29/9/17

LA GUERRILLA DE GERARDO ANTÓN "PINTO"


LAS FUENTES ORALES, CLAVE PARA EL ESTUDIO DE LA GUERRILLA
 

Testimonio de Gerardo Antón “Pinto”,
recogido por Francisco Moreno Gómez, en Madrid, 17 de febrero del año 2000
 

1ª Parte
 

Preliminar

 
Tuve ocasión de disfrutar de una gran experiencia intelectual cuando conocí al anciano ex guerrillero de Cáceres Gerardo Antón Garrido “Pinto”, un hombre de una energía indomable, cordial, con grandes ideales almacenados en su interior, alegre, atento con todos… Una persona irrepetible, con el que coincidí en varias jornadas o congresos de memoria histórica. Además de muchas conversaciones con él, mantuve la primera gran entrevista en la Estación de Atocha, en Madrid, el 17 de febrero del año 2000, y un mes después (29 de marzo) nos vimos de nuevo en Madrid, para “atar cabos sueltos”. De una memoria prodigiosa, daba gusto verlo hilvanar detalles de todo tipo, la mayoría de los cuales ya se insertaron en mi libro La resistencia armada contra  Franco (Crítica, Barcelona, 2001). Su testimonio, recogido con grabadora, se ofrece a continuación, textualmente, para valorar la importancia de las fuentes orales, así como la microhistoria de la vida durísima de la guerrilla española antifranquista.

 

Testimonio

 

Yo soy del pueblo de Aceituna (Cáceres) y tenía muchos deseos de contactar con la guerrilla. Mi profesión era entonces el estraperlo, por la parte de La Vera, zona de Plasencia, y la guerrilla andaba por Torrejón el Rubio, zona de los Ibores, parte de La Vera. En Torrejón conocía un compañero, Pajares, fui en busca de él, para que me conectara con la guerrilla y él no tenía contacto, pero haría una indagación, y él por medio de otro, y me puso en contacto, y me entrevisto con “El Francés”, “Tronchón”, “Rebolledo” (de Castilblanco). Un par de días entrevistas con “El Francés”, cerca de Torrejón el Rubio, como a la parte del Sur, en unos montes. Me propuso organizar enlaces y puntos de apoyo por toda esa zona, por toda La Vera, hasta Gata, casi hasta Portugal. Esto era en el mes de octubre de 1944. Empecé por un guardabarrera que estaba en el Empalme de Plasencia, de Malpartida de Plasencia, Arroyomolinos de La Vera, sigo para El Jerte, El Castañar, haciendo enlaces, Piornal, El Torno, Cabezabellosa, La Jarilla (de donde era El Especial), Hervás, Baños de Montemayor (el sastre el cojo) y de ahí hacia Las Hurdes, y llego hasta Cadalso, en sierra Gata, me extiendo al lado de Plasencia, La Oliva, Ahigal, Guijo de Gr., Zarza de Granadilla, Pozuelo de Zarzón, Sta. Cruz de Paniagua, todo a pie, de vez en cuando, hasta últimos de abril y primeros mayo 1945, en que me vi descubierto y me incorporé a la guerrilla. En la 2ª quincena mayo 45.

     Fui a entrevistarme con “El Francés” en dos ocasiones, ahí por Serrejón. Ya “El Francés” me había hecho responsable de una guerrilla. Eran siete guerrillas. Otra era la de “Parrala”, otra la de “Calandrio”, y la mía era la del “Pinto” (Conmigo: “El Chaval”, “Sobrino” (porque era de Arroyomolinos y sus dos tíos eran enlaces, a estos los detuvie-ron y de escapó el sobrino). Murió en la sierra San Pedro. 

     “Parrala” estaba enfermo de tuberculosis, y se venía mucho conmigo. Pasaba mucho tiempo con el E.M., Francés, Carlos, con Padilla (maestro escuela, que murió en sierra San Pedro, su nombre era Agustín Fraile, maestro de Peraleda de la Mata, pero ejercía antes de la guerra en Madrid, y fue comisario de Brigada, responsable ahora de propaganda en el E.M.)

     A mí me consideraban como muy astuto, estaba casi siempre con el E.M. para hacer contactos, recabar información, ir en busca de comida.... El E.M. estuvimos mucho por cima de Plasencia, hacia La Vera, un matrimonio, enlaces, con dos hijos, en una casa de campo pequeña, en un olivar, término de Plasencia,.... ahí recalamos mucho. De ahí íbamos para la parte de La Jarilla. A últimos del 45 empezamos a ir a Zarza de Granadilla, que era una finca grandiosa, el enlace era Juan Campero, Ahí teníamos la máquina de escribir y la multicopista, y ahí se tiraba mucha propaganda.

      La máquina y la multicopista fui yo a por ello a Madrid, nada más incorporarme, en mayo de 45, vine yo sólo a Madrid, y me la dieron al lado de Tirso de Molina y Lavapiés y me vine con mi maleta. Bajé en el Empalme y salí monte a través.

     Allí estaba también “Durruti” era de Navalmoral de la Mata, anarquista, comandante en la guerra, eran carniceros, cuatro hermanos, compraban las reses y las mataban y vendían carne. Estaba organizado con los anarquistas de Madrid. Hubo caída en Madrid, y lo delataron y vino la policía vino a detenerlo en Navalmoral, casado con la hija de un guardia civil, pero sin hijos, el guardia estaba en Casatejada. Y lo detienen en Millanes, y a Navalmoral, y simuló que colaboraba con ellos, “que sus relaciones con los compañeros de Madrid eran siempre en la calle”, se ganó la confianza de ellos, van al Ayuntamiento, lo dejan en una sala y él se escapó. Y entonces busca el contacto con la guerrilla, que antes no tenía, y se incorporó.

      “Calandrio” fue el que estaba aislado respecto a la estafeta descubierta, a la que fue “El Francés”, y en la que cayó. Dicen que vino de Francia, pero allí nunca se dijo eso. Era andaluz, pero yo no lo vi mucho.

      “Recaredo” y “Rebolledo” en el mes de marzo de 1946 pasaron al Sur del río, el primero con Quincoces y el segundo con Chaquetalarga, creo. Hacíamos propaganda. El Padilla hacía el cliché, y se hacían octavillas, para las guerrillas y enlaces. La política de Unión Nacional, a todos, menos asesinos y falangistas. Ultimos del 45 fuimos para la parte de La Jarilla.

      A “Minero” no lo conoce. El desastre de los hermanos de “Parrala”: había un enlace llamado Santiago, lo mandaron a tomar contacto con los de Gredos y tomó un taxi, al lado de Candeleda. El taxista sospechó, y como se hablaba de gratificaciones, el taxista denunció y descubren a Santiago, el cual cantó, lo de Candeleda (Santiago era de Fresnedoso de Ibor) y delató a los Parrala, porque ellos estaban todavía entre la sierra y el llano, iban y venían.

     En 1945 participé en un golpe en Santibáñez el Alto, entre dos se cogieron unas 90.000 pts., entramos 13 ó 14, estaba “Recaredo”, Rebolledo, El Mora, detuvimos a 3 individuos, uno era teniente del Ejército (Sierra de Gata, al pie), y luego nos fuimos para Pozuelo de Zarzón, donde tuvimos luego a Parrala escondido para curarse, que no se curó. Otro golpe en mi pueblo de Aceituna, en octubre, que yo me quedé en las afueras.

     Lo de “Pelos Grifos”, este no debía ser del Francés, este sería del Quincoces o Chaquetalarga, de este más bien.

      “El Galifa” si, en la sierra de Valero. Fue por deserción del “Carretero”. Vino al campamento, hizo la contraseña, le contestó un guardia civil, desconfió, pero cuando quiso huir, no lo consiguió. Pertenecía al Francés.

       Lo del Cerro Ballesteros, estos eran de Quincoces. Eso está por la sierra de Altamira, bien al Sur del Tajo, donde nosotros no estábamos.

      En 1945 dimos un golpe en una fábrica de Harina de Montehermoso. Yo me quedé fuera. Finales del 45. En el río Alagón, entre Montehermoso y Valdeobispo, cogimos al dueño, a un obrero lo mandaron al pueblo, a por 20.000 pts.

     En 1946 salí con El Mora, en febrero, el día 2. Salimos de por encima de La Jarilla, a por dinero. Diez u once. Fuimos a Baños de Montemayor. Teníamos dos enlaces, el sastre cojo y otro. Nos indicaron Garganta de Baños. Nos llevó el otro, a una finca, que tenía una caseta al lado, en la cual podíamos pasar el día, antes de dar el golpe. A la noche, fuimos al pueblo, a la entrada obligué a una mujer a que me indicara la casa de Valdés, en el centro del pueblo. Subimos al primer piso, arriba una pareja, cogí al hombre, y Mora y Periñán siguieron buscando, la mocita la dejé sola y por una puerta trasera que desconocíamos, salió corriendo dando voces “que están los bandoleros en mi casa” y el pueblo se alarmó. El Ligero también venía. Al oír el escándalo, bajamos, pegamos cuatro tiros al aire y la gente se fue corriendo, pero El Mora se empeñó en que subiéramos otra vez arriba, intentaron subir El Pinto y detrás Mora, y los de la casa ya estaban disparando y por poco matan a Pinto, disparándome a bocajarro. Así que nos fuimos.

      El E.M. seguía en Zarza de Granadilla, en la finca grande (no en la finca pequeña, que es la de Plasencia). A mí me quería mucho El Francés, era como un padre para to-dos, siempre amable, cariñoso. El era de una familia de labradores, y él tenía algunos estudios. Fue teniente en la guerra.  El Padilla me decía muchas veces: qué pena, Pinto, que tú no hayas podido estudiar. A últimos de febrero viene de Madrid un tal “Gómez” para preparar la llegada de dos corresponsales ingleses. Venía él y otro.

     En febrero estuvimos por encima de La Jarilla, estuvimos reunidos 35 ó 40, ahí se estructuró la guerrilla, una vez restablecido El Gacho del tiro en la pierna. Cuando El Lobo desertó y denunció, cayeron heridos Castillo (Navalmoral) y Gacho (La Presa de Ibor?). Al Gacho lo había llevado yo al Guijo de Gr. en casa de un enlace, para que se restableciera del tiro en la pierna. El Gacho sale de la reunión con una guerrilla a la parte de Majada del Tiétar con una misión, y de ahí salen también Recaredo y Rebolledo para irse al Sur, el primero para Quincoces y el otro con Chaqueta, seguramente. Se organizó así porque el Francés tenía mucha gente (bastantes inútiles) y había que pasar algunos a los demás. Y también se fue el que delató la estafeta del Francés, un tal Eugenio o Eulogio El Maquis, desertó tal vez de Chaqueta, en abril 46, y quedó quemada la estafeta.

Repetimos: la reunión fue por encima de La Jarilla, en la sierra, ayudados por unos enlaces de Cabezabellosa, todavía estaba El Especial de enlace, el cual se dedicaba a vigi-lar a otros enlaces y a los móviles. Ese Eugenio también salió con Rebolledo para el Sur.

     En cuanto a la salida del Gacho, iba Montes, un tal X (era de Millanes, estaba en Francia y vino con las Brigadas Internacionales, cuando la guerra, y quedó aquí prisionero. Iba Tranquilo, El Gitano, que era herrero, y Sartenero (Este se había evadido del servicio militar en Plasencia, con el fusil y todo. Era de un pueblo de Toledo y se incorporó a la guerrilla). Van seis, y estuvieron a punto de ajusticiar a un guarda chivato, pero al final sólo le dieron una paliza. Hicieron presencia por algún sitio más, y cuando venían por un camino y les hicieron una emboscada y murió el Sartenero, por una emboscada de los móviles (18 marzo 46). Se escapan y se refugian en un corral del pueblo de Millanes. El Montes se salvó, estuvo en la cárcel 13 y se casó con la hermana de una monja y se fue luego a Francia.

      El Gacho salió de la emboscada sólo, y el Tranquilo también solo. Había unos enlaces de Serrejón, pastores y cabreros, y allí se reunieron ambos. Los enlaces los acogen, pero falsamente, ya están vendidos. Fuera de la vivienda de los pastores había un chozo, esperando que llegara la noche, y salían de noche, esperando que les suministraran, porque habían perdido todo. De noche, de la vivienda de los pastores llaman al Gacho, y dicen: Gacho, que soy yo, Chaquetalarga. El Gacho se va aproximando a la vivienda, con desconfianza, y el Tranquilo queda al lado del chozo. Cuando se dieron cuenta, le hacen descargas, el Gacho cae y el Tranquilo escapa. Va a otros enlaces, uno va con él con un mulo, y llega a nosotros a la parte del Jerte y nos cuenta lo ocurrido. De los tres que se escondieron no sabía.

     El Gómez, en el mismo marzo, se fue a Madrid, pero iban a volver con el proyecto de los corresponsales.

     Para últimos de marzo se organiza un asalto al cuartel de la G.C. de Navalconcejo. Lo organizaba un enlace de Navalconcejo (no el Especial, de La Jarilla, que este saltó en abril, por una mala faena del Mora. Al Mora lo sometimos una vez a consejo de guerra, yo voté para eliminarlo, pero los otros prefirieron darle una oportunidad, y se equivocaron porque acabó entregándose). Salimos de la base de la casilla de los olivos, de Plasencia. Esa base fue más bien entre finales del 45 y comienzos del 46. Salimos de por cima de Plasencia unos 24 ó 25 a dar ese golpe del cuartel. Nos pusimos por cima del Torno, teníamos un enlace que había sido bueno, y fui yo a la Jarilla, con Periñán, y nos dijo El Especial, que tengo desconfianza del del Torno, llamado El Yegua. Y se averiguó que entraba en el cuartel y estaba en complot con la G.C. y lo retuvimos y lo llevamos hasta la Peña de Francia y le pegamos un tiro y lo enterramos, en presencia del Francés. Ya no se asaltó el cuartel, estropeado por el enlace de El Torno.

      Venimos para atrás y nos juntamos otra vez con Padilla, Carlos, Durruti, Tronchón. Este era buena persona, pero muy arisco y bruto. Valiente. Nos internamos en la provincia de Salamanca, hasta el pueblo de Los Santos. De allí volvimos divididos en dos grupos.

En Los Santos matamos al alcalde, cerca de Guijuelo, paralelo a la carretera de Cáceres a Salamanca. Un alcalde muy fascista. Primero le pedimos dinero, se negaron, la familia no trajo dinero, y lo ajusticiamos dentro del mismo pueblo. Iba El Francés.

      Un grupo (Compadre va para la zona de Portugal) y nosotros para abajo: el Francés, yo, El Mora, Periñán, Tranquilo... vinimos a parar a la carretera que va de Plasencia que va para Avila, por el puerto de Tornavaca, pero el puerto estaba vigilado, porque pusimos el oído en la carretera con arena entonces y escuchamos ruido de zapatos. Nos fuimos a atravesar por la altura del Piornal, y llegamos donde estaban Carlos, Tronchón, Padilla, Durruti, Manolín, en la base por cima de Plasencia y la Vera.

      En abril estamos a la espera de que la zona esté tranquila. El Francés hizo un viaje con Periñán y quizá Durruti para Toledo y llegaron a Talavera, ida y vuelta, a la espera de los de Madrid, el Gómez y otros. Llegan estos. Hay algo sospechoso, que no lo sé bien. Salimos Padilla, Tronchón y yo, a un enlace que está en el campo, de un pueblo Ahigal, cerca de Guijo de Granadilla. Ese enlace que está en el campo que conoce los enlaces que hay en el Guijo, voy yo con los otros dos, llegamos a la majada. El Gómez está ya en la Zarza de Granadilla, desde Plasencia, en la finca esa grande. En Plasencia hay un guardia expulsado de la G.C. que lo había hecho enlace el secretario del Juzgado del Guijo. Hay sospechas de ese guardia. Ese es el que los ha llevado a la huerta.

      Este enlace se puede comunicar con el del Guijo, y el del Guijo se comunica con los de Madrid, Y les mandamos tres notas para que el secretario del Guijo los sacara de la huerta y los trajera a nosotros, tres días seguidos, y sin resultado, (el de Ahigal, que era el que estaba en el campo). Carlos y El Francés estaban en la base de los olivos, de Plasencia. El hijo mayor de ahí fue con un coche prestado a la finca de la Zarza, donde estaba el Gómez, con una nota de Carlos, a la finca de Juan Campero, que era la segunda base. Que se vinieran con él. Y el Campero les habló y no se venían. No creían las notas y pensaban que era una trampa. El del coche se volvió a donde estaba Carlos, a su finca de Plasencia. Aquella noche, Gómez y demás, sospechando trampas, se pasaron a otra finca próxima, que era de una viuda. Se metieron aquí. Aquí estaba el secretario del Guijo, al que también mandaban notas para sacarlos de allí. De modo que este secretario y el guardia civil son los sospechosos. Venían a concretar la llegada de los corresponsales. De sustituir al Francés, no; eso fue cuando Carlos en Talavera.

     En la finca de donde salió el Gómez estaban nuestras máquinas y las perdimos. En Plasencia había un mecánico que estaba tratando de hacernos bombas. Todo se estropeó. Los corresponsales nada más se supo. También en abril se entregó el de Cabezabellosa, un tal Eugenio “Maquis” (había estado tres años en un Bon. de Trabajadores, y cree que al final estaba con Chaqueta, cuando se entregó y delató la estafeta).

     En el mes de mayo sale Carlos, lo lleva Periñán y Durruti hasta Talavera, hay que contactar con Madrid, para aclarar la muerte del Gómez y compañía. A Talavera vienen a buscarlo desde Gredos, y de Madrid vienen varios y tratan el asunto, y Carlos cuenta lo que ha sucedido. Vino una comisión de Madrid. Nosotros quedamos a la espera, inacti-vos.

     Lo del Francés, fue porque este se empeñó en acudir a la estafeta, pensando que delatada desde abril, ya habrían dejado de vigilarla, sobre todo porque tenían el contacto perdido con el Calandrio. Cogimos a un cabrero de Montehermoso y le sacamos unas 20.000 pts.

     Se entregó el Lobo, y se escapó de la sierra Gata. Estaba todavía Recaredo, Rebolledo, Mora, Tranquilo, el X... ellos estaban allí. Fue en junio del 45. Pero yo no oí nunca que Lobo hubiera venido de Francia. A mí me dijeron que Lobo luchaba en Madrid y se quemó y que el partido lo mandó a la sierra.

      La muerte del Francés. Por entonces yo había salido a buscar a Parrala, en casa de un enlace en Pozuelo de Zarzón, y por allí estaba la guerrilla del Compadre, y se supo que en la zona había habido debilidad de un enlace, engañado por la contrapartida, y Parrala peligraba y la guerrilla, y organizamos salir de allí. Fuimos Tronchón, Boni (de Aldeanovita) y yo. Llegamos a casa del enlace, Alfonso, socialista, tenía un bar y sala de baile. Le hablamos y él fue a buscar a Parrala, lo trajo, y nosotros pusimos nota en la estafeta, dándoles cita a los del Compadre, pero pasó la hora de la cita, no llegaron y nos retiramos a otro sitio, pasamos el día, a la noche vamos otra vez a ver al cabrero de Pozuelo, pero ya no fuimos a la estafeta. Nos dijo que no había novedad, y nos fuimos otra vez al lugar de la cita, empieza a venir el día, y nos retiramos otra vez al escondite. Serían las tres de la tarde, cuando oímos un montón de bombas que caían en la finca del cabrero, ¿el lugar de la cita? Estaban comiendo, y había allí otro enlace de Sta. Cruz de Paniagua, allí en ese lugar de la finca. Nosotros a menos de un km. Y ya sabíamos que El Francés había muerto. Murieron todos allí, el cabrero, el otro enlace de Sta. Cruz, el de Pozuelo, y cinco de la guerrilla (entre El Torno y Piornal): el Maestro, El Compadre, El Secreto, Cantares, Amable, Casildín, y el cabrero Silverio (de Pozuelo), murieron siete. Cinco guerrilleros y dos enlaces. Era el 6 agosto 1946.

      Íbamos quedando poco, ya andábamos juntos, apenas hacíamos presencia, enlaces cada vez menos, esperando que viniera Carlos. Luego llegó la noticia de Carlos. Por fin tuvimos contacto con Madrid, por la parte de Baños, y es cuando viene Fabián, por el 15 de octubre, y vino con unos humos y unos ímpetus. Y ya sólo éramos Padilla, Durruti, Manolín, Tronchón, El Chaval, Relojero, Sobrino, Tranquilo, Boni... El Nene vino después. Lo de Girodias es mucho después, de la sierra San Pedro.  El Enebro no estaba ya, murió cuando se escapó el Mora. El Periñán sigue, y el Parrala.

      Fabián da el nombre Agrupación de Extremadura. El nos cuenta sus hazañas desde Francia. Pasó por el Valle de Arán. Un cura con un fusil en una ventana, le ordenaron rendición, no obedeció y se lo cargaron. El estaba cuando el conato de cerco a Moscardó. Volvió a Francia, y después volvió clandestinamente. Con motivo de una cita en la estación de San Bernardo, lo detuvieron con el Asturiano. Luego se escapó del cuartelillo de Vallehermoso.

     “Hay que ajusticiar fascistas, para conmemorar la defensa de Madrid”. En La Jarilla todavía nos quedaba un enlace, un matrimonio con sus hijos. Había un fanfarrón que había tirado por el puente del Tajo a muchos durante la guerra, el alcalde era un falangista, el secretario del Ayuntamiento y un hermano del fanfarrón. Fabián había ido otra vez sólo a Madrid, y vino luego a Baños, y entonces fue cuando trajo a otros dos, el Nene y otro.

     La acción la hicimos el 6 de noviembre. Entramos 10 en La Jarilla. Yo tenía que coger al alcalde y al fanfarrón, y a otro enfrente para golpe económico. Los hijos del en-lace, de unos 16 años, me llevaron a la calle. Yo Iba con Durruti y El Chaval. En la primera casa había 4 mujeres, dónde está el marido, las cerramos dentro y a una la cogimos para que nos llevara a la casa del fanfarrón. Entré, estaban sentados en el comedor, tres hombres y tres mujeres. Era muy cerquita de la plaza, donde luego teníamos que reunir-nos. Los otros iban a por el secretario y a por el hermano del fanfarrón, y luego recoger el tabaco del estanco. Al salir por la puerta con el fanfarrón, venía el hermano con una pistola en la mano él sólo. Uno de los nuestros, Durruti, le pegó un tiro y quedó muerto sentado en un portal. Luego, cogimos al del golpe económico. Al alcalde lo habían cogido en una taberna. El secretario se les escapó. Matamos a tres: a los dos hermanos y al alcalde. En realidad, era yo el que más dirigía. Y de dinero cogimos 90.000. Luego Padilla dio un mitin a toda la gente en la plaza, que era buen orador, y pudimos la bandera republicana en el campanario. Un par de horas estuvimos.

     Luego nos partimos en dos, y un grupo nos fuimos para las Hurdes. A los tres o cuatro días llegamos a Caminomorisco y matamos al secretario y jefe de FET, a pesar de que hay cuartel de la G.C. Primero pedimos dinero, pero no lo traían, y lo matamos.

     A los pocos días, en Villar de Plasencia, hicimos emboscada a una pareja, pero sólo dejamos a uno herido.  A los pocos días ajusticiamos a un chivato de Carcaboso. Era de Montehermoso, y vivían en Aldehuela del Jerte, en la finca de los Silva, llamada La Marquesa. Lo sacamos fuera de la casa, le pegamos un tiro y lo dejamos con un papel “por chivato”.

     La zona estaba ya muy quemada. Y Fabián (y Padilla, que tenía querencia hacia Torreorgaz) impuso algo que a mí no me gustó: pasar al Sur del Tajo, a la sierra de San Pedro, y aquello fue la ruina. Fabián había ido con Manolín, Tronchón y Padilla a Baños, y desde allí Fabián fue a Madrid, a llevar dinero a Madrid, del que cogimos en La Jarilla, y fue cuando se trajo al Nene y a otro, y este se cayó en el barranco y se quebró una pierna. Lo tuvieron que dejar en casa de un enlace, en Baños. Vinieron a nosotros. El 11 de diciembre llegamos a una sierra y dice de quedarnos en el llano, antes de subir a la sierra. Yo no quería. Y Periñán: “que no, que nos quedamos aquí, si ya estamos viviendo en La República”. Y estuvo también lloviendo. Y para colmo hicieron lumbre de día para secarse. Yo estaba nervioso, y me fui a vigilar. Había mucho arbolado. Periñán vino a donde yo estaba para que fuera comer. No habían pasado 15 minutos cuando Periñán nos da la alarma: “los móviles”. Nos empiezan a tirar desde abajo. Me protejo en un alcornoque. Al lado, tras unos pedruscos había más guardia. Llovían las balas y yo los tenía a raya y no los dejaba moverse, pero los guardias que había a la izquierda seguían moviéndose. Los demás del grupo recogieron y se escabulleron hacia arriba. El Periñán estaba cerca de mí, más arriba, él se subió más y yo me quedé agazapado tras unos matorrales. Era ya el 12 diciembre. Luego venía un trozo de sembrado, y ya no podía salir de allí. Pequé cuatro saltos, me pegaron un tiro en el dedo y en la gorra varios agujeros, rodeado de balas por todas partes. Estaban nerviosos, porque los había tenido un rato a raya. Me meto en el próximo matorral, cada vez menos espeso, cuesta arriba. Me amagué entre un brezo, esperando la muerte. El dedo lo tenía colgando. Vieron sangre en el terreno pelado. “Este va herido”. Pues vamos a entrar, que estará cerca. Pero el sargento dijo: “Es que me he puesto esta mañana traje nuevo y lo voy a estropear”. Y no entraron. Y esa fue mi salvación. Pero al rato, oigo una voz tristísima del Periñán, una voz enferma, propia de un herido: “Pinto, no me abandonéis. Siempre tuve confianza en ti, Pinto, y hoy lo has demostrado...” Yo no podía decir nada. Y al poco escuché tiro de pistola y se mató. Luego, la G.C. subió por allí y recogieron el cadáver, pero de mí se olvidaron, y cuando se hizo de noche, yo pude salir de allí. Lo enterraron en Plasencia, pero el suceso ocurrió en dirección a Serradilla.

     A la noche fui al sitio de la cita con Fabián, que venía de Baños con el Nene. Todo esto ocurrió al grupo que esperaban a Fabián. Y allí nos juntamos con este segundo grupo. Tenía el problema del dedo. Había en Torrejoncillo un médico madrileño, allí desterrado, le habían fusilado la mujer en la guerra. Yo quería que me cortaran el dedo.

Todavía no estaba determinado el paso del río al Sur. Fabián y otros fueron otra vez a Baños. Y yo me quedó con otros, y fuimos a Torrejoncillo. Por la tarde, entro en el pueblo, me indica el médico, en la sala de espera, llegó mi turno, me vio el dedo, le dije que me había dado un pinchazo con una retama. Al ver el dedo, se alarmó y comprendió lo que pasaba, y ya me declaré a él. El médico se quedó pálido y le pedí que me lo operara y me lo cortara, se salió aparte con el practicante, pero volvió y me dijo: “Mira, se ha apoderado de mí el miedo, con lo que ya he sufrido, si se enteran, tendré cárcel para toda la vida. Te voy a desinfectar bien, te doy de todo, pero operación no te hago. El miedo se ha apoderado de mí”. Y le contesté: “pues con esa valentía no terminamos con Franco”. Me curó y me fui.

     Y este pueblo tiene muchos artesanos de calzado. Y al día siguiente volví a comprar calzado y ropa. Fui comprando un par en cada una de las tiendas, ocho, y lo llevaba a un saco en una taberna diciendo que era para unos carboneros. Y fui dando viajes. Luego, ropa en la tienda. Y por la calle me encontré con el médico y me hizo un guiño. Y al salir de la ropa, me encontré la pareja de la G.C., creí llegado el final, pero me calmé, y aquella pareja de la puerta sólo iba en paseo rutinario.

     Hay cita para juntarnos otra vez junto a Serradilla, Bajaron los otros de Baños, el herido se fue otra vez a Madrid, y delata a los de Baños, al sastre y a otro. Y luego la marcha a la sierra San Pedro. Había que pasar el Tajo. Una barca al lado de Serradilla, por los puentes no podía ser. El barquero no quiso, a pesar de ser de izquierdas y haber estado en la cárcel. Y nos dirigimos a la zona del puente por donde pasa el tren. Estando junto al río vienen dos individuos vienen con una barquilla, la atan y ellos se van a un ventorro. El Fabián remaba muy bien, cogió la barquilla, y nos pasó en dos viajes de 6. Eramos 13 en total. En Monroy hablamos con un enlace que yo conocía. Esto era vísperas de nochebuena. La nochebuena la pasamos en Monroy. El enlace fue a comprarnos cosas en Cáceres para la celebración, en una casa a km. y medio de Monroy, entre unos olivares, y nochevieja también allí. Nos metimos en la sierra san Pedro.

      Entramos por la parte de Aliseda, llegamos al primer cortijo, y a pesar de ser de derechas, nos dieron de comer. Tramamos un golpe económico. Los grandes propietarios no vivía ninguno en las fincas. Fuimos a un cortijo y conseguimos un dinero. Pero la sierra San Pedro se puso repleta de guardias civiles. El golpe fue en término de Cáceres. Por ahí no teníamos enlaces. Después del golpe hicimos el enlace Girodias, de Aliseda. Y un cortijillo de término de Aliseda pusimos a Parrala, que estaba cada día más enfermo, esquelético.  Girodias tuvo que saltar con nosotros. El Parrala una noche salió y se pegó un tiro. Se alejó y no le dijo a nadie dónde iba.

      Tratamos de hacer un enlace en Torreorgaz, tierra de Padilla, de donde se incorporó a principios 45. Fuimos él, Tronchón y yo una noche, con una nota de Padilla para un compañero de Torreorgaz, fui, no estaba, lo esperé, llegó, le presenté la nota y desconfiaba. Es Agustín que me manda. Se convenció. Al llegar la noche, fuimos a los otros, se entrevistaron. Fabián lo mandó a Madrid, para contactar con la dirección, para decirles dónde estábamos, había muerto Periñán, etc.

     Mientras tanto, un grupo entra en un cortijo, Girodias se queda en la puerta. Por la parte de Aliseda. Todavía los otros no se habían hecho con el control con los del cortijo, cuando Girodias da la alarma de que vienen los móviles. Tienen que salir, pero como los del cortijo tienen armas. Tiran los del cortijo por la espalda: Manolín cayó muerto, y el Boni herido y detenido. Febrero 47. Fabián no acababa de convencerse de que había que tomar medidas. Llovía muchísimo, siempre calados.

     Un día acampamos en un sitio. Ya de día dice que no le gusta, y nos trasladamos en pleno día, con sol, a otro lugar. Luego llovió. Al día siguiente lloviznando, amaneciendo. Cuando suena un tiro y luego una lluvia de bombas y balas. El día antes alguien nos vio moviéndonos. Por la noche nos habían hecho un medio cerco, dejando sólo libre una parte que había clara de monte. Los que salieron por la parte de poca espesura, que fueron cuatro, los cuatro cayeron: Chaval, Sobrino,  Padilla y herido el Nene (2 marzo), pero este escapó. Yo le decía a Padilla: “Espérame, no vayas por ahí”. NO me hizo caso.

Nos tenían cercados como una media luna. Yo cogí el regato arriba y Girodias detrás de mí. Tronchón se había metido entre lo pelado y lo cubierto, y me vio a mí que iba regato arriba y se unió a nosotros. Y Fabián salió con el Nene, Y Durruti sale solo. El Relojero se metió un poco por lo espeso, donde estaban ellos, allí se amagó y allí se quedó. Los guardias llegaron al sitio. Y El Relojero salió al llegar por la noche.

      El enlace de Torreorgaz, que volvió de Madrid, vivía en las afueras. Era un cabrero, para el lado de Cáceres, lo conocía Tronchón, y fuimos al enlace, y allí nos juntamos con Durruti y Relojero, de Piornal. Nos juntamos los cinco. El Nene había caído. Salió con Fabián herido, llegaron a un cortijillo donde antes habían comido y los habían traicionado. Comieron una noche, fueron a la siguiente, y ahora los esperaba la G.C. les hicieron descarga y mataron al Nene. Fabián solo. Se fue al enlace amigo del Padilla, en Torreorgaz. Y allí estaba, y nos juntamos los seis. Sólo seis quedábamos. Era la desesperación total.

      Había que ir a Madrid, y nos aproximamos a Cáceres, en pleno llano, a la Aldea del Cano, por la vía del tren. Sólo teníamos alubias y eso era lo que comíamos. El viaje a Madrid: Fabián y yo. Teníamos salvoconductos falsos. La tarde que salimos para coger el tren, por los últimos del marzo, se abrazó Tronchón a mí: “Pinto, no nos volveremos a ver”. Atravesar toda una zona guerrillera, tantas horas de tren, y tanta policía, es imposible que tú te puedas escapar. No íbamos juntos. En Arroyo de la Luz me subí arriba de los vagones, de noche, y por poco me caigo, y a la próxima estación me metí en el tren. Fue en este viaje el episodio de sentarme a tomar café con los guardias, y Fabián creyó que me habían detenido. Varias veces tuve que cambiarme de vagón. En Madrid (por la calle Reina Victoria, clínica a mano derecha, por esa zona) estuvimos mucho, desde últimos de marzo, allí estuvimos el 1 de abril, todo el mes, Volvimos a primeros de mayo, los encontramos en finquita del pueblo de Holguera, del río para arriba. En Madrid se expuso nuestra situación, y se determinó que nos iríamos a Ciudad Real, pero los de Ciudad Real tuvieron percances, los esperamos en Madrid y no vinieron. Y nosotros volvimos a Cáceres, pero con la idea de que hay que volver a Madrid. Los otros habían abandonado ya la sierra San Pedro, habían pasado el río. Y entonces se habló de que Tronchón vendría en el segundo viaje, que fue en junio. Y de Ciudad Real vendría otro a Madrid, y todos iríamos a Ciudad Real.

      Nosotros regresamos a Cáceres por Avila y Salamanca. A Baños. Y luego, andando, hasta Holguera, que es un sitio llano, sin sierras. Vivíamos entre los trigales, ayudados por un enlace. Una huerta fuera del pueblo. Nuestra única forma de comunicación era el enlace de Holguera. Yo iba por las noches. A un km. o así. Preguntaba y me marchaba. Tres o cuatro veces. Una vez veo que entran dos personas, en la oscuridad, más tarde salieron. Entonces no entré y me volví. A la noche siguiente, había que volver, y dije que yo sólo no iba. Fuimos Relojero y yo. Y al lado del arroyo había estafeta con el enlace. Y fuimos a ver la estafeta, una linterna, nos cubríamos con la manta y hay nota: “Tronchón muerto, Fabián en la cárcel, la casa vigilada todas las noches”.

      Volvimos a donde estaban Girodias y Durruti. Quedábamos cuatro. Decidimos dar un golpe económico. En Coria cogimos 16.000 pts. Anduvimos vagando. Al lado de Torrejoncillo cogimos 80,000 en una fábrica de Harina. Teníamos un enlace cerca de la prov. de Salamanca. Ya sólo estábamos escondidos. Ese enlace nos ayudaba algo. Así, todo el 47. A comienzos del 48 ese enlace nos facilitó una casa en Navafría, en el campo, prov. Salamanca. Sólo salíamos a por víveres a veces. Hasta últimos agosto 48, allí llegaba un contrabandista portugués, del partido comunista portugués, casado con una española de Alburquerque. Propuso a aquel enlace que si conocía algún perseguido de Franco, él conocía una oficina de la ONU en Lisboa. Nosotros teníamos proyecto de ir a Francia a pie, teníamos mapas y todo. El enlace nos lo dijo. La ONU los sacaba a Venezuela, el único país que acogía entonces. Yo dije que no, no quería alejarme de España, yo quería en Francia. Los otros tres, que a Venezuela. Cuando volvió el portugués, lo conocieron. Por fin, y forzado, acepté. Pero llevar los cuatro era demasiado, había que esquivar la PIDE, todo peligro hasta llegar a la ONU. Se organizaron dos viajes, de dos en dos. En el primero salieron Durruti y Relojero. En el segundo Girodias y yo. Fuimos. Una fonda. Al otro día, a la oficina. Hicimos una filiación totalmente falsa, pero había que aprenderla al dedillo, y luego, en un sobre, llevarla a la comisaría. La policía interrogaba mucho luego, y no podía haber contradicción con la filiación. Yo no me contradije en nada, pero Girodias se equivocó varias veces, y nos mandaron volver al día siguiente. Yendo al otro día para la oficina de la ONU, las PIDE nos echó mano, nos llevaban detenidos, pero sin esposar, y cuando íbamos por una calle concurrida, nos escapamos y nos echamos a correr. Nos vimos libres, y nos fuimos andando hacia Navafría.

     Pero volvamos atrás, a otro episodio ocurrido antes en la sierra San Pedro, el 12 enero 1947. Límite con Cáceres y Badajoz. Llovía mucho, estábamos mojados, y se empeñaron en hacer lumbre por la noche en lo alto. Abajo era pelado y había dos cortijos. Yo me opuse. Yo no dormí con la preocupación. Me imaginé lo peor y no me equivoqué. Por la mañana había niebla, me retiré a observar, pero no se veía. Sobre las diez de la mañana. Oigo hablar abajo donde comenzaba la sierra, y el acento no era de la región. Fui y lo dije. No me hicieron caso. Había mucha brasa, habían hecho café. Me voy a observar. Al poco va el Relojero a relevarme. Ni cinco minutos y viene: “los móviles están ahí mismo”. Empezaron a caer bombas y balas. Venían abiertos, casi haciendo el cerco. La niebla, con la pólvora, se va. Se quedó aquello claro. Nosotros corriendo, yo cubriendo la retirada, los otros desaparecieron, a mí me cortaron, las puntas se unieron, y yo me aplasté, monte espeso, y más arriba de mí iba El Tranquilo. Veo a dos guardias a pocos metros, apartando el monte, yo metido en el regato, les apunté y tiré, se lió una de bombas, como cañonazos. Y El Tranquilo: “No tiréis, no tiréis, yo me entrego”. Le dijeron que saliera dando palmas. Hablaron con él, y declaró que el Pinto estaba cerca. Los guardias empiezan a llamarme. El Tranquilo me llamaba también. Y siguieron buscándome. Y me lanzaron cuatro ataques, hasta las cuatro de la tarde. Yo tiraba y ellos bombardeaban. Un guardia chilló herido. Otro decía: “No se preocupe, mi teniente, que a este pájaro Pinto me lo cargo yo”. Cuando yo tiraba, ellos se retiraban. Había unos 30 guardias. El teniente decía “no acercarse más, sino bombas y bombas, y mañana lo encontraremos reventados”. Algo por cima había una madroña enorme, y ellos creían que yo estaba allí y a ese lugar iban todas las bombas. Yo estaba tres metros más abajo. Se hizo de noche. Ellos no dejaban de montar la guardia, pero por la parte sur, que tenía menos vigilancia. Salí arrastrándome, llegué a la colina, y vi que los guardias habían hecho lumbre, me quedaba una sola bala, si no, les tiro y me cargo un par de ellos. Dentro de 9 días teníamos una cita, menos mal que El Tranquilo no la conocía (Era o de la Higuera o de Romangordo).

     De Portugal a Navafría, doce días, a pie y sin comer. Ya últimos septiembre 48. Habíamos llegado a Portugal en la 2ª quincena diciembre. A los otros dos, a última hora, reconocimiento médico, y Relojero da enfermedad, y se queda en tierra. Durruti se fue a Venezuela. A primeros octubre. Poco después, dictadura en Venezuela y se acaba la in-migración. El delegado francés hizo una acogida provisional, y el Relojero fue a París.

    Al llegar a Navafría, la familia aquella, una hermana y un hermano. Este: “voy a ir yo a San Sebastián, a ver si encuentro un contrabandista que los pueda pasar. En San Sebastián estaba, de civil, el sargento de carabineros de Navafría cuando la sublevación, que se opuso al golpe y vinieron fuerzas de Salamanca a someterlo. Se salvó de milagro. El sargento es el que prepara nuestro paso, y nos pasaron unos socialistas de allí. Pasamos en la noche de 4-5 diciembre 48. Estuvimos tres días en San Sebastián. Así que el 1 diciembre salimos en tren hacia San Sebastián. Pagamos 6.000 pts. para pasar. El contacto lo puso ese sargento y se pagó a algún contrabandista. Subimos a un barquillo y desembarcamos en San Juan de Luz, a las 2 de la mañana. Le di el dinero a una rubia y ella me dio las explicaciones, que saliéramos en tranvía a las afueras, y allí vendrían a buscarnos, dos individuos a buscarnos, al puerto de Pasajes.

     El PCE ¿hizo intentos para salvar gente? Ese mismo de Navafría que fue a San Sebastián, viajaba mucho, porque hacía contrabando. Contactó con una de de izquierdas de Pozuelo de Zarzón, militante del PCE, le encargó nuestro caso, lo expuso en Madrid, la contestación fue: “Hace mucho que no sabemos nada de la guerrilla de Extremadura. Que se arreglen como puedan, que salgan si pueden, que nosotros no estamos mejor que ellos”.

     ¿Cómo te recibió el Partido en Francia? “Mal. No me dieron la militancia hasta 1960. Me utilizaban para vender Mundo Obrero, etc. Había entonces una gran movida con aquello del Movimiento por la Paz. Y yo hice propaganda de eso. Pero me tenían en cuarentana, pero yo no podía ir a las reuniones del Partido.  No llegaron a llamarme traidor, pero me lo insinuó un militante en Toulouse....” Le tuve que decir que la guerrilla estaba totalmente derrotada, y no lo creía, “mucho me extraña a mí”, era un malagueño. En Francia no se tenía percepción de la realidad española.

 

             

2ª Parte) Madrid, 29 marzo 2000

                                                             (927-22 65 72) (c/ Bolivia, 17, Cáceres)

 

 

Durruti.-  Era de Navalmoral, de la CNT, tenía contacto con Madrid, hubo aquí una caída, delataron y la policía fue a buscarlo a Navalmoral. Eran carniceros y lo cogieron en el pueblo de al lado. Simuló que iba a colaborar con ellos, pero estando en una dependencia del Ayuntamiento, se escapó y se escondió. Buscó entonces contacto con la guerrilla y se incorporó. Al final, salió a Portugal y a Venezuela.

El Galifa.-  Habían descubierto una base y él no lo sabía. Se aproximó, hizo la contraseña con la piedra, le respondieron, pero cuando hablaron extrañó la voz, y quiso huir, pero ya era tarde. Lo mataron. Parece que, además, era de día.

El Parrala.- Eran 4 hermanos. Él hacía el servicio militar franquista en Marruecos, pero enfermó de tuberculosis y lo mandaron a casa. Los hermanos eran enlaces, casi descubiertos y ya con un pie en la sierra, pero venían a casa con frecuencia. Aquello se descubrió, vigilaron la casa y los sorprendieron. Mataron a la hermana, que no tenía nada que ver, a un hermano, y otro huyó herido, y al día siguiente lo encontraron cerca y lo remataron. “Parrala” fue el único que llegó al monte. Los compañeros lo llevaron a casa de un enlace en Pozuelo de Zarzón (por allí estaba la guerrilla del “Compadre”), para que lo curaran, y de allí lo sacaron el 3-8-46 (Iban El Boni, Tronchón y Pinto), porque los enlaces estaban allí medio descubiertos, y se lo llevaron al Sur del Tajo, a otra casa. Una noche salió y se suicidó.

El desastre de estos hermanos se debió a un delator, un enlace de Navalmoral (no, de Fresnedoso de Ibor), llamado Santiago, que lo tenían de contacto con los de Gredos, en Avila, y tomó un taxi para ir allí, pero el taxista sospechó y lo denunció. Lo detuvieron y delató todo, a los maquis de Avila, a otros enlaces y a estos hermanos.

El Gacho.-  Lo hirieron en una base descubierta, y a Castillo (este, de Navalmoral (?), la bala le quedó dentro, lo llevaron a un médico, pero murió en la operación, lo enterraron en el campo y al poco tiempo descubrieron el cadáver los perros). Al “Gacho” herido lo llevaron a casa de un enlace en Guijo de Granadilla. Hacia feb. 46 se reincorporó, por La Jarilla y Cabezabellosa. Su guerrilla: Montes, Sartenero, El X, Gitano, Tranquilo....

Salieron hacia Navalmoral, para darle una paliza a un guarda chivato, lo cumplieron y esparcieron propaganda, pero dejaron pistas. Pasaron cerca de un cortijo (?), y por un camino que estaba vigilado, y allí cayó Sartenero. Salió huyendo cada uno por donde pudo, y cuatro de ellos se escondieron en el pueblo de Millanes, en la finca de Virgilio, al lado del pueblo. Luego, los apresaron. Montes, el que más cárcel tuvo, 13 años. Salió y se casó con la hermana de una monja. Emigraron a Francia, y allí ha muerto. Fue un hombre leal, que no delató a nadie.

“El Gacho” quedó solo. El Tranquilo por otro lado. Y ambos coincidieron en casa de unos enlaces en Serrejón. Esos enlaces lo colocan en un chozo, al lado de la vivienda, y los traicionan. Por la noche se oye una voz que los llama: “Gacho, ven, que soy Chaquetalarga”. Era un guardia. Cuando El Gacho se acercó, lo acribilló, pero Tranquilo, que estaba en el chozo, huyó.

El Lobo fue el primero de todos los traidores, en junio 1945. Al anochecer, empezaban las actividades, y El Lobo cogió la cantimplora y la toalla, en dirección a la fuente, que era lo normal, pero tarda. Fueron en su busca, y sólo hallaron la toalla. En consecuencia, tuvieron que abandonar el campamento y se alejaron (Rebolledo, Recaredo, Mora, Tronchón, El X, etc.). A los pocos días, una nube de guardias andaba por allí. El Lobo se había entregado en Cáceres dos días después de su desaparición. Lo apadrinó el capitán Gamboa, de Navalmoral, y lo agregaron a los guardias móviles y lo tuvieron todo el período de la guerrilla al servicio de la G.Civil.

Se cargó toda la organización del llano, con más de 50 enlaces detenidos. En estas redadas tuvo que saltar a la sierra El Compadre, de Descargamaría, y algunos huyeron a Portugal, como una enlace llamada María. Esta fue al centro de emigración de la ONU en Lisboa, y pasó a Venezuela. 

El Encontrado (o de El Torno, Piornal, Garganta la Olla). Estuvo muy poco en la sierra, igual que El Aviso.

El Enebro lo tenían primero de contacto con los de Gredos, en Avila. Hacía el servicio desde Cáceres, de la partida del Francés, y a veces iba con él Periñán. Pasaban por Talavera de la Reina, donde estaba el enlace. Pero sucede el episodio de Mora, y se suspende el servicio con Gredos y Enebro tiene que ponerse al frente de la guerrilla de Mora, el cual quedó degradado por lo siguiente.

La guerrilla de Mora tenía una base en la finca de la familia del Especial, que eran muy buenos enlaces, incluido el padre y las hermanas, en término de LA JARILLA. Pero empezaron los líos de faldas entre Mora y una hermana del Especial, y una noche el Mora se fue con ella a un chozo, mientras los demás quedaban en la finca, sin poner guardia y bebiendo vino. Pero el alcalde falangista los había detectado y denunciado, por lo que en medio de la noche recibieron un tiroteo, del que escaparon de milagro, con El Sobrino herido leve, y un hermano del Especial, herido muy grave, y murió semanas después. En ese percance, El Especial, descubierto, tuvo que saltar a la sierra.

A Mora se le hizo consejo de guerra, y no lo mataron, porque El Francés le quiso dar otra oportunidad, pero Pinto votó por la ejecución. A partir de entonces, el mando lo llevaba Enebro, y Mora de segundo.

Enebro y Mora salieron en una misión económica a Navalmoral y consiguieron 100.000 pts., y en vez de esconderse, se metieron en una huerta de Majadas del Tiétar, para quedarse una noche y todo el día siguiente, para lo cual secuestraron al hijo del dueño  y se metieron en un secadero de tabaco. Pero el dueño se los conquistó, aparentó ser de izquierdas, les llevó la comida al día siguiente, y los convenció para que le dejaran el hijo libre, que lo necesitaba para el trabajo, a primera hora de la tarde, y los maquis se confiaron y lo soltaron, cuando al momento se desencadenó una lluvia de bombas y tiros. Enebro y El Especial mueren, y “Ríos”, detenido. Huyeron Mora y otro, cada uno por su lado, y Mora va a esconderse a su domicilio de Calzada de Oropesa (Toledo).

El Gasolina, de Serradilla. Pasaban el río Tajo, del Sur al Norte, donde estaban los del Francés.  Recaredo era de Bohonal de Ibor (?).

Calandrio:  el Francés murió por ir a contactar con él, ya que este contacto se había perdido en abril del 46, cuando quedó descubierta la estafeta. No tiene oído nunca que Calandrio viniera del maquis francés. Después de la muerte del Francés, ya no se supo más de Calandrio. La estafeta se descubrió al entregarse y delatar Eugenio El Maquis, que se echó a la sierra en 1945, junto con un cuñado y un muchacho llamado El Chaval, que tenían unas cabras en Las Corchuelas. Eran de Cabezabellosa (?). El cuñado se entregó en febrero 46, y en abril se entregó Eugenio. Se quedó El Chaval, que murió el 13-3-47.

Panza Alegre era hermano del enlace Panza, un barquero que los pasaba el río Tajo, por el término de Serrejón. Este los traicionó, y el hermano acabó entregándose. A su novia Rosa la “ajusticiaron” en Madrid tiempo después.

Acompañado estaba con El Compadre. Montes fue valiente, no delató a nadie. Sobrino era antes enlace, con dos tíos, a estos los apresaron, y él se fue a la sierra y se quedó con el apodo de Sobrino. Era soldado en el cuartel de la Montaña en 1936, y allí vio cómo dos días antes se llenó de caras nuevas, falangistas y gente rara, preparados para la sublevación.  Rebolledo era un gran luchador.

 

MUJERES EN LA SIERRA: ESPERANZA MARTÍNEZ


GUERRILLERAS CONTRA FRANCO: ESPERANZA MARTÍNEZ

 

A los que el franquismo les cayó entero encima. Dignidad de la lucha guerrillera en España.

 

                                         Por Francisco Moreno Gómez

 

      El panorama actual, historiográfico, político y social, favorable a la recuperación de la memoria histórica relativa a las penalidades de los demócratas españoles, víctimas del golpe militar de 1936 y de la dictadura subsiguiente, permite acoger con beneplácito todos los esfuerzos recuperadores, especialmente los libros de memorias de los testigos y supervivientes del franquismo. Este es el caso del libro de memorias de Esperanza Martínez, Guerrilleras. La ilusión de una esperanza (Latorre Literaria, Madrid, 2010), cuya publicación recibimos con admiración. Un valioso libro de memorias que, aunque conciso, es sobradamente ilustrador del calvario sufrido por los demócratas españoles bajo el franquismo. Esta obra es un grano de arena más para erigir el imperecedero memorial democrático español, aere perennius.

      Esperanza Martínez es una manchega de la serranía de Cuenca, la tercera de las cinco hijas de un modesto arrendatario de Atalaya de Villar del Saz. Una familia de convicciones republicanas que, cuando se vio en la encrucijada del final de la II Guerra Mundial, y ante el fenómeno de la resistencia española o guerrilla antifranquista, allá por los años 1945-1946, no dudó –su padre y su cuñado, primeramente- en servir de enlaces y colaboradores con grupos de guerrilleros conquenses, que llegaban por su casa de campo. Pronto entraron también a colaborar las hijas, entre ellas Esperanza, en plena juventud, cuando apenas sobrepasaban la adolescencia. Su misión era la de la intendencia: con la ayuda de una burra se dirigían a la vecina Cuenca capital, a 15 kilómetros, y hacían acopio de subsistencias, con sumo peligro, para lo cual tramaban todo tipo de precauciones.

      Pero el franquismo –auténtico fascismo rural- no tardaba en entrar en sospechas sobre personas y actividades. La contrapartida comenzó a vigilar la casa de los Martínez. El cerco se estrechaba por momentos. Y cuando comenzaron las detenciones en un pueblo vecino, toda la familia de los Martínez, el padre, un yerno y tres hijas, todos juntos, se incorporaron a la guerrilla, además de otra familia (padre, hija y yerno). Era el 18 de diciembre de 1949. Los hombres perderían pronto sus vidas en diversas emboscadas contra la guerrilla. Las hijas, a pesar de múltiples penalidades, lograron sobrevivir, si bien con las marcas de la represión franquista.

      El testimonio de Esperanza Martínez sobre los pormenores de la vida en la sierra es muy revelador, la vida en el campamento, las diversas tareas de los guerrilleros, los peligros, las precauciones, las emboscadas, los choques, las tragedias y la muerte. Esperanza, una vez caídos su padre y su cuñado en la lucha antifranquista, se convirtió en una guía de pasos, entre España y Francia, a través de los Pirineos. Duro trabajo para una jovencísima antifranquista. Luchas ejemplares en tiempos de silencio y opresión.

      En el verano de 1951, Esperanza Martínez cruzó por primera vez los Pirineos, en compañía del célebre “Teo”, y volvió como guía en febrero de 1952, en libertad por poco tiempo, porque el 25 de marzo del mismo año cayó detenida bajo las garras del franquismo. Ocurrió en un tren, en Miranda de Ebro. A partir de entonces, el típico calvario por las comisarías y las cárceles franquistas, las torturas en las dependencias de la Puerta del Sol de Madrid, el consejo de guerra y el habitual “turismo” penitenciario. El testimonio de Esperanza se convierte aquí en la voz de los esclavos españoles bajo la dictadura. El coro de los esclavos de Franco. Una más de las voces de la tragedia que el dictador no consiguió apagar. Por ello, estas memorias de Esperanza Martínez son una más de las pocas voces indomables que han irrumpido contra el silencio y un testimonio más que ha estallado contra la desmemoria impuesta.

      Esperanza Martínez salió en libertad en 1967. Una juventud perdida, una vida rota y un matrimonio tardío. Cuántas juventudes y cuántos proyectos de vida quedaron quebrados o aplastados por la dictadura. En medio de la gran escombrera en que el franquismo dejó convertido a nuestro país, he aquí que el compromiso de aquellos miles de hombres y de mujeres en la resistencia armada se levanta hoy como un memorial heroico de la democracia española.

      La guerrilla antifranquista no fue una peripecia, ni una curiosidad, ni una anécdota pintoresca. Fue la tragedia de una resistencia democrática, bajo las pistolas del dictador y bajo el olvido de las democracias europeas, sobre todo Inglaterra y Francia, que no movieron un dedo para auxiliar a los resistentes españoles y los dejaron morir y podrirse en los montes de España.

      La lucha guerrillera antifranquista fue la última batalla por la República democrática española, fue el último esfuerzo de la política de resistencia a ultranza propugnada por el PCE, frente a las políticas de armisticio de los últimos meses de la guerra, en los que bastantes sectores del Frente Popular se habían cansado ya de luchar. Pero la antorcha de la resistencia antifranquista continuó en los montes de España, hasta comienzos de los años cincuenta.

      Hemos de insistir en que la guerrilla antifranquista ni fue un anecdotario ni fue un fenómeno pintoresco, como a menudo pretende verla la prensa actual. Fue la tragedia de los últimos luchadores antifranquistas, en el contexto de la lucha antifascista europea. Después de un período inicial de “huidos”, a partir de 1944-1945 fue la transposición a España de los métodos de resistencia armada antinazi o antifascista (maquis, partisanos, etc.). El franquismo presentó a España a estos luchadores como “bandoleros”, pero eran, simplemente, la expresión de la resistencia antifranquista en pro de la restauración de la democracia republicana. La única diferencia de los españoles con los franceses, italianos, etc. fue que éstos vencieron, y los españoles fueron aniquilados por la dictadura.

      El porqué del fracaso de la guerrilla española hay que verlos en dos grandes factores. Primero, en la dejadez y negligencia de las democracias europeas (Inglaterra, Francia, etc.), que igual que dejaron caer la República democrática, dejaron sucumbir también a los resistentes antifranquistas en la más trágica soledad. Segundo, en el rigor y salvajismo de la represión franquista, que se empleó a fondo contra huidos y guerrilleros, desde múltiples frentes y con todo tipo de violencias, incluidas las torturas, las liquidaciones in situ y las aplicaciones de la “ley de fugas” contra maquis, enlaces o familiares de los mismos.

      Estas memorias de Esperanza Martínez nos sitúan en una de las guerrillas más emblemáticas de las que se dieron en las diferentes regiones: La Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón, AGLA, enclavada en parte de Cuenca, Valencia, Tarragona y Teruel. Pero existieron otras muchas guerrillas en España, todas con el mismo objetivo antifranquista, pero con muchas diferencias entre sí. Eran entonces las montañas españolas como un reino de Taifas antifranquista, similares y diferentes a la vez. No hubo una sola guerrilla homogénea, sino muchas guerrillas.

      Esperanza Martínez vivió la controvertida y peculiar evacuación de los guerrilleros de Levante en mayo de 1952, la única evacuación que desde Francia se acertó a organizar en los montes españoles, porque las demás guerrillas no gozaron de esta planificación y perecieron sin remedio en el más absoluto abandono y descoordinación. Las pocas evacuaciones que se llevaron a cabo en el resto de España se hicieron a título particular, por pequeños grupos aislados y temerarios, los cuales algunas veces consiguieron su objetivo y otras muchas perecieron en el intento, víctimas de los múltiples peligros del recorrido hacia los Pirineos (más difíciles aún fueron los intentos hacia el otro lado del Estrecho, Tánger, etc.), y además hubieron de sufrir, con frecuencia, la felonía de los franceses, que en bastantes ocasiones devolvieron a los fugitivos otra vez a España, para caer en las garras del franquismo, sin más horizonte que el paredón y la muerte.

      Este libro de memorias de Esperanza Martínez nos sitúa de lleno en este gran calvario de la lucha democrática española contra la dictadura franquista, y en el papel que tuvo la mujer antifascista en aquella lucha. No hay que buscar el papel de aquellas mujeres luchadoras en la vanguardia armada, apretando el gatillo contra los guardias civiles, sino que hay que valorar su papel como elementos imprescindibles en la retaguardia. Las mujeres republicanas fueron el alma de la retaguardia, de los puntos de apoyo, de las labores de enlace y colaboración. Fueron las auténticas guerrilleras del llano, sin cuya labor la guerrilla propiamente dicha no hubiera sido posible. Se jugaron la vida en el abastecimiento, en la vigilancia, en la ocultación de los guerrilleros, en el socorro a los mismos, en su protección y en múltiples labores de información. Las mujeres republicanas fueron el alma de la intendencia de la guerrilla y de los puntos de apoyo, es decir, lo más característico de la guerrilla del llano, en cuya labor muchas perdieron la vida, lo mismo que las pocas que no tuvieron más remedio que empuñar la pistola o la escopeta, dando también su vida en la vanguardia del monte. Esperanza Martínez tuvo, al menos, la suerte de salvar la vida, y con ello nos ha salvado la memoria, nos ha salvado la historia y nos ha salvado el honor y la dignidad de una lucha democrática. Que la Historia y la Democracia española les den el reconocimiento que se merecen.

 

                                                  

RAFAEL BALSERA, PEDAGOGO, DRAMATURGO Y ANTIFRANQUISTA


CORDOBESES ILUSTRES: RAFAEL BALSERA, PEDAGOGO, DRAMATURGO Y AMIGO

 
Prólogo a su drama El Aramundos,
 

      Rafael Balsera del Pino (Córdoba, 1923-2008), opositor intelectual al franquismo, de la tertulia de Carlos Castilla del Pino, ambos impulsores del Círculo Juan XXIII, de Córdoba, alma de la Córdoba soterrada de la nueva democracia. Redactar un prólogo a Rafael Balsera –en este caso La última misa de Andrés  Bruma o El Aramundos (2009)- es todo un reto para este historiador, sobre todo cuando entran en juego no sólo la literatura y la historia, sino también la amistad con el biografiado y prologado. Conocí a Rafael a comienzos de la década de los años ochenta. Pronto supo él de mi estudio sobre la República y la guerra civil en Córdoba, a raíz de la concesión del premio “Díaz del Moral” con que me distinguió en 1982 un jurado presidido por D. Manuel Tuñón de Lara. No puedo precisar ahora cómo consiguió Rafael hacerme llegar su ofrecimiento como informador y testigo de la época trágica. Él vio en mí al joven temerario que sería capaz de desvelar la historia oculta que muchos cordobeses anhelaban contemplar a plena luz del día democrático que ya vivía España. Empezamos a departir con frecuencia, a reconstruir las grandes miserias de 1936, los estragos del golpe militar, y sobre todo el victimario y el anecdotario lúgubre de la Córdoba mártir. Apareció ante mí con un testigo insustituible. Le tomé múltiples notas. Me esclareció los bajos fondos del genocidio franquista en la ciudad mártir, romana y califal. En todos los actos públicos que por aquellos años tuve que celebrar en la capital, Rafael siempre estaba presente. Solía formar parte de algún grupo de gente ilustrada de Córdoba, que me honraban con su presencia. Improvisábamos tertulias en la feria del libro y en otros actos. Siempre me ampliaba datos, me enriquecía y me revelaba claves, nombres y circunstancias.

Luego he sabido que influyó mucho, con sabiduría patricia y anti-dictatorial en la evolución intelectual de Julio Anguita, el que fue brillante alcalde de Córdoba (a partir de 1979). El mítico Julio Anguita evolucionó desde una orientación semi-conservadora hasta una radicalización democrática y progresista, a finales de los años 60, con sus lecturas, sus nuevas relaciones sociales y la influencia reconocida por él de ciertos intelectuales de Córdoba, sobre todo la influencia sabia del maestro, pedagogo y dramaturgo Rafael Balsera del Pino. Y de ahí pasó enseguida Julio Anguita a la adhesión al PCE, de manera apasionada, leal y duradera. En cuanto a mi persona, en varias ocasiones me acogió como huésped en su casa, al lado de su entrañable tía Genoveva del Pino, maestra de pro en los años difíciles. Rafael la reverenciaba como a una madre. El día en que la perdió para siempre, lo llamé y él no parecía hallar consuelo en su soledad. Después, la ausencia irremediable nos fue espaciando las presencias, hasta que llegó la ausencia definitiva.

En 1986 me sorprendió con la publicación, por fin, de su gran obra teatral Ágora silenciosa, que me remitió dedicada (“Para mi amigo Francisco Moreno Gómez, esta obra de la que ya diste noticia en tu “Historia de la guerra civil en Córdoba”. Por fin ve la luz, aunque “adornada” con muchas erratas, después de tantas y tantas vicisitudes. Con todo afecto, de tu amigo: Rafael Balsera. Córdoba, 21-10-86”). Efectivamente, en mi citado libro no sólo aludí al acoso de la censura franquista contra Agora silenciosa, sino que también reproduje foto de Rafael, de niño, al lado de su infortunado maestro D. Modoaldo Garrido Díez, fusilado por los golpistas en Córdoba el 10 de agosto de 1936. Precisamente, esta obra teatral de Rafael aparece dedicada al referido maestro, verdadero trauma personal que Rafael arrastró desde su adolescencia –tenía 15 años en 1936-, cuando el ciclón de la militarada le arrebató a su ídolo y referente personal, D. Modoaldo. Así lo reconoce Carlos Castilla del Pino, en su artículo fúnebre de 2008.[1] Castilla fue uno de los principales amigos de Rafael, del que recuerda “tantas horas juntos” y “la complicidad” durante los años de la dictadura. Y destaca dos vocaciones en Rafael: la de maestro de entusiasta dedicación (en gran parte como homenaje a D. Modoaldo) y la vocación teatral, bebida en los cánones de la tragedia clásica, con un dominio magistral de la cultura grecolatina. Dominio del lenguaje mítico, de las formas y de los contenidos, de los recursos trágicos y de la técnica del coro. Así aparece en su tragedia Ágora silenciosa, una de las pocas tragedias, tal vez la única, sobre la guerra civil española.

Su vocación teatral silenciosa se plasmó en la trilogía Tiempo de desaliento (Huerga y Fierro, 1999), con prólogo de Pedro Roso y epílogo de Carlos Castilla. Comprende: Fondos de la ironía, Madrugadas de las dos orillas y Ágora silenciosa. Un teatro gestado durante la dictadura, silenciado, reprimido, censurado… Un teatro de un cordobés sin voz. El franquismo nos privó, entre tantas cosas, de esta obra de un cordobés auténticamente senequista. Ponderado, bondadoso, prudente, irónico.

Ya hace tiempo tuvimos la dicha de descender al mundo tenebroso, bajo alegoría, del genocidio franquista en Córdoba, bajo el título de Ágora silenciosa. La Córdoba mártir, “una cuenca donde confluyen corrientes milenarias del espíritu… país de colinas sagradas y mármoles antiguos…”. El protagonista, Diómedes, simboliza el intelectual ambivalente, rebelde puertas adentro, pero acomodaticio, como muchos intelectuales, ante el poder tiránico constituido.

Curiosamente, Rafael Balsera plantea en esta obra la cuestión de la memoria, hoy tan repentinamente en boga, pero que en los años ochenta no se mencionaba. El tema de la memoria como lealtad o como cobardía ante el pasado. Los que son fieles a la propia memoria y los que traicionan la memoria. Los coherentes y los incoherentes. Dice el coro al principio: “… y te cubres el rostro evitando el fragor de tu memoria. ¿Por qué huyes de ti?”. Y responde Diómedes: “Aquel tiempo de voces ya perdidas en los ríos del alba, me habita la memoria… Sería lo mejor borrar el recuerdo de aquel tiempo. Pero la memoria es inclemente”. El río Leteo es “el río del olvido, con la dura intención de borrar la memoria de los hechos”. Más adelante, cuando una mujer enlutada aparece en busca de su joven hijo asesinado, dice: “¡Oh tiempo sin piedad! ¿Para qué sirves tú, si no has sido capaz de irme quitando la memoria?”

El Ágora silenciosa es, sobre todo, la evocación de la muerte desatada en la ciudad mártir: “… cuando Thánatos sombría azotó la llanura… lamento funeral llevan los vientos… Thánatos parecía perder su vocación por la fatiga de matar sin descanso… ¡Aquel romper los cuerpos en medio de los gritos que crecían como llamas!¡Oh, plenitud de Thánatos sombría!... Lo  mejor de la ciudad fue destruido aquellos días. ¡El más grande banquete de la muerte!... Y alcanzados al borde de resecos caminos, su sangre salpicada inundó e amapolas los campos del estío”.

El Guadalquivir parece haberse convertido en el río Leteo, cauce de la muerte: “… niebla del río de los muertos, río grande, cargado con la historia imborrable de la sangre vertida, río cuyas aguas silentes fueron rasgadas por gritos en madrugadas de acero; testigo, con la luna de síxtilis, de aquel horror inmenso que estremeció a los bosques, y que enturbió el cálido fulgor de las noches de estío.” El coro interviene fúnebre: “Nosotros que fuimos arrojados sin justicia a las silentes aguas del Leteo…”.

El tercer tema clave de Ágora es el silencio. Ya lo intuyó Miguel de Unamuno en vísperas de su muerte: “Temo que caerá sobre España un tiempo de atroz silencio”. Lo primero que destroza una dictadura, además de la vida, es la palabra. El silencio es la consecuencia del terror, del miedo y de la muerte. La plaza pública, símbolo de la comunicación entre los ciudadanos y símbolo de la palabra democrática, es reducida al silencio sepulcral por la tiranía. Bajo el envoltorio de las formas clásicas de esta tragedia, se vislumbra la Córdoba del silencio y la España del silencio de los cuarenta años de dictadura. Por la obra deambula una madre a la que le han asesinado a su hijo: “Ya no podía soportar el silencio, terrible, de mi casa. ¡Temí enloquecer!” Esta mujer desgraciada también acaba fusilada por los esbirros del dictador.

El final de esta tragedia es el triunfo de la palabra. El protagonista, el filósofo Diómedes, que ha hecho grandes concesiones al silencio y al miedo, al final decide gritar y hablar, sabiendo que la palabra le llevará a la muerte. Dice la acotación: “De pronto, sobre la multitud enardecida (afecta al dictador), surge una voz descontenta, una garganta herida y recobrada. Una lengua cansada del silencio que, antes de ser cortada, encarece gritando la verdad. Es la voz de Diómedes decidido a morir antes de asistir a la caída de su libertad…”. Diómedes grita su último mensaje: “¡Escucha, oh pueblo sometido! ¡Oh lenguas destinadas al silencio! ¡Oh frentes destinadas al engaños!”. Es el final. Al menos esta palabra ruge acusatoria contra el dictador. En ese momento, una lanza arrojada por los esbirros acaba con Diómedes agonizante sobre el suelo.

Con estos precedentes sobre el teatro de Rafael Balsera entramos en la obra objeto, propiamente, de este prólogo: El Aramundos o La última misa de Andrés Bruma. Ahora no hay ambientación de tragedia clásica. La técnica surge de la modernidad, de la influencia de Ibsen y de Pirandello, sobre todo de este último. Esta obra, que plasma las últimas revisiones de Balsera sobre la misma, responde al tema del teatro dentro del teatro, a lo Seis personajes en busca de autor. En La última misa de Andrés Bruma se escenifica un ensayo teatral en el que unos actores y un director ponen a punto un argumento que echa sus raíces en nuevos traumas sobre la guerra civil. El tema de fondo es un asesinado-desaparecido en la Córdoba mártir: Pedro Bruma el pocero, apodado “El Aramundos”. En una especie de cuadro-paréntesis (“Evocación de Amargacena”) se produce un salto temporal a 1936, y se ensaya el prendimiento y muerte de Pedro el pocero, “drama sobre la oscura noticia de un hombre sin biografía, de un jornalero que, en una noche de agosto … fue sacado de su casa a la que nunca regresó”.

En el ensayo fingido de la obra el actor Andrés, que encarna a Andrés Bruma, el hijo menor de Pedro el pocero, acaba muerto, realmente, por un disparo fortuito. Para el ensayo se trajeron fusiles de un cuartel, con el encargo de poner munición de fogueo, pero una mano franquista, tal vez la actriz Silvia, familia de militares, fraguó poner en un fusil munición real, por odio al personaje del “Aramundos” y a su familia. Es curioso que también se plantea en esta obra la cuestión de la memoria. La actriz Silvia se justifica así ante el director de la obra: “Siempre lo dije ¡Era una obra maldita! Una obra que insistía en lo que hay que olvidar”. Es el típico sofisma del olvido que con tanto afán el tardofranquismo plantea en la actualidad, y en lo que Rafael Balsera ya se anticipó. También se anticipó en la cuestión de la memoria, que tanto hoy se trata en los medios de comunicación. La citada actriz defiende la ablación de la memoria, porque es nido de rencores, según el típico mensaje de la derecha española: “La memoria es semejante a esos arcones donde creemos guardar los que fueron nuestros mejores sueños. Pero cuando los abrimos encontramos también nuestros peores rencores que siguen vivos como nidos de reptiles”. Típica falacia de la derecha posfranquista, que Rafael supo constatar con acierto. Y con este mensaje termina la obra. La misma actriz insiste: “¡El horror de la memoria como una enfermedad! Hay que buscar siempre las virtudes curativas del olvido!” Pero la corrige el director de la obra, que viene a ser un transunto del propio Rafael: “El silencio sobre lo ocurrido en la guerra, sigue siendo el último intento de los vencedores. Pero nadie conseguirá negar que la memoria es la conciencia de la Historia”.

Con estas palabras sabias y acertadas Rafael Balsera puso el dedo en una de las controversias más incoherentes que hoy azotan el estudio de nuestra historia, antes de que se hablara tanto de la recuperación de la memoria histórica. Pedro Roso, otro de los grandes amigos de Rafael, me decía así recientemente, en relación con este tema crucial de la memoria de la guerra civil: “Rafael admiraba tu trabajo con la recuperación de la memoria histórica y no creo equivocarme si digo que le hubiese complacido mucho un prólogo tuyo en el que se dilucidara la contribución de su teatro a mantener viva esa memoria”.[2] Efectivamente, tanto el teatro como el compromiso ético de Rafael son una valiosa contribución a la memoria y una posición contra el olvido. Lamentablemente su teatro fue silenciado por la dictadura, pero la democracia nos lo ha rescatado. Y su palabra por la memoria y contra el olvido también la hemos hecho pervivir, por lo que a mí toca, en mis libros sobre la guerra civil en Córdoba y la posguerra. Cuando acabemos de rescatar el teatro trágico de Rafael, caeremos en la cuenta del daño que el franquismo ha causado a las letras cordobesas, al pensamiento cordobés y al gran monumento –aere perennius- que estamos construyendo sobe el memorial democrático de España. Trabajar hoy por la memoria histórica es construir, poco a poco, ese memorial, ese martirologio y esa historia de los demócratas, que el franquismo pretendió aplastar con el olvido. Hoy, en España, todo demócrata auténtico es, tienen que ser, un rebelde contra el olvido. El olvido es, sencillamente, antidemocrático, indecente, aberrante. Y eso fue Rafael: además de un gran literato silente, un demócrata comprometido con la memoria de los mártires.

En un artículo de Rafael –“El filósofo en su silencio”[3]- considera “el hecho de escribir como forma de enfrentamiento fáctico con el poder político”. Y cae en la cuenta, con melancolía, de que la consecuencia es “la soledad del escritor que ha sido silenciado; el escritor que ha entrado en conflicto con los poderes fácticos de ciertas formas de Estado que entrañan la negación de los derechos de la persona como tal. El Estado tiranía”. Yo creo que Rafael Balsera fue el mismo Andrés Bruma, que quiso vengar la muerte de aquel cordobés laborioso –Pedro “Aramundos”- (la venganza del escritor que atiza el fuego de la memoria), y también fue el propio Diómedes, el protagonista de Ágora silenciosa, que al fin renunció al silencio, gritó la verdad en el ágora, venció el miedo y la resignación, y con su palabra se alzó contra la tiranía, convirtiéndose en mártir, atravesado por las lanzas del tirano.

José Daniel García[4] ha escrito estos días sobre Rafael Balsera, y lo presenta como “maestro y dramaturgo que influyó en varias generaciones de intelectuales y escritores cordobeses” y como “admirado entre quienes pretendían desarrollar un teatro independiente en Córdoba”. Maestro y dramaturgo casi inédito “formó parte de la oposición intelectual a la dictadura… Su vida fue un modelo de coherencia, un hombre generoso y circunspecto…”. Y fue “sin pretenderlo, ejemplo para profesores, políticos y escritores”.

Que el ejemplo de Rafael nos motive para conocer y dar actualidad a su teatro, para valorar las posiciones éticas de los intelectuales críticos contra el genocidio franquista en Córdoba, y para sumarnos a la gran marea viviente en pro de la memoria histórica y en contra del olvido.

 

                                                   




[1] Carlos Castilla del Pino, “Rafael Balsera en el recuerdo”, Córdoba, 17 de febrero de 2008.
[2] Carta de Pedro Roso, que me ha sido remitida desde Córdoba, con fecha 6-2-2009.
[3] Rafael Balsera, “El filósofo en su silencio”, Cuadernos de la Posada, núm. 40, Ayuntamiento de Córdoba, 1994.
[4] José Daniel García, “Como un oleaje de sombras”, en El Día, Córdoba, 8-3-2009.