo en escena, con los cochinos, el zango y las bellotas.

        Pero aquella víspera por la noche, cuando yo tenía previsto concentrarme en la preparación de mi intervención del día siguiente, me llama “El Comisario” y me juega otra mala pasada. Me manda intervenir por la mañana siguiente en la Comisión de Industria, para defender una Proposición No de Ley sobre “La reindustrialización en la comarca de El Ferrol”, y otra en pro de la dimisión del Jefe de Costas de las Islas Canarias. ¡Ahí queda eso! Empecé negándome a aquel cúmulo de improvisaciones. Pero García Fonseca estaba en Asturias; Ramón Espasa, en Barcelona. Mi perdición era vivir en Madrid. El “Comisario” me tenía como el chico de los recados, poniendo parches en todos los agujeros. Gerardo Iglesias estaba preparando, decía, su intervención del día 21. Lo cierto es que nunca se prestaba a este tipo de chorradas: Proposiciones que el mismo “Comisario” presentaba sin consultar con nadie. Nunca he visto más desorganización en mi vida. Que pasara esto a mí, tan metódico y jesuítico… El reino del “Comisario” era la improvisación elevada a la enésima potencia

        No tuve más remedio que seguir el enredo. Le pedí, al menos, papeles sobre el tema. Sobre el primero me dio cuatro líneas confusas, y sobre el segundo, citas de unos periódicos canarios. Conclusión, la noche del 19-20 de diciembre no pude dormir nada. Toda la noche escribiendo mis tres intervenciones: dos por la mañana en Comisiones, y una por la tarde, sobre los cochinos.

        Las del alba serían cuando, apenas sin dormir, me puse en camino hacia el Congreso, porque a las 9 continuaban todavía las enmiendas a la Ley de Espacios Naturales, que era otro “embolao” que me había inyectado el “Comisario” (Las enmiendas las había redactado Ladislao, un ecologista que ayudaba al Grupo). A las 10 pasé rápido a la Comisión de Industria, a defender las susodichas proposiciones. Empecé con buen pie. Con verbo fluido y sosegado me lancé primero contra el corrupto jefe de Costas Canarias, pero el PSOE cerró filas en torno a su funcionario corrupto y votó en contra. Y el PP, un tal Montesdeoca, contra pronóstico, se abstuvo, dando por bueno así el desmadre del canario, con lo que ya se anticipaba lo que ocurriría en el siglo XXI, con la gran corrupción “pepera”. Luego, lo de la reindustrialización de El Ferrol. También fue rechazada, lógicamente. Se encargó de enturbiar el charco el diputado felipista gallego Isidro García, de verbo agrio, soberbio y antipático. Me llamó “oportunista”, gran estupidez. Tal vez pensaría en las grandes industrias que yo poseo en El Ferrol (ironía y sarcasmo). Cuando salí de la Comisión, me esperaba la prensa gallega y canaria, y les conté cuanto me pareció, sin reparo a mi lengua desatada.

        Yo, cansado y muerto de sueño, ya quería marchar a casa, pero el “Comisario” me la lió otra vez, haciéndome quedar a la “comida de Grupo”, “que se iba a tratar de las comisiones”, cuando sólo se trataba de preparar la intervención de Gerardo Iglesias, el día 21, en que comparecía el gran patriarca, Felipe González. Las malas formas del “Comisario” eran tales que, después del esfuerzo que llevaba toda la mañana, ni siquiera me preguntó por aquel montón de intervenciones en una mañana. Con razón se llevaba a matar con Curiel, y con la mayoría de  los demás.


Francisco Moreno en la tribuna en defensa del porcino ibérico. Diciembre 1988
      
  Llegó la tarde del día 20. Había venido a casa a descansar algo, pero salí pronto pies en polvorosa con mi Seat Málaga. En el camino me topo con un atasco descomunal, de esos que hacen historia. Entonces, temiendo llegar tarde, metí el coche por el arcén, adelantando de forma temeraria. Así pude escapar del atasco. Llegué al Congreso jadeante y sudoroso. A poco de aquello subió a la tribuna Miguel Ramírez, por el PP, a poner en solfa un decreto horroroso del Gobierno felipista, que establecía una línea separadora –la “raya roja”-, que dejaba a un lado la Andalucía del porcino ibérico y Extremadura, con gravísimo perjuicio para las explotaciones ganaderas. Ramírez los puso a caer de un burro. Yo me había preparado el tema a toda prisa, pero con bastante rigor. Curiel me había dicho que a todo el que sube a la tribuna le tiemblan las rodillas. Y algo de ello me pasó. Subí seguro de lo que tenía que decir, con cierto hormigueo, a pesar de estar acostumbrado a hablar mucho en público.

        Hablé con precisión y cierta “vis oratoria”, consciente del gran perjuicio que la “raya roja” estaba causando en Los Pedroches y en la zona del porcino ibérico. Defendí compensaciones económicas para los ganaderos, consideré la “raya roja” como una arbitrariedad del Gobierno. Me replicó por los felipistas Martín Toval, estilo víbora, lógicamente, y votaron en contra. El tema era un compadreo –corruptelas incluidas- con los productores de porcino blanco, sobre todo catalanes (Entonces vivían una luna de miel, y ahora tienen al gobierno catalán en la cárcel. Ni en los siglos de la Inquisición), y por otra parte eran las locuras de la U.E. y de la Troika. Creo que salí airoso de aquel trance. Luego supe que diputados del Parlamento de Extremadura habían llamado a la sede de nuestro Grupo, para felicitarme y solicitar el texto de mi intervención, que ellos utilizaron luego en Extremadura.


5


        El 21 de diciembre tuvimos otro acontecimiento en el Congreso. Era la comparecencia de Felipe González con relación a la gran huelga general del 14D. Tengo reflejado en mis notas esto: “El día en que Felipe besó el suelo”. Después del contundente éxito de la huelga general, y el impacto dentro y fuera de España, Felipe apareció abatido y cabizbajo, sin su chulería habitual. Hablan de su carácter ciclotímico: aquel día fue el de las horas bajas. Sin embargo, era (y es) un gran actor de teatro, capaz de saltar de pronto como una serpiente aletargada. Un puro Maquiavelo. No ha habido nunca en la España reciente un político tan maquiavélico como Felipe. Julio Anguita, que entonces no era diputado y se hallaba en los palcos del público, dijo luego que lo de Felipe “era una puesta en escena para incautos”.

        El primero en intervenir en las réplicas fue Gerardo Iglesias. Lo primero que dijo fue exactamente: “España por fin se ha parado”. Y no sé por qué, los socialistas saltaron hechos unos basiliscos: risas, ruido, pateos, abucheos… Era la mecánica socialista para acobardar al adversario. La verdad fue que Gerardo estuvo farragoso, deshilvanado… Y fuera por lo que fuera, los socialistas siempre le montaban el número. Se la tenían jurada, no sé por qué (como ahora a Pablo Iglesias). Los socialistas no han tenido piedad jamás con quien se sienta a la izquierda de ellos. De todas formas, pude observar que Gerardo no preparaba bien sus intervenciones, llevaba unas notas, y ya está. Y aquel día, el listón estaba muy alto: I.U. se presentaba victoriosa, después del éxito de la huelga. Con el pobre Gerardo la tenían tomada los socialistas. Recuerdo una noche, en “Hora 25”, en una campaña electoral, creo que la de 1986, que intervenían Gerardo y Joaquín Leguina. Éste, en un momento dado de la charla, le gritó a Gerardo: “¡Te tengo que machacar!” Así las gastaba Leguina. Otro día, en el pleno, siendo yo testigo, Gerardo Iglesias, en vez de decir “don Santiago Ramón y Cajal”, dijo “don Ramón y Cajal”. Buaaah, la repera, el griterío y el abucheo de los socialistas contra el pobre Gerardo.

        Retomemos el hilo temporal. Al día siguiente de la intervención de Felipe, los titulares de la prensa nos los arrebató Adolfo Suárez (entonces diputado muy crítico), que lanzó esto a González: “O retira usted los presupuestos o convoca elecciones”. Fue lo que más le dolió a Felipe. Si Suárez hubiera mantenido aquella línea, hubiera sido de nuevo una alternativa de partido y de gobierno. Las críticas de Suárez le llegaron a Felipe a lo vivo. Con relación a nosotros (PCE-I.U.), por aquella vez estuvo benevolente, mirando muchas veces hacia nuestros escaños, cuando estábamos acostumbrados a sus desaires de soberbia y de desprecio.

        Llegaron las vacaciones de navidad, ¡por fin!, y nos marchamos a Villanueva. El 22 de diciembre me publicó el “Córdoba” un extenso artículo sobre el porcino ibérico, en el que criticaba a la C.E.E., por su mezquindad e hipocresía con los ganaderos del Sur, al igual que la cobardía de nuestro ministro de Agricultura, el orondo distraído Carlos Romero. Este artículo fue de importantes consecuencias, porque motivó que se pusiera en contacto conmigo una excelente persona, el ganadero cordobés y presidente de la COAG, Fernando Cabrera. Este me dio las gracias de que, por primera vez, un diputado cordobés se estaba ocupando del gran problema del porcino ibérico, y me honró con su amistad y con sus informaciones.

        Gracias a este ganadero cordobés, Fernando Cabrera, pude descubrir un caso gordo de tráfico de influencias: el monopolio de los análisis veterinarios a cargo de familiares de la Consejería de Agricultura de la Junta de Andalucía. Este caso me lo trabajé muy bien, y en los meses siguientes di mucha guerra con ello. Los inquisidores felipistas presionaron a Fernando Cabrera para que no me pasara información, cuando se percataron del asunto. Meses después me contaron que un alto cargo de la citada Consejería de Agricultura, Gerardo De las Casas, tuvo el descaro de ir a presionar al presidente de la Asociación de Ganaderos del Ibérico de Extremadura, el ex ministro Alberto Oliart, dándole las quejas de que uno de sus directivos (Fernando Cabrera) estaba pasando información a un diputado de I.U. en Córdoba. Parece ser que Alberto Oliart mandó al tal De las Casas a hacer puñetas.

        El 30 de diciembre (1988) me invitaron a una reunión del Comité Provincial, en la sede del PCE en Córdoba, incluida una copa de fin de año. El tema era el análisis de la huelga del 14D, y cada uno expuso allí su interpretación y exégesis. Rosa Aguilar dijo que había que evitar la sensación de que son los Sindicatos los que hacen la oposición política en este país. Había que distinguir la acción política de la acción sindical. De la primera, el protagonismo era de I.U.

Luego, hizo su aparición Luis Carlos Rejón, decidido el ademán, con aires ejecutivos y cartera en mano, y tomó asiento en la mesa. Allí soltó a destiempo, pensando en elecciones generales, que había que ir buscando al nuevo candidato por Córdoba (yo estaba delante), con las siguientes condiciones: que debía ser miembro del Partido, bragado por la lucha y no vendible al PSOE, porque Córdoba había tenido hasta ahora muy mala suerte con sus diputados comunistas (yo seguía allí delante), como Ignacio Gallego y Enrique Curiel. Yo callaba y observaba. ¿Reunía yo aquellas condiciones rejonianas? ¿Y a qué venía plantear allí aquella noche este tema? Un personaje sinuoso, malintencionado y correoso. Años después fue él quien abandonó I.U. y se fue con el partiducho de Pedro Pacheco, en Jerez, hasta que su soberbia se consumió poco a poco en el anonimato.

        El 9 de enero fue un día importante en la pequeña historia de Villanueva. Unos días antes hablé con Jesús Rodríguez sobre el Plan Técnico Nacional de Radiodifusión que iba a aprobar el Gobierno, en el que se iban a concretar las localidades en las que se ubicarían Emisoras de F.M., y había que realizar gestiones urgentes, ya que Villanueva tenía emisora municipal, pero sin legalizar. De regreso ya a Getafe, le metí prisa a Jesús Rodríguez, director de la emisora municipal, para que viniera junto con el alcalde Paco Tébar, a fin de entrevistarnos con Javier Nadal, director general de Radiodifusión. El alcalde se excusaba, porque tenía otras prioridades, hasta que Manolo “Palmera” casi lo obligó a venir, no fuera que yo me colgara luego las medallas, porque ellos tenían planes que a mí me ocultaban.

        Pues bien, el 9 de enero (1989) se presentaron en mi casa de Getafe Jesús Rodríguez y Paco Tébar. Desayunaron y salimos rápidos hacía el Paseo de la Castellana, 118, donde nos atendió, no Javier Nadal, sino otro directivo. Habló primero Tébar, luego expuse yo la carencia de radiodifusión que tienen Los Pedroches, para lo cual llevaba preparado un mapa de Córdoba. El directivo escuchó con atención y prometió estudiar el caso. A mediodía, Jesús Rodríguez se vino a mi casa y Paco Tébar fue a la sede del PSOE en Ferraz, y habló con Ana Miranda. Yo creía que la nueva emisora que se podía conseguir o serviría para legalizar la existente o sería dirigida por un patronato cultural o algo así de gente de Villanueva, para servicio informativo y cultural del pueblo. Pero no fue así. La célula socialista de Villanueva, presa de la codicia, tenía otros planes.

        Además, en mi ayuda desinteresada, presenté una pregunta escrita en el Congreso, con fecha 24-1-1989, registrada con núm. 39.450, que decía así:

        “Según el borrador del Plan Técnico Nacional de Ondas Métricas en Modulación de Frecuencia, en vías de aprobación ya por el Consejo de Ministros, no aparece ubicada la emisora privada en Villanueva de Córdoba, dejando con ello desasistida toda la comarca de Los Pedroches (la antigua emisora de Pozoblanco es municipal), y siendo la localidad más importante de la comarca, con un buen nudo de comunicaciones (a excepción de Pozoblanco únicamente).

        “Y con gran sorpresa se observa en el citado Plan que las dos emisoras privadas para el Norte de Córdoba (dos tercios de toda la provincia) se ubican muy próximas, ambas en la zona occidental, quedando en blanco toda la zona oriental, que es la de Villanueva de Córdoba.

        “Por todo ello, se formula la siguiente pregunta: ¿Piensa el Gobierno, a la vista de estas consideraciones, modificar este punto del Plan Técnico? ¿Qué dificultades técnicas puede haber?”.

        El cambio a favor de Villanueva se produjo, y el Gobierno me respondió lo siguiente: “Villanueva de Córdoba ya está incluida en el Plan Técnico”. Efectivamente, por aquellos días, exactamente el 10 de febrero, el Consejo de Ministros aprobó el Plan Técnico, con la inclusión de Villanueva. Y lo supe a primera hora de la mañana, por una llamada que hice al despacho de Javier Nadal. Mi alegría fue enorme. Rápidamente llamé a Radio Villanueva (municipal) y en directo di la noticia. Curiosamente era el día en que Jesús Rodríguez dejaba Radio Villanueva y se iba a Canal Sur. Conclusión: mi comportamiento fue siempre correcto, altruista, pensando en cosas positivas para Villanueva. Los demás, allá con su conciencia. Y habría mucho que decir.

        La susodicha llamada la hice desde la sede del Comité Central en Madrid, porque aquella mañana nos reuníamos con Julio Anguita, acerca del problema que había surgido en el Grupo Parlamentario sobre el portavoz en el próximo debate del “Estado de la Nación”, el próximo 14 de febrero. Se había producido un malentendido, que había molestado a Gerardo Iglesias, pues, sin avisarle debidamente, se había acordado que el portavoz fuera Sartorius. En aquella reunión, ante Julio Anguita, yo eché la culpa de lo ocurrido al “Comisario”, porque a él le encargamos días antes que avisara de esto a Gerardo, y no lo hizo. Y Gerardo hubo de enterarse por la prensa de que él no sería el portavoz, sino Sartorius. El “Comisario” me guardó aquello en la caja de las fobias.


6


        Volvamos al mes de enero (1989), porque, aunque era mes de vacaciones parlamentarias, fue intenso en ocupaciones. El 10 de enero tuvimos reunión de Grupo de I.U. Allí expuso Sartorius las líneas maestras del siguiente período de sesiones: “el enfoque debe ser ya en clave electoralista”, dijo, indicando que había que ser muy selectivos con los temas, atentos sólo a los que tuvieran alguna rentabilidad. En cuanto a TVE, dijo que “éramos blandos”, que “había que abrasarla”, porque era el principal laboratorio de manipulación del felipismo (se empezó así a gestar una futura interpelación de nuestro grupo sobre el tema de TV, que acabaría en fracaso, debido a que nuestra oficina no preparó nada, y Ramón Espasa se vio desasistido).

        Se trató luego en aquella reunión del 10 de enero sobre la presidencia española de la C.E.E., iniciada en enero. Había que hacer ver en nuestras intervenciones ante la opinión pública que no se trataba de “presidencia española”, sino “presidencia del Gobierno González”. Había que contrarrestar la demagogia del “europeísmo-presidencia” a todas horas en TVE, como nueva forma de opio del pueblo, mientras se esquivaban otras cuestiones candentes del país, como el pulso pendiente entre los Sindicatos y el Gobierno, sobre lo cual se pretendía echar tierra a toda costa. Aseguraba Sartorius que en la cuestión sindical Felipe pretendía aburrir y hastiar a la gente y a los Sindicatos.

        Sartorius llamó la atención sobre otro aspecto importante: los Sindicatos no gustan que el centro de la discusión Gobierno-Sindicatos sea el Parlamento. Lógico, porque ahí dominan el Gobierno y la derecha, y ahí, I.U. no es nada, y sí lo es en la calle. Sartorius abogaba por solicitar una reunión con los Sindicatos, “para ver qué quieren que hagamos”. En realidad, el líder de CC.OO., Antonio Gutiérrez, no quería saber nada con I.U. Con el tiempo sería diputado por el PSOE. Qué cuajo hay que tener.

        En la susodicha reunión se acordó también celebrar una Jornada de Europeísmo con diputados comunistas de la C.E.E. Sería nuestra anticampaña frente al monopolio felipista del europeísmo. Finalmente, se hizo el reparto de las Comisiones, y como sólo éramos 6 diputados, yo me encontraba en casi todas las Comisiones, en unas como titular y en otras como suplente. Así que estaba en Agricultura, Obras Públicas, Cultura, etc. En mi vida trabajé tanto como en aquella etapa de diputado.

        Mientras tanto, el resto del mes de enero lo dediqué a seguir preparando mi edición de Poesías Completas de Pedro Garfias y a poner en marcha una serie de iniciativas políticas (preguntas, proposiciones, comparecencias), antes de que empezara el período de sesiones. En estos trámites previos tuve un choque con el dichoso “Comisario” (como les ocurría a los demás diputados). Él tenía poderes para que en la oficina las secretarias no escribieran una letra sin su permiso. El 23 de enero le entregué a Olga mi texto de una Proposición No de Ley sobre la rectificación o desdoble de la carretera 420 (la de Fuencaliente), para que pasara también por Villanueva. Dejé recado al “Comisario” para que, si había algo en contra, me telefoneara. Además, en la Conferencia del Partido (21-22 de enero) le había mostrado el borrador. Como no me había llamado, di por sentado que aquel lunes, día 23, mi Proposición habría entrado en el Registro del Congreso.

        Ni corto ni perezoso llamé al diario “Córdoba” y anuncié, ya como presentada, la Proposición, que expliqué. La noticia salió publicada al día siguiente. La sorpresa fue mayúscula cuando comprobé en la oficina que mi propuesta seguía todavía en el cajón. El “Comisario”, que estaba ausente, le había dado largas. Regresé a casa cabreado, con intención de expresarle mi protesta. Llamé luego y me dijeron, con mentira, que no estaba. Era la gota que colmaba el vaso. Decidí presentarme otra vez en la oficina. Lo encontré, mayestático y autosuficiente, en su despacho. Discutimos, pero todo inútil. Otros diputados tenían los mismos problemas.

        Por fin, aquella tarde del 24 de enero entró en el Registro mi Proposición sobre la N-420, que debía enlazar Villafranca, Adamuz, Villanueva y Conquista, siguiendo la nueva línea del AVE, recuperando así el antiquísimo Camino de la Plata. El caso fue que para esta Proposición me informé previamente. Acudí a la Dirección General de Carreteras, para que me detallaran el grado de ejecución de las obras entonces en el trazado Fuencaliente-Cardeña, y también para abogar por la Variante Sur de la N-432, a su paso por Villanueva del Rey, lo cual nos había pedido este alcalde, y en esto último sí que conseguí éxito. También me asesoró el académico de Pozoblanco, Andrés Muñoz Calero, que me aportó datos sobre el antiguo Camino de la Plata, según el libro de Campomanes “La carrera de Postas”, de 1.761, además de un Reglamento Ministerial de 1.720. El nombre de la Plata se aplica de varias formas diferentes: Vía de la Plata, Senda o Vereda de la Plata (de Torrecampo a Hinojosa y Fuenteobejuna), y el Camino de la Plata (Madrid, Toledo, Almodóvar del Campo, Valle de Alcudia, Conquista, Venta del Puerto, Adamuz y Córdoba). Pero estos razonamientos históricos importaban un pimiento a los socialistas.

        Un mes más tarde se vio esta Proposición en la Comisión de Obras Públicas. Yo expuse mis argumentos. Pero mi intento de colocar a Villanueva en una carretera nacional no tuvo éxito. Me replicó en contra el sevillano Antonio Cuevas, un diputado adusto y antipático, que semanas antes había sido descabalgado de la UGT de Sevilla, debido a su actitud de esquirol en la huelga del 14D.

        El 28 de enero de 1989 tuve oportunidad de montar mi mayor revuelo político, en una rueda de prensa que di en Córdoba, en la sede del Partido. Allí revelé el tráfico de influencias y nepotismo que se estaba cometiendo en la Consejería de Agricultura (Miguel Manaute) de la Junta de Andalucía, y en su Delegación en Córdoba (Cristóbal Lovera). Denuncié la existencia de un monopolio veterinario para los análisis de peste porcina. Un monopolio con dos cabezas, una de cuyas sociedades presidía José Raya, tío carnal de Rafael Bolívar Raya, Jefe de Sanidad Animal de la Junta de Andalucía; y la segunda sociedad, presidida por Antonio Jodral, ínimo amigo del mismo Bolívar Raya.

        Y había más. Entonces no había descubierto yo todavía que también un hermano de Bolívar Raya, Francisco José, estaba metido igualmente en el citado monopolio. La prensa de Córdoba recogió ampliamente este asunto el domingo 29 de enero, y el Córdoba, además, resaltó como frase del día la que yo le había dedicado al incompetente Lovera: “La verdadera peste porcina en Córdoba es Cristóbal Lovera”. Nunca me olvidará –estoy seguro- este “señorito socialista”, uno de los grandes terratenientes de la campiña cordobesa.

        La Delegación de la Consejería de Agricultura me contestó a los dos o tres días con una escueta nota descalificatoria en la prensa, y yo le aticé nuevamente a Lovera a través del Córdoba (4-2-1989, p. 18). Por aquellos días también lo puse de hoja de perejil a través de Radio Villanueva, en una entrevista que me hizo el ínclito Jesús Rodríguez. El Diario16 también recogió mis denuncias sobre el tejemaneje de los veterinarios, en una entrevista que me hizo un periodista extraordinario, Sebastián Cuevas, ya fallecido, que me profesaba admiración y amistad. Así pues, en cuestión de una semana, toda Andalucía se enteró de aquel escándalo de tráfico de influencias con motivo de la peste porcina, con los grandes perjuicios que estaban causando a los ganaderos de nuestra comarca.

        La última semana de enero de 1989 la dediqué a la presentación de diversas iniciativas en el Congreso, entre ellas la petición de comparecencia del director del Programa de Lucha contra la Peste Porcina (Julio Blanco y Quintiliano Pérez Bonilla, dos buenos pájaros de la cuchipanda felipista), los cuales no comparecieron hasta el 26 de abril, dándome lugar a una memorable intervención, en la que los puse entre la espada y la pared, por sus chanchullos e incompetencias.

        El primero de febrero de 1989 se reanudó la actividad parlamentaria con el nuevo período de sesiones. Y aquel día hube de subirme, ya por segunda vez, a la imponente tribuna del hemiciclo, nada menos que para replicar al gran Solchaga, sobre un Real Decreto-Ley de reforma del Impuesto sobre la Renta. Durante mi intervención –recuerdo- el ministro Solchaga, lleno de soberbia, miraba para otro lado, típica actitud de desprecio con que los socialistas premiaban siempre las intervenciones de Izquierda Unida. Yo estuve enérgico, ocurrente y “profético”, porque comencé así: “el señor Ministro nos trae hoy aquí un decreto que se encuentra bajo la espada de Damocles del Tribunal Constitucional. Realmente nos ha invitado a construir aquí un castillo de arena que probablemente no va a resistir la vigencia de un mes”.

        Y en efecto, así ocurrió veinte días después: el decreto fue declarado inconstitucional, y Solchaga, en su soberbia, quedó en ridículo. Al término de mi intervención me comunicó José Luis Egido, nuestro encargado de prensa, que los periodistas habían comentado como muy acertada mi intervención. Pensé que la TVE se haría eco del asunto, pero esta fábrica de manipulación (entonces, socialista; hoy, del PP. Siempre manipulación gubernamental) tenía condenada al ostracismo a la izquierda de la izquierda.

        Aquella intervención la había preparado yo cuidadosamente. Para ello fui a la sede del Partido, en la calle Santísima Trinidad, donde me atendió el “asesor económico”, un tal Adolfo Mansilla, un personaje hermético, sin ningún sentido del humor. Yo llegué allí con mi típica extroversión andaluza, y Mansilla, envarado y ausente, me dio unos informes elementales y unas sucintas explicaciones de lo que era la posición del Partido, todo lo cual hube de ampliar yo. Luego supe que este burócrata había prestado sus servicios en la sede de nuestro Grupo, en la calle Marqués de Cubas, y de allí salió huyendo por desavenencias con el “Comisario”. Increíble, pero cierto.


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        El 8 de febrero organicé un pequeño barullo en la Comisión de Agricultura. Ese día comparecía Julio Blanco, director general de Producción Agraria. Se hablaba de la peste de caballos, conejos, etc. Yo no tenía pensado intervenir y no había preparado nada, pero tuve la precaución de llevarme de casa un recorte del Córdoba, donde se exponía a toda plana el caso del arriero que llevaba un mes retenido en Hornachuelos con sus burros, esperando que llegara el veterinario para analizar y vacunar a sus jumentos. Intervino primero el diputado popular Miguel Ramírez (una de las personas que más sabía entonces de Agricultura; mucho más que la titular ministerial Loyola de Palacio), el cual atacó sin piedad y pidió la dimisión de Julio Blanco. Luego, el Sr. Castaño, del CDS, en la misma línea. No así el catalán Ferrer, como era norma en su grupo, sempiternos mamporreros del Gobierno. Y ahora (anoto esto en noviembre de 2017) están bebiendo la amarga hiel del centralismo reaccionario español, con todas sus miserias inquisitoriales, manteniendo en la cárcel a todo el Gobierno catalán. Una barbaridad histórica.

        Y por último, intervine yo, que debí de dejar estupefacto al susodicho director general, pues no debía de esperar mis estacazos. Califiqué las continuas epidemias en la cabaña ganadera como “los cuatro jinetes del apocalipsis”, taché la actuación del Ministerio como esperpento nacional y acabé pidiendo también la dimisión de Julio Blanco, después de airear el suceso del arriero de Hornachuelos. Al ver que un diputado socialista me hacía mohínes descalificadores, salí rápidamente e hice fotocopias del reportaje del arriero, las cuales repartí por la sala, una de ellas al propio Julio  Blanco, al que acabé sacando de sus casillas luego en la contrarréplica. Al día siguiente, el periódico Cinco Días se hizo eco de mi intervención.

        Aquel 8 de febrero dejé ponto la Comisión de Agricultura, porque el Partido me había pedido que estuviera presente en una concentración contra el régimen de Irán, en apoyo de los iraníes exiliados, frente al Ministerio de Asuntos Exteriores. Y allí me presenté, me puse el carnet de diputado en la solapa y nos dedicamos a gritar contra Jomeini y contra su ministro de  Exteriores, un tal Velayati. Increíble, pero cierto. El caso era que Jomeini y sus esbirros estaban fusilando comunistas en Irán como en los peores tiempos. Algunos periódicos, entre ellos Diario16, y creo que también el Córdoba, me sacaron en medio de aquella pintoresca manifestación.
El Grupo de IU: Iglesias, Sartorius, Ramón Espasa, Ignacio Gallego, Francisco Moreno y García Fonseca (de Izq. a dcha.), en el debate del Estado de la Nación. Febrero 1989

        Llegó el 14 de febrero y el anunciado “Debate sobre el Estado de la Nación”. Me situé en mi escaño con la máxima atención, para no perderme detalle, muy al contrario que Ignacio Gallego (qepd), sentado a mi lado, que se amodorraba de vez en cuando, por más que yo le daba disimulados empujones a su silla. Por su causa me sacó al día siguiente el ABC junto a Ignacio: él durmiendo y yo, menos mal, todo atento.

        Aquel día pronunció Suárez, a mi entender, su último gran discurso político. Tuvo la virtud de exasperar al endiosado González, conminándole a adelantar las elecciones. Causa espanto comprobar el grado de desmoronamiento y  desánimo político al que luego llegó Suárez, cuando tenía toda la madera de un gran estadista. Después, por I.U., la intervención de Sartorius brilló con luz propia en el segundo día de debate, un discurso en perfecta consonancia con la realidad vivida entonces en España. Lástima que este político también se encuentre hoy desorientado, con el bebedizo de no  sé qué “renovaciones” (otra operación de submarinismo pro psoe).

        En aquellos días de febrero de 1989 yo continuaba, mientras tanto, poniendo a punto mis conocimientos sobre el tema porcino, siguiendo muy de cerca las dificultades para la venta del ganado ante unos industriales decididos a aprovecharse de la situación de saturación del mercado. Me servía de informadores como Fernando Cabrera, de Córdoba, y otros (entre ellos, mi primo Francisco Moreno Torralbo), y en pocas semanas me hice un “enteradillo” en estos temas.

        Para el sábado 18 de febrero Ernesto Caballero, todavía secretario provincial del Partido, me organizó una breve “gira ganadera” por la zona de Los Pedroches. Salí temprano de Madrid, y a las 12 de la mañana ya estaba en El Viso, donde una docena de ganaderos me expusieron sus problemas. A las 5 de la tarde, en Pozoblanco, me entrevisté con el director de la COVAP, Ricardo F. Vizcaíno (qepd), que me pareció hábil, astuto y con mucha recámara, de tal manera que me recibió en un hotel de las afueras de Pozoblanco (En el San Francisco, seguramente para evitar que alguien nos viera juntos). Se mostró amable, me contó cosas y me confesó que en persona le resultaba yo mucho más apacible que la imagen que él se había hecho de mí a través de la prensa. Se encontraba, tal vez, impresionado por mis diatribas contra las cacicadas de Cristóbal Lovera.

        Por la noche de aquel agitado día tuve un acto público en el Centro de Convivencia de Pozoblanco, con buena asistencia, y comenté mis observaciones políticas después de cien días de diputado. Y a continuación –todo un récord no apto para cardíacos- me esperaba una asamblea de ganaderos de Villanueva. Fue una experiencia muy curiosa. El salón de la Biblioteca estaba abarrotado. Cuando me quise dar cuenta, me encontraba presidiendo una asamblea con la flor y nata del poderío agrario de la villa, caras nuevas que no solían ser la concurrencia habitual de mis alocuciones. Me hallaba flanqueado por Juan Blanco, presidente de IBESA, y por Francisco Moreno Torralbo, presidente de la Cooperativa Ganadera. I.U. dio entonces un buen ejemplo de saber conectar con la economía real de Villanueva. Allí estaban todos los sectores del pueblo; todos, menos los socialistas. Una prueba más de cómo el PSOE, en su paranoia gubernamental, estaba ausente de la vida real y de cualquier reivindicación ciudadana.

        Aquella noche, en la citada asamblea, se prendió la mecha que desembocó en el estallido de la huelga del 4 de marzo. Yo hice una exposición amplia y exhaustiva del problema porcino, que causó gran aceptación y asentimiento. Recalqué que había que tomar medidas y que no se podía continuar pasivamente, pero eran ellos quienes debían tomar sus decisiones, con toda libertad. Sugerí la conveniencia de que se formara una Comisión, y así se hizo. Eran momentos en que los ganaderos de Villanueva se hallaban desesperados, porque la mayoría tenía los cerdos sin vender, en medio de un caos apoteósico por las normas confusas para el chequeo serológico de los animales, chequeo que sólo tenía validez para quince días, y además, con sólo dos grupos veterinarios que tenían la exclusiva de estos análisis.

Lógicamente, no daban abasto, y el mercado del porcino estaba totalmente paralizado en la comarca. La torpeza de la Administración socialista era un mayúsculo escándalo. Para colmo, por aquellos días se había presentado por allí el gerente de la organización agraria ACEA, Antonio Medina Perales, y su discurso apaciguador no convenció a nadie, por lo que esta organización quedó desautorizada y al margen de la movilización.

Siguiendo el hilo temporal, el martes 21 de febrero (1989) subí una vez más a la tribuna del Congreso, mientras el panorama ganadero se sobresaltaba en Córdoba cada día más. Ese mismo día se hacía pública la constitución de una Comisión en Villanueva y la amenaza de cortar las obras del AVE, si no eran atendidos en una reunión que se concertó en la Junta de Andalucía (Comisión que se había constituido el día 18 anterior). En la misma fecha, daba noticia el Córdoba de mi charla en Pozoblanco, criticando los perjuicios en el sector ganadero.

Fue un mes de febrero muy marcado por estos problemas del campo, con noticias a diario en la prensa. El 4 de febrero aparecí a toda una página en el Córdoba, donde formulé durísima contrarréplica contra la gestión de Cristóbal Lovera y el Sr. Manaute. Al día siguiente, se hizo público el cierre del Matadero nuevo de Villanueva, quedando en la calle 30 trabajadores, y una gran crisis en el Matadero de Fuenteobejuna (Carnes Estellés), que amenazaba con el despido de 100 trabajadores, por la imposibilidad de exportar carne ibérica al otro lado de la “raya roja”.

El 6 de febrero, la prensa valoraba en 15 mil millones las pérdidas en el sector del porcino ibérico, no sólo por el establecimiento de la “raya roja”, sino por haber tomado estas decisiones en plena campaña de venta del porcino (Gran torpeza del ministro Romero y de los magnates de Bruselas, que podían haber esperado a la primavera o verano), así como la torpeza de las autoridades agrarias de Córdoba y Sevilla, que causaron el caos con los chequeos veterinarios. La prensa recogía el día 8 la alarma de las Industrias Cárnicas de la sierra norte cordobesa.

El día 9 se informó sobre mi petición de dimisión de Julio Blanco, director general de producción agraria, en la Comisión de Agricultura del Congreso. El 10 de febrero se hacían públicas las grandes dificultades del Matadero de Córdoba, ICCOSA, que por 500 metros quedaba dentro de la “zona sucia”, con su comercialización bloqueada.

El 15 de febrero daba el Córdoba la noticia de que se reabría el Matadero de Villanueva, pero sólo con la mitad de trabajadores, y para atender únicamente a los compromisos contraídos con las jamoneras. El día 22, la Comisión de Villanueva elevó un escrito al Ministerio de Agricultura, en el que se pedía la agilización de los chequeos veterinarios, la comercialización libre de carnes ya analizadas y, entre otras cosas, la evaluación de las pérdidas en 13.500 pts. por cabeza de ganado. El día 23 se leía la noticia de una gran manifestación en Fuenteobejuna por los problemas de Estellés. El follón que tenía liado la Administración socialista era mayúsculo. E I.U., a través de mi modesta persona, supo estar entonces a plena altura de las circunstancias.

        El 24 de febrero fue la reunión de la Comisión de Villanueva con las autoridades autonómicas en Sevilla (Manaute, Lovera, Gerardo de Las Casas, Víctor Oliver, Cristábal Huertas, y algún otro… ¡Toda una pandilla de ineptos!). El día 27, nueva reunión en Sevilla, a la que se sumaron los industriales. Se propuso a los industriales la compra de 5.000 cerdos aplicando el Contrato Homologado (a 2.990 pts. arroba, con subvención de intereses). Se negaron. Se les rebajó la arroba hasta 2.700 pts. Se negaron, y ni siquiera hicieron una contraoferta. Los industriales sólo esperaban ya la rendición incondicional de los ganaderos y conseguir aquel año el porcino ibérico a precio de saldo. A río revuelto, ganancia de mangantes. Mientras tanto, la Junta de Andalucía, impasible, sin iniciativa y sin ideas. Años después, para favorecer a los amiguetes de los ERE, sí anduvieron raudos al panal de rica miel.

        Mientras tanto, comenzaron maniobras socialistas en la oscuridad. El alcalde socialista de Villanueva, al contrario que el de Fuenteobejuna con Estellés, no se tomó en serio el gran problema de su pueblo, ni se comprometió con el conflicto. El alcalde de Cardeña, también socialista entonces, disuadió a sus ganaderos, porque aquello de Villanueva “era cosa de la gente de derechas”. Así de mala es la demagogia. A la Junta de Andalucía llegaban maldades de que en la comisión de Villanueva había personas “políticas” (se referían a dos concejales del CDS) y la presentaban como foco de los adversarios de los socialistas.

        En la Emisora Municipal, entonces regida por la camarilla socialista, se repetía lo mismo: que la Comisión era de políticos. Y con estas cantinelas, sólo colocaban piedras en el camino. Un día, estando Bernardo Blanco en el estudio de Radio Villanueva, para dar un comunicado, “El Chispa”, entonces director (hasta hoy, 30 años), tiró la silla y los papeles, y dio una “espantá”. Así pues, la Emisora y la camarilla socialista iban cada vez más a la contra, mientras todos los demás habían cedido a la generosidad de la unidad, en pro del bien común.


8

  

        Hagamos un paréntesis en este clima de tensión creciente. Volvamos a mi intervención en el Congreso el 21 de febrero. Se trataba de una Proposición No de Ley del CDS, sobre los gastos de representación y protocolo de los socialistas, la cual defendió el diputado centrista canario Baltasar de Zárate, con un tono cáustico incisivo, que luego fue perdiendo el CDS domesticado de la Legislatura siguiente. Intervine yo con una buena dosis satírica, con acopio de citas de la prensa, incluso de Gómez Llorente, apelando al ideal de la “vida modesta” de Fray Luis de León (la “aurea mediocritas”), todo, para poner en solfa a los despilfarradores del felipismo y a la llamada “Beautiful people” del mismo, lo cual provocó pataletas entre los afectos al pesebre gubernamental, y el regocijo de los desafectos. Baltasar de Zárate me felicitó, y siempre que me veía por los pasillos, me saludaba efusivamente, preguntándome cuándo intervenía yo de nuevo, porque se lo pasaba en grande con mis alocuciones.

        El 28 de febrero, una importante intervención en la Comisión de Economía, sobre un tema nuevo: la reprivatización de RUMASA (En concreto: la situación de bancarrota de “Laboratorios Friné” y “Plata Menese”). Fue otro embolado que me colocó el “Comisario”, con un anticipo sólo de 24 horas (El despiporre de la improvisación). El día anterior me vino con este papelón, pero en vez de decírmelo a primera hora, con lo que hubiera aprovechado mi estancia durante la mañana en la oficina, me lo comunicó a la hora del almuerzo, cuando ya todo tiempo me resultaba escaso para preparar el pleno de aquella semana.

Me puso en contacto con Rodolfo Benito, dirigente de CC.OO., que era quien había propuesto el tema, y, ni corto ni perezoso, le pedí que me enviara un asesor a casa aquella tarde, a explicarme lo que querían, pues yo no podía perder la tarde en los atascos de la carretera yendo y viniendo de Getafe a Madrid, cuando apenas tenía tiempo para preparar otras intervenciones urgentes. En cuanto colgué el teléfono, el “Comisario” se me puso en veinte uñas: “¿Cómo me atrevía yo a hacer venir a mi casa a un líder de CC.OO.?” Le contesté que si me hubiera avisado antes, no tendríamos estos apremios. Por el contrario, Rodolfo Benito, aunque me parecía un personaje un tanto hermético, comprendió mi falta de tiempo y me envió a casa al asesor solicitado, el cual me dio todos los datos de las citadas empresas de RUMASA.

Así pues, el 28 de febrero, pude intervenir en la Comisión de Economía, con un apabullante acopio de datos, que causó sensación entre representantes de la prensa, de manera que dos periodistas de Cinco Días me pidieron entrevista para sacar un reportaje. Los recibí al día siguiente y les facilité datos, pero se desanimaron al saber que ya Diario16 había publicado cosas.

Volviendo a  la sesión citada de la Comisión, también fue impresionante la intervención del diputado Ramallo, del PP, especialista en RUMASA. De manera que, entre los dos, pusimos en un aprieto al Sr. Díez Burgos, director socialista de la Rumasa expropiada. No dio explicaciones de nada y se salió  por la tangente. Por los socialistas habló el diputado Martínez Noval, con una serie de incoherencias y con la habitual falta de sentido crítico (más tarde llegaría a ser ministro de Trabajo). ¡Es una lástima que los españoles no sepan nada de los chanchullos que se perpetraron con las empresas de RUMASA! ¡Cómo se convirtieron en un saco de recompensas para los socialistas y sus amiguetes! Malvendidas por cuatro perras, y además con ayudas millonarias a fondo perdido… Y todo ello, con cargo a los fondos públicos. A mi modo de ver, este el mayor escándalo de corrupción de la etapa socialista, del que nadie ha tirado de la manta. Después, el PP se olvidaría rápido de este desaguisado, porque vendrían sus propios desaguisados. En fin, terminando con aquella intervención mía sobre RUMASA, quedé muy satisfecho con mi aportación, y a los pocos días me llamó Rodolfo Benito, contento con mi rigurosa labor.

En el pleno del primero de marzo tuve ocasión de formular mi primera pregunta oral, concretamente al ministro Solana, de Educación, sobre la necesidad de mantener las Lenguas Clásicas en la Enseñanza Media. La génesis de esta pregunta también tuvo sus peripecias. Se le metió en la cabeza al “Comisario” que no era una pregunta para el pleno, sino para la Comisión, y para abundar en su persuasión, me soltó la siguiente patochada: “Curiel no quería ni oír hablar de preguntas en el pleno”. -“¿Y qué tiene que ver Curiel con esto?”, le contesté. El problema le surgía al “Comisario”, porque no era una pregunta al uso en el aparato, de esas de “agit-prop”, sino un tema estrictamente cultural, el latín y el griego, que nunca ha suscitado la atención del Partido. Yo, furiosamente cultural, nunca he sido portavoz de argumentarios. Y me sospeché otra malicia: el “Comisario” me nombró a Curiel, a ver si yo mantenía alguna relación con “el hereje”.

El caso era que yo me empeñé y formulé la pregunta aquel día, para lo cual había consultado previamente con don Francisco Rodríguez Adrados, eminente catedrático de la Complutense, ex profesor mío, uno de nuestros grandes sabios en estos temas. Luego, le envié copia de mi encendida defensa de las Lenguas Clásicas en la enseñanza, y Adrados quedó muy agradecido. En cuanto al ministro Solana, me contestó con cierta amabilidad y prometió prestar atención a esta cuestión clave del humanismo. Pero fue con la boca chica, porque la Ley socialista se ha cargado la cultura clásica y la base humanística de la cultura española. Otro gran destrozo de la era felipista.

Fue aquella una semana loca, porque al día siguiente, 2 de marzo, ocurrió mi pelotera con el ministro Semprún, de Cultura, con motivo de su comparecencia. En principio, yo había enfocado mi intervención en tono muy moderado y respetuoso, dada la trayectoria anti-nazi de Semprún, y ser superviviente de los campos nazis. Pero fue Sartorius el que me dijo: “A éste, zúrrale en firme”, y tuve que cambiar mi discurso y poner a punto la caja de los truenos. Siempre me pregunté el motivo de “zurrar en firme” a Semprún… ¿La típica damnatio memoriae contra los disidentes?

Estuve preparando datos hasta altas horas de la madrugada, en lo cual conté con la asesoría del secretario del Sindicato de Actores, Fernando Marín. Esto impregnó mi intervención de un ingrediente sindical que luego me echaría en cara el nada humilde Semprún, advirtiéndome que “estaba yo muy equivocado, si creía que él iba a sindicalizar el Ministerio de Cultura”. La verdad fue que aquella mañana casi capitalicé la diatriba con Semprún y, en cierto modo, también orienté el tono de la comparecencia, por la vía de las citas literarias.

Comencé llamándole “Ulises”, que se nos había ido por las ramas y se había olvidado de Ítaca, es decir, la realidad española, a la hora de tratar los problemas de su Departamento. Mientras tanto, al citar yo a Ulises, desde el fondo socialista del hemiciclo, escuché la ocurrencia de un gracioso que gritó: “¡Bien, Polifemo!” Era un diputado de Murcia, un tal Novella. Estas “gracias” y las habituales pataletas y abucheos eran el deporte preferido de los socialistas, que iban de sobrados por su mayoría absoluta.

Volviendo a mi discurso, que estaba bien documentado en problemas del Ministerio de Cultura, y bien asesorado, tuvo la virtud de cabrear sobremanera a Semprún, de ademán y carácter bronco, que luego me atizó de lo lindo en la réplica. El diputado Garrosa, del CDS, de Salamanca, me dijo luego en el pasillo, llevándose las manos a la cabeza: “¡Cómo lo has cabreado!” Además, el hecho de abundar yo en citas literarias marcó la pauta de los discursos de los demás intervinientes, que también echaron mano de las citas, algunos de puro cachondeo. Un periodista del “Ya” me llamaba luego “provocador de citas”. Varios periódicos mencionaron mi retórica, y la TVE también me hizo comentario.

Pero lo más curioso fue que mi intervención desenfadada llamó la atención del programa de Encarna Sánchez, en la COPE, y por la tarde me invitaron al programa, y allí me presenté, detrás del Palacio de Comunicaciones. Hice comentarios en directo junto con otros periodistas que seguían las movidas del Parlamento. Siempre lamenté la muerte de Encarna Sánchez, una mujer valiente como pocas. Cuando oí de su muerte, el viernes santo de 1996, me dije: “Los mejores se van, los peores se quedan”. Mientras tanto, en Villanueva se cernía la tormenta.

    Era el jueves 2 de marzo de 1989. En Villanueva se estaba gestando ya una gran protesta ganadera debido a los errores de la Consejería de Agricultura de la Junta de Andalucía y de su Delegación en Córdoba (el funesto Cristóbal Lovera). La mayoría de los ganaderos tenía los cerdos sin vender a estas alturas del año. La Administración no hacía otra cosa que entorpecer el mercado con el retraso en los chequeos veterinarios, con equipos insuficientes y el chanchullo de la exclusiva para sólo dos grupos de amiguetes veterinarios de la Junta. Por otro lado, los industriales, oportunistas, tramaron el asedio a Villanueva, a la espera de la rendición incondicional, a bajo precio, lo cual acabarían consiguiendo.

       Para el sábado, día 4, a mediodía, se organizó una manifestación en Villanueva, a la que se citaron ganaderos de pueblos próximos, sobre todo, de Torrecampo. Se concentraron en la Fuente Vieja, y desde allí llegaron, con gran profusión de pancartas, a la Plaza de España, donde hicieron una hoguera y quemaron varios cerdos (a los que había acuchillado, previamente, mi hermano Gabriel). El hecho fue portada del Córdoba al día siguiente. En el último momento, los concentrados decidieron tomar el Ayuntamiento, ocuparon los pasillos y acordaron un encierro indefinido hasta que la Administración diera soluciones. Se desencadenó así una protesta insólita en la historia amodorrada de Villanueva.

       Me telefonearon a Madrid, para una gran asamblea en la plaza al día siguiente, el domingo al anochecer. Me puse manos al volante aquel día 5 de marzo, y allí me presenté. La plaza estuvo abarrotada. Intervinieron varios oradores, entre ellos mi primo Francisco Moreno Torralbo. Por los socialistas no habló nadie. Allí estaba el alcalde Tébar, pero de manera pasiva, y no intervino. Yo expliqué el gran perjuicio de aislar comercialmente la zona del porcino ibérico con aquella injusta “raya roja”, con la que el ministro Romero claudicó ante los intereses de los catalanes y de ciertos europeos en Bruselas. Indiqué los caminos que habría que seguir y las exigencias que habría que plantear en tres niveles: la Junta de Andalucía, el Parlamento de Madrid y el Parlamento de Bruselas. Al final, acordaron allí mismo la huelga general para el día siguiente, lunes, y dirigirse en comitiva a cortar las obras del tren AVE, por la carretera de Cardeña.

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       Yo hube de salir de Villanueva para Madrid a la mañana siguiente, 6 de marzo. Luego me dieron noticias de la huelga general: cerraron todos los comercios, colegios, etc., y una multitud hizo los cinco kms. de marcha hasta la vía, y las obras se pararon. El relato lo pudimos leer en la prensa (Córdoba, Cinco Días). El mismo día 5 había aparecido en el Córdoba un artículo mío, con diez puntos, en los que dejaba en evidencia los errores del funesto Lovera y del incompetente Manaute, y clamaba por las soluciones urgentes que necesitaba el sector porcino. Me consta que en la Administración felipista hacían estragos mis escritos y estaban desconcertados con este diputado que había salido de Villanueva. A Gerardo de las Casas, a Lovera y a otros cantamañanas incompetentes los tenía al borde del ataque de nervios. Era la primera vez que desde IU se lanzaba batalla sobre los problemas del campo, un sector olvidado de todos (principalmente, por el Gobierno socialista). Hasta entonces, con la ministra Loyola de Palacio, no había visto yo los temas del campo en la primera plana de la actualidad.

       Volvamos al Parlamento. El martes, 7 de marzo (1989), fue la comparecencia del Director General de Prisiones, Antoni Asunción, en la Comisión de Justicia (que luego fue ministro: el que dimitió porque se le escapó Roldán). El tema correspondía a Nicolás Sartorius, pero acostumbraba a colocar el embolado a los demás y me encargó la intervención. El día anterior me asesoró Ángel Miguel, de CC.OO. de Prisiones. En consecuencia, con buenos datos, hice una intervención incisiva, y monopolicé el debate con el Sr. Asunción, que me dedicó casi toda su réplica. En la prensa aparecieron algunas reseñas.

       Luego, se discutió mi Proposición No de Ley para la construcción de una nueva cárcel en Córdoba, por el hacinamiento de la existente. Me dieron pares y nones. Por el PP, aunque votó a favor, intervino Diego Jordano, que se dedicó todo el tiempo a contradecirme, de manera torpe, pues eso era propio del portavoz socialista. Este diputado Jordano nunca me pareció brillante, sino hombre huraño y antipático. Pero menos brillante aún era la diputada socialista Carmen del Campo, que actuó de portavoz socialista para rebatirme, cosa que hizo en tono embarullado y torpe. Pero apuntó una noticia: Que en 1991 empezaría a construirse la nueva cárcel de Córdoba. Con todo, consideré que algo se había conseguido con mi propuesta y llamé al Córdoba por la tarde, dando cuenta del resultado del debate. Al día siguiente salí en la página central, aunque compartiendo cartel con Carmen del Campo.

       En Villanueva seguía la movilización y el encierro en el Ayuntamiento, en el que se hicieron turnos de cuatro horas, que funcionaban perfectamente, con gran protagonismo de las mujeres, mientras los hombres iban a los trabajos del campo. El día 8 de marzo apareció la noticia de que Manaute se comprometía a ayudar al Matadero Estellés, de Fuenteobejuna, pero no decía nada de Villanueva. El mismo día, los ganaderos de Villanueva organizaron una encerrona a varios ingenieros de las obras del AVE y personal del MOPU que transitaban por la carretera de Adamuz. Cortaron la carretera, los obligaron a bajar de los vehículos y los retuvieron varias horas. La prensa se hizo eco y fue una llamada de atención más.

       Mientras tanto, la Comisión de Ganaderos multiplicaba su intensa actividad. El día 9 enviaron a la Junta de Andalucía un escrito con todas las reivindicaciones planteadas: el cumplimiento del contrato homologado, las ayudas de 13.500 pts. por cerdo, la vía libre a la comercialización de los cerdos sanos, etc. Al mismo tiempo, los encerrados recibían frecuentes visitas de solidaridad, como los políticos del CDS Juan Castaño, Antonio Delgado de Jesús, Luis Plaza Escudero (parlamentario europeo del CDS), Diego Jordano (PP), y el presidente de la COVAP, Ricardo Delgado Vizcaíno. Más tarde se hizo presente también Herminio Trigo, alcalde de Córdoba. Adhesión de muchos, pero no los socialistas.

       Para el 14 de marzo tenía anunciada el Ministro de Agricultura su comparecencia en la Comisión de Agricultura. En consecuencia, yo insinué a Villanueva la conveniencia de hacer el día anterior una manifestación en Madrid ante el Ministerio de Agricultura, y así se acordó. El lunes, día 13 de marzo, los ganaderos de Villanueva se presentaron en Madrid, en varios autocares. A eso de las once de la mañana aparecieron en Atocha, con sus banderas andaluzas y sus jamones. Allí llegaban mis hermanos Isidoro y Gabriel, y mi primo Cristóbal (Estos dos últimos q.e.p.d.). Yo me hallaba esperando, y a mi lado, el diputado Juan Castaño (CDS), Antonio Delgado de Jesús, y poco después llegó Miguel Ramírez (PP), que nos jugó una mala pasada, porque trajo consigo a Hernández Mancha, y los medios de comunicación se centraron en él. Castaño recelaba siempre de Ramírez, con razón. En el Congreso siempre me daba advertencias contra los manejos de Ramírez, tal vez porque este era un auténtico lince en los temas agrarios. Lo importante fue que diputados de todos los principales partidos estuvieron allí solidarizándose, cosa que ocurre muy pocas veces. En realidad, fue José Luis Egido, nuestro encargado de prensa de IU, quien avisó y llevó allí a los medios: La SER, RNE, Diario 16, El País, etc.

       Se me olvidaba reseñar que la policía también esperaba y habían colocado vallas en la puerta del Ministerio. La comisión fue autorizada a pasar, a fin de entregar el pliego de reivindicaciones, pero no fueron recibidos, sino remitidos a otro lugar (un gesto de mala leche), a la sede del FORPPA, cosa que la Comisión hizo por la tarde. Tuvo lugar la pausa del almuerzo, y la gente esperó el regreso de la Comisión. Sólo les dieron largas y buenas palabras. A la caída de la tarde los despedí y emprendieron el regreso. Todo estuvo bien organizado. El eco en los medios de comunicación, importante. El impacto en el Parlamento, inmejorable. Pero con el Gobierno socialista, totalmente ajeno a los problemas del campo, no había nada que hacer. Hoy día, reflexionando sobre aquello, sólo echo en falta un detalle: la presencia y el apoyo de las organizaciones agrarias (UAGA, ASAJA), que hubieran dado más fuerza a la protesta.
El Grupo de IU, en el mismo debate del Estado de la Nación, con Felipe González en febrero de 1989

       Prueba del impacto de la movilización en el Parlamento es lo siguiente. El martes día 14 tuvo lugar la comparecencia del ministro Carlos Romero en la Comisión de Agricultura, un hombre apático e inepto como pocos en la historia de la agricultura española. La comparecencia, con la complicidad del presidente de la Comisión, el catalán Josep Pau, pretendían ceñirla sólo a los temas señalados por el ministro, pero les salió el tiro por la culata, porque casi todos los grupos pusimos sobre la mesa los problemas del porcino ibérico. Ramírez, primero; luego, Castaño; después, yo... Todos exigimos con energía soluciones para los ganaderos de Los Pedroches. Pero... nada de nada. Aquel ministro inepto ni soltó prenda ni apuntó soluciones. Se fue por los cerros de Úbeda. Acabada la sesión, di por teléfono una crónica pesimista para Radio Villanueva, aún con cierta esperanza en la respuesta oral que aquella misma tarde el ministro debía darme a la pregunta que yo le tenía formulada en el pleno. Pero... ¡nueva decepción! Le planteé la pregunta oral sobre los ganaderos encerrados en Villanueva, y aquel ministro distraído no tuvo otra salida que trasladar la responsabilidad a los industriales, “que era cosa de ellos y los ganaderos”. Es decir, se lavó las manos como Pilatos. Hice grabación de aquella respuesta irresponsable y la pasé enseguida por Radio Villanueva.

       El desaliento cundió, desgraciadamente, entre los encerrados en el Ayuntamiento de Villanueva. Por otro lado, el comportamiento de los locutores de la Emisora Municipal, entonces en manos de la camarilla socialista, dejó mucho que desear, de tal manera que un día no dejaron pasar al Ayuntamiento a Antonio Lara (qepd), cuando iba a grabar unas entrevistas. La gente no estaba contenta con la manera de informar del “Chispa & Company”. Mari Cabrera no dejaba de repetir que “en la Comisión Ganadera había demasiados políticos”. Juan Mohedano “El Chispa” llegó a protagonizar un altercado con miembros de la Comisión (Bernardo Blanco), cuando daban un comunicado a las dos de la tarde. Se empeñó en cortarlos. Discutieron. Tiró los papeles y la silla por el estudio... Ese era el pitorreo de los que estaban al cargo de Radio Villanueva. Ello explica el comportamiento posterior con la Emisora, cosa que la gente ignora.

       Tampoco fue correcto el comportamiento del alcalde socialista, señor Tébar. Estuvo jugando a dos barajas. Delante de los encerrados aparentaba mostrar apoyo. Pero, por detrás, tuvo conversaciones imprudentes con el Gobernador Civil, con el delegado Lovera, con la Consejería de Sevilla, y les dio la versión de que aquello era una movida de políticos (sobre todo del CDS), y que era una cosa de cortijeros y de gente de derechas. Esto mismo lo propalaba también el alcalde de Cardeña, otro socialista. En vez de aunar voluntades, indisponían los ánimos y sembraban cizaña en los despachos oficiales. Si el alcalde de  Villanueva hubiera cumplido con su deber (como hizo el de Fuenteobejuna), el resultado final, seguramente, no hubiera sido el mismo.



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       En aquella movilización de Villanueva yo hice cuanto pude. El 15 de marzo (1989) entró en el Parlamento Europeo una pregunta escrita sobre “los ganaderos damnificados en la provincia de Córdoba”, firmada por los tres parlamentarios de IU (Pérez Royo, Antoni Gutiérrez y Alonso Puerta). El jueves, día 16, estuvo Herminio Trigo en Villanueva, mostrando su apoyo en la asamblea que todas las noches se desarrollaba en el Ayuntamiento. Todos apoyaron, menos los socialistas. Hasta tal punto que unos días antes había yo convencido en Madrid al diputado socialista de Cáceres, Victoriano Roncero, para que hablara por Radio Villanueva. Se anunció su entrevista a las once de la mañana, acudieron algunos ganaderos al estudio para expresarle sus problemas, pero llegó la hora y el diputado no llamó. Cuando le pregunté luego el motivo, me contestó que su Partido no le había permitido hablar de este asunto. Por lo menos fue sincero. Ni que decir tiene que los diputados socialistas por Córdoba no movieron un solo dedo por aquel conflicto. Sin embargo, los siguieron votando. Así es el comportamiento incoherente de las masas.

       El 15 de marzo, los encerrados en el Ayuntamiento trataron de endurecer sus medidas de presión, bloquearon la entrada al edificio y a las oficinas, y sólo permitían realizar los trabajos urgentes. Siguió alguna entrevista más con Manaute en Sevilla, y sólo consiguieron la promesa de algunos créditos “blandos” para los industriales (que luego no se cumplió) y rebajar el chequeo al 10% de los cerdos que ya antes habían sido analizados. Manaute prometió también otras subvenciones, de las que se desdijo a los pocos días.

       El 20 de marzo, aprovechando que estaba en su escaño el apático ministro Carlos Romero, le entregué unos certificados veterinarios, según los cuales en varios pueblos (Santa Eufemia, Hinojosa, Belalcázar, Villaralto) hacía más de cuatro y seis años que no se daba ningún caso de peste porcina. Romero los guardó con escepticismo, diciendo: “Es que no vamos a ir rectificando la raya roja aldea por aldea”. Así de malasombra y así de malángel. Era un ministro que carecía de ese elemental amor propio para defender en Bruselas a los agricultores de su país. Es más: no viajaba, porque le daba miedo el avión. Es decir, un caso perdido. Con todo, esta gestión de los certificados la notifiqué al Córdoba y salió la noticia al día siguiente, si bien colocaron a mi lado la foto de Hernández Mancha, no sé por qué, para hacernos la puñeta. Son las cosas raras de la prensa, porque este señor no tuvo nada que ver en el asunto.

       El 29 de marzo viajó la Comisión a Sevilla. Los recibió Víctor Olives y les confesó que de lo dicho antes, nada de nada. Ni subvenciones para Mataderos ni para almacenamiento ni nada. Manaute se desdecía así de anteriores promesas. La indignación de la Comisión llegaba al paroxismo. Declararon a la prensa, actuando de portavoz Juan Campos, de Torrecampo, que harían una demanda judicial a la Administración por los gravísimos perjuicios causados.

       Así las cosas, dada la postura negativa de la Administración socialista, la lucha de Villanueva no tenía más remedio que sucumbir. El Gobierno socialista agachó la cabeza en Bruselas, consintieron en aquello de la “raya roja”, pero no quisieron saber nada de las consecuencias de aquella irresponsabilidad.

       Los beneficiarios de aquel desaguisado fueron ciertos Mataderos e industriales, que compraron a precio de saldo e hicieron su agosto. También se frotaban las manos los catalanes, grandes productores de cerdo blanco, que veían así crucificados a sus competidores del cerdo ibérico.

       Por aquellos días, también aceleré unas gestiones en el Parlamento Andaluz aprovechando unas preguntas sobre el porcino que planteó el Grupo Mixto. Me llamaron desde Sevilla y le preparé a Antonio Romero unas enmiendas a aquella iniciativa, que eran las siguientes: 1) Fijar un calendario para la realización de varias campañas al año de análisis serológicos. 2) Solucionar el grave stock de porcino existente en Villanueva. 3) Actualizar la raya divisoria y la progresiva sustitución por el sistema de aislamiento de focos.

       Aunque la movilización de Villanueva terminó en la última semana de marzo, entre otras cosas porque se echó encima la semana santa, la Comisión siguió intentando alguna gestión más, y yo mismo seguí dando alguna guerra en el Parlamento en el mes de abril.

       Aún he de reseñar alguna actividad parlamentaria más en aquel agitado mes de marzo. El día 16, intervine en el pleno con motivo de la creación de la Universidad Carlos III, que IU tanto había reivindicado para el Sur de Madrid (de nuevo, unos cardan la lana y otros se llevan la fama); un discurso que me quedó muy bien, muy documentado, con el asesoramiento de nuestro grupo en la Asamblea de Madrid (Enrique Olmedillas, Salvador Torrecilla e Isabel Vilallonga). Me referí a que también había luchado mucho por esta Universidad Ramón Tamames, “cuando trabajaba para nosotros” (porque entonces se hallaba en el Grupo Mixto). Esto divirtió mucho a Tamames y desde entonces me llamaba “su antiguo patrón”. Nicolás Sartorius (hoy tan descarriado) me estuvo observando desde el escaño y le di una lección de “vis oratoria”, con documentación e, incluso, con ribetes poéticos.

       La semana santa fue la última de marzo. Aquellas vacaciones estuvo a punto de echármelas a perder un nuevo embrollo del “Comisario”. En el Sahara se celebraba no sé qué asamblea del Frente Polisario y tenía que ir un diputado de los nuestros. Como todos escurrieron el bulto, se empeñó en venderme a mí aquella “moto”. Pero yo no me imaginaba en semejante aventura, por las arenas del desierto, la boca seca y las picaduras de alacranes... Le dije que el encargado de asuntos exteriores era Gerardo Iglesias, y no estaba dispuesto yo a cargar con los mochuelos que rechazaban los demás, y lo peor: para una extraña asamblea de cuya importancia política nada se supo después. Así que al final tuvo que ir el propio “Comisario”. Yo aproveché aquellas vacaciones en dar el último empujón a mi edición de Pedro Garfias, que me traía de cabeza por falta de tiempo. Preparé la introducción y corregí las pruebas. Se publicó en junio, con el patrocinio del Ayuntamiento de Córdoba.

       El martes, 4 de abril, entré de nuevo en faena parlamentaria. Compareció en Comisión el presidente del FORPPA, Vicente Albero. Me preparé bien y le planteé toda la problemática del porcino ibérico, en una larga intervención que a duras penas logró cortarme el presidente de la mesa. Antes, había intervenido por el PP, Diego Jordano, pero sin dominar el tema como yo (modestia aparte), a pesar de que ellos habían pedido la comparecencia. De todas formas, las ayudas del FORPPA tampoco estaban pensadas para los ganaderos de Villanueva. El PSOE estaba cerrado a cal y canto sobre este asunto.

Al final de la sesión hablé personalmente con el Sr. Albero, sobre todo para la concesión del aval a unas promesas de préstamo que había insinuado la Junta de Andalucía para los ganaderos. Me dio el nombre de una entidad para este fin, llamada SAECA. Lo comuniqué a los de Villanueva, pero no consiguieron nada. Al mismo tiempo, le hice ver al Sr. Albero la cantidad de desaguisados que la Administración había cometido en Córdoba. Y de manera diplomática, vino a darme la razón, diciendo: “Desde luego, no se puede perturbar el mercado de esa manera”, refiriéndose a las torpezas de Lovera y de Manaute. Pero en aquello se quedó, y si te vi, no me acuerdo.

       En la misma sesión de la Comisión de Agricultura aquel 4 de abril también intervine en réplica al Director General del ICONA, Sr. Marraco Solana, que respondía a una petición del PP sobre “emisiones contaminantes a la atmósfera”. También allí tuve un cierto protagonismo, basándome en una sucinta información que me había hecho llegar Ladislao Martínez, nuestro consejero de AEDENAT. Eran unos datos del propio ICONA y de “GREEN PEACE”. Me quiso negar los datos el Sr. Marraco, pero yo me empeñé en mis trece, haciendo diferencia de los dos informes que él pretendía aludir como uno solo. Y en estos dimes y diretes nos cortó el presidente de la mesa y acabó la sesión.

       El mismo día 4 de abril, por la tarde, me permití una improvisación en la tribuna del pleno. Dos procuradores de las Cortes de Castilla y León defendían una proposición de transferencias en materia de Educación. Mientras hablaban tomé unas notas y subí a “tomar posición” en nombre de IU. Argumenté que “si España había apostado por el Estado de las Autonomías, estas debían estar plenas de contenido. Lo contrario sería admitir desigualdad de trato de unas Autonomías a otras”. Como puede observar el lector, la vida del Parlamento no podía ser más agitada para un grupo con 6 diputados. Los grupos grandes eran Jauja: había diputados que sólo intervenían una vez en toda la legislatura, y a veces, ninguna. Teníamos que hablar de todo, saber de todo, y andar como tres con un zapato... una vida no apta para flojones, pazguatos o juanlanas.

       El pleno del 5 de abril por la tarde fue bastante movido. Tuve que intervenir en dos interpelaciones: una sobre sanidad animal (CDS) y otra sobre la vivienda (PP). La del CDS se titulaba genéricamente “sobre ganadería”, con toda intención por parte del diputado Castaño, a fin de pillar descolocado al portavoz del PP, Miguel Ramírez, al que profesaba secreta y profunda animadversión. Me dijo Castaño una semana antes: “Aunque titulo ganadería, se refiere al control sanitario de la misma. Prepáratelo bien, pero que no se entere Ramírez”.

       Castaño defendió su interpelación, haciendo ver sobre todo la falta de garantía sanitaria en nuestras importaciones cárnicas, así como en la circulación interior de carnes, las negligencias de los Mataderos, de los veterinarios, etc.

       El ministro Romero no apareció. Era un gran absentista. Le sustituyó el ministro “comodín”, es decir Virgilio Zapatero, entendido en todo y experto en nada. Cuando subí yo a “fijar posición”, argumenté que la infraestructura sanitaria ganadera y agroalimentaria en nuestro país es muy deficiente. Cité la ruina de los criadores de conejos, debido a la “peste china”, satisfaciendo así a un granjero de Pozoblanco que me había hecho llegar sus problemas. Y en este punto de la argumentación me interrumpió la diputada socialista canaria Dolores Pelayo -auténtica entrometida-, diciendo: “¿Otra vez?”, y le contesté desde la tribuna, mirándola con tal indignación que jamás volvió a interrumpirme ni yo le dirigí más la palabra.

       Seguí mi perorata y, entre otras deficiencias, cité los frecuentes errores de los laboratorios de Sanidad Animal de Córdoba, donde análisis positivos de una semana, resultaban negativos a la semana siguiente, según me había informado mi gran amigo (amistad telefónica) Fernando Cabrera, ganadero de Córdoba, que en paz descanse. Esta referencia llamó la atención de un periodista de INTERVIU, Carlos Matías, que estaba publicando el caso del maíz envenenado importado de EE.UU. Tanto interés tomó en mis datos que viajaron a investigar en Córdoba y en Villanueva, donde también había habido casos de equivocaciones en diversos análisis. La verdad es que me hice notar como diputado. No estuve mucho tiempo, pero me satisface pensar que no pasé desapercibido ni fui uno del montón.


11


      Quedó nuestro relato en el Congreso de los Diputados el 5 de abril de 1989, en una interpelación del CDS sobre sanidad animal. Terminada aquella interpelación, aquella misma tarde me vi envuelto, a continuación, en un nuevo berenjenal con el tema de la vivienda. Interpelaba el PP (El ex ministro Ortiz González) y puso el dedo en la llaga: durante la gestión socialista cada vez se hacían menos viviendas de protección oficial, mientras que las de iniciativa privada se situaban por delante (política de derechas de los socialistas). De este dato incuestionable se publicaron después muchas estadísticas en la prensa. Pero el ministro Sáenz de Cusculluela lo negaba, según el típico hábito socialista de negar las evidencias. Subí yo luego a la tribuna y expuse unos datos que me había proporcionado un tal Gerardo, del sector de la Construcción de CC.OO., con unas propuestas y detalles de interés, aunque me pasó equivocada la fecha de transferencia de estas competencias a las Comunidades Autónomas. Luego, la diatriba con el ministro Cusculluela la protagonizó también el diputado Martínez Campillo, del CDS, muy entendido en estos temas.

      Al martes siguiente, 11 de abril, se presentaron las mociones correspondientes a estas interpelaciones. En el tema de la vivienda aporté nuevos datos, a la vez que daba palos a diestra y a siniestra, sirviéndome de estupendos informes que me facilitaban los compañeros de la Asamblea de Madrid, sobre todo Enrique Olmedillas, el abogado asesor, servicial y simpático (abismal diferencia con nuestro intrigante “Comisario”). Presenté unas enmiendas en la moción, que en realidad me las prepararon en la Asamblea de Madrid. Y terminé brillantemente, con un recorte de prensa del día, sobre una manifestación en Vallecas en demanda de vivienda digna (No se olvide que la manifestación era en la etapa socialista). Saqué allí mi recorte y con toda solemnidad enfaticé que un gobierno de “izquierdas” tuviera sin vivienda digna a muchos sectores humildes.

      A continuación venía la moción del CDS sobre la sanidad animal. Acababa de salir aquel día la revista INTERVIU con la información del maíz “envenenado” importado de EE.UU. Y me dije: “aquí te pillo y aquí te mato”, y en cuanto subí a la tribuna, hice referencia a aquellos datos, con lo que en parte le reventé la idea a Miguel Ramírez (PP), que andaba por allí con la misma revista debajo del brazo (No obstante, a la semana siguiente, Ramírez presentó una moción sobre el asunto del maíz). Aproveché para hablar de los fraudes veterinarios en Mataderos de León, que extendían guías sobre vacas inexistentes. Esto llamó la atención de Ramón Tamames, que me felicitó por descubrir aquellos chanchullos, y luego me decía por los pasillos: “¿Qué? ¿Has encontrado ya las vacas que no existen?” Y aquella noche, para acabar de echar la sal al huevo, saqué una vez más a colación el tráfico de influencias en la Junta de Andalucía sobre las exclusivas veterinarias, lo cual causó las iras socialistas, incapaces, como siempre, de apechugar con la cruda realidad. Concretamente se puso a patalearme un diputado gris y mediocre, un tal José Antonio Amate, de Almería, al que lancé una buena andanada: “¿Qué? ¿También tú tienes parte en el chanchullo de los veterinarios?”.

      Cambiando de tema, unos días antes, el viernes 7 de abril, Izquierda Unida celebró un encuentro europeo con diputados comunistas del Parlamento Europeo (Recuerdo algunos de Portugal, Francia, Italia,...). El lugar fue la sala internacional del Congreso de los Diputados, por su necesario servicio de traducción simultánea. La idea fue de Sartorius y la habíamos aprobado en el Grupo Parlamentario en el mes de enero. Se pretendía un gran efecto publicitario de cara a las elecciones europeas del próximo 15 de junio. Pero, desgraciadamente, aquel mismo día celebró el PSOE una convención o algo así, y se llevaron todos los titulares de la prensa, de manera que nuestro encuentro parlamentario internacional pasó prácticamente desapercibido, pero fue una iniciativa muy importante.

      Recuerdo que estuvimos en la sesión, durante toda la jornada, Ramón Espasa, García Fonseca, Alonso Puerta, Antoni Gutiérrez, Isabel Vilallonga y otros. En general, estaba invitada toda la plana mayor de la dirección comunista española, pero, siguiendo un mal hábito de la “camaradería”, se dedicaron a “hacer pasillos” y dejaron casi vacía la sala de conferencias, en la que apenas participaron. En el receso de medio día tuve ocasión de charla con la señorita Domingo, de Valencia, que luego resultó elegida. También, con el diputado Antoni Gutiérrez, encargado de temas agrarios, con el que convine en tener asidua correspondencia.

      Por la tarde, una vez terminadas las intervenciones, asistí a un incidente curioso. A Ramón Espasa se le ocurrió llevar a los diputados extranjeros a visitar el hemiciclo, cosa que sacó de quicio al “Comisario”, no sé por qué. El caso es que discutieron en un pasillo con tal acaloramiento que Espasa mandó al otro “a la mierda”, literalmente. Hubo luego por la noche una cena de gala en las mismas dependencias del Congreso. Yo me senté al lado de Vilallonga (Luego, otra descarriada como López Garrido) y del luego concejal de Madrid Franco González. Este me pareció persona de poco peso, para el protagonismo que luego le brindó el azar. Hubo discursos: muy subido y galante por parte de Sartorius, y otro más llano por parte de un diputado francés, creo que el portavoz del Grupo Parlamentario en Bruselas.

      Volvamos a las andanzas parlamentarias. El 18 de abril celebramos comida de Grupo, como la mayoría de los martes. Y aquella tarde me tocaba otra vez subir a la tribuna, con motivo de una proposición del CDS sobre el alquiler de viviendas. A unos apuntes que ya tenía yo, sumé otros datos que el mismo Sartorius me proporcionó mientras tomábamos café en el bar. Defendió la proposición Iñigo Cavero, por el CDS. Subí yo y aticé de lo lindo, por lo que el vicepresidente Granados, en un alarde de intolerancia, me interrumpió y quiso enmendarme el guión. Protesté con tal decisión que llamé la atención de la prensa. Se interesaron por mí ante José Luis Egido, nuestro encargado de prensa, y al día siguiente ofreció referencia “El País”.

      El 19 de abril (1989) fue la interpelación de Ramírez sobre el “maíz envenenado”, de lo que el ministro de Sanidad ni sabía ni quería saber, y mucho menos el ministro de Agricultura. La moción correspondiente se presentó el día 25, y  el asunto pasó sin pena ni gloria por el hemiciclo, con lo que la estrategia de Ramírez, en combinación con el periodista de INTERVIU, no tuvo la repercusión pretendida. Luego, el periodista siguió mi pista sobre las deficiencias de los análisis de los laboratorios de Córdoba, se entrevistó conmigo en el comedor del Congreso, y viajó a Córdoba capital y a Villanueva, donde investigó ante algunos ganaderos cuya dirección yo le di. Después, no supe qué pasó con aquellas investigaciones.

      El 21 de abril salí para Córdoba, en un viaje de “agitación y propaganda”, programado por Ernesto Caballero, y que resultó un tanto complicado. El secretario de Montilla, camarada Jiménez, me había fijado, él por su cuenta, una conferencia en Montilla. Me llamó y yo le dije que sí, sin saber que él tenía piques con la dirección de Córdoba. Y por otro lado me entero de que también el día 21 me habían puesto un mitin en Espejo. Cuando se enteró Jiménez, montó en cólera. Su mujer, que se puso una vez al teléfono, calificó el mitin de Espejo como una “maniobra” de los de Córdoba. Y yo, en medio, queriendo contentar a todos. De manera que di el mitin de Espejo y, a toda prisa, me presenté en Montilla y pronuncié la conferencia, por cierto con una gran concurrencia. La esposa de Jiménez debía seguir tan enfurecida que ni siquiera apareció por allí. Regresé a las tantas de la noche a Córdoba, donde Antonio Lizaga (residente en Getafe, marido de Laura Contreras) me había dado la llave de un piso vacío, frío y destartalado. Ahí solía alojarme, a diferencia de Curiel que, cuando iba a Córdoba, se alojaba en el Meliá Palace y luego pasaba las facturas al Partido. Yo nunca le pasé al Partido en Córdoba ninguna factura de ninguna cosa. Siempre usé (pocas veces) el piso vacío de Antonio Lizaga, ofrecido tan generosamente.

      Aquella gira terminó el domingo, día 23, con la “marcha de la juventud por el Empleo”, desde Montalbán a Fernán Núñez, para lo cual fuimos trasladados en autocar desde Córdoba a Montalbán (Ernesto Caballero, López Calvo, otros y yo). Todo un recorrido a pie, pasando luego por La Rambla y Montemayor, donde se nos iban uniendo los proletarios de esta zona de la campiña “roja”. Varios cientos de personas caminamos en un gesto utópico y testimonial. Por el camino, Canal Sur y Telesur me gravaron entrevistas que no sé si emitieron luego. En Fernán Nuñez fue el mitin de cierre, cuyo alcalde acabó con los pies destrozados por la caminata. Allí tomé la palabra e hice mi habitual repaso a la política de derechas y a la corrupción de la socialdemocracia felipista, cosa que no agradaba al entonces recién estrenado secretario provincial Manuel López Calvo, al que nunca comprendí en sus escrúpulos con el felipismo, palabra que tampoco le gustaba. Una persona muy especial, de esas con las que nunca tuve “química”, ni él conmigo, de modo que nunca ha asistido a mis numerosos actos públicos en Córdoba, desde entonces hasta hoy. Aquella misma tarde tomé el talgo para Madrid, leyendo por el camino la biografía de García Lorca, de Ian Gibson. Impresionante.

      La última semana de aquel mes de abril también fue muy movida parlamentariamente. El día 26 acudió en comparecencia solicitada por mí el Director General de Producción Agraria, Julio Blanco, acompañado de su lugarteniente Quintiliano Pérez Bonilla, dos buenos pájaros de los entresijos del Ministerio de Agricultura. De momento, tramaron la maniobra de no llevar taquígrafos a la Comisión, para boicotear mis críticas, ya que, al no haber taquígrafos, las intervenciones no se publicaban en el boletín de las Cortes. En esta maniobra estaba también la mano negra de Josep Pau, socialista catalán, presidente de la Comisión de Agricultura. Protesté yo y protestaron otros diputados. Eran las marrullerías del felipismo.

      Empezó el Sr. Blanco dando una información triunfalista sobre los logros en la erradicación de la peste porcina y llegó a mostrar un recorte de prensa del “Córdoba” (19-4-89), donde Francisco Sicilia, con gran imprudencia, hablaba de “exceso de producción en la zona”. Esto era una golpe bajo a la ganadería jarota. Yo califiqué a Sicilia de persona no cualificada en el tema, y lancé mi gran cantidad de datos sobre el porcino ibérico, la pésima política agro-ganadera del felipismo, las contradicciones y el tráfico de influencias en la Junta de Andalucía.

En fin, una intervención demoledora. Luego, intervinieron: Castaño (CDS) y Jordano (PP). Este último, por los cerros de Úbeda, como siempre. A este político cordobés lo veía siempre con el paso cambiado y con un gran barullo mental. Siguió luego la Comisión con otros temas, y se marcharon los vapuleados Blanco y Pérez Bonilla. Al salir, Pérez Bonilla hizo gestos de amabilidad conmigo, valorando mis conocimientos “porcinos” y teniendo buenas referencias de mis trabajos, a partir del ganadero cordobés Fernando Cabrera, con el que ellos hablaban a menudo. Cabrera fue el que me contó que los dos susodichos tenían explotaciones de porcino blanco en Toledo, a nombre de las esposas. ¿Cómo iban a preocuparse por el porcino ibérico?

      Luego, en la misma Comisión se debatió mi Proposición No de Ley para la creación de un nuevo laboratorio virológico en Los Pedroches. La apoyaron todos los grupos, excepto los socialistas, lógicamente. Por ellos habló un diputado gallego, Manuel Martínez, malasombra y sin gracia. También estaba allí la malhumorada Dolores Pelayo, que salió refunfuñando por mis alusiones al tráfico de influencias en la Junta de Andalucía. Pero me sorprendió la reacción a mi favor de otro diputado socialista, Victoriano Roncero, de Cáceres, que se enfadó por esos casos de amiguismo y favoritismo, y cuando ya todos salíamos, dijo alto y claro que “esas cosas no se deben permitir”. Una excelente persona este Roncero. La señora Pelayo se alejó mascando ortigas.


12


      Y llegó el día 27 de abril (1989) y la esperada comparecencia del Ministro de Agricultura, el flemático y apático Carlos Romero, para explicar la reciente firma de los precios agrarios en Bruselas. Fue una larga espera la de esta comparecencia, tras un ir y venir sobre la negociación de los precios agrarios, cuyo gran logro, para el ministro, era que se firmaban antes del verano y no en el otoño, como en otros años. Y con este señuelo se presentó en el hemiciclo a vendernos la burra tuerta, cuando los precios aprobados seguían siendo una ruina para el hombre del campo. Yo preparé bastante bien mi intervención, utilizando los datos y un fax de la COAG (Porque el Ministerio ni siquiera había publicado los precios aprobados).

Pero antes, aquella mañana, me esperaba una gran odisea de tráfico, porque se había declarado una huelga de trenes de cercanías y el atasco de la carretera de Toledo llegó a la apoteosis del caos. Me puse en camino a las ocho de la mañana, y eran las diez, y apenas había recorrido 8 kms. Mi angustia no tenía límites. Me aterrorizaba pensar que llegara mi turno de replicar al ministro y no hubiera nadie de I.U. para hacerlo. Por fin, abandoné el coche en la calle, y a carrera abierta, me presenté en el Congreso, con la lengua fuera. Una mala pasada de los atascos de tráfico en Madrid, que pueden desesperar al santo Job. Pero llegué a tiempo. Carlos Romero aún no había subido a la tribuna.

      En mi ausencia se había producido un agitado debate sobre la UEO, con una trifulca descomunal entre Gerardo Iglesias y los socialistas, cosa habitual. Gerardo Iglesias, que siempre iba al grano en sus intervenciones, tenía la virtud de exasperar a los socialistas, y la bronca estaba siempre servida. Aquella mañana hubo gritos, pataleos. Vociferó Martín Toval; también hizo de las suyas Miguel Ángel Martínez, “matones” socialistas,... y el pobre Gerardo allí aguantando el chaparrón. Y todo, porque abominó de la UEO y de la OTAN, como organismos trasnochados del capitalismo.

      Subió el nefasto Romero a la tribuna, a defender lo indefendible, porque los precios aprobados en Bruselas eran una rebaja más de las ya acostumbradas. Durante más de una hora nos sometió a la tortura del aburrimiento. Yo repasaba mi discurso. A mi lado sólo estaba Ignacio Gallego. Terminó el ministro “de las rebajas” y hube de salir el primero al ruedo, a colocar las primeras banderillas. Hablé del “parto de los montes”, descalifiqué los precios aprobados y le di al ministro el título de “pedrisco de la agricultura española”. Volví a mi asiento y le dije por el telefonillo al diputado Ramírez: “Ya tienes el toro preparado; ahora, entra al descabello”. Y en efecto, el vapuleo fue descomunal.

      La rencilla la introdujo el diputado gallego Senén Bernárdez, que quiso enmendarme la plana, negando mi cita del parto de los montes al Arcipreste de Hita y atribuyéndola exclusivamente a Horacio. Esto estimuló al ministro que creyó pillarme por ese lado. Al final, exigí la palabra desde mi escaño y logré dejar al ministro en ridículo, dejando claro que la cita, aunque proviene de Horacio, el que la desarrolla es el Arcipreste de Hita, e incluso le di el pegote de saberme de memoria la estrofa en la que está la cita, la 98 del Libro del Buen Amor. De esta controversia de citas se hizo eco el periódico “Ya”.

El periodista Gregorio Bartolomé publicó varios chascarrillos en los días siguientes e incluso me dedicó unas letrillas al respecto, sobre la pugna Moreno-Senén. Ocurría, en fin, aquella escaramuza parlamentaria cuando ya el hemiciclo volvía a estar concurrido, porque, a continuación, comparecía el célebre Corcuera sobre política antiterrorista (No conocíamos entonces sus grandes chanchullos con los fondos reservados en el Ministerio del Interior, con Rafael Vera, San Cristóbal y toda la pandilla mafiosa...Y me parece que los sustitutos van por el mismo camino, como se ve ahora con el “marrón” del CESID. Son las cloacas malolientes del poder).

      A finales de abril pronunció Julio Anguita una conferencia (“La Alternativa”) en la sede del Club Siglo XXI, a la que asistí. Presentó el acto el ex diplomático Gonzalo Puente Ojea. Habló luego Julio con su típico torrente de ilusión, el último utópico de este final de siglo materialista, consumista, adocenado, aborregado y mediocre. Me senté al lado de Herminio Trigo, con el que estuve platicando. Quién iba a pensar el giro posterior de este hombre, prudente y formal por otra parte, ofuscado luego por ese engendro adulterino de la “Nueva Izquierda”. Lamentables desvaríos de los terrícolas. En aquel acto también traté de ultimar detalles con Carlos Carnero, el encargado de temas internacionales del PCE, sobre mi próximo viaje a Roma, a la Conferencia del Frente Polisario. Le urgí sobre el discurso que él debía redactarme para ese acto. Ya veremos qué desorganización y despiste mostró en este asunto.

      Abril terminó con una huelga de ferrocarriles, por lo que no pude estar en Córdoba para una charla en la Sede de CC.OO., que debía yo pronunciar junto con el profesor Antonio Barragán. Sí logré, por fin, ponerme en camino para estar en la manifestación del 1º de mayo en Córdoba. Me perdía la gran manifestación de Madrid, a la que no había faltado ningún año, siendo líder de CC.OO. el gran Marcelino Camacho. La manifestación de Córdoba transcurrió sin nada relevante. Fui a comer al campo, con familiares y amigos de Ernesto Caballero. Por la tarde, de nuevo el tren para Madrid. Por poco tiempo, porque el 5 de mayo hube de volver a Córdoba para un mitin de precampaña a las elecciones europeas.

      El mitin estuvo mal organizado, improvisado, y se celebró en el Sector Sur. Compartí micrófono con Manuel López Calvo, el nuevo secretario provincial, el cual andaba suspicaz por mis ataques a la “política de derechas” del felipismo. Quería manos suaves con la socialdemocracia (Duró poco como secretario provincial).

      En la mañana del sábado 6 de mayo se celebró en el Ayuntamiento de Córdoba una reunión sobre la crisis de la fábrica CENEMESA, con asistencia de los comités de empresa y cargos políticos. Los diputados socialistas no dijeron “esta boca es mía”. Yo intervine, formulé algunas propuestas, con lo que conquisté la primera página del “Córdoba” dominical. Regresé a Madrid el mismo sábado por la tarde. Se celebraba aquella noche el para mí de siempre nostálgico Festival de Eurovisión. Me bajé un momento del Talgo en Alcázar de San Juan y entregué una propina a una empleada de Estación, para que llamara a casa, a Getafe, y encargara a mi hija que me grabaran el Festival. No se me olvida la cara de extrañeza de aquella empleada ante semejante recado, pero lo cumplió. La vida de diputado era así: había que vivir a salto de mata, sin tregua ni descanso, de un lado para otro como el baúl de la Piquer.

      Ocurrió después mi viaje a Roma, a la Conferencia Europea sobre el Frente Polisario, los días 9-11 de mayo. Un día antes acudí urgentemente a la sede del Comité Central, porque Carlos Carnero (luego abandonó el PCE y pasó a turiferario de los socialistas) todavía  ni me había preparado el discurso ni me había dado las instrucciones necesarias. Cuando llegué, aún no había escrito nada. Allí tuve que esperar hasta que, de prisa y corriendo, redactó dos cuartillas de mala manera. Las típicas chapuzas e improvisaciones que siempre me han desesperado. Luego no sirvió de nada, porque el Frente Polisario, descortés con la fidelidad de I.U. hacia su causa, sólo pidió un único discurso a Ramón Tamames, que fue el único que habló en la Conferencia en nombre de todos los diputados españoles. Fue un viaje de sumo interés, a pesar de mi pánico a los aviones. Llegamos a Roma, el 9 de mayo a mediodía. A las 4 de la tarde era la apertura de la Conferencia en el palacio de Montecitorio, con diputados europeos y una nutrida representación del Polisario. Yo saludé, en nombre de I.U., a los líderes saharauis, incluido el delegado en España, Hash Admed. Este era el que nos daba las consignas a los diputados españoles sobre cómo les gustaba la estrategia diplomática. Desde el primer momento observé en Admed su extremo cuidado en halagar a los del PSOE. Cierto exceso de compadreo que no me hizo mucha gracia.

      Aquella misma noche fuimos agasajados todos los congresistas por las autoridades italianas con una fastuosa cena en una típica villa romana: los salones del Palacio Brancaccio. Una comilona increíble, en la que hicieron desfilar ante nosotros más de una docena de platos diferentes. Imaginé entonces lo que debieron de ser las orgías romanas. La comida que aquella noche se desperdició fue la que eché de menos en los días siguientes, porque, dicho sea de paso, en Roma se come muy mal. No hay más que pizzas. Y en los bares no hay nada de comer: sólo helados y pizzas. Nada de tapas, pinchos, bocadillos, nada. Y, además, todo carísimo. Pero la cena de villa Brancaccio fue apoteósica, digna de los emperadores romanos. Aquella noche estuve hablando con Ramón Tamames (entonces del CDS), y comentamos la reciente moción en el Ayuntamiento de Madrid, en la que habían caído los socialistas. Le hizo gracia mi exégesis del hecho comparándolo con el pecado de la “hybris” de los griegos: la soberbia socialista y su prepotencia habían provocado su propia caída.

      Hice aquellos días cierta amistad con varios diputados: Emilio Olabarría (PNV, después miembro del C.G. del Poder Judicial); con un senador socialista de Puertollano, de nombre Fernando, muy competente; con Joseba Azcárraga (EA),... y tuve ratos de charla con Jon Larrínaga (EE), Ramón Tamames (CDS) y Néstor Padrón, socialista canario y un poco cantamañanas.

      La tarde del día 10 nos escapamos de la Conferencia tres diputados: Joseba Ascárraga, Fernando y yo. Nos enrolamos en un grupo de turistas y gozamos de una visita a los puntos monumentales de Roma. Después, los tres nos fuimos andando hasta la columnata del Vaticano y estuvimos sacando fotografías. El socialista Fernando estuvo muy comunicativo. Me contó que ellos recibían toda la paga de diputados, y sólo entregaban al Partido 25.000 pts. (En I.U. se entrega más de la mitad de la paga), y me reconoció que el camino del felipismo no era correcto.

      La Conferencia terminó sin pena ni gloria, sin apoyos de los Gobiernos, sino más bien de grupos políticos, de manera dispersa y heterogénea. Las conclusiones y documentación que allí se repartió las traje a Carlos Carnero, al Comité Central, y le di cuenta de la opinión reticente que la Conferencia me había producido, y del desaire que nos había hecho el Polisario, encargando el discurso a Ramón Tamames. Carlos Carnero me recibió hermético y distraído. Aparte de eso, no cumplió su palabra de pagarme todos los gastos extras. Me dijo que me abonaría taxis, comida, etc., y de lo dicho no hubo nada. Me abonaron sólo el avión y alojamiento en el Hotel Delta (cerca del Coliseo), pero todo lo demás, que supuso un pastón, de lo que presenté factura, nada de nada. Quede dicho para los que piensan que “todos” los políticos van a chupar del bote. Muchos sí; pero los decentes, no. En mi caso, la política me costó dinero.

13


        El miércoles, 17 de mayo, reanudé mi actividad parlamentaria. En la Comisión de Industria defendí mi proposición para el enterramiento de la vía férrea a su paso por Getafe. Me documenté bien y creo que  me salió una sólida defensa de este proyecto, muy necesario por otra parte, porque Getafe estaba partido en dos por el ferrocarril. Pues bien, el socialista Dávila Sánchez se encargó de rechazar el tema con los “argumentos” más peregrinos y absurdos. Años después, los socialistas retomaron mi propuesta, ya con su sello, y a día de hoy la vía lleva años soterrada. Pero su primer defensor fui yo.

        El 23 de mayo fue agotador, con numerosas intervenciones en Comisión y en el Pleno. En la Comisión de Agricultura planteé una pregunta amplia sobre la falta de un reglamento actualizado para los Agentes Forestales. Compareció, no el Ministro, sino el Subsecretario Arévalo Arias, un burócrata de poca enjundia, que me despachó con una serie de incoherencias, mientras que yo entré de lleno en la cuestión, contando con muy buena información de unos agentes forestales que habían acudido a nosotros, uno de Doñana y otro, de Canarias, a los cuales los socialistas les hacían la vida imposible por sus actividades sindicales. Aquella mañana puse en un buen aprieto al susodicho Arévalo.

        Por la tarde, en el pleno, me tocó hablar de los asuntos más heterogéneos. Primero subí a “posicionarnos” sobre la propuesta del PNV (Emilio Olabarría), para crear un defensor del contribuyente, en lo cual nos abstuvimos. Luego, fijé posición sobre la Ley del Mecenazgo que presentó el PP (Sr. Calero). Antes, el Sr. Calero se tuvo que batir el cobre con el socialista Victoriano Mayoral, de Cáceres, un demagogo de tronío, digno de un lerrouxista de comienzos de siglo. Nosotros votamos a favor de la toma en consideración de esta Proposición, pero les aticé a los del PP, por las carencias que se observaban en la iniciativa. Y es que los de derechas, en hablando de cultura, enseguida tocan fondo. Y por otro lado, aticé a los socialistas por su concepto superficial de la cultura, su política de subvenciones a todo tipo de “paridas”, literalmente, lo cual escandalizó a los fariseos y sirvió de jolgorio para los pocos que me apreciaban.

        Ataqué la “cultura-propaganda” de los felipistas. Cuando cité a Alfonso Sastre, observé los mohínes de algunos, como los del socialista Miguel Ángel Martínez, mientras con la mano hizo la forma de una pistola (tildando de terrorista al dramaturgo). Entonces yo levanté el tono de la voz y, mirando airadamente al tal Martínez, apostillé: “¡Yo defiendo al gran Alfonso Sastre desde esta tribuna, con toda la tranquilidad del mundo”!. Martínez se metió el pico debajo del ala. ¡Qué tropa!

        Por tercera vez aquella tarde subí a la tribuna para hablar de carreteras. El diputado cacereño Felipe Camisón, del PP, hizo una documentadísima intervención sobre los chanchullos socialistas en materia de contratación de Obras Públicas, la mayoría contratadas a dedo (Años después, los del PP serían mucho peores. Una pena de democracia pisoteada). Luego eché en cara a los socialistas que desde los bancos de la derecha les tuvieran que decir tales verdades como puños. Lógicamente, los socialistas me patalearon, típica reacción cuando no se tiene razón. Luego, Felipe Camisón me felicitó por la energía que mostré en el rechazo de las corruptelas socialistas. Mi amigo Baltasar de Zárate (CDS) se lo pasó bomba oyéndome en mis diatribas anticorrupción.

        El 24 de mayo (1989), Blas Camacho, del PP, presentó una importante interpelación sobre la privatización de un paquete de acciones de REPSOL, donde demostró indicios de favoritismos e irregularidades gordas. Del asunto REPSOL se habló luego poco en los medios de comunicación, y creo que ahí ha quedado enterrado otro filón de chanchullos de aquella deriva penosa del poder socialista que, debiendo brillar por la política de fraternidad, igualdad y justicia social, se venía sumergiendo en el fango inconfesable. El felipismo fue el comienzo del fin de la izquierda fraternal en España, hasta hoy. El caso fue que, después de la interpelación, Camacho me dio las quejas porque nadie de I.U. había subido a fijar posición. Le dije que esto pertenecía a nuestro compañero García Fonseca, que había sufrido una intervención quirúrgica. En realidad, fue otro fallo del “Comisario”, que se olvidó del asunto REPSOL.

        En aquella misma sesión, más tarde, se incluyó una interpelación de I.U., la única a la que teníamos derecho en el período de sesiones. Sartorius había puesto mucho énfasis en que había que sacarle mucho partido a esta interpelación. Propuso como tema el retroceso de ciertas libertades durante el caudillaje socialista, como ataques a la libertad de prensa, etc. Entonces, él encargó a una de las oficinistas la recogida de datos. Pero Sartorius se olvidó enseguida el asunto. Ni siquiera estuvo presente para la defensa de la interpelación. Fue Ramón Espasa el que tuvo que salir, centrando la cuestión en la manipulación de RTVE, teniendo en cuenta que se acercaban las elecciones europeas.

Pero más grave aún fue que a Ramón Espasa no le pasaron ninguna información al respecto. Iba a llegar la hora de la intervención, y no tenía información ni había preparado nada. Sólo estábamos Ramón y yo en los escaños. Entre los dos hilvanamos diversas notas. Por ejemplo, comparamos el slogan del PSOE (“Vota PSOE con fuerza en Europa”) y el slogan institucional (“Vota con Europa”), donde se apreciaba una auténtica coincidencia subliminal. Con esto y otras cosas, Ramón Espasa subió a la tribuna. Menos mal que por el Gobierno sólo estaba para replicar Rosa Conde, de pésima oratoria. Eso, unido a que sólo había 17 diputados en el hemiciclo, Ramón Espasa salió más o menos airoso del trance. Por supuesto, ningún medio de comunicación se hizo eco de aquello. A la semana siguiente se vería la moción al respecto.

El 30 de mayo presentó Isabel Tocino (PP) una Proposición No de Ley sobre la creación de un Instituto para la difusión del castellano en el extranjero. La demagogia socialista, cosa habitual, rechazó aquello. Luego, ellos, un año después, crearon el Instituto Cervantes. Es decir, votaron en contra de las ideas de los demás, y más tarde se apropiaban de ellas, a fin de que la oposición no se apunte nunca ningún tanto. En esa Proposición subí yo a la tribuna a exponer nuestra posición. Utilicé muy buenos datos, porque me había puesto al habla con el presidente de la Real Academia, D. Manuel Alvar. Yo desvié el tema hacia la Real Academia, de la que hice una defensa cerrada, a la que el Gobierno dedicaba una subvención ridícula, de manera que el director o los académicos, cuando iban a las Reales Academias de Latinoamérica, se tenían que pagar los viajes de su propio bolsillo. Hablé con tanta energía que el presidente Sr. Pons me interrumpió, pero yo seguí en mis trece, hablando de la mezquindad de los socialistas con la Real Academia.

Cuando acabó el debate, Isabel Tocino subió a mi escaño y me felicitó por los datos y las reflexiones que yo había aportado, mostrando cierta sorpresa por mi conocimiento del tema. Luego, el mismo D. Manuel Alvar me hizo llegar por escrito su agradecimiento y me obsequió con un folleto sobre la historia de la Real Academia. Nadie ha defendido nunca a la Real Academia como yo lo hice entonces. Cuando después he conocido la creación del Instituto Cervantes por el Gobierno socialista, con sede en Alcalá de Henares, y presidido por Nicolás Sánchez Albornoz, muy pocos sabrán que esa idea salió de la oposición dos años antes, en 1989.

El 31 de mayo (1989) se vio la Moción preceptiva a la nuestra Proposición No de Ley de la semana anterior, sobre la manipulación en RTVE. De esta Moción, dos cosas que resaltar. Primera, la terrible dureza, ira y soberbia con que el portavoz socialista Pedro Bofill atacó a Ramón Espasa. Después de oír aquello, fui mucho más consciente del abismo de odio que los socialistas tenían abierto frente a nosotros, abismo que me parece han mantenido siempre. Fue la última intervención de Bofill, ya que se marchó al Parlamento Europeo. La segunda observación fue la valiente intervención que tuvo Luis Ramallo (PP), que llamó al pan, pan; y al vino, vino, provocando un barullo descomunal entre los gamberros de siempre. Todo ello, en medio de la actuación parcial del vicepresidente de la mesa, señor Granados, socialista.

Terminó el mes de mayo con otra acalorada interpelación al Gobierno: la ayuda a las víctimas por el aceite de Colza, tantas veces prometida por los socialistas y nunca hecha efectiva. Pues bien, Ramón Espasa puso en marcha la idea de presentar una interpelación conjunta de todos los grupos, incluido el PP, que prometió adherirse, y sin embargo, a la hora de la verdad, el PP (Sr. Calero) se descolgó y presentaron ellos por su lado otra interpelación con el mismo contenido. Intervinieron Ramón Espasa e Isabel Tocino. Espasa estuvo inmejorable aquella tarde, enérgico y documentado. Recuerdo como momento de mayor tensión una intervención por alusiones del diputado socialista Ciriaco de Vicente, que se agarró al micrófono con una soberbia y una ira, digna de Júpiter tonante. Nadie puede hacerse la más remota idea de cómo actuó el PSOE durante su mayoría absoluta. Hoy se cuenta y parece imposible de creer. Luego, la irrupción de los gobiernos del PP ha elevado la corrupción a la enésima potencia y han puesto la democracia española bajo mínimos, en la UCI, con respiración asistida, robando a manos llenas, haciendo crónica la corrupción en todos los órdenes, politizando al límite la judicatura nacional, llegando a encarcelar a todo el gobierno catalán por directrices políticas. Como diría Valle-Inclán: “En estos días menguados, la Leyenda Negra es la historia de  España”.


14

  

La primera mitad de junio de 1989 fue casi inactiva en el Congreso debido a la campaña por las elecciones europeas, excepto algunos paréntesis en una Comisión de Investigación sobre las Transacciones Inmobiliarias, en la que trabajé intensamente. También ultimé los detalles finales de mi edición sobre Pedro Garfias, a punto de salir de la imprenta, pero las prisas no son buenas y salió muy mal, tanto que la he borrado de mi lista de publicaciones, teniendo en cuenta que el tema lo dejé a la perfección en mi edición de 1996.

        Me marché a Córdoba la última semana de la campaña, para una serie de mítines que me pusieron, pero, sorprendentemente, ninguno en la capital. El que llevaba el cotarro ahora era Manuel López Calvo. De momento, di mítines en Bujalance, en Nueva Carteya, en Doña Mencía, en Villanueva de Córdoba, el día 12, en la plaza, acompañado de Francisco Pineda. Para el cierre de campaña me mandaron, el día 13, nada menos que a Carcabuey, mientras en Córdoba cerraban: Julio Anguita, Luis Carlos Rejón y López Calvo. Aquella noche regresé tan contento a Villanueva con mi coche, pero no sin perderme y aparecer en Almedinilla. Llegué a Villanueva a las tantas de la madrugada. ¡Qué vida!

        El 14 de junio, día de reflexión, otro viaje a Córdoba. Se presentó en la Posada del Potro mi primera recopilación de “Poesías Completas” de Pedro Garfias. Me presentaron Pedro Roso y el concejal de Cultura Dionisio Ortiz. Salvo Rafael García Contreras, ningún otro dirigente de nuestro partido estuvo presente, a pesar de que el autor era diputado por Córdoba. No se enviaron invitaciones ni apenas se preparó el acto. Y el diario “Córdoba” dedicó un espacio mínimo a esta noticia cultural. Con todo, aquella tarde pude platicar con buenos y selectos amigos, como Rafael Balsera del Pino (qepd), que aquel día descubrió a Garfias y quedó vivamente impresionado, y Sebastián Cuevas (qepd), hombre amante de las letras donde los haya. Aquella noche fue también a verme José Luis Casas, en nombre de la Diputación, y me invitó para un ciclo de conferencias sobre la guerra, que se celebraría del 6 al 10 de noviembre.

        El 15 de junio por la mañana, camino de Madrid. Fuimos a votar por la tarde a nuestro colegio electoral de Getafe. Y he aquí que en la misma puerta del colegio electoral se exhibía una pancarta de “Vota PSOE”. Lo consideré una ilegalidad, efectivamente. Me dirigí a nuestro interventor (que no se había percatado de nada, el pobre). Entonces me dirigí al presidente de la mesa y le dije que, si no retiraban la pancarta, haría una impugnación. El presidente se mostró dispuesto a ello, pero la interventora del PSOE destapó la caja de los truenos. Luego me enteré de que era la esposa del alcalde. ¡Entre unos y otros… la madre que los parió! Lógicamente, la pancarta fue retirada. Pues bien, aquel gesto mío anticaciquil no gustó al jefe del Partido en Getafe, camarada Gilaberte (problemático hasta más no poder) y me echó un día en cara que “cómo había yo causado aquel disgusto a la esposa del alcalde”. ¡Qué cosas había que ver!

        No recuerdo bien si fue antes o después de la campaña, que ocurrió otro lío con el “Comisario”. Resulta que un día, sentados en nuestros escaños, le llega a Manuel García Fonseca un “recadito” de representar al Partido en un coloquio sobre el Frente Polisario en el Ateneo. Estaba anunciado Gerardo Iglesias, pero como siempre se excusó. García Fonseca puso el grito en el cielo, porque él se consideraba totalmente ajeno en el tema, cuando era yo el que había ido a Roma con este fin. García Fonseca se levantó airado del asiento, cogió a Sartorius y lo llevó al pasillo: “Que ya estaba harto de las filias y las fobias del Comisario y de sus intrigas”. Luego, como yo me mostré ajeno al asunto, acabó asistiendo García Fonseca.

        Reanudamos la actividad parlamentaria el 20 de junio. Me tocó intervenir primeramente fijando posición sobre la deducción del IRPF de los gastos generados por la educación de los hijos, iniciativa presentada por la diputada Rudi Úbeda (PP). Yo había llamado antes al Comité Central, al encargado de economía. Quedamos en que me mandaría unas orientaciones. No lo hizo. Opté, no por la polémica de la “libertad de enseñanza”, sino por el aspecto meramente fiscal, pensando sólo en la enseñanza pública, que también genera muchos gastos, sobre todo cuando el estudiante tiene que pasar del pueblo a la capital. Así lo hice, pero la diatriba no iba por lo fiscal, sino por la demagogia de “enseñanza pública/enseñanza privada”, donde llegó a cotas inverosímiles el diputado socialista Sr. Mayoral. En nuestros escaños, sólo Ramón Espasa y yo.  

Intervine a continuación en una Proposición No de Ley del PNV, sobre la creación de una fiscalía antidroga. Aproveché unos datos que tenía de la INTERPOL, de gran rigor, y me sirvieron para rellenar el momento. Pero entró en escena el diputado socialista Ángel Luna, armó la marimorena, y me contradijo diciendo que mis datos no eran ciertos, sin ningún porqué. Parecía que el único lema era “machacar al enemigo”.

Al día siguiente, 24 de junio, bajé otra vez a la Sede de Córdoba, para una rueda de prensa. Allí acudió también Ladislao Martínez, miembro de AEDENAT, el cual nos había proporcionado unos datos sobre el cementerio nuclear de El Cabril, según los cuales, el Consejo de Seguridad Nuclear reconocía que las instalaciones de El Cabril eran ilegales. Así lo expusimos en la rueda de prensa, y al día siguiente la noticia ocupó lugar destacado en el “Córdoba”. También aquella mañana me tenían preparada una entrevista con los vecinos de El Arrecife, una aldea de La Carlota. Les prometimos apoyo para la circunvalación de la autovía Madrid-Sevilla.

El 27 de junio, se vio en Comisión nuestra redacción final del Informe sobre Transacciones Inmobiliarias, de cuya ponencia (o comisión de investigación formé parte). La ponencia la presidió el socialista vasco José de Gregorio, el cual mostró siempre para mí gran amabilidad y cierta amistad (cosa insólita, pues). Él pretendía que la ponencia se aprobara por unanimidad, pero Martínez Campillo (CDS) votó en contra. Nosotros votamos a favor, pero haciendo constar la gran cantidad de irregularidades que se dan en España en el tema urbanístico. Hice un largo y documentado análisis de la situación, basado en todo el material del que habíamos dispuesto, material que me leí de cabo a rabo. Quedé satisfecho de la exposición, y la prensa del día siguiente se hizo eco de ello. Los socialistas pretendían dulcificar la cuantía de las irregularidades urbanísticas, y había que ejercer un contrapeso. En general, los miembros de la ponencia acabamos satisfechos y con buenas relaciones entre nosotros, cosa insólita en aquel infierno que era el Congreso. Acordaron el último día que comiéramos juntos en un restaurante cercano, y yo les preparé un obsequio: un ejemplar para cada uno de mi libro “La guerra civil en Córdoba”, con dedicatoria incluida (José de Gregorio, Luis Pagán (PSOE), Felipe Camisón (PP), Luis Recoder (CiU), y Eugenio Triana, socialista ex comunista.

Un inciso curioso: antes de la comida, cuando yo venía con la bolsa de los libros de la editorial, me topé en el guardarropas con el socialista Manuel Chaves, los dos solos, y se me ocurre sacar un libro de “La guerra civil”. Él, a medio metro, ni me veía. Y le digo, entrometido: “Mire lo que hacemos allá por Córdoba”. Torció los ojos de soslayo, dejó intuir una sensación de asco infinito y, sin decir palabra, recompuso su silueta hierática. Nunca olvidaré cómo se pueden expresar el asco y el desprecio sin decir nada. A partir de entonces, siempre me he preguntado “en qué puede consistir el izquierdismo socialista del señor Chaves”, hijo de un militar de alto rango.

Volviendo a la ponencia de urbanismo, la prensa se hizo amplio eco de mi intervención y de los problemas que yo señalé en el sector de la vivienda. Ya unos días antes se había filtrado a “El País” algo de la ponencia, y que “el propio Francisco Moreno, de IU, había redactado uno de los capítulos de la ponencia”, como era verdad. Yo mismo comenté luego con la periodista, creo que se llama Anabel, los efectos de la filtración. Me aseguró que había sido reprendida por el PSOE, concretamente por el presidente de la ponencia, José de Gregorio. Parece ser que a él le habían reprendido desde más arriba. También se pusieron celosos los catalanes y el PP, que hasta entonces no habían redactado nada para la ponencia, y a última hora también ellos introdujeron unos folios. En una última votación, se redujo algo mi aportación y se introdujeron algunos párrafos de los celosos, que no había dado ni golpe.

Y otra anécdota. El día en que se publicó mi aportación en la ponencia tuvimos “comida de Grupo”, en el comedor del Congreso. Pues bien, una vez más el “Comisario” nos sorprendió con otro de sus respingos. En vez de alegrarse y felicitarme por conseguir colocar a I.U. en la prensa, se apeó echándome en cara que yo había redactado aquel Informe sin contar con él ni comunicarlo al Grupo, como si en nuestro Grupo le comunicase a él nada nadie, ni anduviera nadie con trámites jesuíticos, y más, cuando todos andábamos a salto de mata. Estaban allí Ignacio Gallego, Ramón Espasa, Antonio Romero… y dieron muestras y gestos de que aquella salida de tono les producía incomodidad. Pero había más.

Seguimos en aquel mismo 27 de junio. Como decía, andaba yo satisfecho aquella mañana por los buenos resultados de la ponencia sobre la vivienda. Y el “Comisario” salió con otra pata de cabra. Se topó conmigo en el pasillo y me echa en cara que yo había buscado asesoramiento en la Comunidad de Madrid, cuando él tenía un arquitecto designado para estos casos. Todo mentira, porque en el Grupo no asesoraba nadie y ¡ay del que no se buscara asesoramiento por su cuenta! Aquella tarde me tocaba intervenir sobre el Artículo 19 de la Ley de Carreteras, y obviamente había acudido a los compañeros de la Asamblea de Madrid, que me facilitaron datos muy interesantes. Ciertamente, “nos teníamos que buscar la vida”, con lo cual él quedaba en evidencia, ciertamente. En fin, un caso perdido. Fue la última vez que hablé con el “Comisario”, afortunadamente, porque las vacaciones de verano estaban al caer. Fue el único problema de orden personal que hube de soportar en aquella andadura por la casa de los horrores. En realidad, tuvimos el problema, sobre todo los tres diputados más activos, incluyendo a Ramón Espasa y a García Fonseca. Éste llamaba al susodicho: “Un saco de filias y de fobias”.


15


También el 27 de junio fue la última vez en que subí a la tribuna del hemiciclo. Primeramente, para rechazar la pretensión del PP (Miguel Ramírez) de reformar el Art. 19 de la Ley de Carreteras, a fin de poder construir junto a las carreteras de circunvalación, lo cual era una barbaridad. Pero al mismo tiempo lancé otros datos especulativos de los propios socialistas, que me habían facilitado los compañeros de la Asamblea de Madrid, sobre todo Enrique Olmedillas. Uno de aquellos días había yo visitado la Asamblea de Madrid, y les regalé un libro sobre el poeta Garfias a Isabel Vilallonga y a Olmedillas.

Finalmente, subí a la tribuna, a hablar de incendios y repoblación forestal. Había tomado datos del propio Diario de Sesiones y construí bien aquella mi última intervención, aunque tales esfuerzos no servían para nada ante el “rodillo de la mayoría absoluta” contraria.

Eran tan variados los temas que hube de tratar en aquella tribuna que, con razón mi amigo el militar historiador catalán Carlos Engels me contó lo siguiente en una carta, de fecha 18-9-89: “Mi querido amigo: durante la primavera pasada tuve ocasión de charlar en una visita de un diputado del PP por Santiago de Compostela con ocasión del programa ‘Empresas Parlamentarios’, quien se deshizo en elogios de Vd., alabando a ‘ese chico de IU que ha sustituido a Curiel y que lo sabe todo’. Me alegro mucho que tuviera Vd. el reconocimiento, aun de sus adversarios políticos”.

Por aquellos días obsequié con otro libro de Garfias al corresponsal de RNE en el Congreso, Luis Carlos Ramírez, el cual quedó impresionado por tan merecido homenaje al poeta, y me citó al día siguiente, para grabarme una entrevista. En efecto, se hizo la grabación en el pequeño estudio que RNE tiene en el Congreso, para un espacio de los viernes a las 12 del mediodía. Ramírez, que me trató con gran simpatía, me puso en contacto con Eduardo Moyano, que realizaba el programa “El ojo crítico” en RNE, a las 12 de la noche. También este locutor se tomó gran interés en el tema, y me citó para la grabación correspondiente el día 29 de junio. Me envió un taxi al Congreso, donde acababa de intervenir en Comisión, sobre la comparecencia del Consejo General del Poder Judicial, un embolado que me pasó Sartorius. Pude observar que a Sartorius sólo le apetecía ir al Congreso, cuando había alguna sesión importante, con posible repercusión en la prensa, pero en la ingrata labor perruna de cada día, en las comisiones y en el pleno, ahí nunca iba y solía aprovecharse de los novatos, como era mi caso, que no me dejaban vivir. La Comisión de Justicia era suya, y no tenía derecho a molestar a los compañeros de manera tan abusiva. Ya unos días antes, también me quiso liar con la comparecencia de Corcuera sobre el Grupo Trevi, pero no me lo dijo Sartorius directamente, sino a través del “Comisario", el cual me “ordenó” tajante que fuera a esa comparecencia, y le contesté tajantemente que no podía yo tampoco, y se acabó.

En cuanto a esta comparecencia del Consejo General del Poder Judicial, el 29 de junio, a las 4 de la tarde (Un tema de Justicia, que pertenecía a Sartorius), no me lo ordenó el “Comisario”, sino que me llamó directamente Sartorius y me lo pidió. Acepté con una condición, que me dejara en la oficina del Grupo una cuartilla con la información pertinente. Todo mentira. Fui a la oficina y no había ninguna nota. Cabreado, me hice con el Informe del Defensor del Pueblo de 1988 y algo de mi cosecha, y preparé algo para salir del paso.

Presidía la mesa el mayestático Félix Pons, junto con Hernández Gil, compareciente. Luego, los portavoces fuimos diciendo nuestras chorradas. Primero yo; luego Joseba Azcárraga, que se sentaba a mi lado. El dedo en la llaga lo empezó poniendo Íñigo Cavero (CDS), con enorme contundencia. Mi sorpresa fue el portavoz socialista, Sr. Granados, uno de los vicepresidentes de la Cámara, diputado por Ciudad Real, que perdería su acta en las próximas elecciones y acabaría encontrando un hueco como Delegado del Gobierno en Valencia. El Sr. Granados puso en un brete a Hernández Gil, con una dureza inusitada en los socialistas, a los que yo había visto siempre como el coro de las ursulinas, dando vítores y parabienes. Mi conclusión fue que Hernández Gil se habría permitido alguna pequeña desobediencia al régimen socialista, y éstos le dedicaron un paquete de banderillas negras. No podía demorarme más allí, porque ya me esperaban los de RNE, pero me acerqué a Hernández Gil y le presenté mis excusas.

Aquellos días, mis tareas se repartían entre la política y la promoción de mi libro sobre el poeta Garfias. Hice visitas, y publicaron reseñas: “El Independiente” (Ramón Reboiras), la revista “Tiempo” (Armas Marcelo), pero fue el “ABC”, oh sorpresa, el que sacó la reseña más extensa, firmada por Trini de León-Sotelo, la cual me recibió en la vieja sede de “ABC”, en la calle Serrano, y me trató con gran amabilidad.

Aquella primavera, no recuerdo bien el día, recibí en la sede del Grupo al director de cine Juan Antonio Bardem, acompañado del secretario del Sindicato de Actores Fernando Marín. Creo que fue el día en que se votaba el “Tratado de Amistad” con EE.UU., porque recuerdo la prisa por acudir al momento de la votación. Los recibí amablemente y les ofrecí un vasito de vino “Montilla”, de un obsequio que yo mismo antes había ofrecido a la oficina. Me entregaron un dossier con los problemas del cine. Estaban haciendo una ronda con todos los partidos políticos, incluido el ministro Semprún, que les daba una de cal y otra de arena. Yo tomé el máximo interés en aquello, y más cuando ya antes había yo contactado con Marín, a raíz de mi réplica a la comparecencia de Semprún en el Congreso.

En el mes de julio (1989) llegaron, por fin, las ansiadas vacaciones. En los primeros días de julio nos trasladamos a Villanueva de Córdoba, como todos los años, en busca de la paz perdida. Antes quise cumplir con un rito emotivo y llevé al Congreso a nuestro poeta paisano Antonio García Copado y a su esposa Iraida, recién llegados de Nueva York. Yo mismo actué de cicerone, y vivimos una grata experiencia, que servía de colofón a una sincera amistad, alimentada epistolarmente desde 1983. Quién iba a pensar que sería su penúltimo verano de visita a España. Hoy descansa ya bajo la tierra extraña de Nueva York, sin la sombra protectora de su torre de Villanueva.

Todavía hube de volver otra vez a Madrid, el último pleno al que asistí. Fue el 13 de julio, un pleno extraordinario para aprobar la Ley del IRPF. Aunque estos temas económicos me los habían encomendado antes a mí, el “Comisario” encargó este tema a Ramón Espasa. Para mí, indiferente. Sólo nosotros dos asistimos al pleno por parte de I.U. Cuando aquella tarde abandoné el hemiciclo, era plenamente consciente de que era mi último acto oficial como diputado, porque el rumor del adelanto de las elecciones era ya un secreto a voces.

Durante el mes de julio bajé en dos ocasiones a Córdoba (siempre llamado por Ernesto Caballero; nunca, por el secretario López Calvo). En una ocasión me llamó Ernesto para ir a solidarizarnos al pueblo de Villarrubia, en contra del trazado de la línea del AVE, por medio del casco urbano. Se trataba de un acto pluripartidista en la plaza del pueblo. Por el PP hablaron Diego Jordano y el concejal García Nieto. Por IU, Ernesto y yo. También el cura del lugar, don Manuel Varo, que había sido compañero mío del Seminario.

Por aquellos días volví a bajar de Villanueva hasta  Córdoba, a instancias de Ernesto, para solidarizarnos con los trabajadores de CENEMESA, encerrados en la Iglesia de los Trinitarios. Estuvimos allí gran parte del día. El presidente del Comité de Empresa era el camarada Rafael García Contreras (que en las inminentes elecciones sería senador por elección, algo insólito, nunca ocurrido en el Partido). Rafael y yo estuvimos hablando en un bar de enfrente, y me hizo muestras de simpatía: me dijo que, siendo yo un intelectual, no tenía el engreimiento y la vanidad de otros intelectuales de nuestro Partido. Por la tarde, la Iglesia se desalojó, para dirigirse a la autovía de Madrid y cortarla a la altura del hipermercado PRYCA. Antes, dirigí breves palabras a los encerrados en la Iglesia (un sermón laico) y luego estuve con ellos en el corte de la carretera. El diario “Córdoba” reprodujo fotos del hecho.

 Continué luego en Villanueva de Córdoba, mi patria chica, hasta finales de julio, en que nuestro paisano poeta Antonio García Copado me llamó, para presentarlo en un acto poético, amenizado por la orquesta infantil de Juan Pablo Fernández, en el pueblo de Coslada (Madrid), gobernado por I.U. Resulta que la concejala de Cultura, Nuria Roldán ("La Roldana"), estaba reñida con el director de la orquesta infantil Juan Pablo Fernández. La concejala no tuvo reparo en llamarme al pueblo varias veces, en forma energúmena, en plena siesta, para que yo desistiera de asistir a ese evento. Y yo le respondí con el mismo descaro: “¿Que yo no voy a ir a un acto poético de mi paisano García Copado…? ¡Porque tú lo digas!” Le exigí que dejara de molestarme. Además, hablé con el alcalde de Coslada, Sr. Huélamo, que se rió y me dejó hacer lo que yo quisiera. Esta historieta fue de lo último en intrigas internas que tuve que aguantar.

El evento poético-musical de Coslada fue la última actuación pública de García Copado, y yo era consciente de ello. Se hallaba ya muy delicado. Lo presenté con una dilatada y emocionada biografía, mientras la orquesta infantil de Juan Pablo ponía una suave música de fondo. Lógicamente, no asistió ningún cargo municipal. ¡Las cosas que pueden ocurrir con las politiquerías! Me enteré más tarde de que esta concejala intolerante había caído en desgracia. Hoy estoy orgulloso de haber asistido a García Copado en el último acto poético de su vida.


16

  

El 5 de agosto (1989), a invitación de los compañeros de Montalbán, me pusieron a dar el pregón de feria. ¡Yo, que soy tan fiestero, en un pregón de feria! Al final, como Gonzalo de Berceo, con el “vaso de bon vino”, lo que pedí fue una ristra de ajos, la producción típica de Montalbán.

Cuando el mes de agosto tocaba a su fin, los rumores del adelanto de las elecciones se hicieron ya realidad. Nos encontrábamos ya en Getafe. El primero de septiembre, la noticia de la disolución de las Cortes había saltado a la primera página de la prensa. El 3 de septiembre publiqué en el “Córdoba” mi balance político de despedida: “El Parlamento que hemos dejado”. Mientras tanto, en Córdoba ya se había desatado la guerra por el número uno en nuestra candidatura, una guerra en los despachos de la sede, en lo que fui totalmente ajeno. No moví ni un hilo ni a favor ni en contra.

Pronto me llamó Manuel Delgado, secretario de organización, para decirme que me preparara para encabezar la candidatura, pero yo dejaba hacer. En el mes de mayo, las organizaciones ya me habían votado para ese puesto. En realidad, no quería seguir, pero no decía nada. Pesaba en mí aquella locura de actuar en el Parlamento sólo los tres diputados “mosqueteros”: Ramón Espasa, García Fonseca y yo. Los demás no daban golpe: Ignacio Gallego, porque estaba viejo (entonces, ¿para qué lo metieron en aquello?), Nicolás Sartorius sólo iba a las sesiones de lucimiento, y Gerardo Iglesias andaba en sus mil ocupaciones. Las cosas, desde luego, cambiarían en el inmediato futuro, porque en las elecciones de 1989, I.U. sacaría nada menos que 17 diputados, con Julio Anguita a la cabeza. Pero yo ya no estaría allí. Menos mal.

Mi gran defecto es no saber decir que “no”. Entonces Manuel Delgado me pidió que bajara a Córdoba el domingo 3 de septiembre, pues estaba convocada una reunión del Comité Provincial. Yo creía, y Manuel Delgado también, que en la reunión se iba a tratar de la candidatura. Pero no: eso quedó para el trapicheo de los despachos. Lógicamente, López Calvo no me llamó, sino solo Manuel Delgado. Allí Ernesto me insinuó algo: “Hay quien dice por ahí que encabece yo la candidatura, porque soy más conocido, pero eso no es cierto”. Yo le contesté: “A mí me da igual lo que decidan”, como era verdad. Los cabecillas guardaban silencio (López Calvo, Rosa Aguilar, etc., que hoy ya no figuran). La reunión fue en la aldea de Santa Cruz, en el quinto pino. Ahora pienso: “cuánto tiempo he perdido en tonterías”, que sin duda le robé al ejercicio de la historia.

Al término de la comida, emprendí mi viaje hacia Madrid, llevando en el coche, hasta Pedro Abad, a María Mesones, la cual tampoco mencionó el tema. Mientras tanto, el “Córdoba” había sacado mi foto como candidato de IU. Por fin, el 10 de septiembre me llamó angustiado Manuel Delgado, que era el primer sorprendido: “Paco, que yo creía que esto estaba solucionado y no lo está. Que ponen a Ernesto de número uno”. “Bah, es igual, no te preocupes”. La verdad es que me sentía liberado de tantos líos y cosas raras.

Se había reunido I.U. de Córdoba, con la presencia de Luis Carlos Rejón (entonces era el virrey; hoy no es nada), apoyado por López Calvo (que me dedicaba una tirria indisimulable) y Rosa Aguilar, y fueron los que impusieron el acuerdo. El pretexto era que yo no era persona de aparato en el Comité Central (cierto) y, si no ponían a Ernesto, iban a imponer en Córdoba a un forastero o cunero. Por aquellos días, Manuel Delgado también había caído en desgracia. En la reunión de Santa Cruz, Rosa Aguilar le dio un vapuleo de miedo. Los que mandaban eran Juan Carlos Rejón y López Calvo, que me eran hostiles. Por ejemplo, hoy, en el mundillo de la historia, dentro y fuera de Córdoba, yo soy algo; ellos, nada. Así que el tiempo nos pone a cada uno en su sitio.

En cuanto Delgado me descubrió el pastel, el 11 de septiembre eché a correr hacia al Ministerio de Educación, anulé la excedencia y me di de alta de nuevo en la docencia y en mi querido Instituto. El diario “Córdoba” no dejaba de llamarme, para saber quién encabezaba nuestra candidatura, porque López Calvo se había ido de la lengua ingenuamente diciendo que “habría sorpresas”.

        Finalmente, hicieron la gazpachada de colocarme en el segundo puesto de la candidatura, según me comunicaron Ernesto y Manuel Delgado. Pero ni Rejón ni López Calvo me comunicaban nada. Por consiguiente, un día se me hincharon las narices, llamé a Ernesto y exigí que se me comunicara el asunto “oficialmente”, por Rejón o López Calvo. A la media hora me llamó Rejón, que estaba en el Comité Central, y se vio obligado “a pedirme” que aceptara el número dos. Me hice de rogar, pero acabé aceptando, por ese vicio mío de no saber decir “no”.

        Hubo personas que me animaron a luchar por el número uno. Pero  nada más lejos de mis intenciones, porque mis únicas ambiciones eran las Letras y la Historia. Mi amigo Juan Ortiz me reveló que un ex diputado por Huelva, creo que del PSOE, le dijo que no comprendía por qué no repetía yo por Córdoba, “porque Moreno en el Parlamento se desenvuelve estupendamente”. Ya digo que Rejón y el “Comisario” conspiraban contra mí en el Comité Central. Hoy ya se los ha llevado la riada. La maldad de Rejón llegaba a tal punto que un día, hablando con Juan Ortiz, le dijo que yo, “en el tema del porcino ibérico (mi tema estrella) lo único que había hecho fue defender intereses personales y familiares, y que yo estaba relacionado con intereses de los Mataderos” (Declaración a Juan Ortiz, noviembre, 1991).

        Era una maldad propia de eso, de gente mala, porque yo, ¿he tenido nunca cochinos? ¿Intereses de mi familia? Si en Villanueva, el que no es herrero o carpintero es porquero. Tener cerdos en Villanueva es como tener viñas en Montilla u olivares en Baena. Por tanto, pura malicia política del Sr. Rejón. Entonces contesté a Juan Ortiz: “Mira. Dile que, cuando él abandone el Partido (que sería pronto), yo continuaré en él”. Y se ha cumplido.

        A primeros de octubre presentaron la candidatura de Córdoba. Presentaron sólo a Ernesto. Rejón y López Calvo llevaban la batuta. A mí no me dijeron nada. Pocos días después hubo otra presentación en el Hotel Gran Capitán de Córdoba, el 7 de octubre. Yo estaba ocupado ya en mis clases del Instituto, pero acudí, disciplinadamente. Me había invitado Ernesto (no el secretario provincial López Calvo). En dicho Hotel hablamos tres: Ernesto, López Calvo y yo.

        Comenzó enseguida la campaña electoral, en la que yo, lógicamente, colaboré, pero sólo los fines de semana:  ya tenía mi horario de clases. El 12 de octubre abrí cartel en Añora, acompañado del concejal de Córdoba, Alfonso Igualada. En Añora, I.U. estaba dividida. El único concejal de nuestra cuerda se había pasado al PCPE (el partido de Ignacio Gallego). En el mitin conectamos bien con la gente de allí. Al final, Alfonso Igualada, sorprendido, me dijo: “No sabía yo que tú eras tan buen mitinero” (Con el tiempo, en 2008, tuve un choque con Alfonso Igualada, porque sobre un monumento de memoria histórica en los cementerios de Córdoba, había declarado a la prensa: “Haremos un monolito que contente a ambas partes”. Y en el prólogo de mi libro “El Genocidio…”, le di un buen repaso. Me llamó y me exigió una rectificación. Le contesté que no me daba la gana y que la burocracia lo había separado de la realidad).

        El día 14 estuvimos en Villaralto, con buena afluencia de público. Intervine con José Alonso Cervilla, y nos presentó el alcalde, Manolo Gómez, de I.U., ex compañero mío del Seminario. El día 19, en El Viso, junto con Rosa Aguilar. El 20, en Espiel, con Alfonso Ceballos, que también se sintió gratamente sorprendido por el entusiasmo de mi retórica. Luego, me confesó que mi actitud de humildad, al aceptar el número dos en la lista, había causado honda impresión en algunos compañeros de Córdoba. Volví a mis argumentos de siempre: yo no era persona de ambiciones políticas, sino intelectuales y culturales.

        El 21 de octubre acudimos a Hinojosa del Duque. Dimos el mitin Miguel Peláez y yo. Y el 26, en Pozoblanco. Aquí, la organización del acto fue pésima. Anunciaron un lugar equivocado para el acto. Luego, no encontraban la llave del local. En fin, un desastre. A pesar de todo, logramos reunir un público bastante nutrido. Intervino conmigo Francisco Guerrero, que recordó su encuentro conmigo en Espejo, en casa del viejo comandante Antonio Ortiz, cuando diez años atrás yo investigaba sobre la guerra civil. Después, Miguel Calero me reveló que iba a pedir responsabilidades en el Comité Provincial por no haberme dejado a mí en el número uno. Lo disuadí totalmente y lo persuadí de que yo me hallaba plenamente feliz.

        Creo que fue el 26 de octubre (1989) el cierre de campaña en Córdoba, con el protagonismo de Julio Anguita. Otro detalle para catálogo de los desaires. Hablaron allí los números 1 y 3 de la candidatura, pero no yo, que era el 2. No me habían invitado. Es decir, hablaron: Julio Anguita, Rejón y López Calvo. Para el futuro, tenía yo la curiosidad de cuál sería la trayectoria de estos dos últimos. Ya no figuran. Tanta intriga para qué.

        El cierre de campaña en Villanueva de Córdoba lo hicimos el 27 de octubre, en el saloncito de la Audiencia. Oradores: Blanca Ciudad, Ernesto y yo. Los tres estuvimos brillantes, y nuestros seguidores quedaron muy contentos. Aquella noche era felizmente consciente de que me despedía de mi actividad política directa. Cuando se marcharon los oradores, le dije a Ernesto Caballero: “Mi enhorabuena, porque eres diputado seguro. No olvides que te he felicitado el primero”. Al día siguiente, como el que se libera de un vendaval, salí raudo para Madrid.

        En la noche del recuento electoral, una vez más pude comprobar la calidad humana de Ernesto Caballero y la desatención de López Calvo. En un momento, sonó el teléfono. Era Ernesto con voz eufórica, que aseguraba “dos diputados y un senador” por I.U. en Córdoba, que era Rafael García Contreras, que también me llamó. Eran los datos primeros. Por supuesto, López  Calvo no se dignó llamar. Finalmente, aquel diputado en juego, que perdía el PP, cayó del lado socialista.

        En Madrid se adentraba el otoño. Zafarrancho de papeles en mi despacho. Labor de archivamiento. Siempre el orden, mi querido orden… En el Instituto, mis clases de bachillerato y COU. En mi biblioteca, la puesta a punto de los papeles de mi tesis doctoral. Y mi labor historiográfica, mis investigaciones, mis entrevistas de testimonios orales y la continuación de mi proyecto de historiador, que todavía habría de pergeñar las mejores obras.

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COLOFÓN.- Nunca fui un político de aparatos ni de argumentarios, pero leal ante todo. Fui siempre de palabra libre, barnizada de literatura y de historia. Nunca fui de palabra cuadriculada, sobre falsilla, ni de palabra despersonalizada. Consideré siempre necesario el compromiso político, pero fuera de las intrigas y de burocratismos. Precisamente, los intrigantes son los primeros que abandonan el Partido. En cambio, los librepensadores somos los últimos que quedamos en el barco. Siempre fui un idealista. Desde estudiante exigí que las cuestiones básicas de la vida fueran como debían ser, no como son. Una lucha existencial entre la realidad y el deseo.

         Conviene una reflexión: desde un punto de vista de coherencia ética, intelectual y política, el hecho de haber sido diputado por el PCE-IU imprime cierto carácter, digamos, e invita a una lealtad de largo recorrido. Haber ostentado un cargo con ese sello no congenia con el flirteo en otros pesebres, o con el juego del picaflor o con el cambio de chaqueta, que tanto se estila en el amoral ruedo ibérico. En nuestra democracia, aunque de baja intensidad, hay que poner en valor la coherencia elemental, la lealtad intelectual y ética, sobre todo cuando se ha llegado a un escaño por un partido que se auto-inmoló contra el golpe militar y contra la dictadura. En este caso, el transfuguismo desdice muchísimo más que bajo otras siglas. 

Y hay que poner en valor un elemental idealismo en la época de la posmodernidad, donde predomina el sanchopancismo, el consumismo, el hedonismo, el individualismo, el egoísmo y el materialismo más soez, y además se convierte en dogma la anti-militancia política, el anti-compromiso, la anti-ideología, la anti-pluralidad, y hace estragos, como en una inundación, el discurso único, la opinión tópica, el pensamiento precocinado, y todos piensan lo mismo (es decir, no piensan), todos opinan lo mismo, todos expresan sus intolerancias lo mismo, sin que haya prácticamente nadie que opine, piense o sienta diferente… En esta situación de pobreza espiritual en medio del desarrollo material, se impone la necesidad vital de la pluralidad y la urgencia en declarar zona protegida el pensamiento libre y la libertad de crítica.

Mientras la izquierda de la izquierda titubea, la causa de los Derechos Humanos y de la justicia social es más vulnerable que nunca. La lucha de las mentalidades y de la cultura en pro de la justicia social y de los derechos civiles siempre tendrá sentido, aun bajo el diluvio de la globalidad financiera. Y bajo ese diluvio, los seres humanos serán cada vez menos libres, tendrán menos derechos, y serán cada vez más manipulables y más cosificados. Bajo la globalidad financiera los seres humanos se convertirán, no en personas, sino en cosas y en números.

        En suma, mi paso por el Congreso de los Diputados me vino a demostrar varios extremos amargos: 1) Que en ese alto círculo de la política se da de bruces cualquier forma de idealismo, de romanticismo o de sentido utópico de la vida, en una charca mental donde sólo caben el vuelo corto, el horizonte miope, el choque de las intrigas, el clima despectivo y hostil, las marrullerías, y todo lo más ínfimo de las pasiones vulgares. 2) Mi espíritu idealista y romántico de lo que debe ser la vida pública, que yo venía arrastrando como un honor desde los años fervientes de la Transición, hasta entonces y hasta hoy, se dio de bruces con aquel panorama tóxico, hostil y enrarecido del Parlamento. 3) Que el Parlamento y la Democracia actual carecen de políticos de altura, de figuras de relieve (a lo contrario de lo que fue en la II República). No hay políticos de carisma, ni líderes de relieve, ni personajes sabios y sosegados, lejos del monigote parlanchín faltón y populachero. La política española actual chapotea sucia en la cloaca de barrio bajo, donde los Demóstenes, los Séneca o los Manuel Azaña brillan por su ausencia. No deslumbraba el brillo de las ideas, sino el brillo apagado del navajeo político. Decepción y amargura fueron mis habituales pensamientos en los ratos aburridos del escaño, en aquel infortunado choque entre la utopía y la mala leche. Actualmente se vive una mala y cutre copia de lo que fue en altura de miras la asesinada II República española.

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